Funeral

Ayer claro, al funeral y hoy también.

Es terrible lo que voy a decir, pero no hay mejor lugar para pensar hondo. En esos funerales míos se gestaron varias novelas que aún no escribo. Sobrevivir es una de esas cosas que se hace mejor escribiendo. 

Mientras platicábamos un amigo y yo en esa sala dolorosa con un hombre muerto (al que ambos estimábamos mucho), reímos. Hablamos de conciertos, de novias, novios, amores perdidos: vida. Parecía que nos era imposible no rasguñar las cortinas del estamos aquí estamos aquí aún estamos aquí. Como gatitos de dos meses que aún no se acostumbran al paso lento del globo terrestre, le pegamos las uñas a la tela del qué  haremos cuando nos toque.

Hubo un momento hermoso, que la doliente más allegada vivió –ante un pasmado y lloricoso público improvisado de familiares y mirones– con una entereza difícil de creer.

Mi amigo y yo comentamos esa fuerza como de lodo volcánico: en un movimiento lento, dulce, femenino, elegante, arrasaba con todas las palabras y los filtros intelectuales que aún quedaban en la sala.

Yo lo único que pude avisarle a mi amigo fue: cuando a mí me toque y estés en una sala de un muerto mío, no esperes tanta elegancia. Yo no tengo esa firmeza.

Soy porosa y me desmorono al instante.

Regresé.

Hoy en la madrugada murió el papá de unos amigos muy queridos.

La vez que abrí este blog habían metido a la cárcel a otro amigo. No sabía que se convertiría en una de las personas más entrañables en mi vida. Hasta colaboro en su blog y en la revista donde trabaja.

Cuando dejé de escribir aquí había terminado una novela y estaba en el primer mes de gestación de un niño (hermoso) que está a punto de entrar al kinder. Dejé de escribir aquí porque pensé que era hora de cambiar.

No.

Dejé de escribir porque quise dedicarle todo el tiempo a ese pequeño.

No.

Dejé de escribir porque ya no había tiempo.

No.

Dejé de escribir porque tuve miedo.

Esa es la llana verdad. Miedo de hacia dónde me estaba llevando la escritura automática. ¡Escribí una novela! ¡No puedo permitírmelo! ¿Qué tal si me va bien?

También me empecé a sentir sola porque todos estaban dejando su blog. Sentí que me iba a quedar chiflando en la loma, como decía mi mamá.  (No se me ocurrió que siempre lo estuve, ja).

Este año, hace unos meses, murió Rafa Saavedra, el escritor que pensé que iba a ser mi faro bloguero para toda la vida. Antes  que morir me contaron que volvió a escribir unas cuantas entradas en alguno de sus blogs (no sé en cuál o pondría aquí el link). ¿Por qué? No lo dijo, no sé si él mismo lo sabía del todo. Hasta donde sé de él, a Rafa le gustaba conquistar tierras ignotas. Fue el primer escritor de quien supe tenía una cuenta de Twitter. Él me envió invitación para esa esquizofrenia de 140 carcteres que yo aún no conocía. Abrió una cuenta que se llamaba Microtxts donde le daba formato y retuiteaba algunos micro posts que le parecían interesantes. Para él con microblogging se abría un lugar para experimentar con la escritura, una plataforma colaborativa de microtextos. Tenía un carácter menos cretino que el que se maneja ahora, más allá de las minificción que, salvo casos excepcionales, vienen siendo todas variaciones de microhistorias tipo “el pinchi dinosaurio seguía jetón mientras todos echábamos desmadre”. Aún no conozco a alguien en México que haga de su timeline en tuiter una obra curada a puro retuí, como lo hacía Rafa. Siempre respeté su idea de literatura: una serie de ideas, gags y gigs que trascienden por mucho la anécdota. Una especie de hombre único que lo cuenta todo desde un sillón especial donde lo que pasa es lo de menos.

En fin. Ya me alargué con Rafa. Es que, sin conocerlo mucho, lo extraño. Extraño su punto de vista.

Lo único que sé es que en este blog pasa algo que me elude en muchos otros lugares: puedo ser yo.

Quise abrir otros tres o cuatro blogs pero ninguno me funciona. No sé si es el nombre o el template o qué madres. Los títulos son tan poderosos.

El Taza es un adolescente sin una oreja que, en lugar de ponerse una prótesis, se corta la otra para no andar igual que nadie.

El Taza es un radical. Un tipo al que respeto y cuyo dolor aún puedo sentir. Es mi motor.

Aún no me muero así que, con su permiso o sin él, vuelvo a prender la máquina, brrrrmm, brrrrmm.