Y en otras noticias…estas son nuestras librerías…

La foto fue tomada por Dante en Huehuetoca, Puebla Edomex, en un evento teletonesco donde pretendían que ‘el pueblo’ (así, en abstracto) donara.

Según lo que me platican, los organizadores hablaban de donar ‘a los necesitados’. No había una agenda clara ni un responsable de a dónde se irían esos fondos.

Dante iba a sacar fotos de un grupo de rock que tocó allí de forma gratuita, para entretener la tertulia donadora, pues.

Los asistontos les gritaban ‘¡Que los del grupo también donen, que den dinero!”.

No era suficiente donar su chamba, su música, pues. Pagar su caseta y dar cinco u ocho horas de su vida, pararse a tocar allí. Había que donar, no se sabe a quién o para qué.

Esta librería estaba por allí, haciéndola de metáfora metálica. Así son las librerías del país, así son nuestras fuentes de conocimiento: están cerradas, viejas, vacías y parecen puestos de tacos.

Así aprendemos a pedir en este país: poniendo la mano en cunita, encabronados porque todo lo merecemos. ¿Qué se están creyendo? ¡Que nos den, que se organicen Teletones, que se organicen mítines políticos y se prometan cosas!

Al final nadie va a pedir cuentas. Nadie hará el trabajo duro de dar y recibir: verificar que lo dado forme parte de un ciclo productivo. O ponerse a chambear para que al rato no me tengan que dar, por ejemplo.

Bienvenidos a las librerías mexicanas, pegadas a esa mexicanidad que luego, paseando por Santa Fé, se nos olvida a todos.

Tortuguera

Tanto que hacer, tan poca gente con ética.

Le pregunté “Oiga, ¿y por qué tortugas? ¿Por qué lleva usted haciendo un trabajo sin paga veinte años (por el que el gobierno le debería un premio o dos, o un ejército de ayudantes bien pagados, al menos)? ¿Para que viene a esta playa cuatro o cinco veces a la semana a mal pasar la noche, esperando que las tortugas desoven, compacten, se vayan, esperándolas a que hagan lo que instintivamente deben hacer, para luego desenterrar los huevos y replantarlos en un lugar seguro, donde no se los puedan comer los tejones o los humanos?”

A ver, me dijo, yo nací aquí, mi padre arreaba vacas a las orillas de esta playa; yo alcancé a ir a la Universidad de Guadalajara. Cuando hacíamos prácticas yo propuse hacerlas acá y cuando terminé, pues me quedé.

Son seis kilómetros de playa que antes me caminaba a pie, todas las noches buscando nidos (las tortugas desovan cuando se esconde la luna, por ahí de la 1 am y terminan como a las 6 o 7). Cuando empecé desovaban unas 4 tortugas al año, hoy ya logramos que sean 1000.

¿Veinte años después?

Si, veinte años. Es que de 1000 huevos, sólo una llega a ser adulta…

…pero si usted me pregunta por qué tortugas y no otro ser vivo, no lo sé. Me enteré hace poco que a dos pueblos está el segundo lugar más pobre de México, de esos donde la gente se muere por agua sucia y esas pendejadas.

“A veces me pregunto por qué vengo todas las noche a salvar tortugas, mejor debía ponerme a ayudar gente”.

Esas fueron sus palabras exactas. Este cabrón biólogo me estujó el alma completa.

***

El biólogo, tan acostumbrado a entender cosas sin que se las digan, apeló a una niña que todavía vive en mí, la misma que decidió con fuerza a los 8 años que estudiaría biología y se puso a leer El Origen de las Especies. Me dejó recoger los huevos de un nido mientras la tortuga compactaba la arena (y yo escondía mi conmoción)  me habló de los nombres científicos, de las constelaciones, los periodos de la luna y decenas de ciclos naturales que pasan sin pena ni gloria en las ciudades.

Tuve una regresión, casi toqué a mi papá.

El mar tan punk golpeando los riscos, vigorosa, amigablemente, como si estuviera en medio de un mosh pit queriendo celebrar la música de la noche, las estrellas fugaces cayendo como migajitas sobre nosotros, suish suish el cielo se desmoronaba. La risa de los tortugueros, sus memorias de mojados, la alegría agridulce de estar de vuelta en una tierra que llaman suya, aunque no lo sea. (A veces está bien cabrón no creer en dios).

