el entrañablemente sensato José Emilio Pacheco

A propósito de su próximo homenaje en Guadalajara (quiero ir a verlo chingaus), Pablo Ordaz le hace una entrevista en El País donde el master of puppets hace gala de su enorme sensatez  e inteligencia. Ah cómo te queremos JEP.

P. ¿Y ni siquiera la experiencia sirve?

R. Para nada, al contrario. Con 20 años piensas que tal vez un día llegues a escribir con una facilidad, con una certeza y un conocimiento… Y no, nunca. Siempre es por primera vez, siempre. Y, además, la mayoría de las cosas salen muy mal. La mayoría de los textos que haces son malísimos, para que uno te salga bien necesitas hacer 50 muy malos.

P. Tan malos no serán…

R. Sí, sí. Mayans, un neoclásico del siglo XVIII, decía: “En la poesía, lo que no es excelente es despreciable”. Y tenía razón.

P. O sea, que hay pocas cosas más espantosas que un poeta malo…

R. Sí, sí, y además hay otra cosa: ya nadie admite la crítica. Eso se acabó con los cafés. Hay que acostumbrarse de nuevo a que la gente no esté de acuerdo en todo contigo, que no te diga que todo lo que escribes está bien. Porque si yo ahora le digo a alguien: oye, no me gustó… No lo acepta. Eso es impensable ahora.

Cosas pequeñas, mientras más pequeñas mejor

Deseo hablar de cosas chiquititas que no cambien nada, como Onetti cuando desde su cama decía “pensar en cosas que no importen, cuando ya no importe”.

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Oí por ahí que las obras de arte, como las personas, se conocen mejor cuando las echas a pelear.

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Quiero tejer algunas líneas de sutiles de pensamiento, pienso que harían un suéter estupendo: la película de ayer, un momentito de la película de ayer, con un hilo delgado de otro color, del color de Watchmen.frostnixonmovieimages

Watchmen en realidad no existiría sin Nixon. Entre otras miles de sutilezas, de eso habla Watchmen (la novela, of course).

El mal “necesario”, aquello que no es ilegal si lo hace mr. president o el decadente superhéroe en turno.

Por eso pide Rorschach que lo maten: nomás un loco no entiende que en el narcocapitalismo rampante es indispensable vivir en constante estado de excepción. Nuestro querido Dick –the biggest dick ever– Nixon inmortalizó el cinismo y alguien, Peter Morgan, escritor de Frost/Nixon supo que ahí estaba ese germen de la crisis que ahora nos tiene estornudando.

Nixon es Bush es Ozymandias es Fox.

Vicente Fox, ese que empezó el conteo de “miles de muertos mexicanos presas de la gran epidemia de estupidez”, los 9 mil y los demás que nadie cuenta en estos dos años y cachito de Calderón; que aún no se acercan a los 2 millones de Vientam pero sobrepasan por muchos los 3,500 totales de Irlanda del Norte en 1969 por ejemplo.

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Él lleva unos 10 años diciendo cosas interesantes de Watchmen (tiene una tesis de eso forgodsakes!), en caso de que alguien quiera ir a la peli con un contexto más amplio aún si haber leído la novela.

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Dolió hablar de Watchmen como una película de Zach Snyder en la columna de Chilango de este mes. No me quejo, es increíble ser requerida para hacerlo , pero fue como hablar de un pariente muerto. (Algo así como un pariente que escribió una novela magnífica y del que hay que hablar porque alguien sacó una línea de calzones con su nombre).

(Je…Tener tan poco espacio por ejemplo para la futilidad, no poder celebrar/lamentar la idea de que muchos millones de personas se obligarán a pronunciar “Rorschach” o se inventarán una manera chistosa de hacerlo).

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Salí contenta de Frost/Nixon pues el guionista hizo el trabajo más duro: picó piedra desde su mesita solitaria y dejó, como debe un buen escritor, que todos se lucieran más que él: sus personajes, sus detalles, sus líneas, el director (un Ron Howard a quien, por cierto, no soporto).

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En lugar de decir cosas semi-inteligentes de Watchmen (la muva) como intenté en la columna para  Chilango, sólo quiero decir que me gustaría sentarme junto a Moore el día del estreno a no verla. Esa es una cosa suficientemente pequeña, el acto de sentarse a no hacer algo.

