Casi

En cierta época de mi vida, ya tan lejana que parece más leído que vivido, yo también fui lo-lee-ta.

(“Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta”)

A mis extraños 14, (extraños cuando recuerdo la melena corta, aquellas piernas tersas, los senos ligeramente pasados de incipientes, la mirada aún más triste que ahora) me rondaba un hombre de 27. Para mí era un señor, claro, pero en realidad era nada más que un biólogo recién egresado, aún viviendo en la casa de sus padres en la Colonia Florida y dueño de un hermoso Mustang del año.

El auto solito producía el desvanecimiento general de hombres y mujeres, pero para mí, era su forma de mirarme lo que producía el encanto.

Nos habíamos conocido en una fiesta y hasta donde recuerdo el tipo había llegado a mi casa a seducirnos a todas, a mi hermana, a mi madre y a mí, aunque había terminado por preferirme. No lo digo con demasiado orgullo. Es una situación incómoda ahora que lo veo de adulta aunque allí, a mis extraños 14, me parecía estimulante.

Luego de sortear los celos y las envidias que nos provocaba en mi familia el seductor del Mustang, tuve tiempo a solas con él para para decidir si, a pesar de ser la elegida, me iba a atrever a hacer lo que el tipo se proponía.

A mis extraños y tiernos 14, yo aún era virgen y a lo único que me atrevía era a flirtear un poco en las fiestas y a soñar con Robert Smith.

Lo que a mi madre le pareció muy natural en aquella época –que su hija de 14 se quedara sola en un cuarto con este tipo– a mí me escandalizaba. La prudente en ese caso, como en muchos otros durante mi infancia, era yo.

Sería muy hipócrita si no aceptara en este momento el asomo de mi propio deseo jadeante: yo también me sentía profundamente seducida por el tipo del Mustang y hubiera dado mi brazo izquierdo por ceder a sus invitaciones.

Oh sí.

“Irita”, me decía. Irita…airita… lolita. Sus ganas crecían exponencialmente a partir de mis negativas. Su necesidad de tenerme –realmente tenerme– hervían con más vehemencia cada visita y también la fuerza que yo necesitaba para negarme.

Cada vez que el tipo llegaba a mi casa y despachábamos amablemente a mi hermana y a mi madre a sus respectivas habitaciones, el tipo se ponía desearme con todo el brío del que era capaz. Sosteníamos cada tarde una pequeña lucha entre el suave roce y los besos –lo único a lo que yo me atrevía– y lo demás (que para mí estaba en el terreno de lo infinito, de lo abismal).

Muchas veces he pensado que debí perder allí mi virginidad. Menos gazmoña, más libre. Con un tipo simpático –caray, cómo era simpático– culto y experimentado. ¿Qué me detuvo? No sé.

A veces pienso que no lo hice porque yo no quería sexo. En realidad, para mí era suficiente ver cómo me deseaba.

Como arrastraba la “t” en Irita, como si la lengua le pesara de ganas.

Cómo hacía para detenerse cuando yo decía que ya no. Cómo sufría un poco y a pesar de eso seguía visitándome, buscándome a la salida de la preparatoria, fantaseando con lo que las otras niñas pensarían de mí. “¿Les cuentas de tu novio guapo, el que viene por ti en un Mustang?”, preguntaba el muy cabrón.

“No”, respondía yo. Quizás más hija de puta que él.

Por eso traigo a colación esta historia, porque quizás mi forma de entender la seducción se quedó en el arrastre de esa “t”.

Ahora cuando deseo pongo la misma cara que él, me retuerzo de la misma forma, sufro un poco.

Quizás me enamoré de desear…

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