Ah qué bien se siente no entender

La letra de una canción dice “no time to be void or save up on life” pero yo le entiendo “or save upon words” , algo que quizás no tiene mucho sentido en inglés pero que me obliga a venir aquí, específicamente a no ahorrar palabras.

Las veces que nos hemos malentendido tu y yo, las veces que he considerado lo que dices y que al final decías otra cosa.

No importa.

¿Qué sería de la academia si, por ejemplo, los ensayos se hicieran a partir de lo que realmente quiso decir el autor? Nos interpretamos, nos utilizamos para obtener respuestas. Sólo obtenemos aquellas para las que estamos preparados.

Es decir: nos leemos en un espejo.

Ayer un amigo me platicó su opinión sobre la película Boyhood, esa maravilla donde Richard Linklater, el director, se toma en serio aquella frase de Tarkovsky, “el cine es esculpir en el tiempo”. No sé qué película vio, pero  encuentro en deliciosa la diferencia: yo caminaba con el protagonista hacia el despeñadero de la adolescencia mientras él, mi amigo, leía un panfleto político del capitalismo.

Es curioso, quizás desesperante, pensar que mi boca tiene algo que decirte pero tu cristal no lo permitirá. Tu opinión,  tu experiencia, tus ganas son la tela finísima por donde no pasan mis palabras.

A veces los ojos. Y eso es lo malo: envejecer es ocultar también. Convertirse en el actor de tus propias historias.

No queda más que disfrutar los malentendidos, que, bien vistos, son una manera de autoconocimiento.

En fin.

Apolítico

Mi sentir es que la matanza (mágica desaparición) de Ayotzinapa-Iguala hizo que la conciencia mexicana retumbara en sus centros, como dice el comercial de guerra que es nuestro himno.

Mi sentir es que algo se quebró, algo que ya no se puede pegar y acabaremos caminando sobre vidrios rotos, descalzos, heridos, empujándonos unos a otros para no picarnos las plantas de los pies. Si no barremos bien, esto será un lodazal viejo pero no habrá manera de sanar: allí van a estar esos pedacitos rotos.

Hay algo que no deja de sorprenderme: la acción automática de matar que atestiguan todas esas fosas clandestinas. No importa si es uno o cuarenta y tres: nuestra policía (nuestro pueblo) transformó ya el asesinato en línea de producción.

Como si estuviéramos parados en una línea de ensamblaje; la banda sin fin nos pasa por enfrente y debemos apuntar el rifle automático antes de que el humanito (¿un juguete?) pase de largo. Allá, quién sabe dónde, lo usarán vivo o muerto de alguna forma. Allá, al final de esa banda de engranajes viejos, usarán a los humanitos para algo y no sabes, maldita sea, para qué.

Se mata como si se encajara el bracito de una muñeca china que no alcanzas a ver completa.

Por eso es que comprendo el azoro de los polis y los gobers y los alcaldes: ¡Y ahora por qué tanto escándalo! Hemos matado cientos, miles y nunca nadie se había enojado tanto.

¿Cómo? ¿Que sean normalistas cultos los hace diferentes? ¿De cuándo a acá leer un libro te hace un muerto más valioso que otro?

Deben estar sorprendidos. ¿Por qué estos, precisamente estos, son tan importantes?

Nosotros sólo estábamos poniendo bracitos. Ojitos. Pelucas. El engranaje pasaba, la banda sin fin se iba y había que matarlos. Son órdenes. Al final, quizás esos humanitos se convierten en algo. Hay un motivo. Aunque nosotros no podamos verlo.

Casi

En cierta época de mi vida, ya tan lejana que parece más leído que vivido, yo también fui lo-lee-ta.

(“Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta”)

A mis extraños 14, (extraños cuando recuerdo la melena corta, aquellas piernas tersas, los senos ligeramente pasados de incipientes, la mirada aún más triste que ahora) me rondaba un hombre de 27. Para mí era un señor, claro, pero en realidad era nada más que un biólogo recién egresado, aún viviendo en la casa de sus padres en la Colonia Florida y dueño de un hermoso Mustang del año.

