Escribir de viajes desde la computadora

Para sorpresa de mi cuerpo y la parte de mi cerebro que guarda las experiencias sensuales, sigo  siendo escritora de viajes. Ya nadie tiene dinero para mandarme a viajar, pero aún necesitan una pluma que haya viajado lo suficiente y que pueda hacerlo de memoria. 

Es estupendo, si me lo preguntan. 

No creo que haya mejor escuela para la ficción que esta: picar piedra en la imagen un malecón o un barco al que te subiste sin pensar que te daría de comer tantos años después. 

Ahora mismo escribo sobre Manzanillo y quisiera decir eso que no puedo allá: la gran cosa de ese malecón, si alguna vez van, es la escultura del Snoopy. La pusieron allí para hermanar oficialmente a las ciudades de Manzanillo y Saint Paul en Minessota, lugar donde nació Charles M. Schulz. 

A unos metros hay un estibador de bronce, un espantoso pez vela azul de Sebastián y otras creaciones odiosas, serias, de esas que pretenden robarle a la realidad. 

Pero Snoopy tiene mucho más sentido. Trae unas chanclas de gringo para la playa, un par de trofeos de pesca y la actitud celebratoria tan característica que le regaló su creador, Charles  Schulz. Es el Snoopy feliz quien nos permite soportar la melancolía de Charlie Brown en esa tira cómica, su constante fracaso de ser. 

¿El estibador y el horrible pez vela son capaces de darme fuerzas para soportar el descalabro diario, el envejecimiento, el pesar del anochecer? No lo creo. Sólo Snoopy puede.