¡Ya tengo pasado!

Hoy saqué las últimas cajas de la mudanza de Las Águilas. 

Me tardé tres años en mudar todo mi inconsciente a esta casa blanca, luminosa, donde he sido al mismo tiempo desdichada y feliz de las maneras más agudas que recuerdo. 

Supongo que you gotta get in to get out, como decía ese hombre que se pintaba de plateado la cara. 

Algo encontré en las cajas que me dejó en shock (escribo esto desde esa sensación):

¡Toda mi vida he escrito! 

Tengo cuadernos y cuadernos y cuadernos (y hojitas y sobres y servilletas y agendas) llenas de poemas, ensayitos, cuentos y cartas literarias que le escribía a seres imaginarios pensando en comunicar aquella nueva verdad que aplastaba a la anterior. 

Parece mentira, pero en mi cabeza, doña Ira empezó a escribir a los 30 años. Me consideraba una diletante (algo que en cierto sentido, seguiré siendo hasta que me muera aunque por otras razones), una paracaidista que sólo recientemente y sin la menor dinastía se atrevía a pisar territorio literario. No tengo linaje, acabo de empezar, me decía. Ese linaje que sólo puede dar tener esta afición desde pequeño. Esa historia que cuentan los escritores famosos que devoran todo texto que cae en sus manos y la necesidad irrefrenable de platicar con él a través de la escritura.  

Yo no, pensaba. Yo nunca he sentido esa necesidad.

Y resulta querido blog… (pero a ti qué te cuento, pues), resulta que sí la tuve y la encerré. Ni siquiera me permitía recordarlo. Debe haber sido un encierro furioso, lleno de desdén, solitario y muy muy doloroso. 

Seguiremos informando.