Esta foto le hace un flaco favor a mi experiencia, pero igual es puro registro:

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Peces fantasmales

Tengo un miedo irracional (tengo muchos, pero al menos uno publicable): me dan miedo los peces.

Funciona así: no es que salte o corra a esconderme cuando veo un pececillo dorado, no es que alguien pueda gritar “ahí viene el pez” y yo salga corriendo. Es sólo que cuando estoy en un cuerpo de agua, aunque sea una alberca, de pronto se me nubla la mente y pienso “un pez podría pasarme entre las piernas y no sé qué haría entonces”.

He tenido terribles pesadillas donde soy una especie de entrenadora de delfines (ya ya, sé que no son peces, pero para mi miedo no hay clasificación biológica que valga), me piden que me meta al tanque con ellos pues necesitan nadar conmigo. Ay en la madre. Son hermosos, enormes, poderosos y, si les da la gana, serían capaces de matarme de un solo coletazo. Estoy tan indefensa, tan sobrecogida por la absoluta belleza de los cabrones delfines y las orcas y los miles de otros peces que nadan allí y la pinche angustia está al tope. Me despierto siempre sudando.

Todo esto porque en Mónaco fuimos a uno de los acuarios más espectaculares con que me he topado y saqué muchas fotos, la mayoría malísimas (hay que ver qué difícil es sacar foto de estos adminículos vivientes ultra móviles), pero hoy que las revisaba me llamó la atención esta:

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Fue parte importante de mi viaje: sufrír gozosamente la visita a un acuario en uno de los sitios más estúpidamente lujosos del mundo. (A pesar de mi miedo, soy absoluta fanática de los hijosdesumojadamadre).

Renegando/Mindless good time

Ayer caí sin querer a una fiesta burlesque, organizada en el corazón de la colonia Nativitas. Me resistí a entrar todo lo que pude pues me sentí incómoda cuando vi una tribu de darketos-emos-punks-talla-cero y 18 años, pero (gracias diosito porque mis amigos  no me toman tan en serio como a veces lo hago yo) entramos.

En realidad era una especie de Babilonia-Barrio-Pobre. Me sentí como Tom Cruise en la fiesta de las mujeres encueradas de Eyes Wide Shut, nomás que sobre Calz. La Viga y Eje 6.

Hombres vestidos de mujeres, mujeres de hombres. Grupos con mohawks-retro-punk y otros, los más interesantes, con look rockabilly de los 50. Niñas de 19 en calzoncitos, quitándose las faldas rojas de can-can. Un hombre como de 50 años con chamarra de flecos y botas vaqueras, mirando. Un escuincle vestido de Pachuco y actitud de Zoot Suit. Un güey con un bozal tipo Hannibal Lecter en la puerta se me quedó viendo (casi puedo asegurar que me sonrió).

Todo indicaba que habíamos llegado a un sitio de excepción, al purgatorio o a una película de David Lynch: la luz roja, las lonjitas cheleras de las darketas que se iban encuerando, una tras otra, en la tarima central al ritmo de los Tiger Lilies, mientras alguien mezclaba música y efectos de sonido en una laptop.tetitas

Luego un grupo de rock de la colonia Escuadrón 201, morenos a rabiar y muy malos con los instrumentos, cantando en inglés. ¿Por qué en inglés? No importa, pensé. ¿Qué nomás los güeros pueden?

La fiesta entera un performance; los asistentes disfrazados de sí mismos, la casa abandonada con techos post art-decó, con escalinatas y candiles sucios de imitación; la sordidez caminando por ahí con su guadaña, lista para rebanar cabezas.

Fue la sordidez quien me mostró, ya cuando nos íbamos, una darketa casi de guardería, no tendría más de 15 años, a quien no pude evitar pedirle me dejara tomar una foto.

Estaba allí, recargada en un muro de dos colores y le pegaba una extraña luz en la corbatita tornasol que traía alrededor del cuello.

