Orden de importancia

Leo que Cory Doctorow (escritor, blogger, coeditor de Boing Boing y mi gurú favorito en eso de la defensa del libre tránsito en internet) tiene hoy una fecha muy importante que rememorar: el tristísimo suicidio de Aaron Swartz.

Swartz, de escasos 26 cuando se colgó en su recámara, inició su carrera como activista y geniecillo de la red a los 14, y  se quitó la vida poco antes de ser convicto por bajar, sistemáticamente, artículos científicos de la biblioteca digital JSTOR. Enfrentaba 35 años en la cárcel y 1 millón de dólares en multas.

Aunque se fue hace tan sólo un año, Swartz ya no alcanzó a ver el caso Snowden ni la locura de la “vigilancia en masa” que nos confronta a todos los que usamos la red, aunque sea nada más para chatear y subir selfies: hablamos de vigilancia sobre tus gustos, tus afiliaciones, tus recovecos mentales. No es poca cosa.

Es por eso que organizaciones como The day we fight back (https://thedaywefightback.org/) usarán el el 11 de febrero próximo para hacer una protesta masiva.

Y bien. Yo lo que quería decir es que lamento no poderme involucrar en esto, pues siento que estaría pisando un terreno que no me pertenece.

Lo que me pasa es que después del asunto Swartz, me toca leer una nota sobre las 30 mil mujeres víctimas de la trata (en Chiapas, solamente) http://www.jornada.unam.mx/2014/01/12/politica/006n1pol

Y me pasa que empiezo a dividir el mundo en tiempos imaginarios. Hace un siglo los gringos tuvieron un gran momento en que, bien o mal, descalificaron la esclavitud masiva, al menos dentro de su país. (No vamos a ignorar que para mantener su estilo de vida, los gringos necesitan esclavos en Latinoamérica, Indonesia, Camboya, Bangladesh y un larguísimo y vergonzoso etcétera). El caso es que el acto de abolición se hizo en el imaginario de la gente común: lograron que los de a pie se escandalizaran con la idea del esclavo.

Eso no ocurre en México. Los de a pie quizás todavía no saben escandalizarse. Quizás mi país todavía esté en ese siglo y no nos damos cuenta. Tal vez toca apoyar a una especie de Lincoln y no necesariamente involucrarse con Cory Doctorow, que vive en un futuro donde los autos están a punto de volar o de manejarse solos.

30 mil mujeres… niñas de entre ocho y catorce años… de a (barato) 10 clientes diarios, son 300 mil hombres potenciales desprovistos de piedad.

En el D.F. hay muchos más.

Yo hoy necesito ponerme a escribir, pero también quiero secretamente mandar todo al diablo y ponerme un maldito traje de superheroína para sacar a todas esas niñas de ahí.

Hay mañanas que duele más el cuero que la camisa.

Como dije, más Zombies por favor. That time of the season

Empieza febrero, creo.

Como siempre, son las historias de fallos, de cosas incompletas, de muertes prematuras las que más me gustan.

Hace unos ocho años me volví fan irredenta del Odessey and Oracle de The Zombies. No hace falta más que güikipediarlos para entender por qué las rolas de este disco son tan bien acunadas por el zeitgeist del siglo XXI: la historia del grupo terminó antes de empezar.

En 2008, el vocalista Colin Blunstone declaró a un periódico de Los Ángeles algo con lo que todos (hijos del esquizoide Twitter, el aburrido Facebook, los diarios electrónicos, el pinche y carísimo Kindle, los dueños de las sentencias …como yo, como yo… sentencias de “todo terminó”) nos podemos relacionar:

“The band did finish before the album was even released. That does seem a bit premature. Maybe we should have waited a bit longer“.

Ahora ya no importa si Colin y sus cuates pudieron hacer otro gran disco, lo que importa justamente es que no lo hicieron. Cuando alguien tiene esa mala pata de producir algo muy bueno y muy joven, se vuelve Salingeriano. (Pérense, no hablo de Salinger el escritor quien seguramente siguió escribiendo hasta los 90 años aunque sin publicar; en realidad hablo de Holden Caulfield y su andar por Nueva York, su odiar el cine y su prefigurado futuro como uno de esos phonies a los que tanto odia).

