Funeral

Ayer claro, al funeral y hoy también.

Es terrible lo que voy a decir, pero no hay mejor lugar para pensar hondo. En esos funerales míos se gestaron varias novelas que aún no escribo. Sobrevivir es una de esas cosas que se hace mejor escribiendo. 

Mientras platicábamos un amigo y yo en esa sala dolorosa con un hombre muerto (al que ambos estimábamos mucho), reímos. Hablamos de conciertos, de novias, novios, amores perdidos: vida. Parecía que nos era imposible no rasguñar las cortinas del estamos aquí estamos aquí aún estamos aquí. Como gatitos de dos meses que aún no se acostumbran al paso lento del globo terrestre, le pegamos las uñas a la tela del qué  haremos cuando nos toque.

Hubo un momento hermoso, que la doliente más allegada vivió –ante un pasmado y lloricoso público improvisado de familiares y mirones– con una entereza difícil de creer.

Mi amigo y yo comentamos esa fuerza como de lodo volcánico: en un movimiento lento, dulce, femenino, elegante, arrasaba con todas las palabras y los filtros intelectuales que aún quedaban en la sala.

Yo lo único que pude avisarle a mi amigo fue: cuando a mí me toque y estés en una sala de un muerto mío, no esperes tanta elegancia. Yo no tengo esa firmeza.

Soy porosa y me desmorono al instante.

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