(Aunque sé que pasadas las doce de la noche, al día siguiente no voy a resistir y la voy a ver contra todos mis principios).

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El trabajo, los reportajes parecen pequeñamente importantes, las lecturas y la FFyL también. Saber que en portugués la palabra ‘apelido’ significa apodo y no ‘apellido’ también pareció pequeñamente grande, importante.

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Esta foto mía (gracias Pedro Miguel) en La Jornada de antier lucía así, peque-importante, blanco y negro, papel periódico, penúltima página. Qué pequegrande verse allí.

Una foto que me recuerda a mí haciéndome chiquita, foto de celular que tomé punto-de-vista-gato, ras del suelo, mirando en contrapicado a la que bailaba en aquella tarima.

El hecho de que haya nuevos lectores aquí por esa foto, qué peque-importante, qué momento.

Ray Loriga

Mi regalo de Navidad para los que se regresaron a jugar escondidillas conmigo (déjenlos, el futbol no hace más que lastimar los tendones) son fragmentos de un texto de Ray Loriga que me encontré en la revista semanal de El País (gracias Mariana).

Es proto navideño y melancólico. Habla de la música de Cole Porter y se puede leer completo acá.

Estos son los regalos que yo recibí y que paso a las manos de otros para que se aprovechen bien:

“Qué importa en realidad que las canciones también se acaben y los cariños se abandonen, cualquier cosa que nos distraiga del rencor es suficiente.”

“En contra de la creencia popular (me consta que tal cosa no existe, pero me gusta cómo suena esa expresión), el encanto es una cosa muy seria. Las crías de todas las especies lo utilizan, sin ir más lejos, para protegerse de la muerte, y la vida, bien mirada, no es sino el triunfo del encanto entre las fieras.”

“No se me escapa que no todo se soluciona con un dry martini, pero está claro que un dry martini no empeora nunca nada. No es un asunto pequeño, teniendo en cuenta que la mayoría de las cosas que tenemos que arreglar las hemos roto nosotros. ”

“No hemos inventado más que la raya de los pantalones y todas las grandes palabras no valen lo que un cuchicheo cerca de la nuca adecuada.”

Y la última que es de una crooner-like sensibility que revienta el papel:

“¿Quién no prefiere el daño puntiagudo de unos tacones bien afilados al runrún de las cadenas que arrastran los fantasmas?

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Por encargo de mi hermana, ilusa yo que hoy no pensaba cocinar, tengo que probar mi poca suerte con una receta de papas al gratín. Ay dios, ya quiero ver las caras esta noche.

Me considero buena para el Turista Mundial y para el Risk, aunque ya nadie quiera jugar conmigo, soy buena para reírme y para beber. Para la fiesta, para responder rápido (siempre y cuando el tipo no me guste o algo), para tirarme los domingos a leer en el suelo; soy la mensajitos sms más rápida del sureste defeño, me estaciono en dos patadas, a veces presiento cuando va a sonar el teléfono –lo más raro es que además sé quién es y qué me va a decir–, veo con los ojos redondos, de niña virgen, cada película en el cine, bailo mal pero con un chingo de ganas, si alguien va de mi mano me aviento casi a cualquier cosa: montaña rusa, paracaídas, amor. Todavía tengo cosquillas y me meto a ver películas de terror porque disfruto muchísimo tener miedo.

Pero eso de cocinar…

Domino la mitad del componente: el sabor nunca es tan deleznable. Nomás que mis platillos nunca nunca nunca están bien presentados. Es un problema porque no conozco a nadie a quien la comida no le entre por los ojos. Algo pasa que acomodo mal los ingredientes, soy capaz de meter las cosas en cualquier tupper feíto, sirvo a cucharazos como si estuviéramos en una línea de comida para presos de guerra.

Ah y otra cosa: tampoco domino bien el ingrediente tiempo. Mi comida es la última en llegar, se me cae en el coche la lasaña y está buena pero ‘ya no a alcancé a gratinarla’.

A ver cómo salen esas papas.

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Hoy se empieza a acabar el tiempo para postear, seguir leyendo, doblarme de flojera en la cama. Ya están aquí los ocupadísimos días de fiesta. Los que la leímos siempre recordamos a Mafalda: “Estos son los preparativos de las vacaciones que nos tomamos para descansar de los preparativos de las vacaciones que nos tomamos.