Y funny you should mention Salinger, también se vuelve Lorquiano, Rimbaudiano, Rulfiano, prodigioso-adolescentiano, gente que no le deja olvidar a la humanidad lo explosiva que puede ser un alma joven. Ser joven es ser hermoso y estúpido y en esa estupidez hay una fuente de poder creativo, tan sensible que a veces resulta doloroso.

El otro día pensé en una nueva división del mundo: aquellos que pudieron disfrutar The Catcher in the Rye en la adolescencia (parientes de los que tuvimos el privilegio de leer Las aventuras de Tom Sawyer cuando éramos niños) y aquellos que debieron degustarlo como un plato delicioso-pero frío en sus primeros años de adultez.

Lo siento, pero hay libros y música y cuadros y expresiones políticas que uno tiene que vivir en la adolescencia. Lo demás es melancolía de la fea.

Es un lástima, por ejemplo, que la película Dear Wendy (de 2005, dirigida por Thomas Vinterberg y escrita por Lars Von Trier, que se vuelve un “visualtrack” para el hermoso soundtrack de The Zombies) me haya llegado tan tarde en la vida.

De haber visto esa película a los 15 años, hoy tendría una hermosa colección de pistolas junto a mis libros y quizás ya habría usado alguna.

***

Salinger, sé que moriste hace poco, pero yo desde que estabas vivo te extrañaba. Tu muerte sólo sirvió para recordarlo.

UPDATES: Aquí un lindo texto de mi escritor favorito de la década Mr. Dave Eggers, sobre nuestro Bartleby favorito, Mr. Jerome David Salinger.

Ah…compartir referentes. El consuelo.

Este azulito…

De pronto lo veo y me parece lindo y otras veces entro al blog y pienso, aaaah qué jotería.

No sé no sé.

Soy tan pinche indecisa.

Es como cuando me enteré que cuando se estudiaba filosofía era válido preguntarse si es o no cognoscible el ser. Pensaba “eso salía como chiste en El Santos. ¿Les cae que alguien pierde la vida pensando en la vida?”

Y de inmediato me arrepentía y pensaba “pero claro que es necesario pensar la vida. Vivirla solamente es dejarla escapar entre las manos, como agua”.

Así igual me saca de onda este azulito que le puse al blog.

Hayao (o cómo le doy vueltas a un tema)

Los géneros narrativos son inherentes al relato: uno no puede ‘escoger’ el género de una historia a priori ni pretender escribir una tragedia o una pieza sin reconocer que el personaje principal ya tiene un conflicto y necesita ser contado de cierta manera. Los géneros vienen implícitos en la forma en que se nos ocurren las historias, incluso las más simples.

Las personas, como los pueblos, se cuentan a sí mismas sus propias historias. Por eso sería extraordinario que los periodistas y los políticos supieran de géneros literarios.  ¿Y si nos empezáramos a contar la historia en otro género, estaríamos tan jodidos?

Encuentro que los espacios noticiosos (mexicanos, sobre todo) casi siempre están en melodrama (el punto de vista de la víctima), desde los verbos que utilizan: “Le hizo” “Le infringió” “soporta” … Aquí hay varios ejemplos:

“Imposible evaluar a policías”.-melodrama (el protagonista, un tal secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública Tello Peón está encerrado en la mazmorra de un gran castillo, tiene las manos atadas y no hay nada que él pueda hacer).

“México ruega a laboratorios que adelanten vacunas”.- melodrama (el protagonista es un país también encerrado en la mazmorra, ay pobrecito, de veras, ruega, ruega, ruega porque cuando tuvo presupuesto, el Rapunzelito no invirtió en ciencia). Melodrama…que siga rogando pues hasta que llegue el príncipe de las farmacéuticas con su espadita y nos la meta donde nos quepa.

