Apolítico

Mi sentir es que la matanza (mágica desaparición) de Ayotzinapa-Iguala hizo que la conciencia mexicana retumbara en sus centros, como dice el comercial de guerra que es nuestro himno.

Mi sentir es que algo se quebró, algo que ya no se puede pegar y acabaremos caminando sobre vidrios rotos, descalzos, heridos, empujándonos unos a otros para no picarnos las plantas de los pies. Si no barremos bien, esto será un lodazal viejo pero no habrá manera de sanar: allí van a estar esos pedacitos rotos.

Hay algo que no deja de sorprenderme: la acción automática de matar que atestiguan todas esas fosas clandestinas. No importa si es uno o cuarenta y tres: nuestra policía (nuestro pueblo) transformó ya el asesinato en línea de producción.

Como si estuviéramos parados en una línea de ensamblaje; la banda sin fin nos pasa por enfrente y debemos apuntar el rifle automático antes de que el humanito (¿un juguete?) pase de largo. Allá, quién sabe dónde, lo usarán vivo o muerto de alguna forma. Allá, al final de esa banda de engranajes viejos, usarán a los humanitos para algo y no sabes, maldita sea, para qué.

Se mata como si se encajara el bracito de una muñeca china que no alcanzas a ver completa.

Por eso es que comprendo el azoro de los polis y los gobers y los alcaldes: ¡Y ahora por qué tanto escándalo! Hemos matado cientos, miles y nunca nadie se había enojado tanto.

¿Cómo? ¿Que sean normalistas cultos los hace diferentes? ¿De cuándo a acá leer un libro te hace un muerto más valioso que otro?

Deben estar sorprendidos. ¿Por qué estos, precisamente estos, son tan importantes?

Nosotros sólo estábamos poniendo bracitos. Ojitos. Pelucas. El engranaje pasaba, la banda sin fin se iba y había que matarlos. Son órdenes. Al final, quizás esos humanitos se convierten en algo. Hay un motivo. Aunque nosotros no podamos verlo.

With a little help from José Carlos Becerra

A estas horas de la mañana (que bien podría ser mi noche) no hay nada que me consuele. Hay trabajo, hay trajín. Luego: pensar en la comedia de la media tarde: cocinar, dejar hirviendo, hilvanar los ánimos durante horas antes que anochezca y empiece de nuevo.

Con el estado que me cargo, lo mejor es preguntarle a José Carlos Becerra qué piensa. Abro una página de El Otoño recorre las islas y encuentro eso que necesito para hilvanar fino y no olvidar. Ese libro y yo somos los mejores amigos. Siempre está allí, dispuesto a aclararme lo que pienso.

Aquí un ejemplo:

Te detuviste a desear aquello que mirabas,

te detuviste a inventar aquello que mirabas,

pero no estabas detenido, lo que mirabas agitaba tu propio pañuelo

Algo de eso comprendiste,

desconfiabas de tu deseo, pero era la saliva la que brillaba en los dientes de tu deseo,

eras tú esa masa pastosa que alguien masticaba

pero que iba siempre a parar a tu estómago,

era tuya la mano con que te decían adiós

y era tuyo el pañuelo.

Puedes fingir que estás fingiendo, puedes simular que eres tú,

que es tu deseo y no tu olvido tu verdadero cómplice, que tu olvido es el invitado que envenenaste

la noche que cenaron juntos.

Puedes decir lo que quieras, eso será la verdad

aunque no puedas ni puedan tocarla.

¿Cómo era?

Me intriga cómo se hacen los amigos. Las filias, cómo empiezan, qué vemos en el otro que no podemos resistirlo.

Hablo del otro amor, el que no tiene que ver necesariamente con sexo.

Los laboratorios del amor son las fiestas y las reuniones. En cada mesa un matraz, un mechero de Bunsen, una caja de Petri. Listos para la alquimia: nuestra intención siempre es buena.

Pero rara vez resulta.

De mis mejores amigos como de mis amores recuerdo la primera vez que hablé con ellos. Un chiste bobo. Los zapatos que traían puestos. Más de una vez me ha ocurrido que identifico la prenda antes que al amigo. Digo yo podría ser amiga de esos tenis, claro que sí. Mi amigo, el único que tiene pase directo vitalicio a mi departamento de la risa, fue primero una camiseta. yo podría ser amiga de esa camiseta, claro que sí. Me tardé un par de días en reconocerle la cara a la camiseta, que luego me aclaró “era prestada”. Chale. Y yo ya no podía echar para atrás lo de darle el pase vitalicio.