Cuando me respondió la oí gangosa, de un terrible y mal operado labio leporino o paladar hendido o god knows, con una nariz aguileña y enorme que sólo la hacían más interesante, (más un personaje y menos una niña que seguramente sufre burlas cada minuto del día).

Le pregunté cómo se llamaba. “No me vas a entender”, me contestó. Broma macabra de sus padres que le pusieron un nombre con una ’eme’ y una ‘ene’ demasiado cerca. Samanta, “saaammmnamnmnmnttta” en labio leporino mal operado.

Posó para la foto, con todo y su impedimento para hablar. Quise decirle que era sexy y que esa noche se veía hermosa. Quizás no lo supiera, quizás nunca lo va a saber, pero de verdad se veía hermosa.

Salí de allí con el corazón arrugado pero feliz de que haya lugares donde hay tantos disfrazados que la gente se entrena a ver más allá del disfraz.

Aquí algunas fotos, aunque de ninguna forma  hacen justicia a la noche de ayer:

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La niña bonita.

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El niño rockabilleando/vaquero-de-leningrado.

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La Punka.

Qué mucho

Fui a la tienda. Qué placer caminar a la tienda de mi casa a comprar algo de comer. Como cuando era niña que mi papá me esperaba en la avenida mientras yo iba a comprar chuchulucos. Salía salir a esperarme (antes de que la avenida pareciera una autopista), solía verme cruzar la calle. Me dejaba hacerlo sola pero estaba allí para hacerme fuerte.

Siempre, desde que empecé a caminar, me dio el beneficio de la duda.

Hoy volví a caminar a la tienda y recordé que, un poquito más grande, a los 12 quizás, iba con mi perro rojo a esa tienda y me dedicaba a coleccionar caras sin nombre: el tendero de la abarrotería que en el folklore de la colonia llamábamos cariñosamente “Leche y huevos” (ve por azúcar, pero vas a “Leche y huevos” donde está más clara), los hermanos a los que yo llamaba Karamazov, no porque hubiera entonces leído la novela, sino porque tenían una carota.

También existía una viejita solitaria que era difícil obviar: no tenía nariz.

A esa edad, claro, una persona sin nariz calificaba como haber caído en el hoyo de Alicia o en un cuento de terror de esos que tanto me gustaban.

Pero la viejita sin nariz iba resultando de a poco, un encanto.

Su ojitos hendidos, su bolsita del mandado y su deliciosa falta de protuberancias o de ángulos la hacían aún más dulce, tanto que después empecé a extrañarla en mis viajes a la tienda, buscaba ver dónde vivía o a qué se dedicaba. Nada. Pasaba meses sin verla, cada vez con encuentros más espaciados, hasta que un día no la volví a ver más.

Pensé que había muerto. Para mí, era ya muy viejita. Cabello blanco, sin nariz.

Pero hoy, dios salve al mundo, la volví a ver pasar. Iba en el coche, de regreso de terapia.

Ella caminaba un poco más lento, los antebrazos todos una sola arruga. Su falta de nariz me acabó de parecer una característica de insuperable dulzura.

Me dieron ganas de decirle: “Mira, mira cómo he crecido”.

Es chinampa

Se acabaron las vacaciones. Adiós calles. Hola fila interminable de autos.

En esta época la ciudad se parece a un tazón enorme de cristal empañado con dulcecitos de colores (tu coche, mi coche y los caramelos más grandes, de colores más brillantes que vienen en forma de pesero y metrobus). Nos revolcamos como si alguien le hubiera metido monedas a la ranura.

La cosa es que, en el regreso de vacaciones, alguien tapa la abertura y por más monedas que el echen, ningún dulce sale ya de aquí.

***

Me obsesiona la Ciudad de México.

Ayer vimos una porquería de película que disfruté sólo porque (yommy) Eduardo Noriega corre hasta una esquina del segundo piso del periférico para salvar su vida. Hay ciertas cosas que los hombres guapos deberían hacer más seguido: manejar y correr. Yommy.

Bueno bueno, además del increíblemente guapo Noriega, la Ciudad de México lucía estupenda en pantalla. Con la iluminación correcta, el puente del Museo de Antropología parece una locación futurista. Un centro de poder. No sé ustedes, pero cuando yo paso por esos puentes no puedo más que pensar en la carcasa de un animal cansado, medio muerto, un animal que, nomás reponerse, se va a volver contra nosotros.

