Andrei

Tengo un amigo lúcido que acaba de cumplir 25 años. Lo envidio porque se atreve a decir cosas que todos pensamos, más o menos, pero él quiere decirlas mejor y a veces lo consigue, con una naturalidad que encabrona.

No siempre lo envidio; a decir verdad, debe ser muy complicado ser tan lúcido y tener tan pocos años. Es decir, estar todavía en esa edad donde tu agenda incluye encontrar quién te quiera y a quién quieres y esas cosas que en realidad sigues haciendo el resto de tu vida pero que más grande has incorporado a tu personalidad y ya no tienes ni que pensar en ellas, sino sufrir sus consecuencias.

No siempre lo envidio porque a veces lo tengo enfrente y me toca compartir su persona y vemos el futbol como si estuviéramos leyendo una novela oscura juntos o comemos como si tuviéramos a Vila-Matas por ahí rondando nuestra mesa, envidioso de lo que pudiéramos decir de él. También bebemos cervezas como si…estuviéramos bebiendo cervezas y es re divertido.

Andrei escribió algo interesante sobre un sueño pacheco y el futuro de la literatura (y el blog) acá. Lo escribió tal vez como regalo de cumpleaños a sí mismo.

Me parecio importante señalar ese texto, porque cada vez veo menos blogs posmodernos que deconstruyen el papel del blog en el universo de las letras.

Ernesto lo hace a cada rato, pero ya sabemos cómo es él.

No creo que me toque comprobar el futuro del libro, el fin de la novela y esos otros eventos apocalípticos, pero ¿desde cuando necesitamos que algo sea tangible para escribir del tema?

Felicidades, intangible.

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Mr. Time

Hablar de vejez es complejo, es hablar sobre las orugas que se arrastran en forma de minutos. Si te dan miedo o asco, los minutos pueden pasar muuuy lentamente.

El cliché que más me gusta es el que señala que después de los 30 navidad viene cada 6 meses,

Según yo, mi abuela materna había muerto antes de los 30. La leyenda contaba que la pleuresía había terminado con su vida “muy joven”. Ayer me enteré que su último cumpleaños fue el medio siglo.

-¿Muy joven?
-Pues a los 50 todavía eres joven. Yo todavía me siento, bueno, no-vieja, dijo mi tía, de 75 años.

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Rocky Balboa es un mal ensayo sobre la vejez. ¿Pero quién ensaya sobre algo a estas alturas en Hollywood?

Tiene su mérito darle correcta sepultura al working class hero, incluso a sabiendas que vas a hacer el ridículo.

Creo que no se le ha hecho justicia a Stallone; después de todo comparte con Orson Welles el mérito de haber sido nominado a Mejor Guión y Mejor Actor por la misma película, que además arrasó con los premios en 1976.

Lo que bien podría ser otra de los trasnochados favoritismos de la academia gringa, en realidad se trataba de un casi one hit wonder. Pero lo “wonder”, como digo yo, no se lo quita ni dios.

(Stallone tenía 30 años cuando escribió esto, a ver, quiero ver)

Por otro lado, la entrega VI de Rocky tiene una carga metaficcionuda que la hace entrañable.: Stallone está contestando las preguntas de los periodistas que lo van a hacer pedazos DENTRO de la película. Su sinceridad bordea la candidez y el exhibicionismo. Es un el lazo fácil con la nostalgia de corto plazo de la que bebemos con tanta avidez.

Sin embargo y visto desde el lugar menos cínico de mi alma, Balboa también proviene de la calma: la placidez aquella del que nada puede perder.

Esos, los que han perdido la esperanza de agradar a todos, son los artistas que suelen interesarme.

Toda proporción guardada, se entiende.

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Tampoco se ha explorado el paso del tiempo en el amor. Después del beso final en pantalla en que chico-conoció-chica y logró hacerla su compañera (o viceversa), a uno le quedan muchos besos por resolver.

Uno de los pocos grupos musicales que tocan el tema se llama Yo la tengo, compuesto por el matrimonio entre Ira Kaplan y Georgia Hubley.

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Feliz inicio de vejez Mr. Bowie, you sexy devil.