Además, si me toca comprar y hacer colas hoy voy a tener a Susanita en la bolsa, lista para odiar a gusto:

“Amo a la humanidad, lo que me revienta es la gente”

Análisis

Ayer me llegó un correo con una nota del diario Milenio cuya cabeza anunciaba un “análisis”.

Analizan las tendencias de la narrativa mexicana“…dije uy qué padre, alguien realmente me va a comprobar o tirar con un buen argumento mi sospecha: que últimamente algunos escritores se asoman a mirar el cuaderno de su compañerito para copiar respuestas, cuando en realidad lo que quizás haría falta es atreverse a formular las preguntas.

Según yo, uno de los problemas de la literatura mexicana joven y vieja, da igual, es que estamos esperando a que el mercado (o en su defecto la generación anterior o la tradición del género al que nos apegamos) nos entregue una batería de preguntas ‘oficiales’ fotocopiadas por ambos lados y a partir de ahí contestamos con ‘una novelita’ o un ‘librito de cuentos’… (mención aparte merece mi encabronamiento cuando escucho a alguien referirse así a su propia obra. No mamen, si van a escribir ‘un librito’ ni se molesten, nomás malgastan papel, goma y el dinero de sus mamases).

El caso es que leí con atención la nota y no sé si soy tarada o qué, pero de análisis no encontré ni madres. Ni del periodista ni de los escritores.

1er párrafo (donde se hace la afirmación más sesuda que he oído en años):

“La narrativa mexicana se caracteriza por dos grandes tendencias, sin importar la edad o la generación a la que pertenezcan sus autores: la presencia o ausencia de lo nacional en su literatura, aseguró ayer el escritor Mauricio Carrera”.

Es algo así como decir que la cinematografía o que la cocina mediterránea o que el juego de pelota neozelandés se caracteriza por una presencia o ausencia, que sé yo, de lo bonito o de lo feo, de lo vertical o lo horizontal, de lo serio y lo juguetón, en fin, de todo y de nada pus qué, ¿a poco cantiflear no es un verbo reconocido hasta por la Real Academy?

Ay cabrón, pensé. ¿Así analizamos las cosas en este país?

¿Lo nacional? ¿Qué diablos es eso?

La nota completa denota las progresivas deficiencias en nuestra educación. El reportero sacó nota nomás porque hay que llenar planas y los escritores hablaron porque los invitaron a una mesa de ‘análisis’.

Pobre  palabra, nos hemos encargado de convertirla en una gran puta.

No sé ni para qué hago corajes.

Diccionario Jázaro

Aún no puedo hablar del libro porque no lo he terminado de leer. Sólo puedo decir que de lejos parecía un libro más inofensivo…update…no mames, Ira, no se puede ser MÁS inofensivo, ¡escribe bien chingado! Me disculpo con quien haya recibido daño visual.

Se le veían apenas unas garritas pero es como el comercial de la margarina que todo mundo recuerda: de repente Pavic abre la boca y lo traga a uno bondadoso y desprevenido lector.

Copiaré regularmente algunos párrafos de este interesante libraco, de aquí a que lo termine, en honor a aquel lector de zoológico que prefiere ver a estos animales detrás de una zanja. (No los critico: ahora me doy cuenta que ver de lejos a los libros no significa pasar por alto su majestuosidad).

“Imagínese que dos hombres tengan cogido a un puma con dos cuerdas. Si quieren acercarse uno al otro, el puma atacará, pues los lazos se aflojan: sólo si los dos tiran al mismo tiempo, el puma quedará a la misma distancia de uno y de otro. Este es el motivo por el que el que lee y el que escribe difícilmente se acercan: entre los dos, capturado, está el pensamiento en común, atado con cuerdas que tiran en direcciones opuestas. Si ahora le preguntásemos al puma, es decir al pensamiento, cómo ve a estos dos hombres, podría responder que los seres comestibles están tirando con las cuerdas de algo que ellos no pueden comer…”

“…y obtendrá de este dccionario, al igual que de un espejo, tanto cuanto invierta en el mismo, pues de la verdad -como se apunta en una de las páginas de este léxico- no puede obtenerse más de lo que se pone.”

Milorad Pavic, Diccionario Jázaro (ejemplar femenino), Anagrama, 1989.