***

Hace unas semanas caminé por esta ciudad como si fuera ajena.

Quiero decir, la ciudad me pertenece sólo cuando voy en auto. A pie (y sin mucha prisa), las calles se desenredan como una experiencia estética agridulce. En un inevitable cliché, se va deconstruyendo esa condición onírica tan característica del DF.

Por ejemplo:

Sol frío. Luz intensa y viento helado. Insurgentes Sur a la altura de Vito Alessio Robles. De una delgada cuerda penden hacia el cielo algunos globos. La luz rebota en la metálica carita de Pucca, Bob Esponja y Patricio. Un globo rojo dice ‘Te recuerdo’.

El hombrecito vestido de policía es más chaparrito que yo. Medirá 1.50 cuando mucho. Ni siquiera las inefables chelas son suficientes para proveerle un poquito de masa muscular. Es un policía de tránsito pero en realidad es uno más; es como nosotros. Nadie se asusta frente a él, nadie deja ni de sacarse un moco en su presencia. Aquí la autoridad no es TAN autoridad. Aquí todo parece más blandito.

Y él lo sabe. Por eso le vale madres si en el cruce hay cinco autos matándose por pasar primero. Tranquilamente blande su pistola (¿por qué los polis de crucero en esta ciudad traen pistola?), una pistola más grande que él mismo.

Tranquilamente se acerca a un teléfono público de tres-pesos-minutos-libres, tranquilamente con pistola apuntando al público, carita de Pucca y Bob Esponja brillando cómplices, tranquilamente se pone a hablar con una mujer (¿su novia, su mujer, su mamá?) y ríe. Ríe a carcajadas amplias, como dicen que uno debe bailar: pensando sólo en tu propio cuerpo, olvidando que alguien te mira.

Ríe a carcajadas locas. Con pistola en mano, el poli chiquitito ríe, como nunca en mi vida he visto que ría ningún otro policía en el mundo.

Por eso amo esta ciudad.

Comic erótico jo jo

Así llega la mayoría de gente a mi blog: buscan en google “Cómic erótico”.

Hace mucho que escribí algo de eso y la verdad  ni me acuerdo qué decía. No soy de las que releen el blog.

Ah pero cómo me genera tráfico ese post. Así que ahí les va de nuevo, nomás quería atraer gente para que leyeran lo que me pasó el otro día que seguramente les vale madre y no vendrían sin engaños.

Cómic erótico, cómic erótico, cómic erótico.

Los que se fueron, ni modo. “Nunca fueron míos”.

***

Busco un dato sobre un cuadro de Francis Bacon que tuve la suerte de ver en la Feria de Arte Contemporáneo en Madrid.

Google, el dictador, lanza más de 100 mil páginas como respuesta a la consigna “Bacon ARCO 08”. Abro la primera (que terminará siendo la única) de la lista. (***nota a mí misma*** el mundo real no debería funcionar como google pero a veces lo hace).

Empiezo a leer la nota: efectivamente, el Bacon fue la pieza más cara de toda la Feria este año, 20 millones de euros. Efectivamente, recuerdo esa pieza porque a Benjamín se le hacía cagado: “MIs piezas son las más baratas de todo ARCO y la de Bacon la más cara. Alguien se fijó en un periódico y me pusieron junto a él, en la misma oración.” Je. Je.

Qué suerte estar en algún lado junto a Bacon, pienso yo.

Recuerdo esa pieza y recuerdo más cuando el Benjamín me dijo: “No creo que la puedas volver a ver, así que vamos, te llevo al stand de la Marlborough Gallery.

Lo que no recuerdo es a qué horas nos tomaron esta fotografía (la de abrigo, pelo rojo y backpack es su servilleta):

Tampoco nos dijeron que sería usada para ilustrar la nota de un periódico electrónico de Vizcaya, el nunca bien ponderado El Correo Digital (y como no sirve el linkeo hoy para WordPress, pueden leerlo acá: http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/20080214/cultura/bacon-impone-arco-20080214.html

Así que ahora estoy, yo también, conectada bella e irremediablemente a ‘Man at washbasin’ del buen (Black) Francis Bacon.

