Apolítico

Mi sentir es que la matanza (mágica desaparición) de Ayotzinapa-Iguala hizo que la conciencia mexicana retumbara en sus centros, como dice el comercial de guerra que es nuestro himno.

Mi sentir es que algo se quebró, algo que ya no se puede pegar y acabaremos caminando sobre vidrios rotos, descalzos, heridos, empujándonos unos a otros para no picarnos las plantas de los pies. Si no barremos bien, esto será un lodazal viejo pero no habrá manera de sanar: allí van a estar esos pedacitos rotos.

Hay algo que no deja de sorprenderme: la acción automática de matar que atestiguan todas esas fosas clandestinas. No importa si es uno o cuarenta y tres: nuestra policía (nuestro pueblo) transformó ya el asesinato en línea de producción.

Como si estuviéramos parados en una línea de ensamblaje; la banda sin fin nos pasa por enfrente y debemos apuntar el rifle automático antes de que el humanito (¿un juguete?) pase de largo. Allá, quién sabe dónde, lo usarán vivo o muerto de alguna forma. Allá, al final de esa banda de engranajes viejos, usarán a los humanitos para algo y no sabes, maldita sea, para qué.

Se mata como si se encajara el bracito de una muñeca china que no alcanzas a ver completa.

Por eso es que comprendo el azoro de los polis y los gobers y los alcaldes: ¡Y ahora por qué tanto escándalo! Hemos matado cientos, miles y nunca nadie se había enojado tanto.

¿Cómo? ¿Que sean normalistas cultos los hace diferentes? ¿De cuándo a acá leer un libro te hace un muerto más valioso que otro?

Deben estar sorprendidos. ¿Por qué estos, precisamente estos, son tan importantes?

Nosotros sólo estábamos poniendo bracitos. Ojitos. Pelucas. El engranaje pasaba, la banda sin fin se iba y había que matarlos. Son órdenes. Al final, quizás esos humanitos se convierten en algo. Hay un motivo. Aunque nosotros no podamos verlo.

Sobre el viejo y el nuevo Rock 101

¿Seré yo una buena fuente (con mi memoria de queso gruyere) para analizar el regreso de esta estación de radio?

No.

De hecho no soy buena fuente para casi nada… mis recuerdos están distorsionados, en este caso por el putazo de hormonas que recibió mi cuerpo justo a los 11 años, cuando entré a la secundaria y me corté el pelo como niño; me empecé a poner mousse; me crecieron las tetas y de repente me di cuenta de que mi mamá era mi peor enemiga. Jo jo jo.

Entrábamos a las 7 am a la escuela; mi enemiga mami tenía debilidad por despertarnos de las formas más extrañas. Desde la violencia verbal hasta la música. Ésta última era la que más me gustaba. Le subía el volúmen al único aparato de sonido que existía en la casa, alrededor del que nos juntabamos a ¡oír discos completos! algunas tardes de domingo, aunque por las mañanas la onda era prender el radio. La niña de 11 años empezaba a soñar que estaba “dancing, with tears in her eyes” o que vivía una historia de “tainted love” y así, tarareando “where did our love go?” se quitaba las lagañas y recorría enojadísima el camino a la adolescencia.

El recuerdo de esas canciones durante el día hacía menos pesado que ese güey de prepa, Alberto Victoria, nunca pasaría de ser un letrero hecho con plumones en el cuaderno.

Luego llegaron las voces, los tipos que narraban conciertos insólitos (cualquier concierto era insólito en esta ciudad donde se habían prohibido, ajá, sí, los conciertos, estaban P-r-o-h-i-b-i-d-o-s ¿no es de risa loca?). Llegaron unos tipos que le daban importancia a los nombres de los álbumes, al productor, al compositor, al género. Bueno, con ellos hasta se enteraba uno de que el arte de las portadas tenía un autor y un significado…

Yo sé que para usted que creció cuando ya había internet esto es pecata minuta, pero en ese tiempo, donde las canciones (los éxitos pop) parecían sacados de un sombrero por las pocas estaciones de radio que las tocaban, la acción de documentar la música era un verdadero rompehielo cultural.