Otro amigo, el del pase vitalicio a la emoción onírica, fue primero unas mangas. Tuvimos muchas peleas al principio, nos veíamos en eterno conflicto, pero siempre supe que esas mangas ya no me iban a dejar. Las tendría cerca de mí toda la vida.

Lo que quiero decir es que lo supe desde el primer día.

Antes de que la música o los libros o el cine o las tardes de confesiones nos hicieran verdaderos amigos.

Lo que quiero saber es cómo le hace uno para saberlo tan temprano. Te da un gran golpe en la cabeza. No importa que luego vayas inventando los caminitos, ya sabes que por allí hay un sendero y como si fueras en un trance, lo empiezas a recorrer.

Luego digo que no creo en el destino porque el destino siempre es presente, no futuro. Pero existe, pues en este presente eterno las cosas tenían que ocurrir así y no de otra manera.

“There are paths outside this book, you know” le decía el Delirio al Destino.

Y el Destino, con su capa cubriéndole los ojos ciegos sólo acierta a leer una línea de aquél libro donde todo está escrito: “and suddenly, as if in some kind of trance, she goes on and says  there are paths outside this book, you know“.

Y en otras noticias…estas son nuestras librerías…

La foto fue tomada por Dante en Huehuetoca, Puebla Edomex, en un evento teletonesco donde pretendían que ‘el pueblo’ (así, en abstracto) donara.

Según lo que me platican, los organizadores hablaban de donar ‘a los necesitados’. No había una agenda clara ni un responsable de a dónde se irían esos fondos.

Dante iba a sacar fotos de un grupo de rock que tocó allí de forma gratuita, para entretener la tertulia donadora, pues.

Los asistontos les gritaban ‘¡Que los del grupo también donen, que den dinero!”.

No era suficiente donar su chamba, su música, pues. Pagar su caseta y dar cinco u ocho horas de su vida, pararse a tocar allí. Había que donar, no se sabe a quién o para qué.

Esta librería estaba por allí, haciéndola de metáfora metálica. Así son las librerías del país, así son nuestras fuentes de conocimiento: están cerradas, viejas, vacías y parecen puestos de tacos.

Así aprendemos a pedir en este país: poniendo la mano en cunita, encabronados porque todo lo merecemos. ¿Qué se están creyendo? ¡Que nos den, que se organicen Teletones, que se organicen mítines políticos y se prometan cosas!

Al final nadie va a pedir cuentas. Nadie hará el trabajo duro de dar y recibir: verificar que lo dado forme parte de un ciclo productivo. O ponerse a chambear para que al rato no me tengan que dar, por ejemplo.

Bienvenidos a las librerías mexicanas, pegadas a esa mexicanidad que luego, paseando por Santa Fé, se nos olvida a todos.

Murió Milorad Pavic, snif

Hace un año empecé a leer a Milorad Pavic. Me enteré (mientras lo leía) que su Diccionario Jázaro se publicó el año en que murieron mis padres. Ese diciembre tuve unas repentinas e irrefrenables ganas de hablar con ellos y el Diccionario me sirvió de traductor.

Como dicen que dijo Francisco de Quevedo “la lectura nos permite escuchar a los muertos con nuestros propios ojos” y para mí, leer es también hablar con los míos.

Siento mucho esta muerte.

Siento que ahora la que va a tener que  escribir un libro soy yo, para ver si nos traduzco esta conversación que seguramente no ha terminado con Pavic.

Donde quiera que estés, nomás sigue hablando.

***

Reproduzco aquí una parte de ese post del año pasado:

Aún no puedo hablar del libro porque no lo he terminado de leer. Sólo puedo decir que de lejos parecía un libro inofensivo.

Se le veían apenas unas garritas pero es como el comercial de la margarina que todo mundo recuerda: de repente Pavic abre la boca y lo traga a uno bondadoso y desprevenido lector.

Copiaré regularmente algunos párrafos de este interesante libraco, de aquí a que lo termine, en honor a aquel lector de zoológico que prefiere ver a estos animales detrás de una zanja. (No los critico: ahora me doy cuenta que ver de lejos a los libros no significa pasar por alto su majestuosidad).

