Fiebre

Tengo una extraña fiebre de imágenes. No puedo pensar en letras, leeeeetraaaas, la palabra leeetras, por ejemplo, se me convierte en un animal, una cabra que salta, que saaaltRA tra tra, salta. Es un animal salvaje que golpea a la siguiente palabra.

La sobredosis de cine y caminatas últimamente me ponen en guardia: quizás ya nunca más pueda escribir, quizás tengo que sacar fotos o pintar o volverme una de esas máquinas viejas que proyectaban diapositivas. Tacatá, tacatá, tacatá.

El bosquecito de la Unam, por ejemplo, es para darse un atracón de imágenes… tacatá, tacatá.

Como lo importante no es VER sino TRADUCIR, estoy maniatada, yo traduzco regularmente en palabras (ahora mismo la palabra ‘palabras’ se vuelve una parvada de cuervos blancos que se me escapa de las manos y me deja sin ellas) pero traducir a imágenes no es lo mío.

Es lo bueno de andar con un fotógrafo:

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Así se ven los grillos pre-navideños en el bosquecito de la Unam. Mejor dicho: así los ve Dante Castillo.

Renegando/Mindless good time

Ayer caí sin querer a una fiesta burlesque, organizada en el corazón de la colonia Nativitas. Me resistí a entrar todo lo que pude pues me sentí incómoda cuando vi una tribu de darketos-emos-punks-talla-cero y 18 años, pero (gracias diosito porque mis amigos  no me toman tan en serio como a veces lo hago yo) entramos.

En realidad era una especie de Babilonia-Barrio-Pobre. Me sentí como Tom Cruise en la fiesta de las mujeres encueradas de Eyes Wide Shut, nomás que sobre Calz. La Viga y Eje 6.

Hombres vestidos de mujeres, mujeres de hombres. Grupos con mohawks-retro-punk y otros, los más interesantes, con look rockabilly de los 50. Niñas de 19 en calzoncitos, quitándose las faldas rojas de can-can. Un hombre como de 50 años con chamarra de flecos y botas vaqueras, mirando. Un escuincle vestido de Pachuco y actitud de Zoot Suit. Un güey con un bozal tipo Hannibal Lecter en la puerta se me quedó viendo (casi puedo asegurar que me sonrió).

Todo indicaba que habíamos llegado a un sitio de excepción, al purgatorio o a una película de David Lynch: la luz roja, las lonjitas cheleras de las darketas que se iban encuerando, una tras otra, en la tarima central al ritmo de los Tiger Lilies, mientras alguien mezclaba música y efectos de sonido en una laptop.tetitas

Luego un grupo de rock de la colonia Escuadrón 201, morenos a rabiar y muy malos con los instrumentos, cantando en inglés. ¿Por qué en inglés? No importa, pensé. ¿Qué nomás los güeros pueden?

La fiesta entera un performance; los asistentes disfrazados de sí mismos, la casa abandonada con techos post art-decó, con escalinatas y candiles sucios de imitación; la sordidez caminando por ahí con su guadaña, lista para rebanar cabezas.

Fue la sordidez quien me mostró, ya cuando nos íbamos, una darketa casi de guardería, no tendría más de 15 años, a quien no pude evitar pedirle me dejara tomar una foto.

Estaba allí, recargada en un muro de dos colores y le pegaba una extraña luz en la corbatita tornasol que traía alrededor del cuello.

Cuando me respondió la oí gangosa, de un terrible y mal operado labio leporino o paladar hendido o god knows, con una nariz aguileña y enorme que sólo la hacían más interesante, (más un personaje y menos una niña que seguramente sufre burlas cada minuto del día).

Le pregunté cómo se llamaba. “No me vas a entender”, me contestó. Broma macabra de sus padres que le pusieron un nombre con una ’eme’ y una ‘ene’ demasiado cerca. Samanta, “saaammmnamnmnmnttta” en labio leporino mal operado.

Posó para la foto, con todo y su impedimento para hablar. Quise decirle que era sexy y que esa noche se veía hermosa. Quizás no lo supiera, quizás nunca lo va a saber, pero de verdad se veía hermosa.

Salí de allí con el corazón arrugado pero feliz de que haya lugares donde hay tantos disfrazados que la gente se entrena a ver más allá del disfraz.

Aquí algunas fotos, aunque de ninguna forma  hacen justicia a la noche de ayer:

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La niña bonita.

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El niño rockabilleando/vaquero-de-leningrado.

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La Punka.

Tlacotalpan

Nunca había ido. Es bien bonito el pueblo, pues’n.

La bamba callejera de 15 minutos con jaraneros de 15 a 80 años estuvo bien. Todo es espontáneo, nadie en Tlacotalpan está jodiendo con que ‘deberíamos respetar nuestras tradiciones’. Más bien las viven y ya.
Les da orgullo zapatear, les da orgullo lanzar décimas.

(José Emilio Pacheco debe estar muy contento por el fenómeno de poesía viva en esa parte de Veracruz. En su ensayo Ovidio en el iPod, demuestra por qué a él se le admira de forma cotidiana, sin grandes altares. Se le admira como se admira a un tío fantástico, no al padre omnipresente y amenazador. Se le admira porque nunca se ha declarado muerto en vida).

En fin. Aquí algunas fotos de mi reciente estancia en Tlaco, un pueblo excepcional (y excepcionalmente borracho, como yo) a orillas del Papaloapan.

Los perros callejeros, mi nueva obsesión:
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La barra del “Lobo Hombo, bar ambulante”.
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El joven hippie, un día después de su lobohombada.
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La muchacha de la jarana mágica zapateando.
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Furia

Esta es una de mis fotos favoritas en los últimos días. La tomó mi novio.
Me gusta porque la foto es infinitamente más interesante que el objeto real (una escultura olvidada fuera del museo Dolores Olmedo).
Me gusta porque la única manera de ser libres es reventarle el sentido a lo “real”.

Esta sería la imagen perfecta para ilustrar cómo me siento hoy –después de darme cuenta que llevo un mes furiosamente triste–.

***

What’s in a name?

En la tribu espinosa de los monteros les parece que el apellido connota cierta “realeza” y que yo debería utilizarlo para firmar.

Les digo que me gusta así, Ira Franco, que no empezaría a firmar con el apellido de mi mamá aunque me lo pidiera ella misma.

Ira Franco es un nombre corto, como yo, chiquito, como yo. Fuerte, plantado, sonoro. Hasta ahora sigo tratando de llenar ese nombre que me gusta tanto.

Ira quiere decir furia y furia es lo que necesitaríamos todos para encabronarnos con Telmex, con los obispos pedófilos, con los cínicos de la Condesa, con la pobreza de espíritu propia.

Furia es también mi tabla de surf.

Además está la onda de que Ira es nombre de hombre.

Habría que explorar nuestra dualidad, digo yo.