(ya ya…no faltará quién me diga que eso no lo hicieron ellos, que sus papases les habían enseñado a hacer eso en sus casas y no sé qué cosa. Pues a mí no. A mí nadie me había dicho que los productos culturales creaban redes profundas y que si las conocía podía disfrutarlas más ).

Si no por otra cosa, eso sí se le reconoce a Rock 101: en tiempo de secas, unos loquitos se pusieron a repartir vasitos de agua.

***

Ahora bien, si esta ciudad no ha podido superar esa época es otro cantar.

Rock 101 sólo puede regresar en este caldo de cultivo defeño, que no olvida, no puede sacar de su conciencia y de su deseo, los malditos años ochenta.(Ahora hay unos chamacos que confunden los ochenta con los noventa, pero hablamos de la misma melancolía pitera).

Luis Gerardo Salas et al son dueños (no sé si legales, pero por derecho propio, faltaba más) de una marca. Y la van a usar: al tiempo que abren su estación de radio por internet también están abriendo un bar “101”, en el merito corazón de la Condesa, para que no quede duda de a qué le tiran. Dirán “aayyy qué manera de querer hincharse de dinero con nostalgias pasadas” y yo me quedo fría y pregunto:

¿De verdad creen que las industrias culturales deben seguir viviendo del aire? ¿O es que los de Rock 101 deberían buscar escuincles que trabajen por cacahuates y pretender que la gente no necesita dinero para vivir? O qué, ¿una bequita del gobierno? ¿Volverse a meter al cuarto de servicio en casa de papá para que alguien financie sus sueños? ¿O cómo?

Me parece extraordinario que los de Rock 101 aparejen su estación de radio gratuita con un side project que les deje dinero. Eso quiere decir que, al menos para algunos, los ochenta quedaron atrás.

Ellos tienen una marca que todavía vende y sería medio idiota no ponerla a trabajar. Dirán que la gente que ahora hace Rock 101 vía internet ronda los 50 años y en mi opinión, esa edad es tan buena como cualquier otra para dirigir una estación de radio.

Súper ochentera es esa imbécil idea mexicana de que los géneros músicales están pegados a una cierta edad. Que uno debe vestirse de cierta forma, que debe acudir o dejar de hacerlo a ciertos centros bares según la edad.

No mamen.

Hace poco recordábamos cómo aquellos chiquillines pendejos que les mordían los talones a los de Rock 101, los ‘Radioactivos’ se quejaban amargamente de que la radio para jóvenes la hacían treintones. Hoy, ese chiquillín que asustaba a todos programando hip-hop en un país cegado por las guitarras se llama Rulo, tiene 38 años y sigue programando una estación de música ‘joven’ (whatever the fuck that means).

Lo que quiero decir es: bajémosle a los golpes de pecho de pureza. (¿Por qué somos tan dados a esto en México? Si alguien tiene una respuesta o una teoría, me encantaría escucharla).

Si en Rock 101 tienen aún algo que decir, algo que aportar y lo vuelven a hacer bien está por verse.

Démosle unos meses y regresemos a medir el experimento.

Perder cosas / que te las roben

En la familia sufrimos una pérdida material. Aún no puedo creerlo.

Una persona que trabajó 15 años con nosotros.

Absolutamente descreída, triste, reviso mi mail: la invitación a una exposición de Jimena Padilla (una chica extraordinaria y buena artista además) que al final firma:

Nothing is yours, No one is yours, Thieves prove that…

Tome chango su banana.