“Imagínese que dos hombres tengan cogido a un puma con dos cuerdas. Si quieren acercarse uno al otro, el puma atacará, pues los lazos se aflojan: sólo si los dos tiran al mismo tiempo, el puma quedará a la misma distancia de uno y de otro. Este es el motivo por el que el que lee y el que escribe difícilmente se acercan: entre los dos, capturado, está el pensamiento en común, atado con cuerdas que tiran en direcciones opuestas. Si ahora le preguntásemos al puma, es decir al pensamiento, cómo ve a estos dos hombres, podría responder que los seres comestibles están tirando con las cuerdas de algo que ellos no pueden comer…”

“…y obtendrá de este diccionario, al igual que de un espejo, tanto cuanto invierta en el mismo, pues de la verdad -como se apunta en una de las páginas de este léxico- no puede obtenerse más de lo que se pone.”

No hay lugar para esconderse

Serán las redes sociales, los espacios electrónicos, los chingados celulares, las direcciones electrónicas, los passwords, los códigos compartidos, el google earth, el omnipresente iphone que tuitea solito, sin que nadie le dicte, (dicen los que poseen uno), las asambleas en el tráfico donde todos expresamos a puñetazos en el volante lo que pensamos de la condición humana. Serán las chingadas arañas de Marte o un punto particular de mi vida, pero últimamente, cómo es cansado: nohaylugarparaesconderse.

Quiero irme a un sitio donde mis pensamientos sean privados, leer un libro que nadie conozca, descubrir algo ferchristsakes…algo nuevo que me ahogo.

Violence

La palabra violencia es hermosa.

Contiene dos diptongos, una ‘ve’ suave y su última sílaba se desliza como un cuchillo hacia el que la pronuncia. VIOLENCIA.

Yo tengo asma… ¡si sabré yo lo que es violentarse!

Sostengo el aire hacia mí, en contra de mi voluntad, con lujo de tortura. Es como hacerse el tehuacanazo solito.

Es duro reconocerlo, pero así es.

Así que tuve un momento estos días en que por violencia no podía terminar ningún escrito. Tuiteaba, me hacía tonta allá en el Facebook, donde sólo unos cuantos son capaces de decir algo.

Ruido blanco somos y en ruido blanco nos convertiremos, diría yo, en lugar del bíblico polvo.

Mi ruido blanco, cuando sólo puedo hacer blalalalalablalaabla se torna, además, en mi contra. Se me hace asma.

Hoy encontré que a Nick Cave también:

“Todo lo que escribo está visto tras un prisma de violencia” dice Cave, serio. “Incluso si hago una canción sobre una pareja en una pradera llena de flores, está visto desde la perspectiva de una consciente ausencia de violencia. Somos criaturas violentas. Siempre ha sido así y siempre lo será. No estamos nunca lejos de la agresión”.

Toda proporción guardada, debo decir que esa declaración me hace sentir un poco mejor.

Voy entendiendo que nada que vale la pena de leerse o escucharse si viene sin mácula. Viene todo manchado del chapopote rojo oscuro que traigo de fábrica en lugar de aceite o sangre.

***

Escribí un cuento con el tema de la ofensa y una vez terminado recordé todo lo que había soñado escribir sobre el tema: “Hablaré de los contrarios, de la ofensa que comunica con el perdón, hablaré del Ramadán (el mes del ayuno musulmán que también es el mes para ser generoso, entre otras formas, perdonando); seré más lista que yo misma y entenderé la ofensa como un asunto de espejuelos, de puntos de vista, de dolores varios”.

Pero no lo logré.  Uno nomás escribe, como dice Nick Cave, de eso que sabe hacer muy bien.

I’m sorry.

***

Hablando de Nick Cave y ya que hoy está hablando por mí, que cante también el muy cabronete:

I look at you and you look at me and
deep in our hearts know it
That you weren’t much of a muse,
but then I weren’t much of a poet

Lo’ Bicle

Ayer pudo ser el día de los Beatles -mainstreamoso si se quiere-, en el que se abría  la posibilidad de  que los fans viejos empezaran a odiar a los nuevos por wannabes y esas linduras cotidianas, ayer casi tocamos la posibilidad de abandonarnos hablando de música: cuánto me cagan&gustan los Beatles o de videojuegos cuánto me caga&gusta el RockBand o de wannabes cuánto me caga hablar de cosas tan nimias como los Beatles y el RockBand, hablemos mejor de la cábala, el 090909, hagamos el amor este día, formemos un hijo, pongamos un negocito, vayamos al cine, abramos una nueva cuenta de twitter…

…ocurrió que un boliviano dizque secuestró un avión con dos latas de Jumex llenas de tierra y lucecitas. AJÁ, ajá.