El auto solito producía el desvanecimiento general de hombres y mujeres, pero para mí, era su forma de mirarme lo que producía el encanto.

Nos habíamos conocido en una fiesta y hasta donde recuerdo el tipo había llegado a mi casa a seducirnos a todas, a mi hermana, a mi madre y a mí, aunque había terminado por preferirme. No lo digo con demasiado orgullo. Es una situación incómoda ahora que lo veo de adulta aunque allí, a mis extraños 14, me parecía estimulante.

Luego de sortear los celos y las envidias que nos provocaba en mi familia el seductor del Mustang, tuve tiempo a solas con él para para decidir si, a pesar de ser la elegida, me iba a atrever a hacer lo que el tipo se proponía.

A mis extraños y tiernos 14, yo aún era virgen y a lo único que me atrevía era a flirtear un poco en las fiestas y a soñar con Robert Smith.

Lo que a mi madre le pareció muy natural en aquella época –que su hija de 14 se quedara sola en un cuarto con este tipo– a mí me escandalizaba. La prudente en ese caso, como en muchos otros durante mi infancia, era yo.

Sería muy hipócrita si no aceptara en este momento el asomo de mi propio deseo jadeante: yo también me sentía profundamente seducida por el tipo del Mustang y hubiera dado mi brazo izquierdo por ceder a sus invitaciones.

Oh sí.

“Irita”, me decía. Irita…airita… lolita. Sus ganas crecían exponencialmente a partir de mis negativas. Su necesidad de tenerme –realmente tenerme– hervían con más vehemencia cada visita y también la fuerza que yo necesitaba para negarme.

Cada vez que el tipo llegaba a mi casa y despachábamos amablemente a mi hermana y a mi madre a sus respectivas habitaciones, el tipo se ponía desearme con todo el brío del que era capaz. Sosteníamos cada tarde una pequeña lucha entre el suave roce y los besos –lo único a lo que yo me atrevía– y lo demás (que para mí estaba en el terreno de lo infinito, de lo abismal).

Muchas veces he pensado que debí perder allí mi virginidad. Menos gazmoña, más libre. Con un tipo simpático –caray, cómo era simpático– culto y experimentado. ¿Qué me detuvo? No sé.

A veces pienso que no lo hice porque yo no quería sexo. En realidad, para mí era suficiente ver cómo me deseaba.

Como arrastraba la “t” en Irita, como si la lengua le pesara de ganas.

Cómo hacía para detenerse cuando yo decía que ya no. Cómo sufría un poco y a pesar de eso seguía visitándome, buscándome a la salida de la preparatoria, fantaseando con lo que las otras niñas pensarían de mí. “¿Les cuentas de tu novio guapo, el que viene por ti en un Mustang?”, preguntaba el muy cabrón.

“No”, respondía yo. Quizás más hija de puta que él.

Por eso traigo a colación esta historia, porque quizás mi forma de entender la seducción se quedó en el arrastre de esa “t”.

Ahora cuando deseo pongo la misma cara que él, me retuerzo de la misma forma, sufro un poco.

Quizás me enamoré de desear…

Orden de importancia

Leo que Cory Doctorow (escritor, blogger, coeditor de Boing Boing y mi gurú favorito en eso de la defensa del libre tránsito en internet) tiene hoy una fecha muy importante que rememorar: el tristísimo suicidio de Aaron Swartz.

Swartz, de escasos 26 cuando se colgó en su recámara, inició su carrera como activista y geniecillo de la red a los 14, y  se quitó la vida poco antes de ser convicto por bajar, sistemáticamente, artículos científicos de la biblioteca digital JSTOR. Enfrentaba 35 años en la cárcel y 1 millón de dólares en multas.

Aunque se fue hace tan sólo un año, Swartz ya no alcanzó a ver el caso Snowden ni la locura de la “vigilancia en masa” que nos confronta a todos los que usamos la red, aunque sea nada más para chatear y subir selfies: hablamos de vigilancia sobre tus gustos, tus afiliaciones, tus recovecos mentales. No es poca cosa.