I’ve always depended on the kindness of strangers

Tennessee Williams era hermano de una mujer pálida y esbelta a quien de muy joven le practicaron una lobotomía.

Aquella esquizofrenia de la hermana —o el miedo a caer en algo similar, tal vez— inspiró dos grandes personajes femeninos creados por el dramaturgo-del-bayou: Blanche DuBois de Un tranvía llamado Deseo (A streetcar named Desire) y Maggie de La gata sobre el tejado de zinc caliente (Cat on a Hot Tin Roof)

(…antes de proseguir con el punto me gustaría acotar la especificidad del traductor: elegir la palabra zinc, cuya sonoridad es claramente superior a la de las palabras ‘hojalata’, ‘fierro’ o ‘vacío metal’ me parece tan audaz como afortunado….)

Ambas un mismo personaje y quizás un mismo Tennessee llorando por su hermana Rose, un vegetal babeante de zapatos toscos que lo esperaba en casa mientras él se cogía a un soldado.

Blanche es especialmente histérica y sin embargo, es uno de esos personajes femeninos a los que nunca he podido odiar: su conflicto para distinguir entre realidad y fantasía me hipnotiza.

Pretende mandar esas obsesivas cartas que escribe; critica al hombre de ‘la edad de piedra’ que es su cuñado pero se enamora inmediatemante de él; bebe demasiado, critica demasiado. Se hace la víctima y al final es violada por ese mismo hombre al que un minuto antes está deseando, el marido de su hermana.

Suena muy extraño: ¿cómo es posible ser violada por tu objeto de deseo? Ahí está la magia de Tennessee. Nunca pude entenderlo de adolescente, pero ahora me queda más claro. Se da cuando fincas el deseo en la fantasía y no en la realidad.

Williams adora a su personaje y por ningún motivo permite que la juzguemos sin oírla:  Blanche DuBois es un animal tan complejo como la culpa y el amor de Tennessee hacia su hermana Rose.

Al final ya no es posible emitir un veredicto muy duro contra la melcochosa y boba Blanche; y es sólo en ese contexto que Tennessee le permite decir esa famosa línea (cursi donde las haya):

“Whoever you are, I have always depended on the kindness of strangers”.

Hace rato venía pensando en esas cosas que te ponen la cara dura y solemne, cuando un extraño pasó y me hizo una broma de espíritu libre y ligero que me iluminó los ojos.

Casi me le suelto al whoever you are… Lo bueno es que uno tiene blog, que si no, andaría tirando líneas Tennessianas por toda la ciudad.

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Por cierto, hay varias líneas que ameritan ovación de pie en las obras de Williams. Aquí les dejo algunas:

De Cat on a Hot Tin Roof:

Big Daddy: Why do you drink so much?

Brick: Gimme another drink and I’ll tell you.

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Big Mama: When the marriage is on the rocks, the rocks are there! (pointing at the bed)

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Maggie: I’ll win, alright.

Brick: Win what? What is the victory of a cat on a hot tin roof?

Maggie: Just staying on it, I guess. As long as she can.

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De Stairs to the roof:

A prayer for the wild at heart kept in cages.

G navegador

Encontré la palabra gnosis como “el conocimiento introspectivo de lo divino”. La busqué porque a Yépez le encanta que uno lea sus escritos con diccionario en mano.

“Nosotros los gnósticos dejaremos atrás la literatura como tal. Esta parvada apócrifa que somos extremará su tangente, hasta abismarnos en lo desconocido: un saber que aún no poseemos, que es ya la única meta real de la escritura: descubrir o construir –verbos inesenciales mientras haya acto drástico– un conocimiento nuevo.

No saber qué sigue será la señal…

La gnovela es gnosis. La gnovela es la búsqueda del total poder creativo; que ordinariamente se encuentra dividido.”

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No saber qué sigue en mi novela me tiene muy ocupada. Estoy descubriendo un placer contradictorio: mientras escribo busco la forma de romperle la madre a todo lo que había escrito antes.

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Narrativa de navegador:

(Abrí Firefox. Pestaña 1 Gmail-Inbox-usted tiene 2 nuevos mensajes, pestaña 2 wordpress Si alguien corta tu oreja, pestaña 3 Demiurgo – wikipedia, pestaña 4 licuadora.jpg, pestaña 5 discernimiento, pestaña 6 Gnosis – wikipedia).

