Los días, los motivos

Ahora debo escribir una carta de motivos. Redactar bien, enganchar al académico que leerá las primeras dos líneas, un par de enmedio, las del final. Hacerle una especie de ‘cht, cht’ en la voluntad, ‘ei, acá, acá fíjate en mí, soy elegible, soy lo que buscas’…zip zap zoe, sea el alma de las fiestas, decía la Pantera Rosa.

Aquél que pueda escribir una buena carta de motivos, creo que puede con una novela. Es el mismo principio, nomás que las nachas duelen más.

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Dice Vila-Matas en una entrada de su Dietario Voluble: “A veces, el humor se revela como el único sentido del universo”.

El universo hace cosas graciosas como dejarte sin dinero para comprar pan mientras te asigna un trabajo de reportar el estado de los pastelitos de frambuesa.

O te da una intuición de miedo para casi todo pero no te da disciplina para ejecutar.

Sentidazo del humor, pues.

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DC, as in DC Washington, as in DC Comics, as in Batman, as in I’m Batman, as in I miss my happy self, as in I have a mask that covers up my ophanhood, as in I miss you bastards a lot, as in don’t you think it’s been enough? DC as in Driving Cars, as in Dying Cars, as in Dios Castiga, as in Damage Control, as in Don’t Care, as in Dionisios Celebra, as in one of these days I’ll just be Bruce Wayne and leave everything behind me.

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This time tomorrow. Qué sanquintín esto de viajar. A esta hora mañana ya estaré sentada en las piernas de Lincoln, como la Lisa Simpson que siempre quise ser.

Shine a light

Hoy me cayó el veinte de por qué me caga el jazz: aparece como la música políticamente correcta en casi todos brochures turísticos.

(Aunque Andrei el otro día me dijo algo que me hizo repensar el género: el jazz es la música que sabe que nada es repetible, la que conoce la finitud).

Lo que sí hay que concederle a la ciudad de Washington DC es que en su guía de música local son bastante menos oficialistas, lo mismo incluyen los primeros bares donde tocaron Duke Ellington y Chuck Brown, que el Eighteenth Street Lounge, meca de la escena electrónica y casa primordial de The Thievery Corporation.

Parece que DC de noche tiene su onda pues allí está también el Black Cat de Dave Grohl y el 9.30, un club tipo el Bulldog citadino, pero donde se presentan grupos como The Pogues, Animal Collective, The National, The Black Kids, Primal Scream, Modest Mouse y Tindersticks…aaaammmm, pensándolo bien, creo que no se parece al Bulldog. Buee, igual mi proverbial suerte sigue siendo la misma, los que me interesan no están cuando yo puedo ir a verlos.

Es fantástico ver cómo a los gringos no les cabe ni un ápice de nuestra malentendida modestia: DC también es una especie de Disneylandia del poder. Es más, sus atracciones principales (el Capitolio, la biblioteca del congreso, la Casa Blanca) se anuncian como “The Power Scene”. Jijos. La escena del poder incluye un ‘bi-partisan tour’ (” red and blue electric roadsters equipped with GPS technology and enjoy a narrated tour of the history and drama of the nation’s capital) y disculpen que no lo traduzca pero sólo se aprecia la desnuda gringuez con la que estos tipos convierten todo en espectáculo en el idioma original, el gringo.

También me están ofreciendo un bellísimo tour “Obama”. Ujú. Consiste en visitar el barrio ahora renombrado ‘histórico’ pero que durante años fue conocido como el Black Broadway. Hay que pasar por el African American Civil War Memorial, (allí junto se anuncian un par de boutiques ‘indies’, nomás para que a uno no se le olvide que está en Gringolandia y allí, señor, usted va a comprar y a dejar su dinero, no se haga guaje.

En el tour te señalan las tiendas favoritas de ropa de Michelle Obama y una cenita muy cara en el Kennedy Center, donde la familia presidencial acude a ver espectáculos.

A ver cómo me va.

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Este post empezó en mi cabezota queriendo decir que Scorsese es un gran insider.reporter del mundo masculino y que su documental de los Rolling Stones, Shine a Light, es una de sus obras más sutiles y entrañables. Tiene muy poco de documental y mucho de un simple concierto grabado, pero algo hace el cabrón del director que uno se olvida de la música de los Stones (un poco aburrida desde mi punto de vista) y empieza a ver personajes.

