Cine

Espero no aburrir a los tres pobres lectores que vienen y esperan pasarse un momento campechano con mis comentarios de películas. Tengan un poco de paciencia. Ya no salgo mucho y en el imaginario que voy rescatando de la maldita depresión lo primero que encuentro siempre es cine. 

Ayer, por ejemplo, vimos otra de Julien Temple. Debo decir que esta vez no me gustó casi nada, pero respeto al creador porque mantiene su postura: me valen tres montañas de pitos lo que nadie opine, yo voy a hacer mi película.

No hay otra postura, por cierto. Yo a veces pido opiniones. Las pedí para la novela que escribo ahora, por ejemplo. Quizás esa fue la razón por la que no pude escribir durante un mes. Fue hasta que me levanté un día a las 5 a.m. pensando “chingo a mi madre si le hago caso a alguien” que pude seguir. 

Julien Temple es así: no le interesa si su película sobre la ciudad de Londres es repetitiva o cansina. Le interesan las imágenes que resultan de contar un historia inabarcable, creo. Ayer que lo oímos hablar al final de la función, quise preguntarle cómo se teje una historia a partir de la música. Si hay alguien que sabe es él. Pero no lo hice. Lo vi cansado. Mencionó la cuestión de Estados Unidos bombardeando Irak otra vez y Gaza medio muerta ya de tanta bomba del estado de Israel. Yo también estoy cansada de eso. Dolorida. 

Esta noche escribiré novela y trataré de urdir música en ella. Pensaré lo que hace Julien, trataré de copiar un poco y luego seguiré escribiendo. Al final, a favor o en contra de nuestra voluntad, vivir es también inventar una peculiar manera de matar pulgas.

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