Escondido en los intersticios de estas pestañas hay un relato corto que quiero escribir ahora mismo. Espero que sea el primer relato inspirado en en los tabs del navegador Firefox.

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Por fin regresé a mí. Por fin volví de Oaxaca. Me tomó varios métodos combinados: música y café en el suelo de mi cuarto un día; acuarelas y plumones al siguiente día y hoy, por fin, dibujitos.

¿Dirán algo los títulos?

No importa cuántas palabras le pongas a una novela, a un texto, a un artículo, 22 mil 100 mil, hay una que proviene de las profundidades del helado mar del inconsciente y se antepone como un sino, como si te la hubieran dictado. Es esa palabra que discutimos siempre. Que le queda o no le queda, que nadie pasa por alto. Las otras 21 mil 900 pueden estar sobradas o cursis, pero a nadie parece importarle.

El título de una canción, de un libro, de una película, de una relación. (El título de una persona es su nombre y ya sabemos que “A rose is a rose is a rose”…aunque yo no estoy tan segura de que la rosa tuviera el mismo aroma si se llamara de otro modo. Concuerdo con mi amigo Ernesto: no sería así).

Todo esto porque con este pinche frío he cambiado mi oficina al cuarto de arriba. Mientras estoy en el cuarto de abajo y escribo, mis ojos se pierden a veces en los lomos de los libros. Un librero desordenado  todavía contiene restos de cultura familiar que me viajan: abajo están las colecciones de filosofía, los tratados de biología y química para mis hermanas, alguna vez interesadas en las ciencias exactas; dos o tres libros de psicología clínica de mi hermano quien a pesar de no haber estudiado la carrera, le ayudaba a pasar los exámenes a una novia y con ese conocimiento le bastaba para torturarme diciendo que mis traumas sexuales infantiles me hacían morderme las uñas a los 13 años.

Yo soy la que más ha vivido en esta casa, así que mi colección se ha ido sumando a la preexistente.  A mi casa le salen libros como sarampión mal curado.

Cuando no puedo hacer nada, cuando la concentración no me da para escribir, doy rondines y leo los títulos.

Los de mi cuarto, por ejemplo, están en tres libreritos.

No los dispuse yo, quedaron en orden aleatorio,  “por época de mi vida”.

En el más viejo está El Origen de las Especies, de Darwin, el primer libro que leí. Está también la edición ilustrada de The Lord of the Rings, junto a Agatha Christie y mi libro favorito de todos los tiempos: Tom Sawyer. Hay un tratado de Sociología general, de cuando pensé que me iba a dedicar a eso; los diálogos de Platón que he leído muchas veces y nunca he comprendido, las novelas del boom latinoamericano (Galeano, Vargas Llosa, García Márquez) y uno que otro librito de texto de idiomas. Francés, inglés, diccionarios.

En el librero que sigue está Stephen King. Octavio Paz, Bret Easton Ellis, el primer Gaiman, Poe y Rulfo. (Aunque pienso que hoy cambiaré a Rulfo de estante). ¿Qué diablos hace Pascal allí? No recuerdo cuando lo subí. Allí está Volpi, blagh. Javier Marías, Fuguet que me regaló Edgar y uno de Joe R. Lansdale que quizás pertenezca a otra época.

En el más reciente hay varias novelas gráficas, Clowes, McCloud, Gaiman, uno que amo de Historias de la guerra civil española. Allí está la novela Pilotos Infernales de mi amigo Gerardo Sifuentes que acabo de volver a hojear. Los libros de Bef a los que les doy vueltas de vez en vez. Los que me dio en prenda Ernesto de álbumes clásicos, colección 33 un tercio: en libro tengo el Doolitle, el Meat is Murder y el de los Stone Roses.

Beckett está allí también. Las comedias de Molière, los de Almadía. Vida y hechos de Rimbaud y el de Basho.

Junto a mi cama están los que leo ahora mismo: la novela gráfica Marvel 1602 y Espíritu zen de Robert Kennedy. Ah y Lejos del Noise que no he querido volver a meter a los estantes.

Si sólo me fijo en los títulos no podría decir que me ha ido mal en la vida.

Lo que quería decir con este post (y en lo que probablemente fallé estrepitósamente) era que quizás el cambio de oficina, los nuevos títulos que tengo enfrente, cambiarán también mi forma de escribir.