Postales

Esta vez fueron los viejos:

1.  Parada de Miguel Ángel de Quevedo y Pacífico, la conductora del camión, una mujer joven y gorda que lleva una gorra como de maquinista, se detiene frente a un anciano nonagenario que lleva un traje de tres piezas marrón, luido a plancha caliente. Un hombre joven le indica a nuestra conductora que el viejo va Taxqueña, le pide que por favor le avise cuando haya llegado. Es ahí que nos enteramos las personas de las tres primeras filas –todos extrañamente atentos– que el viejo es ciego y se subirá al camión solo. Aparte de los noventa y tantos, el viejo carga un maletín que luce pesado, así que la sexagenaria de la primera fila se levanta de inmediato para dejarle el asiento. Me pregunto por qué viaja sólo si apenas puede caminar. Me pregunto por qué está ciego, a dónde va con ese  maletín tan pesado, qué trae dentro. Un jovencito recita poesía de Ignacio Manuel Altamirano y sólo por la audacia de aprenderse un par de líneas le entrego dos pesos, lo único que traigo. La gorda está chupando una bolsita de Bon Ice, parece un gran niño enojado. El viejo pregunta “¿ya llegamos?”, la gorda casi le grita: “¡no, padre!”. Es el “madre” que dicen los marchantes del mercado a las clientas: tiente aquí madre, llévelo madre, vea qué fruta madre. Es la primera vez que oigo a alguien decirlo en masculino. Mire padre, camine padre, tiente aquí padre, llévelo llévelo padre. Nos acercamos a Taxqueña y la gorda dice “ya mero, padre”. Ahí es cuando me doy cuenta que los cuatro pasajeros que vamos en las filas del frente hemos estado en un vilo silencioso, esperando ayudarle al nonagenario para bajar, deseando que no se pare antes de que lleguemos al encuentro de su brazo. No es que seamos buenos, es que…Entonces la gorda tiene un gesto insospechado. Se orilla lo más que cerca que puede de la acera, pone el freno de mano y se para ella misma para bajar al ciego que pasa de una mano samaritana a otra. En la parada veo que el viejo da sólo un par de pasitos mínimos antes de que alguien más se pare y le ofrezca ayuda. Una mujer lo lleva de la mano y lo dirige a la calle donde mi vista lo pierde pues el camión arranca ya. Me quedo sorprendida: he sido parte de un extraño ballet  espontáneo en el escenario de una ciudad que funciona de milagro. Quizás nosotros humanos, como en las colmenas y los hormigueros, también somos capaces de funcionar  como un organismo único con muchos tentáculos . El viejo fue ayudado por al menos nueve personas en los 10 minutos que estuvo frente a mí. Diez extraños, todos con prisa, acalorados que sin embargo hicieron su parte. Ahora sé que el hombre que lo subió al camión no era su familiar, era tan sólo la cabeza de una cadena de ayuda anónima que hoy fue capaz de llevar a un nonagenario ciego a su destino.

Así las cosas en esta ciudad a veces.

 

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