Es por eso que organizaciones como The day we fight back (https://thedaywefightback.org/) usarán el el 11 de febrero próximo para hacer una protesta masiva.

Y bien. Yo lo que quería decir es que lamento no poderme involucrar en esto, pues siento que estaría pisando un terreno que no me pertenece.

Lo que me pasa es que después del asunto Swartz, me toca leer una nota sobre las 30 mil mujeres víctimas de la trata (en Chiapas, solamente) http://www.jornada.unam.mx/2014/01/12/politica/006n1pol

Y me pasa que empiezo a dividir el mundo en tiempos imaginarios. Hace un siglo los gringos tuvieron un gran momento en que, bien o mal, descalificaron la esclavitud masiva, al menos dentro de su país. (No vamos a ignorar que para mantener su estilo de vida, los gringos necesitan esclavos en Latinoamérica, Indonesia, Camboya, Bangladesh y un larguísimo y vergonzoso etcétera). El caso es que el acto de abolición se hizo en el imaginario de la gente común: lograron que los de a pie se escandalizaran con la idea del esclavo.

Eso no ocurre en México. Los de a pie quizás todavía no saben escandalizarse. Quizás mi país todavía esté en ese siglo y no nos damos cuenta. Tal vez toca apoyar a una especie de Lincoln y no necesariamente involucrarse con Cory Doctorow, que vive en un futuro donde los autos están a punto de volar o de manejarse solos.

30 mil mujeres… niñas de entre ocho y catorce años… de a (barato) 10 clientes diarios, son 300 mil hombres potenciales desprovistos de piedad.

En el D.F. hay muchos más.

Yo hoy necesito ponerme a escribir, pero también quiero secretamente mandar todo al diablo y ponerme un maldito traje de superheroína para sacar a todas esas niñas de ahí.

Hay mañanas que duele más el cuero que la camisa.

Poooooostea!

Rápido rápido postea para que no se te olvide, postea postitea post-it-tea.

(Recomendaciones para mí, que siento urgencia de apuntar en algún lado)

Forget not my young padawan que:

-sólo a los hombres tarados les gustan las mujeres por sus atributos ‘masculinos’.

-sólo las mujeres taradas exhiben sus atributos masculinos para gustarle a los hombres.

-sólo la gente tarada piensa que los atributos per se tienen género.

-sobrecargarse de información es como llenar un patio con periódicos y dejar que venga la lluvia.

-leer un buen cuento, una tarde y disfrutarlo y no querer hacer más esa tarde no debe hacerte sentir culpa. Leer una sola buena cosa al día es hacer algo.

-cuando uno estudia, leer un cuento es como romper la dieta. Riquísimo.

-cuando uno escribe guiones-cuentos-novelas, leer papers académicos es como ponerse a dieta (mucho esfuerzo que acaba valiendo la pena).

-Vonnegut aprendió a reírse mientras escribía. (Tal vez la risa fue cómplice de su larga y provechosa vida. Si cuatro décadas de una cajetilla diaria de Pall Malls no lo mataron, no entiendo qué más necesitas para ponerte a escribir. Casi por prescripción médica, pues).

-Esta(s) novelas no se acaban solas.

-Escribir también es ordenar el mundo. Ya que el orden de tu recámara te elude, intenta con la novela.

-El tiempo no es tiempo: es un gran helado de blueberry en canastilla.

Una peli es una peli es una peli

Ahora que empiezo a publicar sendas columnas de cine (una en la revista mensual Chilango, otra semanal en el portal de Chilango.com y otra en el blog de cine de Letras Libres) empiezo a recibir retroalimentación inmediata de muchos anónimos.

Como los alcohólicos, los anónimos casi siempre dicen la verdad, lo cual está muy bien. Dejé de escribir para agradarle a nadie hace muchos años. Hasta me divierte su anonimato: se animan luego a ser peladillos y me espetan así nomás cosas como “no mames” sin habernos tomado el primer café (tampoco es que las groserías me asusten, cualquiera que haya cruzado tres palabras conmigo sabe que de mi boca no salen flores).