Entonces tuvimos que dejar de pensar en los Beatles y el RockBand y el padre y el hijo y volteamos a ver el deplorable estado del Estado y todos sus integrantes.

Leímos, desconfiamos, nos reímos, sabemos que somos parte de la farsa. El boliviano pudo ser un loco cualquiera, pero también pudo ser parte de una estúpida conspiración-cortina de humo y ¿qué clase de gobierno tenemos si fue así? ¿y qué clase de mundo tenemos si NO fue así?

¿Qué clase de mierda nos habrá caído repetidamente en la cabeza que debemos desconfiar de cualquier cosa que nos dicen?

¿Qué clase de mierda preparan que DEBEMOS desconfiar de cualquier cosa que nos dicen?

Estoy tan cansada.

Ayer quería pensar en los Beatles, escribir un post sobre la letra de While my guitar gently weeps, enjuagar mi pobre esperanza en este país, esperanza en que esta ciudad y esta calle no estén convirtiéndose en lo que parecen transformarse a diario; with every mistake we must surely be learning, still my guitar gently weeps.

Solo quería desentenderme un puto día, pero está visto que en este país no se puede ni divagar a gusto.

Concentrarse y no sentir

Está del nabo darse cuenta de que a veces, uno realmente no tiene nada que decir.

Hoy todo es más grande que yo y no tengo ningún funny remark sobre nada.

Me erosiona ver cómo se burlan de nosotros los diputados, cómo se ha vuelto una práctica común ir a rematar gente en los velorios.

Me seca las ganas que alguien diga “en realidad, esto siempre había estado igual, nomás que ahora nos enteramos más”.

What?

Se refería a que siempre han matado gente en México, pero que ahora ‘ los medios nos lo informan todo el día’.

‘Así hemos estado siempre’. ¿Es una vacuna para concentrarse y no sentir (como Mafalda cuando toma la sopa)?

La recámara, el universo

Otro de esos días donde creo que mi ventana (esta ventana) quiere husmear en mi cuarto.

¿Quieres blog ver hacia acá? Disculparás el desorden, pero es que llevo tres días merodeando sola en este cuarto que no es uno, son dos. Aquí hay tazas, plumones, libros, una computadora blanca y un balcón al que nunca salgo. Carmen Aristegui nos hace sonreír cuando recuerda, entre noticias de asesinatos adolescentes, a sus padres en Veracruz, ¿se sentirá igual de frágil que todos los demás? ¿los estará invocando? Se nos juntan las cejas cuando pensamos que Cemex, ni más ni menos, está dando un reconocimiento a periodistas: la apuesta segura, Granados Chapa.

Hay un libro haikús-zombies de Ryan Mecum, un regalo de Dante, (one thing on my mind/only one thing on my mind,/ I’m going to eat you) que me hace sentir comprendida: “To George Romero: because of you I’m screwed up. Thanks for your movies”.

Aquí hay muchas dedicatorias a creadores. El coffee table book de Kubrick, aunque yo no tengo una coffee table. Leo y tomo café acostada en el piso.

Hay un corcho con tu foto y una postal del cuadro “La decapitación de San Juan Bautista” de Michelangelo Merisi da Caravaggio. El pintor de la noche, para los cuates.

La postal existe porque ninguna otra pintura me ha quitado de esa forma el aliento. Está allí porque mi caminata de una sola tarde por la isla de Malta bien podría ser una culminación estética.

En este cuarto somos 20 muertos diarios, un promedio de 20 descabezados diarios que ya ni noticia son. Le vamos diciendo al cuerpo que se acostumbre, que el conteo no bajará, que pronto no habrá agua, que pronto no habrá perdón. Y sin embargo este es un cuarto donde se baila. Aquí  se baila se baila se baila, exactamente a las 5.20 de la tarde, quiera el habitante o no, se baila.

¿Cómo hubiera pintado Caravaggio estos descabezamientos, los nuestros?

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