El glaciar

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Mucho viaje, mucho cuento

De los cuentos no les digo porque se ceban, pero los viajes…

Es un trabajo árduo, pero alguien tiene que hacerlo. El blog se quedó rechinando sin aceite 3-en-1 porque me fui a Alaska en un crucero VTP de viejitos toda la semana pasada y el pinche barco sólo tenía conexión a módem. Lo intenté, pero bloguear con modem…vaya, ni cargaba la página.

¡Módem! ¡No mame oiga! ¿Quién tiene una computadora con módem? Pues nosotros señorita, los dueños de los cruceros cuyo asistente promedio tiene la friolera de 65 años. Nosotros señorita o lo que usté se precie de ser, que somos gringos dueños de un ‘estado’ cuyo territorio equivale a un poco más de la mitad del de Argentina, (dueños aunque les duela a los tarados conservacionistas, a los pinchis canadienses y a los rusos y a los nativos y a los descendientes de Mr. Vitus Bering), gringos no tan gringos como los texanos (aunque ahora que recuerdo, la Exxon y el tanque Exxon-Valdez que tiró 11 millones de galones de crudo en nuestros mares, ¿esos güeyes de dónde son?), no vaya usté a creer, nomás gringos enough como para valernos absoluta madre si usté tiene o no un blog que atender.

Además no tenemos ¡voy a creer! ni una computadora a la que se le pueda conectar (¡como en Rumania!) una memoria USB porque (y cito) “si se le llega a meter un virus infecta tooodo el sistema del barco y al rato no podemos abrir las puertas o bajar el ancla” ¿EEEEhhhh? ¿Por eso no puedo bajar ni un archivo de word en sus pinchis máquinas pedorras? ¡Ya no vean las Bourne Supremacies, no chinguen!
Así que váyase a su Stateroom de dos por dos o asista a la clase de macramé de las 4.45 (ni un minuto más tarde, acuérdese que somos gringos y muuuy anales) y deje libre la pista central de nuestro barco de mal gusto. ¿No ve que los viejitos están bailando I will survive en silla de ruedas?

Me fui, me regresé a mi stateroom, el 3126 del repinche pero regrandote navío bautizado con el intrincado, poético e inteligente nombre de Serenade of the Seas. Por cierto que la madrina del Titanium, como pudo haberse llamado (menos poético pero com más amarre) con foto central y todo era, naturalmente, doña Whoopi Goldberg. (Y antes de que se me olvide ¿qué clase de nombre es Whoopi?)
Decidí entonces ponerme flojita y cerré mis intenciones de bloguear por casi dos semanas. Tragué como peloncita de hospicio en ese mall-all-inclusive de altamar, donde durante los días de cruising, lograron hacerme sentir dentro de una rueda-prisión para hámster, plasticosa y movediza.

La buena nueva es que por unos momentos disfruté llamarme ‘periodista’: a mi camarote llegaban regalitos pendejos a diario. Que la champaña barata, que los binoculares para verle las nalgas a las nutrias, que la chamarrita anticaca de albatros, que la cajita de madera de ciprés para guardar el recuerdito.

Nomás me pongo a pensar en que un día alguien se entere de que los ventilo aquí ante quién sabe quién. Me linchan.

Bien.

Más de caminar en un glaciar (esa si, una experiencia valiosa) tomorrow.

Back to those cuentos, pues’n.

***

*Nota al editor:

De antemano me disculpo por tres cosas: mi manía de poner dos puntos para enfatizar una idea; la de encerrar toda acotación entre paréntesis como si la pinchis acotaciones no se encerraran solas por contexto; y mi nueva neurósis que consiste, según señaló acertadamente mi novio, en mentar madres como si me pagaran. Soy una peladita, ni modo.