***

Otra de mis aventuras en la metarealidad tiene que ver con una persona que luego de saber de mi existencia ‘física’ y (seamos francos) parecerle de alguna forma un poco molesta, se dio cuenta de que me leía y tuvo la gran amabilidad de hacérmelo saber.

Estábamos en una fiesta y se acercó a decirme que me leía desde hace tiempo, antes de saber que la que esto escribe también era yo, la otra, la que tiene pasado y es bien mamona cuando no conoce a la gente.

La yo mamona la había visto feo un día –creo– y además, qué cosa, compartíamos el conocimiento carnal de un bato, yo 10 años antes que ella.

El caso es que yo era, para ella, dos yos, una mamona y otra que la divertía por blog hasta que se dio cuenta de que las dos era yo.

Fuck.

Ni pa donde hacerse.

Así que me dijo: Yo te leo hace mucho tiempo. Me gusta leerte.

Yo me moría de pena porque lo escondo muy bien pero en realidad soy una tímida enferma que nomás escribe porque cuando habla casi siempre la cajetea.

Estuvo bien.

Para cuando terminamos de contarnos que si los hijos (los de ella, claro) que si las cosas diarias que si el novio que estuvo conmigo y luego con ella, ya se me había pasado un poco la pena.

Luego se fue y me quedé pensando cuál de las dos estaría ese día en la fiesta. La mamona yo, la bloguera yo, la que nunca sabe dónde meterse cuando le pasan estas cosas.

¿Cuál de todas llevaré a la fiesta de hoy, por cierto

Shannon y Mr. Mark

Para cerrar la saga de la Comicon solo quiero contar un par de encuentros menos espectaculares pero igual de lindos:

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Cuando vi el título pensé “ojalá no esté muy caro porque igual lo tengo que comprar”. Había muchos monos de pvc del Too Much Coffee Man, pero este atrapó mi atención. Lo miré laaargo rato. En realidad ni siquiera quise hojearlo, el título me noqueó desde el principio, de los mejores que he visto en toda mi vida.

“Que se joda el puto cielo, cuando muera quiero irme a Marte”.

Lo dije así, en español y un hombre muy blanco me preguntó: “Spanish?” No, mexican. “Can you say that again for me, please?”

“Que se joda el pinche cielo, cuando muera quiero irme a Marte”.

Sonrió. Yo ya había pagado el cómic, pero me lo pidió de regreso. Lo abrió en la primera hoja y me lo firmó. “Ay, usté es el autor, perdón, no lo conocía”. Además de chulear my accent (siempre he querido salirme de mí por un momento para ver mi cara de frente y de paso escuchar mi acento), me regaló un boleto para la ópera que se presentaba esa misma noche de Too Much Coffee Man.

Gracias, Shannon.

***

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Luego pasé junto a un tal Marc Hempel que muy irónico, luego de ver mi emoción, me preguntó si había esperado este momento tooooda mi vida.

“No, no toda mi vida, nomás unos años, pero tú tienes la culpa de que me caigan tan bien las ratas”.

Mark firmó mi Kindly Ones justo al lado de la grandilocuente firma de Neil.

La suya es chiquita y mucho más maliciosa. Es re punk el Mark. Qué bien me cae la gente que no blande una naturalidad que no posee.

Me besó me besó me besó me besó me besó

Quisiera mantener una pizca de dignidad aquí, pero la dignidad no va muy bien con nosotros los die-hard fans.

Ni modo, otra vez fuera calzones y así, sin malicia, quiero contar como se siente cerrar un ciclo, realizar un sueño y que te tiemble hasta la cola cuando ves a tu héroe de toda la vida.

Fui besada (besuqueada ilustra mejor lo que me hicieron) por el todavía hija-de-putamente-guapo-inteligente-dulce-astuto Mr. Neil Gaiman.

No sólo eso, además estuve a 30 centímetros (bueno, tal vez 50 o 60) de su conversación con Matt Groening. Ahh, se me olvidó también besé a Matt Groening.