Lo que sí me da un poco de flojera es la gente a la que hay que explicarle cosas básicas como por qué una película es un producto cultural susceptible a ser criticado, leído y analizado a profundidad, aún si se trata de una mala película. Me da flojera explicarles por qué una película de Hollywood, una industria tan importante como, digamos la metalúrgica o la petrolera, tiene puestos algunos intereses ideológicos en sus movies.

Ay chale, ¿qué no es obvio?

Supongo que no.

El otro día aparecí en un programa de televisión colombiana como ‘experta’ en cine. Hablábamos de The Hurt Locker, la peli que ganó esta vez en los Oscar. Me moría de miedo, me sentía chiquita e inexperta. Estuve a punto de pararme de esa silla donde una cámara de televisión me apuntaba y echarme a correr… hasta que escuché a un invitado proponer la peregrina idea de que ” la guerra de Irak es comparable a lo que pasó en Pearl Harbor; los gringos solo contestaban una agresión clara (el ataque a las torres gemelas en el caso de Irak)”.

¿EEEEEEEEEEEEEEhhhhhhhhhhh?

¿Y luego preguntan por qué el análisis de películas es tan importante?

¿Cuántas personas habrán leído un libro serio sobre la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuántas personas creen que vieron Pearl Harbor con el baboso de Ben Affleck?

¿Qué parte de la historia creen que se le quede a los mexicanitos? ¿Hay con qué compararla? ¿Aquí llegan libros (o siquiera películas) de lo que piensan los japoneses sobre lo que pasó en Pearl Harbor?

¿Y qué creen que se le quede más a la gente en la cabeza: lo que NO lee en los periódicos sobre la invasión a Irak? ¿O que The Hurt Locker ganó un Oscar y trató el tema de los pobrecitos soldados gringos invasores que sufren mucho?

Ok. Ustedes pueden no estar de acuerdo conmigo y refutar todas mis ideas sobre si una película es o no vehículo ideológico; sobre si esta película en particular es o no vehículo ideológico. Pero nomás por favor (y les regreso la confiancita) NO mamen: no me digan que una peli “nomás es una peli”.

Asssh de veras.

Entre lugares/ Twitter y Blog incompatibles hasta ahora

Algo pasó con el blogging cuando el twittering.

Han valido madres las historias, hoy muchos amigos buscan pura información.

He dicho que dejaré de bloguear cuando la vida me lo requiera, pero aún no lo hace. Quizás lo haga en forma de un embarazo o de un viaje. Por ahora mi pausa en el blogueo tiene más que ver con el madrazo del Twitter, su rapidez, lo parecido que es a la locura.

Dice mi amiga que no puede estar allí pues siente que entra a un cuarto donde todos estamos hablando solos.

Así desnudo el Twitter luce como un cuarto blanco de paredes acolchadas.

Lo que pasa es que el cuarto blanco me empezó a gustar y entonces me vino una pequeña crisis de identidad: luego de estar cómodamente en el blog por más de cinco años me encontré así, entre lugares. Me di cuenta de que allí en la sala de espera del Twitter no se puede ESTAR.Es como vivir en el aeropuerto de las redes sociales con un vuelo retrasado al infinito.

En el blog nunca siento estar hablando sola. No tengo idea de a quién le hablo, pero eso no parece importar. El mensaje llega, por azar o por simpatía y estoy preparada para entender los silencios o las trifulcas, sobre todo porque son conmigo, no con mis 140 caracteres.

Lo que pasa allá en Twitter ocurre entre avatares, no entre personas.

Es obvio que la que lo usa mal soy yo, o la que esperaba algo distinto y no logré obtenerlo fui yo.

Aclaro: el Twitter no está mal, es una herramienta estupenda para quien la sabe usar.

Es más, lo intentaré con más enjundia y vendré a reportar.

Por ahora sólo quería decir que el golpe twittero al blog fue fuerte y su eco sigue retumbando en muchos rincones. A ver qué hacemos al respecto.