Es una rara historia de amor. Los Stones llevan 47 años juntos porque se cuidan, se comunican con un imperceptible movimiento de cejas, se odian muy tiernamente y sobre todo porque son cómplices en aquello de la finitud. Salen a tocar pensando (sabiendo) que quizás este sea el último concierto que den. Quizás (aunque esta ya es mi pachecada unipersonal) los une en primer lugar la muerte de Brian Jones.

Después de verlos abrazarse, sobre todo después de ver a Jagger subiéndole el cierre de la chamarra al viejecito ese Charlie Watts pa que no se me vaya a enfriar después de acabado el concierto, uno sale pensando que el mundo es medio idiota en privilegiar y endiosar un sólo tipo de amor, el romántico.

El apellido

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Chicago me recibió nevado. Blanco. Blanqui. blanqui. Hacía frío pero dejó de importarme en menos de diez minutos.

Entendí que un viaje a los 15 ocurre en lo físico. Es que uno apenas está aprendiendo a usar el cuerpo.

(Hace ya tanto… veo mis manos, como quien se graba a sí mismo en película Super 8. Veo mis pies con zapatos inadecuados. La cocina de mi prima Laura. El vagón de tren abandonado en que nos subimos a tomar chela. Recuerdo el vértigo. Nunca fui avezada en lo físico).

Ahora los viajes me ocurren como piezas sueltas. Son accidentes, intermitencias, excepciones. Me interrumpen como interrumpe el sonido de un avión en la Jardín Balbuena.

No quiero decir que no me guste. Hasta Buñuel usó un avión para interrumpirse.

Quiero decir que interrumpir es tan interesante como continuar.

Se me ocurre que:

La interrupción es masculina.

La continuidad es femenina.

Masculino es enseñar tu pasaporte, poner tu dedo índice y tu cara de no-quiero-quedarme-en-tu-país-ni-que-estuvieran-tan-buenos-hijo-de-puta a la hora de cruzar la aduana.

Femenino es caminar con una sonrisa por el aeropuerto, jalando tu maleta lentamente mientras esperas al familiar que no has visto en 20 años.

Fue chistoso: nos vimos pero no nos reconocimos. Supongo que la sangre se tarda en llamar.

Así que di tres vueltas y cuando ya empezaba a desesperarme vi un hombre que me miraba las tetas.

¡Irita! Me abrazó.

-No te reconocí, hasta que revisé de qué tamaño tenías ‘el apellido’. Jaja.

(Nomás imagínense a todas mis tías tetonas juntas)

Chequé que tuviera un lunar verde en la mejilla derecha. Un lunar que según cuentan las fábulas, se lo hizo una de sus hermanas al encajarle una pluma fuente.

-¡Primo! Ehhhhhh, cuánto tiempo, eee, si, si, ya estoy grande ¿erdá? si caray, ya no soy una niña, mm, si, je, hola, je, mm, ¿qué decir? Chale. ¿Qué decir en estos casos primo?

-Pues no sé, prima. Podríamos empezar por ‘mucho gusto’ soy el hijo de tu tía.

-Si, eso.

-Y luego me puedes empezar a contar los chismes familiares. ¿Supiste que tu sobrina se casa…con tu sobrino?

Lunar o no lunar, pensé, éste seguro es de mi familia.

De la serie NYC: ser punk

A ver si nos ponemos de acuerdo.
Según lo que logré concluir después semana y media en NY y toda la vida observándolo, el punk nació muerto.

Un movimiento gestado dentro de una tienda de diseño (McLaren) tiende a apegarse a las reglas del mercado y éste siempre supo por dónde iba el bisne.

Mis pobres entrevistados, de forma igualmente patética que tierna, sostenían una amarga sonrisa mientras contestaban mi pregunta.

-Where’s punk rock in NY?
-Punk’s dead as a rats ass.
-But did punk really exist?
-Oh yeah.
-But how? In what form? What was it you called punk and how is it dead?

Bebían y posaban. Cantaban y POSABAN para la cámara de Ilán.

Posaban, como siempre han.. ejem, hemos posado cuando nos ponemos la máscara de punks o de freaks o de geeks o de listos o de cualquier etiquetita en la que quepan nuestras pasiones.

Los deditos en cuerno, la lengua de fuera, la actitud de perdonavidas.

-I suppose you still call yourself a true punk, don’t ya?
-You’re damn right I do. I’m the only one left here. Probably one of the last ones in Manhattan.

Je. Me daban ganas de decirle, ‘ayyy peque’.

Está visto que todos entendemos el punk de forma distinta. Unos, incluyendo a un tal Burroughs, decían que la palabra no significaba nada; si acaso cierto desdén a la autoridad.