Como dijo Gaiman un poquito antes: eso es lo bueno de ser yo. (Claro, él se refería a levantar el teléfono y preguntarle a Ray Bradbury si le importaba que usara una referencia suya, pero igual, se siente lindo poder decirlo aunque uno, mortal que es no tenga el celular de Ray Bradbury).

Dioooos.

Me tembló la voz, me dolió la panza, se me aceleró el corazón, el aliento, la imaginación.

Me trataron tan bien que me invitaron un vaso de agua o un refresco. Dije que no, por supuesto. No puedo creer lo ñoña que soy para aceptar cosas que me dan. No puedo creer lo tímida que soy, lo físicamente enferma que me puede resultar la verguenza de sólo ser yo y sentirme encuerada frente a gente lista.

En eso estaba pensando cuando el dueto ¨abrióse¨hacia miguelita y me invitaron con el cuerpo a platicar.

Baba de perico para ellos, cosa del backstage, entre actos, para ellos.

Puuuuf.

Para ellos. Yo sí que me estaba (pardon my french) meando.

Como en automático le dije a Groening sobre la familia mexicana, de cómo los Simpsons de pronto se le parecían y se rió mucho.

Es un hombre gordito, canoso, con sonrisa franca y ojos cabrones.

Risa y risa. No sé exáctamente qué chingados dije (o cómo lo dije), pero los hice reír a ambos.

Puf, puf, y más puf.

Mañana sigo contando. Ahora debo irme. Usted solo debe saber que hoy voy a dormir como un recién nacido, con un beso de Gaiman y otro de Groening en la mejilla izquierda.

Puf.

Avistamientos

Atestigüé y quería compartir con los que viven en el DF y se preguntan ¿qué pitos hace Carmen Aristegui en sus ratos libres?

La periodista va al cine. (¿Tiene ratos libres?)

El domingo llegamos tarde a la peli y tuvimos que sentarnos en la primera fila. Junto a nosotros había un hombre de pants brillosos atajándose la presentación más grande de palomitas amarillo sulfuro. A los cinco minutos, sobre los primeros diálogos de Anthony Hopkins, una figura menudita, inofensiva, pidió perdón para cruzar hasta su lugar junto al sulfúrico palomoso.

Nada decían, ella muy quedito asentía de vez en cuando. Luego alzó un poco el tono y me trasladó al noticiero de la mañana. De perfil es inconfundible. Su nariz flaca e inteligente no dejaba dudas. Traía botas cómodas y un pantalón de mezclilla demasiado claro, del azul de moda en los 90.

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Es bien bonita. De hecho, es de esas mujeres que pondrían en peligro mi straightedness. Ni hablar del peluquín.

¿Será que llegó tarde para que nadie la reconociera? Debe ser terrible NO ser artista de Televisa y que te hablen en la calle.

Además me sentí mal pero quería saber si ese hombre era (no sé por qué no lo podía creer) su romance. Casi al final de la cinta se tomaron de la mano.

¿Y a tí qué te importa, pinchi chismosa?

Horribles preconcepciones abarcan mi mente. ¿Con quién esperaba que saliera Carmen Aristegui? No sé.

Nota mental (gracias Carmen, otro de tantos favores que te debo): la gente sale con quien le hace sentir rico, no con quien tu cochambrosa mente espera que salga. Punto.

***

Hoy a las 8:30 escuchaba el programa de Aristegui. Entre sus invitados estaba Denise Dresser. Es una tipa muy lista, a la que pude entrevistar hace unos meses en su mansión del poniente de la ciudad. Es muy rica y muy lista. (Me confesó que tiene acciones en Starbucks, ahí nomás).

Justo las escuché reírse juntas cuando pasaba frente a la casa de Dresser (paso diario por allí). Me las pude imaginar con las arrugas que ya sé que tienen y una suerte de realeza que las embalsama en este momento histórico del país.

***

Por si alguien se preguntaba, el otro favor que le debo a Carmen Aristegui es que mi terapeuta la usa como ejemplo de disciplina. “Sé que te gustaría levantarte antes que Carmen Aristegui para lograr todas esas cosas que quieres lograr”, me dijo una vez.

Antes está cabrón, pero ahí la llevo.