Último bastión: ser normal

Según la wise güiki, “bastión” significa:

…un reducto fortificado que se proyecta hacia el exterior del cuerpo principal de una fortaleza, situado generalmente en las esquinas de los muros (llamados muros de cortina), como punto fuerte de la defensa contra el asalto de tropas enemigas.

En este caso, las tropas enemigas son la horda de orcos hipsters que no se saben hipsters, que no se pueden ver en un espejo sin decir “Güeeey, qué geeeek soy, no mames, soy un nerdazo!”.

Si usted señor señora señorito se llama a sí mismo con falsa vergüenza un geek o un nerd y luego le anda contando a sus compinches lo “rarito” que es, le tengo noticias: usted ES la mayoría, forma parte de ‘la norma’ y por lo tanto es usted tediosa y tristemente normal.

Sabemos que usted se anda escondiendo en la indefinición; que todos los días se levanta con una angustia espantosa que le pone la mente en blanco y le evita leer los periódicos. Con su anunciada nerdez o su geekería, usted quiere aliviar ese terrible vacío existencial del que hablan algunos autores. (Es más, usted SE SABE el nombre de esos autores, nomás que no los ha leído).

Pero ¿qué cree? Que su vacío ni es tan terrible ni es tan vacío: en realidad su abismo no es más que un chapoteadero.

Atrévase por una vez a quedarse solo en su cuarto y baje los pies. Verá que bajita está el agua.

Ya que supere el trauma, ahora sí, búsquese un abismo donde realmente pueda usted matarse si se empina.

No mame.

Dicen, dicen

Por ahí escuché que, según algunos estudios psicoantropológicos, una buena estrategia para ser feliz es retrasar algunos placeres.

Comer, por ejemplo. Hay pocas cosas que nos hagan sentir tan poderosos como aplazar voluntariamente algo tan vital. Si lo sabrán los anoréxicos. (Aunque en esos casos el retraso del placer es tal que se vuelve en contra del controlador).

Quizás si hoy no veo un partido de futbol americano o no me meto al Twitter o al FB o me voy por la ruta más larga caminando a algún lado y me pongo a hacer cosas más productivas en la noche podría sentirme más feliz.  Es decir, si me controlo un minuto me sentiré mejor dos minutos.

Parece que al final hay algo en juego cuando se habla de felicidad que no siempre nos parece importante: la sensación de poder; aún cuando se trata de poder sobre nosotros mismos.

Y en otras noticias…estas son nuestras librerías…

La foto fue tomada por Dante en Huehuetoca, Puebla Edomex, en un evento teletonesco donde pretendían que ‘el pueblo’ (así, en abstracto) donara.

Según lo que me platican, los organizadores hablaban de donar ‘a los necesitados’. No había una agenda clara ni un responsable de a dónde se irían esos fondos.

Dante iba a sacar fotos de un grupo de rock que tocó allí de forma gratuita, para entretener la tertulia donadora, pues.

Los asistontos les gritaban ‘¡Que los del grupo también donen, que den dinero!”.

No era suficiente donar su chamba, su música, pues. Pagar su caseta y dar cinco u ocho horas de su vida, pararse a tocar allí. Había que donar, no se sabe a quién o para qué.

Esta librería estaba por allí, haciéndola de metáfora metálica. Así son las librerías del país, así son nuestras fuentes de conocimiento: están cerradas, viejas, vacías y parecen puestos de tacos.

Así aprendemos a pedir en este país: poniendo la mano en cunita, encabronados porque todo lo merecemos. ¿Qué se están creyendo? ¡Que nos den, que se organicen Teletones, que se organicen mítines políticos y se prometan cosas!

Al final nadie va a pedir cuentas. Nadie hará el trabajo duro de dar y recibir: verificar que lo dado forme parte de un ciclo productivo. O ponerse a chambear para que al rato no me tengan que dar, por ejemplo.

Bienvenidos a las librerías mexicanas, pegadas a esa mexicanidad que luego, paseando por Santa Fé, se nos olvida a todos.