“Exigen más seguridad en Metro”.-melodrama… ésta en particular es un poquito más difícil de distinguir, pues “exigir” es un verbo que no remite a la sumisión, pero si lo analizamos bien, el discurso es el de unos niñitos enfadados, indignados (los ciudadanos) que sacan su corajito pateando una puerta que saben 1. nunca les abrirá 2. no sabrían qué hacer si les abrieran. Puro melodrama, pues.

***

Me encanta pensar en qué genero amanezco y en qué género están los países, las calles y las personas que me gustan. Tengo una debilidad por la gente que anda permanentemente en Pieza (se le llama pieza a la tragedia moderna, en la que el personaje principal se queda inmóvil, se petrifica ante la felicidad) quizás porque yo soy igual. Por un desatino admiro también a los héroes trágicos de a devis, esos seres feos que destruyen lo que aman.

A veces se me antoja vivir en una tragicomedia y que a mi alrededor haya más héroes positivos, gente que luche contra los monstruos marinos como Homero y regrese a contarme la historia.  A veces por supuesto, se me antoja más ser Homero.

No quiero sonar determinista pero así como el escritor no escoge en qué género se narra esa particular historia, creo que es complicadísimo  librarse de narrar la propia desde una cultura y una tradición, (¿una nacionalidad?); me temo que las historias que me cuento muchas veces están en melodrama. Las propias y las ajenas. Cuando trato de explicarme por qué pasan esas cosas, como la balacera del Metro o el sistema educativo en Guadalajara donde de plano ya les borraron los penes y las vaginas a las figuras anatómicas. Busco una respuesta y siempre está en pinche melodrama. “Así es. Ni modo. Pinche país. Exigimos otra cosa. Ríete de ello. Jo jo, ya viene la puta navidad, jo jo. Estamos de la chingada, pero vistes qué bonito iluminaron el Zócalo?”

***

En este ánimo semi-determinista por el que ya me mentarán la madre, queridos tazistas, me parece lógico que el imperio donde todo es posible, la tierra del sueño americano, allí donde “hasta cuando pierden ganan” tengan esa forma de narrar una historia en la que el protagonista aprende algo. El cine gringo que tanto disfrutamos está escrito en tragicomedia; está visto desde el héroe que recorre un camino real, espiritual o emocional para regresar fortalecido. Vamos, hasta las comedias románticas son así –el adolescente siempre acaba su rito iniciatorio cogido y feliz–.

Y toooooodo este chorizo porque yo quería hablar de Hayao Miyazaki y cómo se las arregla para alimentar el género de la tragicomedia en El Castillo Vagabundo. En efecto, se trata del recorrido emocional y físico de una adolescente enamorada, el fantasma de la guerra, la develación de los misterios finales de todos los personajes y su transformación a algo mejor; cualquier gringo puede hacer esto muy emocionante.

La clave está en cómo pinta Miyazaki a los enemigos. La bruja que le lanza el hechizo a la protagonista, Sophie, por ejemplo, termina siendo una especie de maestra involuntaria.

En la tragicomedia gringa clásica, los enemigos acaban destruyéndose ellos mismos por un vicio o por una falla estructural: muertos, finitos, jodidos, vilipendiados, asesinados aunque sea a nivel simbólico.

En El Castillo Vagabundo a la bruja le acaban dando de comer en la boca. Se le entienden sus cochinadas porque, vamos, ¿nadie esperaba de una bruja que fuera buena, o sí?

Aunque la lógica de este japonés es la del héroe ganador, siempre contempla los matices. Hay espacio en su ‘ganar’ para los demás, aunque no sean parte de la planilla heróica.

Ay Hayao Miyazaki, cómo se te va a extrañar en este mundo cuando faltes.

La recámara, el universo

Otro de esos días donde creo que mi ventana (esta ventana) quiere husmear en mi cuarto.

¿Quieres blog ver hacia acá? Disculparás el desorden, pero es que llevo tres días merodeando sola en este cuarto que no es uno, son dos. Aquí hay tazas, plumones, libros, una computadora blanca y un balcón al que nunca salgo. Carmen Aristegui nos hace sonreír cuando recuerda, entre noticias de asesinatos adolescentes, a sus padres en Veracruz, ¿se sentirá igual de frágil que todos los demás? ¿los estará invocando? Se nos juntan las cejas cuando pensamos que Cemex, ni más ni menos, está dando un reconocimiento a periodistas: la apuesta segura, Granados Chapa.

