Sobre el respeto

Parece que Neil Gaiman (quien por cierto cada año se ve más guapo) y yo estuvimos leyendo lo mismo; fueron exactamente los mismos dos párrafos de la entrevista a Salman Rushdie en The Guardian los que llamaron nuestra atención:

Does he agree there should be discrimination against Muslims? “I don’t think there should be discrimination against anyone. Nor do I think Martin was advocating that. The point is this: I don’t have to agree with what you or anybody says to defend their right to say it. To have Martin articulating a public fear in this rather knockabout way was justified. If we don’t say what we think or articulate what is being generally thought, then we are self-censoring, which is wimpish.

“I thought the attack on Martin in the Guardian by Ronan Bennett [in an article published last November and condemned by McEwan] was out of order. To say he is racist because of that is wrong. I may not like the things you believe and, by the way, the fact that you believe them makes me think less of you as a person. I may despise you personally for what you believe, but I should be able to say it. Everybody needs to get thicker skins. There is this culture of offence, as though offending someone is the worst thing anyone can do. Again, there is an assumption that our first duty is to be respectful. But what would a respectful cartoon look like? Really boring! You wouldn’t publish it. The nature of the form is irreverence and disrespect.

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A partir de la visita de Gaiman a Brasil, me enteré que a las historietas o a los ‘cómics’, en portugués se les dice ‘histórias em quadrinhos’.

Es una expresión tan dulce.

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Alberto Chimal anda buscando versos. Entérese aquí.

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Neil

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A La Lata:

¿Que quién es Neil Gaiman? Un multipremiado novelista, guionista, escritor de cómics, cuentos de ciencia ficción, cronista, digamos un autor en toda la expresión de la palabra que comenzó a ganarse la papa como periodista de rock allá a principios de los 80. Su primer libro fue una biografía de Duran Duran, que alguna vez pintó para ser la banda más grande del mundo.

Un buen día, este joven periodista conoció a un señor oscuro oscuro con barba de mago.  Platicaron, se rieron, se hicieron cuates. Poco después, el señor oscuro lo jaló a esa onda de escribir cómics. Seguro le dijo algo así como “Ándele, Neil, escríbale, está padre, se pone bueno esto del cómic, el monito no deja mucha lana pero verá que chingón se trabaja el arquetipo”. Tuvo tino el inchi Neil, porque este barbón extrañísimo era nada menos que nuestro adorado Alan Moore, quien luego se encargaría de revolucionar el medio con su novela gráfica Watchmen.

Parece que a Gaiman le gustó lo de los monos pues le siguió por su cuenta y se hizo, luego de algún tiempo, más famoso que Moore. Esto por cierto, le puede mucho a Gaiman. Sabe perfecto que el chingón es su amigo, el genio es Moore, pero la pinche suerte, sobre todo la suerte para la fama, es imponderable y muy caprichuda.

De Gaiman hay muchos artículos en la red; su biografía está en al menos cinco idiomas en Wikipedia (Moore creo que sólo está en inglés), pero eso no tiene la menor importancia.

Lo bueno de los buenos es que no importa lo que diga la red, los blogs, los fans, los reportes, las películas: su biografía más elocuente se encuentra sutilmente tejida a lo largo de su obra de ficción.

Para saber quién era Gaiman cuando yo lo conocí, hay que leer toda la saga de Sandman reunida en novelas gráficas de la serie que escribió del 88 al 96. En México se pueden comprar, para quienes viven en el sur, en la tienda Comic Castle, afuerita del metro Zapata. Es recomendable hacerlo en inglés, porque la traducción baturra es insufrible.

Para saber quién es ahora hay que leer Fragile Things, donde ya se va refinando como novelista. (Solía ser bastante malo).

En mi biografía Gaiman ocupa un lugar entrañable. Se trata de una dulce voz que perduró en mi adolescencia, una carraspienta voz con acento británico cursi que decía “anda deja de llorar que arruinas el paisaje” y “eres mortal, haces lo que hacen los mortales: vivir”.

Durante la Comicon tuve dos momentos con él. En el post pasado conté el momento que pagó todos mis sinsabores como periodista; ése donde agradecí tener un oficio que me enseñó la bonitas herramientas del APERRE.

Aperréme, es decir, me valió madre que me quisieran sacar y me colé al backstage, a riesgo de recibir macanazos gringos. Por eso me los encontré a él y a Groening. Logré que me dejaran quedarme poniendo carita de perro en periférico y esperando pacientemente para incar el diente. Mucha suerte y mucho colmillo.

El otro momento, que me debía desde hace tanto, significó gran cierre con fanfarrias para una vieja herida.

Un día antes del encuentro periodístico, ya me habían sentenciado: ni madres, Gaiman no dará ni una puta entrevista. Como quien dice, os chingáes, si quieres verlo, será como fan.