En caso de que nosotras todavía pusiéramos algo de valor sentimental a los objetos (se robaron, entre otras cosas, una moneda que pertenecía a mi padre, uno de los últimos objetos que teníamos de él), el ladrón nos vino a recordar que nada es nuestro. Quizás sólo el recuerdo de sus manos ajadas tocando aquella moneda.

Reto al ladrón a quitarnos eso.

***

Tampoco la gente que amas es tuya: se muere, se va o cambia de opinión. Un día decide que he/she no longer loves you. Así que, vamos valorando los momentos en que nos saca la lengua y habla con nosotros por messenger o que nos escribe un mail largo y amoroso. (cuando nos prepara el desayuno o cuando se queda callado para no lastimarte).

Digo, m’anque sea.

***

Con todo lo que está pasando, creo que también nos están robando lo que nos quedaba de país, en sentido literal, pero también en sentido simbólico:

-al permitir (abiertamente, vamos, que se permite hace mucho) la siembra de maíz transgénico están dando el último plumazo para el fin del padre-madre patria.

-al permitir que saquen a patadas a miles de trabajadores de LyFC, al justificar la violencia de estado, estamos viendo cómo boquea la última inteligencia que teníamos: nuestra capacidad para negociar. Con ella se nos va también nuestro buen humor, nuestra medianía que cuando no se convertía en mediocridad nos daba ese lugar chingón de mexicanos que no conocen un buen ejército, que no saben lo que son los policías ojetes, porque pus, nosotros éramos buenos para el choro. Negociábamos.  (Cuando eso no era corrupto, cuando, repito, no era mediocre, era una inteligencia involuntaria y funcionaba).

No sé. Yo empiezo a pensar SERIAMENTE en el exilio.

UPDATE: Creo que dije una pendejada: por supuesto que conocemos a los polis ojetes. A lo que me refería es a este tipo de cuerpo policíaco con el que se puede hablar, con el que se negocia: los polis de crucero…unos pinches chaparritos (ojetes) que en ciertos niveles nos los pasamos por el arco del triunfo. Me refiero a los polis que veo echando novia en las esquinas, los polis que todavía ríen o que te dejan ir porque se asustan, se avergüenzan, o porque los hiciste reír.

Sé que es una inconsistencia y que precisamente esa falta de profesionalización los hace tremendamente peligrosos, pero también los hace un brazo menos amenazador de la ley.

Es difícil explicar esto, pero todos hemos visto un poli así en México. Igual pienso en los otros lugares del mundo en donde he sido abordada o detenida por un policía (Estados Unidos, Hungría, España); me han puesto el susto de mi vida nada más de acercarme sus caras de perro, me han gritado, me han escupido y me han tomado del brazo del modo que nunca un policía mexicano lo ha hecho.

En París, por ejemplo, tuve chance de ver cómo atrapaban a un magrebí en pleno camellón de Pigalle, como a eso de la 1 am. La forma en que lo golpearon a macanazos en el suelo es algo que no se me olvida.

En fin… qué digo, aquí los extorsionan por años y luego les cortan la cabeza. Polis ojetes hay en todos lados.

A través de un espejo de feria

Algo anda muy mal cuando la voz más coherente en esta crisis es la de un capo.

Trato de comprender la lógica que priva en Servando Gómez Martínez, aka La Tuta,uno de los jefes de la organización La Familia, quien pidió una entrevista a Milenio TV para dirigirse al Congreso de la Unión, al ejército y al presidente.

Como exigía Rimbaud, La Tuta es completamente moderno: tiene la sangre fría y entiende su negocio. Le habla de CEO a CEO al panista. Entiende que el gobierno y el narco son dos grandes y exitosas empresas –una exporta mexicanos a EU y con las ganancias embellecen los cachos de país que van vendiendo baratubaratu, muy baratu/ la otra emplea o embrutece a los mexicanos que lograron quedarse.

Son dos pujantes empresas, el negocio va muy bien, ¿pa qué nos peliamos, digo yo? 

