With a little help from José Carlos Becerra

A estas horas de la mañana (que bien podría ser mi noche) no hay nada que me consuele. Hay trabajo, hay trajín. Luego: pensar en la comedia de la media tarde: cocinar, dejar hirviendo, hilvanar los ánimos durante horas antes que anochezca y empiece de nuevo.

Con el estado que me cargo, lo mejor es preguntarle a José Carlos Becerra qué piensa. Abro una página de El Otoño recorre las islas y encuentro eso que necesito para hilvanar fino y no olvidar. Ese libro y yo somos los mejores amigos. Siempre está allí, dispuesto a aclararme lo que pienso.

Aquí un ejemplo:

Te detuviste a desear aquello que mirabas,

te detuviste a inventar aquello que mirabas,

pero no estabas detenido, lo que mirabas agitaba tu propio pañuelo

Algo de eso comprendiste,

desconfiabas de tu deseo, pero era la saliva la que brillaba en los dientes de tu deseo,

eras tú esa masa pastosa que alguien masticaba

pero que iba siempre a parar a tu estómago,

era tuya la mano con que te decían adiós

y era tuyo el pañuelo.

Puedes fingir que estás fingiendo, puedes simular que eres tú,

que es tu deseo y no tu olvido tu verdadero cómplice, que tu olvido es el invitado que envenenaste

la noche que cenaron juntos.

Puedes decir lo que quieras, eso será la verdad

aunque no puedas ni puedan tocarla.

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