(Luego lo nombraron el ‘padre’, o el abuelo del movimiento, así que hubo que apechugar, pero eso decía antes de entender de qué carajos le preguntaban).

El punk se asocia a veces con una actitud, otras con una postura política y otras con el uso de pantalones rotos y pegados a los tobillos.

Metimos PUNK en una cajita y como la cajita se rompió decimos que ya no existe.

¿Pero no era justo esa la idea? ¿Salirnos de una vez por todas de todas las putas cajitas?

Entonces yo entendí mal.

Si trabajo de 8 a 5 no soy punk.

Si blogueo de 9 a 6 no soy punk.

Si me cae medio mal el Sid Vicious por taradito no soy punk.

Si soy vegetariana no soy punk. (Ok, yo como carne, but still).

Si oigo a Celso Piña no soy punk.

Pos yo digo que sí soy. Y al que no le guste que se largue a un blog más flower power.

de la serie NYC: Hotel Chelsea

A Manhattan todavía le quedan dos vueltas. Se le acaba el aire, eso se sabe, pero nosotros no lo veremos caer. Es una ciudad monstruosa y vieja, pero todavía usa Chanel y anda de puta que ya quisieran varias.

Fuimos a hacer un reportaje sobre el punk. El Ilán, un fotógrafo judío de la chamba y su servi. Era una propuesta que seguramente me iban a rechazar y que no me rechazaron dios (si me lo permiten los escépticos y los anarcos) sabe por qué.

En serio. Nomás ese bato sabe porque últimamente no me rechazan esas propuestas de reportaje.

Además conseguí que nos dejaran hospedarnos durante nueve noches en el Chelsea Hotel, un sitio que inventó la leyenda urbana. Si nuestra tarea rondaba juguetonamente el tema de los excesos, natural era rondarlos también físicamente.chienbizzarre.jpg

El Chelsea era el marco perfecto. Casi todo el que anda por los 30 lo conoce por la rola de Leonard Cohen o por el documental de Syd Vicious y Nancy Spungen. Otros saben que Dylan Thomas escribió allí su último poema o que Arthur Miller le puso el punto final a La muerte de un viajante.

Unos cuantos iniciados han visto la peli The Chelsea Girls de Warhol; otros se sorprenderían al saber que este lugar–cutre como un motel de 2hrs con jacuzzi infectado– fue el universo donde Kubrick editó la historia de Arthur C. Clarke al son de Also Sprach Zarathustra de Strauss.

Estar allí nueve noches fue extraño, aleccionador, brillante, incómodo.

Mi alma casi no sale, pues.

Me costó mucho trabajo regresar a México.

Tal vez fueron las sirvientas jamaiquinas contándome sobre los fantasmas que cantan por el cubo de la escalera.

O el dueño, Mr. Stanley Bard, –un judío más niuyorka que comer pastrami– que hablaba igualito a Woody Allen: “Teeeell me ‘bout it” “I’m teeeelling ya, it’s just goooorgeous, goooorgeous”.

O el pinchi egipcio naco prendado de mis pelos despeinados por el gorro; un alma caliente pero bondadosa que me confortaba tocando una rola armenia a todo volumen en la compu cada vez que iba a checar mis mails.

O lo cerdo de los andenes, contraste chocante con las botas de tacón de las chicas del upper-east side.

O los negros de dos metros con cara de caballeros oscuros persiguiéndome por todo Tierra Media.

O las miles de Deaths, los cientos de personajes narizones de Robert Crumb, los back alleys de Will Eisner.

O el cuarto 118 que reformaron después de que Syd apuñal (e) ara a Nancy. (Apuñalear suena más adecuado en este caso, don’t know don’t know); el mismo cuarto  que diez años después presenció otro asesinato de pareja mucho menos publicitado. (Las morenas y mal habladas maids que entrevisté aseguran que ni entran, dicen que Syd mató a Nancy porque allí hay un ‘alguien’ que lo obligó).

No sé.

La onda es que ahora que mis cuentas de comida se pagan viajando , voy a tener que ponerle velcro a mi alma de manera que sea posible desprenderla de un solo tajo.

Es una contradicción porque me moría de ganas de subirme a ese avión hacia la poluta Cd. de México. Aquí por lo menos tengo nombre y apellido,  mi novio me abraza, el frío no muerde y la comida no aburre.

En fin, solo quería decir que algo dejamos de nosotros al mirar los abismos desde abajo.