“Hace algunos años no teníamos está situación de conflicto. Pasó algo… Se rompió algo entre la familia y el gobierno. Por eso queremos que alguien nos escuche y preste atención…”, dijo La Tuta.

Negociemos, no se aprieten de su calzón, lo han hecho toda la vida y estábamos tranquilitos. A nadie le convienen tantos decapitados, tanto pinchi encobijado. ¿Luego quién va a trabajar el negocito? Dios (es decir, nosotros) aprieta pero no ahoga. ¿Qué quieren, que la gente se canse de verdad y empiece a PENSAR o peor, a actuar en consecuencia? Con todo respeto, no chinguen. 

No me extrañaría que algún día La Tuta se hiciera de algunos andamios políticos y hasta se lanzara de senador. Con la memoria histórica que nos cargamos, muchos de mis conocidos hasta votarían por él.

*** 

De acuerdo a la nota publicada ayer por Proceso:

La Tuta aseguró que La Familia respeta a los militares, a las fuerzas armadas. “No tenemos nada contra ellos. Que no se dejen engañar. Que vean los expedientes. En todos los casos es el mismo modo. En Yucatán, en Baja California, Villahermosa, Veracruz”.
Por todo ello, hizo un llamado a la Cámara de Diputados y a la Cámara de Senadores para que sepan que es lo que esta sucediendo en nuestro país, y que “encontremos la manera de dialogar”.

De Gómez a Gómez, La Tuta aseguró que respeta al secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, pero que también lo están engañando.

“Lo que quiero que sepan es que nosotros no nos metemos con  inocentes.

“Si en su momento atacamos algunas corporaciones, fue porque ellos anda detrás de nosotros, coludidos con Los Zetas.”

Las cinco de la mañana

En el curso de guión que estoy tomando (¿estuve? quién sabe si lo podré pagar chingaos) hablamos de conflicto dramático:

una fuerza vs otra fuerza + algo vital en juego = drama

En los primeros ejemplos, algunos compañeros ponían sus obsesiones todas crudas y vestidas de rosita:

“Un hombre quiere escribir pero no puede, se enfrenta a la página en blanco y lo vital es su necesidad de escribir”.

Argh.

Peor fue éste:

“Un hombre busca la verdad, el mundo se le opone”.

Los anteriores enunciados no solo son cursis, sino que están lejos de esbozar un conflicto dramático.

Me dio mucha risa cómo argumentaron en clase. No porque fueran ridículos, sino porque sus oraciones parecen ciertas:

“¡Pero claro que es vital buscar la verdad!”

“¡Qué es más vital que escribir!”

¿Es vital escribir? Depende. Hoy que me paré a las 5 de la mañana a escribir mis dos mil palabras diarias, para mi fue vital (siempre lo es). Pero el conflicto dramático no tuvo que ver con el acto de teclear: nada se me opone, excepto yo misma y a menos que estemos pensando en un aburrido desdoblamiento de personalidad, a nadie le importa cuántos cafés necesito para ganarle al pinche diablo que me dice, ‘no mames, qué frío y qué güeva, regrésate a la cama”. Un esbozo de conflicto, maybe, recae en el pasado de nuestra heroína, en  todas aquellas veces en que no he podido levantarme o no he podido  escribir más que diez palabras. Aunque eso, todavía no es un conflicto.

(Por si alguien se lo preguntaba, así abrieron mis dosmilpalabrasdiarias de lunes a las 5 de la mañana:

“Dos mil aunque me muera. Aunque tenga que resucitar en palabra, ahora mismo soy un adjetivo mal puesto, un pinche adverbio odioso, innecesario.”

De ahí salieron otras 2379 palabras que para las 6.30 ya me había dejado una pequeña victoria).

¿Es vital escribir? No en realidad. Lo que es vital son los resultados y lo que cada quien se enfrenta con ellos en mano. Uno se enfrenta a la vejez, a la indiferencia, a perder o a ganar el vínculo con sus hermanos o con sus padres o con sus amigos (vivos o muertos).