Hay un libro haikús-zombies de Ryan Mecum, un regalo de Dante, (one thing on my mind/only one thing on my mind,/ I’m going to eat you) que me hace sentir comprendida: “To George Romero: because of you I’m screwed up. Thanks for your movies”.

Aquí hay muchas dedicatorias a creadores. El coffee table book de Kubrick, aunque yo no tengo una coffee table. Leo y tomo café acostada en el piso.

Hay un corcho con tu foto y una postal del cuadro “La decapitación de San Juan Bautista” de Michelangelo Merisi da Caravaggio. El pintor de la noche, para los cuates.

La postal existe porque ninguna otra pintura me ha quitado de esa forma el aliento. Está allí porque mi caminata de una sola tarde por la isla de Malta bien podría ser una culminación estética.

En este cuarto somos 20 muertos diarios, un promedio de 20 descabezados diarios que ya ni noticia son. Le vamos diciendo al cuerpo que se acostumbre, que el conteo no bajará, que pronto no habrá agua, que pronto no habrá perdón. Y sin embargo este es un cuarto donde se baila. Aquí  se baila se baila se baila, exactamente a las 5.20 de la tarde, quiera el habitante o no, se baila.

¿Cómo hubiera pintado Caravaggio estos descabezamientos, los nuestros?

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Visas

El gobierno canadiense no ha querido decir por qué le ha impuesto visas a los mexicanos.

¿Demasiadas solicitudes de asilo político injustificadas? Ajá.

Demasiado cabrón pistoludo. Tanto delincuente suelto y gobernando. Tanto cabrón narcomayorista. You’re no longer welcome you sick people. Vous ne sont pas le bienvenus. O vous êtes bienvenus, siempre y cuando paguen ¿o qué no les sale?

Parece mentira mexicosos, pero antes, cuando el partido partía plaza y mantenía la galletita en piezas grandes, no se la pasaban cortándose la cabeza por migajas.

Parece mentira que haga falta un fuete para mantenerlos civilizados, decía mi mamá.

***

Qué tino tengo.

Tanto viaje y hace por lo menos 10 años que no tocaba suelo canadiense. El minuto en que me programan uno, el gobierno de ese país cambia por completo su política migratoria. Ahora nos piden visa (carísima, por cierto y con más requisitos que la gringa). Chale.

El viaje pasado me enteré de la muerte de Michael Jackson mientras  sobrevolábamos en helicóptero la Ciudad de Los Ángeles. Una escena intimista de película indie gringa, donde la protagonista se pregunta por el sentido de la vida mirando a través de un acrílico transparente, con el pelo revolviéndosele aparatosamente.

Íbamos cuatro personas en la cabina, alguien dijo: mira, esa calle que sube es Mulholland Drive ‘donde viven los muy ricos’. Mulholland Dr., donde Lynch, pensé yo. Los ricos, las mansiones ¿Ya supieron quién se murió hoy? Allá abajo está Bel Air, allá abajo dejó de respirar esta misma mañana el negro-güero.

La mandíbula perdió control durante unos minutos. “Sobrevolemos Bel-Air”, dijo alguien. A ver si logramos ver ambulancias o carros de policía estacionados.

Nada, sólo una alfombra roja sobre Hollywood Blvd., en el Chinese Theater; la premiere de la película Brüno (de Sacha Baron Cohen). ¿Cuántas premieres habrá al mes en Los Ángeles? Una cada tercer día, más o menos. Acostumbradísimos, pues.