Me formé en la fila para obtener un autógrafo suyo durante dos horas, como sólo me formaría por él y quizás por Woody Allen (a Moore me daría pena pedirle algo tan idiota como un autógrafo). Lo veía a lo lejos firmar y firmar libros, casi sin levantar los ojos de la pluma fuente. Previendo que al llegar mi turno enmudecería (soy, como dice mi hermi, rete rebozuda y bien penosita cuando no traigo mi máscara de periodista) recorté un pedazo de hoja de papel con lo que realmente quería decirle.

Lo que decía en ese papel es privado, pero cuando lo leyó  se levantó de la mesa y me abrazó fuerte. Olía a sudor (nunca pensé que olería a algo), estaba cansado, tenía los ojos rojos de firmar cientos de libros para los fans, pero se detuvo conmigo para abrazarme y mirarme muy despacito. Me sonrió y me dijo: “Hope I did a good job”. Oh you did! Le contesté.

Buena onda, el mugroso.

En la película de este siglo, Gaiman sería el amigo cool del protagonista.

El calladito, el guapito del que sólo las mujeres raras se enamoran. Nomás hay que ver la foto.

Espero haber contestado la pregunta de quién es Gaiman.

Más de la Comicon mañana.

Me besó me besó me besó me besó me besó

Quisiera mantener una pizca de dignidad aquí, pero la dignidad no va muy bien con nosotros los die-hard fans.

Ni modo, otra vez fuera calzones y así, sin malicia, quiero contar como se siente cerrar un ciclo, realizar un sueño y que te tiemble hasta la cola cuando ves a tu héroe de toda la vida.

Fui besada (besuqueada ilustra mejor lo que me hicieron) por el todavía hija-de-putamente-guapo-inteligente-dulce-astuto Mr. Neil Gaiman.

No sólo eso, además estuve a 30 centímetros (bueno, tal vez 50 o 60) de su conversación con Matt Groening. Ahh, se me olvidó también besé a Matt Groening.

Como dijo Gaiman un poquito antes: eso es lo bueno de ser yo. (Claro, él se refería a levantar el teléfono y preguntarle a Ray Bradbury si le importaba que usara una referencia suya, pero igual, se siente lindo poder decirlo aunque uno, mortal que es no tenga el celular de Ray Bradbury).

Dioooos.

Me tembló la voz, me dolió la panza, se me aceleró el corazón, el aliento, la imaginación.

Me trataron tan bien que me invitaron un vaso de agua o un refresco. Dije que no, por supuesto. No puedo creer lo ñoña que soy para aceptar cosas que me dan. No puedo creer lo tímida que soy, lo físicamente enferma que me puede resultar la verguenza de sólo ser yo y sentirme encuerada frente a gente lista.

En eso estaba pensando cuando el dueto ¨abrióse¨hacia miguelita y me invitaron con el cuerpo a platicar.

Baba de perico para ellos, cosa del backstage, entre actos, para ellos.

Puuuuf.

Para ellos. Yo sí que me estaba (pardon my french) meando.

Como en automático le dije a Groening sobre la familia mexicana, de cómo los Simpsons de pronto se le parecían y se rió mucho.

Es un hombre gordito, canoso, con sonrisa franca y ojos cabrones.

Risa y risa. No sé exáctamente qué chingados dije (o cómo lo dije), pero los hice reír a ambos.

Puf, puf, y más puf.

Mañana sigo contando. Ahora debo irme. Usted solo debe saber que hoy voy a dormir como un recién nacido, con un beso de Gaiman y otro de Groening en la mejilla izquierda.

Puf.

¿Quién te gustaría ser?

Una chava de la oficina lanzó la  pregunta y mi primer impulso fue contestar “Guillermo del Toro”.

“Noooo, pero ese es gordo y feo ¿a poco te gustaría ser él”.

“Bueno, es que él se lleva de a cuartos con Neil Gaiman, hizo una de las mejores películas que se estrenarán esta década, vive en un lugar donde no hay tráfico y cuando viene a dar conferencias se pasa por el arco del triunfo a los organizadores y habla con quien le da la gana. Es el tipo de persona en que me gustaría convertirme. Además, no es tan feo”.

Bueno, bueno, me dijo la chava, ¿alguien más normal?

Ok, déjame pensar… A veces me gustaría ser la mujer de Neil Gaiman…

“Noooooo, pero ¿por qué? ¿A poco no te gustaría ser el escritor, a poco te gustaría ser la esposa del escritor, estar en segundo plano, que nunca te hicieran caso?

Bueno, igual me gustaría ser él, pero eso tiene un inconveniente: uno no puede tener sexo con uno mismo.