Si algo le enseña a uno las horas de terapia es que lo único vital son los vínculos.

Cómo le hagas para llegar a donde llegaste, tristemente, a nadie le importa.

Importan los resultados.

No digo que el famoso viaje iniciático no sea un gran tópico cinematográfico ni mucho menos. A ver si me explico y para hablar clarito: el miedo a SER es cuando mucho un tema de conversación, no un conflicto.

La famosa lucha con la página en blanco no existe, nunca existió, se llama pavor al vacío, a no tener nada que decir, a no tener nada que decirTE, sobre todo.

Qué tan responsable

La pregunta de esta semana es desde cuándo es uno responsable de su destino.

Mucho trabajo de memoria terapéutica me ha llevado a recordar mis primeros años de primaria, de los cinco a los siete años, cuando una maestra de inglés me regañó por saber algo diferente a ella y tirárselo a la cara.

Mi soberbia, parece, nunca tuvo límites.

Nunca tuve amigas en esa escuela. Me recuerdo como una niña rarita que llevaba las piernas y los brazos chorreados de mugre, despeinada porque me cagaba el limón en el pelo y me zafaba las trenzas. Recuerdo cómo se me caía el lunch en la mochila (mi mamá me mandaba enfrijoladas!), cómo no parecía tener nunca un lápiz o una pluma que funcionara y cómo pasaba la mitad del tiempo castigada en los recreos por no hacer la tarea. Quizás allí aprendí que un salón de clases vacío es mucho más interesante que un patio lleno de chamacos. Las niñas bonitas solían verme feo por chamagosa, contestona y loca. Me habían metido a una primaria de monjas pero en mi casa me decían que tenía permiso expreso de Benito Juárez para no pararme a rezar. Lo peor es que a mí se me ocurría repetir esta bonita y rojilla idea en clase de catecismo. Chale.

¿No tener amigas era mi responsabilidad? ¿Debí insertarme en su círculo a como diera lugar? 

Fuck that.

Mi única amiga era una vecina preadolescente. Aún  me soprende cómo podíamos llevarnos tan bien si yo tenía 7 y ella 13.

¿Era la soledad, la geográfica cercanía, la coincidencia o el desfase total de ambas?

Y la pregunta de nuevo: ¿pude haber domado mi temperamento, pude haber modificado mi destino (ser más astuta quizás, tirar menos bombas) ? ¿Se puede hacer a los 6, 7, 9, 15 años?

¿Se puede hacer pasando los 30?

Sentido del humor ¿dónde estás?

Me parece que últimamente lo he perdido.

Ayer estuve a punto de indignarme porque el Dr. House ordenó en un avión algo así como: “Dígale al piloto que vuele tan bajo que podamos sacar la mano y matar a palos a una foca bebé”.

Después de unos milisegundos cedí y me reí. Durante un rato estuve pensando si la frase es graciosa porque 1. es virtualmente imposible llevarla a cabo; 2. porque matar focas bebé a palos es un acto de una brutalidad tan rampante que no queda más que reírse de ella; 3. si la gracia radica en herir susceptibilidades de gente muy conciente y correcta (como la que manda fotografías de focas desolladas pidiendo firmas y no compra el Alarma porque le parece muy naco y muy violento).

Yo solía ser muy punk en eso del sentido del humor, pero luego me di cuenta de que hería a mucha gente y que finalmente las burlas terminaban cayendo sobre mi propia cabeza. Uno pasa tanto tiempo burlándose de la gente que luego vive secretamente paralizado de que los demás hagan lo mismo con uno.

Ya no hago eso. Hay en mí una necesidad de aprehender las razones éticas de la corrección política, pero al mismo tiempo extraño mi sentido del humor.

Es un difícil equilibrio.

Con esto de la fiebre porcihumanina me saltó a la vista el asunto.