Luego en tierra nos enteramos de que la estrella de Michael Jackson estaba justo frente al Chinese Theater, la alfombra roja la estaba tapando. Caminábamos hacia la cena, veníamos madreadísimos y nos metimos en la primera calle donde encontramos restaurantes. Resultó ser Vine Street, justo la cuadra en donde los ofendidísimos fans de MJ se habían ido a refugiar, utilizando como altar temporal (prendían velas y escribían mesajes de adiós en fotografías y pósters) una estrella apócrifa en el pavimiento con el nombre de Michael Jackson, que no designaba al famoso rey del pop sino a un personaje menor de la radio estadounidense, que tuvo el mal tino de llamarse justo así: Michael Jackson.

¿A quién le importa este dj radiofónico? La alfombra roja de Brüno está tapando su estrella en Hollywood Blvd., y esta noche las velas tienen que ser prendidas.

Y uno pasando nomás por allí.

Qué pinche tino tengo.

A media tarde

…y después de estar trabajando en un reportaje desde las 5 am, se me acaba de ocurrir, así, out of the blue, que algunos hombres se casan también con la imagen del papá de la chava.

Caso 1. Nicholas Cage (aka Nicholas Kim Coppola) y Michael Jackson, que en realidad se querían echar a Elvis y no a la probecita de la Lisa-Marie. Se les veía en los ojos.

Caso 2. Sam Raimi tiene tres hijos con la hija de Lorne Greene, actor canadiense famoso por su participación en Bonanza y el primer run de Battlestar Galactica de 1978. Así de geek es Raimi.

Caso 3. Danny Elfman que se casó con Bridget Fonda, nieta del legendario cineasta actor (gracias Hugo). Aquí, claro, ayudó que ella es bonita.

Caso 4. Un ex mío que se la pasaba diciendo “¿Qué diría en estos casos el Sr. Franco?”.

Son raros los hombres.

Guilty blog

Hoy le cambié a una estación de radio de canciones viejas y canté con la garganta desgarrada y feliz de puritito placer culpable.

Pensé ‘guey, a ver cómo explicas esta rola  en tu blog’. Luego pensé, ¿y yo por qué madres tengo que andar dando explicaciones de qué canción pop  horrenda me sé de memoria? Estoy segura, vamos, que lo firmo en sangre, que todo el mundo tiene secretos inconfesables (canciones, amores, gustos, pasiones, dolores). (Sí, sí, sus santas mujeres y sus santas madres también).

Si pensara diferente no podría escribir. Eso es lo que pasa con la gente que dice que no puede y me pregunta cómo se escribe ficción. Creen que todo el trabajo lo hace una imaginación como de súper-Julio Verne. Así pasa con las malas novelas, los malos cuentos, las malas películas: trama, trama, trama… ningún secreto. No lo sabemos, pero todos intuimos que un gran personaje se relaciona con nosotros a partir de lo que para él es inconfesable y que para nosotros, desde fuera, es tan obvio.

Al final pensé que, con no sé cuantas (es un secreto) visitas diarias a este blog, debe haber mucha gente –conocidos, desconocidos, odiados, indiferentes– que sienten una curiosidad malsana por visitarlo. Casi que no quieren…dicen, ‘ay otra vez esta mensa clavada en los cómics o que extraña a no sé quién o en cómo siente cuando ve películas, ¡que la maten!’. Y luego, pum, teclean la dirección. Nomás hoy, nomás para ver qué tarugada dijo hoy.

No me explico el número de visitantes de otra forma. Hasta debe haber gente que asegura públicamente pasar de los blogs narcisos y demasiado personales, gente muy seria, muy ocupada, que se escapa aquí porque cree estar leyendo la última fotonovela de autoficción, esa metaself-fiction que ocurre en los blogs, que tanta y tanta gente quiere tomarse por real.

Takes a real blogger to know that not everything true is real.

Bueno, lo que quería decir es que aquellos que tienen al Taza como guilty pleasure: shame on you…pero welcome.

Aquí sus secretos están bien guardados.

Contra mí

Saberse triste es saberse sin ideas. El punto de vista se me empantana y me siento, como dice el gran Witold Gombrowicz, un poeta en lengua extranjera. “Fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales”.

Lo dice en un texto muy divertido llamado por Tumbona Ediciones “Contra los Poetas”.

