El castillo

(Sin acentos)

Siento no poder subir fotos del Castillo de Bran (Flakes) por ahora, pero estoy en un cafe internet en Brasov, un pueblito a 20 km del timo ese que llaman el castillo de Dracula.

Cual castillo de Dracula inchis rumanos…desde que llegue me estan timando, son unos gandallas! Hoy que ya me regreso a la bella Budapest, hasta gracia me hace. De algo tienen que vivir, pienso. De chingarse al capitalista; porque aqui el capitalismo todavia es un tema de conversacion. A diferencia de los hungaros, estos batos solo tiene un par de decadas aprendiendo a hacer bizne de lo ajeno.

La mayoria de los autos en un pueblo pequenio como este son Renaults de los 70 y oh gran dios celestial, por fin se me hizo ver un Trabant circulando.

Me siento en Bolek y Lolek.

Decia que no puedo subir fotos (o cambiar el idioma del teclado y por tanto los acentos) por una razon organica, ilustracion elocuente de  la mayor parte de mi estancia en Rumania: en estas maquinas todavia funciona el Windows 98, son unos armatostes con ‘llave’ y lo mero bueno, no tienen entrada USB.

Ok.

Aca funciona un teleferico, fer christ sakes. Los ninios de 8 y 10 anios tienen una maldad a la vez terrible y tierna: fuman como chacuacos.

Las puertas de entrada a las casas son de madera, enormes, como de establo y cuando se ve que no paso por alli algun ‘camarada’ con billete, miembro del Partido, huelen a humedad y polilla.

Por fuera, por como esta planeada la ciudad, es exquisita. Tiene algo triste, algo de medieval, algo de oscuro.

Algo he aprendido en Europa del Este. Cuando el cielo dice ‘agua va’ no esta jugando: van tres veces que llego hecha una sopa (sopa como cuando nos mojabamos en sabado de gloria, con la cola mojada pa que me entiendan) a mi casita. Dos de esas veces he sentido verdadero miedo de que algo me ocurra bajo la lluvia y el aire. Una de esas veces, la tapa de un basurero me sirvio como escudo contra el granizo, que, no miento, eran rocas filosas que alcanzaron a dejarme algunos moretones en los brazos.

Asi de cabrona la lluvia y todo, pero sigue siendo verano. Ayer por la tarde hacian 30 grados, sudabamos como camellos en el castillo, subiendo escaleritas como imbeciles. Luego dormite (no se puede llamar ‘dormir’ a lo que he hecho en este viaje) y como por ahi de las 2 am los relampagos empezaron a recordarme donde estaba: you are in Transilvania, my friend, so start being scared. And I was.

Cayeron unos cuantos cerca, en el bosque circundante. Lo digo porque los oi (recuerdan eso de y retiembla en sus centros la tierra? pos el Bocanegra por ahi era transilvano) pero tambien los vi. Usssh. Ayyy cabron.  

Durante este genunino road trip he tenido tres casitas (bed & breakfast que les dicen, aunque la mayoria te queda a deber el breakfast), un hotel y un hostal de estudiante. He conocido gente muy generosa en todos lados. Ayer los seniores de Bran me invitaron un brandy baratito que diluyen con agua y que sabe como a bacardi con azucar y claro, pero of course que acepte. Hablabamos en todos los idiomas posibles, me hicieron reir, me calentaron un poquito el corazon que ya se me andaba enfriando con tanta pinche empapada.

Si. El sol sale a veces. Sale en cualquier parte del mundo, igual que ‘lo otro’ aquello que nos convierte tambien y por momentos en una especie hija de puta  (cuya pertenencia no me dejan olvidar estos ninios que se golpean, literalmente, mientras prenden un cigarro con la colilla del otro aqui en el cafe internet de Brasov).

Bien, sin fotos, sin USB, con un chingo de ganas de echarme unos tacos de biste… asi me despide Brasov. Manana salgo para Bucarest, una ciudad harto parecida a la Ciudad de Mexico, donde me recibio un hombre en la estacion de tren con aliento alcoholico, me arreglo el ticket del tren y me pidio propina… buena onda el rumanito. En Bucarest tomare el avion para Budapest, una noche mas y de regreso al monstruo que trae en la boca mi cama, mis gatos, mi oficina, mi rutina, mi terapia. Sobe todo estan mis cuates, mis bares, mis puestos de tacos, mis otros calzones (ejem, no calcule bien) y mi novio que es buenisimo para quitarmelos y mi herma que me va a reganar por no abrigarme lo suficiente.

Que mas quiere uno chinga.   

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Thinking Blogger Award

El maestro Vega (alguna vez biennombrado en el índice de una antología de cuento como el escritor Guillermo VeRga, no miento) tuvo a bien escribir algo acerca de este blog que me dejó con una super sonrisota ahora que estoy en “tan lejos del suelo donde he nacido”.

Y no es que “inmensa nostalgia invada mi pensamiento” , sino que uno se vuelve hiperconciente.

Por ejemplo, la onda de que nadie te entienda un carajo en la calle, está pelón. No es poca cosa estar rodeada de gente con prisa que no entiende una palabra de lo que dices y por si fuera poco le vale mil madres…, aunque, pensándolo bien, me pasa seguido. Una se siente insegura, miedosa, chiquita… O ya es, y aquí viene a darse cuenta.

Lo que escribió Vega de mí hace que me sienta un poco más acompañada.

Que si un húngaro viene y me pasa por encima pueda yo decir: al cabo ni me importa, aquí nomás soy una chaparrita con cara de chihuahueño, pero en mi país, un escritor al que admiro dice cosas lindas de mi blog.