“Sería más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes ni ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero, ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar qué quedará de ellos entonces”.

Desde hace un par de semanas que mi cerebro no carbura ni español ni en inglés y empiezo a sentir en polaco, un idioma del que por supuesto no entiendo ni jota.

Necesito, me urge un diccionario Ira-polaco-Gombrowicz-Ira.

***

Me extraño.

***

El ejercicio es bueno: ¿qué extrañas de la gente cuando la extrañas?

Y más difícil aún: ¿qué es lo que más extrañas de ti mismo cuando estás ausente?

Shine a light

Hoy me cayó el veinte de por qué me caga el jazz: aparece como la música políticamente correcta en casi todos brochures turísticos.

(Aunque Andrei el otro día me dijo algo que me hizo repensar el género: el jazz es la música que sabe que nada es repetible, la que conoce la finitud).

Lo que sí hay que concederle a la ciudad de Washington DC es que en su guía de música local son bastante menos oficialistas, lo mismo incluyen los primeros bares donde tocaron Duke Ellington y Chuck Brown, que el Eighteenth Street Lounge, meca de la escena electrónica y casa primordial de The Thievery Corporation.

Parece que DC de noche tiene su onda pues allí está también el Black Cat de Dave Grohl y el 9.30, un club tipo el Bulldog citadino, pero donde se presentan grupos como The Pogues, Animal Collective, The National, The Black Kids, Primal Scream, Modest Mouse y Tindersticks…aaaammmm, pensándolo bien, creo que no se parece al Bulldog. Buee, igual mi proverbial suerte sigue siendo la misma, los que me interesan no están cuando yo puedo ir a verlos.

Es fantástico ver cómo a los gringos no les cabe ni un ápice de nuestra malentendida modestia: DC también es una especie de Disneylandia del poder. Es más, sus atracciones principales (el Capitolio, la biblioteca del congreso, la Casa Blanca) se anuncian como “The Power Scene”. Jijos. La escena del poder incluye un ‘bi-partisan tour’ (” red and blue electric roadsters equipped with GPS technology and enjoy a narrated tour of the history and drama of the nation’s capital) y disculpen que no lo traduzca pero sólo se aprecia la desnuda gringuez con la que estos tipos convierten todo en espectáculo en el idioma original, el gringo.

También me están ofreciendo un bellísimo tour “Obama”. Ujú. Consiste en visitar el barrio ahora renombrado ‘histórico’ pero que durante años fue conocido como el Black Broadway. Hay que pasar por el African American Civil War Memorial, (allí junto se anuncian un par de boutiques ‘indies’, nomás para que a uno no se le olvide que está en Gringolandia y allí, señor, usted va a comprar y a dejar su dinero, no se haga guaje.

En el tour te señalan las tiendas favoritas de ropa de Michelle Obama y una cenita muy cara en el Kennedy Center, donde la familia presidencial acude a ver espectáculos.

A ver cómo me va.

***

Este post empezó en mi cabezota queriendo decir que Scorsese es un gran insider.reporter del mundo masculino y que su documental de los Rolling Stones, Shine a Light, es una de sus obras más sutiles y entrañables. Tiene muy poco de documental y mucho de un simple concierto grabado, pero algo hace el cabrón del director que uno se olvida de la música de los Stones (un poco aburrida desde mi punto de vista) y empieza a ver personajes.

Es una rara historia de amor. Los Stones llevan 47 años juntos porque se cuidan, se comunican con un imperceptible movimiento de cejas, se odian muy tiernamente y sobre todo porque son cómplices en aquello de la finitud. Salen a tocar pensando (sabiendo) que quizás este sea el último concierto que den. Quizás (aunque esta ya es mi pachecada unipersonal) los une en primer lugar la muerte de Brian Jones.

Después de verlos abrazarse, sobre todo después de ver a Jagger subiéndole el cierre de la chamarra al viejecito ese Charlie Watts pa que no se me vaya a enfriar después de acabado el concierto, uno sale pensando que el mundo es medio idiota en privilegiar y endiosar un sólo tipo de amor, el romántico.