En cuanto a dar mis premios, creo que pasaré. Supongo que es cosa del sitio donde me encuentro. Si me hubieran agarrado en Estados Unidos, otra ave cantaría.

Sin premios ni nada, nomás quiero decir que los links de la derecha están allí porque los visito muy seguido. No conozco a todos, sólo los disfruto y tampoco están blogs de personas a quienes conozco y quiero pero me da güeva leer.

Asi es el pinchi mundo del blog, divide al cuate del escritor. Al menos para mí.

Disculpen ud este post tan blogeek.

Now puncha your ticketa or your gonna pay five thousand.

Welcome to Budapest

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No sé cómo, pero llegué. Si alguien me pregunta cuántas horas, puf, algo así como 14. Cuéntenlen del D.F. a Ámsterdam + 2 horas en el aeropuerto + 1:30 de Ámsterdam a Budapest y 20 mins del aeropuerto al Hotel Inter-Continental, a orillas del Danubio.

En realidad se sintieron como 2 días. No sólo es el cansancio físico del famoso jet lag, sino la sensación de que se ha llegado a otro planeta. Llegué en sábado por la noche y el malecón junto al enorme Danubio de mis libros de geografía de la primaria era una gran fiesta. Había muchos botecitos de Smirnoff tirados en la calle y hombres ladrando, meando su territorio. Son re gritones los húngaros. Las chavas lindas, pero rarísimas. No se puede decir que sólo haya güeras ni blancas ni de ningún tipo. Como en México, no hay una cara reconocible, clavada, a menos que hayas vivido ahí por mucho tiempo. 

Lo que si pasa es que, sobre todo los hombres, parecen salidos de un centro de rehabilitación. O beben mucho o los inviernos están super cabrones. (Probablemente ambos). Por un momento, saliendo del metro sentí que estaba en una tierra de puros Kurt Vonneguts, con sus chinos mal cortados formando un casco marciano en su cabeza y esa sonrisa de “yo sé algo que tú no sabes ni sabrás nunca”.

A diferencia de otros europeos, los húngaros te ven a los ojos, sonríen, se besan en la calle, bailan al ritmo de la música gitana, aunque mantienen cierta melancolía en los ojos. No están tratando de agradar a nadie, pero seguido se ofrecen a ayudarte. Son adorables, te enamoran de inmediato con su actitud seminfantil. 

El único problema para el visitante es su idioma. El inglés como que los asusta. Es preferible hablarles en español y que ellos contesten en Magyar. Así se entiende todo más rápido.

Son espontáneos y cabrones. Por alguna razón me siento como en casa: nada funciona muy bien, pero si te pueden chingar, bueno, no pierden oportunidad.

Hoy tuve mi bautizo: me agarraron los policías del metro. No fue mi culpa. Fui a seis SEIS máquinas para comprar boletos y dos de ellas se tragaron mi dinero sin regresarme ni un pinche boleto, ni un besito, ni una explicación.

Cuando por fin encontré una taquilla (es domingo y todo está cerrado) compré varios boletos, previsora yo. Ni madres, pensé, a mí no me agarran los polis esos de las películas comunistas.

En eso estaba, con mis boletitos en la mano bien contenta cuando una señora muy amable me preguntó en Magyar (húngaro) puro a dónde iba. Cuando le señalé en el mapa prácticamente me jaló con ella para indicarme el camino. Seguro dijo algo así como “vente, burra, yo voy para allá” Durante el largo viaje por las escaleras eléctricas me hablaba y me hablaba y yo me reía de nervios porque no entendía ni madres y pensaba “igual esta es una línea cerrada y la señora hungarita me va a noquear allá abajo…bueno, no traigo mucho de valor, sólo que me jode que me quiten el iPod…” Y la hungarita, con nalgas como de payasito, 55 años, seguía como tarabilla, hablando en este idioma que nadie entiende, con acentos que les nacen a las palabras como hierbas silvestres.

Llegamos abajo y la hungarita me jala…Ups, ahí está el poli del metro. Tenía los dientes podridos y en el brazo una banda igualita a la de las pelis. Junto a él una mujer policía con cara de dóberman güero. Puf. A la hungarita le dio mucha pena, me vio a los ojos con carita de “ay seño, lo siento, pinchis polis húngaros, se la van a chingar, je, je” y se fue.

La mexicanita que esto escribe, con todo y sus boletitos anaranjados recién comprados, se la peló. “Punch the ticket, punche the ticketa”, me decía la poli. “Yes, yes, I puncha the ticketa, pero no hay donde putas poncharla!”, dije yo. “No puncha tha ticketa, you pay 5 thousand” “No no, pero espérese, yo no sabía, I didn´t know you hungarian mamón!” “You pay, you pay or I calla the police”. Puta madre. No, pus ni para dónde moverse. I pay the ticketa, pinchi magyar, I paya the 5000. Pfttt. 

Se me olvidó sacarle la lengua, pero ahora de regreso lo hago, ya que haya punchado mi ticketa.  

Tuve que pagar 5000 florints (acá les caga si les das euros y cuando te los aceptan en la calle pierdes en el tipo de cambio) que aún no sé cuánto es, chingado, porque ni siquiera entiendo el tipo de cambio… aay dios.

Bueno, al menos nunca voy a olvidar que hay que “ponchar” el pinche boleto y que los bautizos de urbanidad acá cuestan 5 mil florints. 

Más de lo mismo, al rato o mañana, cuando los magyares me lo permitan.