Goodbye Cocaine Nights

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Iba a escribir del Rock Band videogame, de cómo saber que eres parte de la clase media ilustrada chilanga m’anque no quieras, de la inequívoca necesidad periódica de lubricar el cerebro con nuevas lecturas y tecnologías, pero es que el sábado domingo se murió Ballard y no es para nada poca cosa.

Debo decir que llegué tarde a Ballard, aunque tarde no significa desapasionadamente. Leer a Ballard una sola vez es quedar infectado de un paño sucio con el que ya nada se ve igual. Quedar infectado de doliente capitalismo y no solo del que nos hace comprar, sino del que nos hace amar a los otros en tanto objetos golpeados de placer (Crash) o en tanto sobrevivientes (Hola América).

Si P.K. Dick nos trataba de decir “desconfíen de su percepción” (él era gringo, claro), J. G. Ballard de plano sentenció a muerte a la realidad (hace falta un británico para arrasar con todo, pues).

Ballard nos señala que el sutil perfume de civilización se evapora muy pronto, que somos salvajes, perversos y que aquello que nos controla (como la religión o la televisión) muere de asfixia con tantito que se le apriete. (Véase el capítulo de cruel retorno a la verdad oculta durante el azote del huracán Katrina, donde asomó su horrible cabeza el subyacente racismo gringo; ese negado temporalmente, solo temporalmente, por la presencia de Obama en la silla presidencial).

En general, odio las citas pues son casi siempre frases descontextualizadas que un autor farfulló y que luego quedaron grabadas en piedra, editorializadas por la casualidad. (Además creo que no todos los autores son buenos hablando: por eso son escritores y no locutores).

Sin embargo, aquí hay algunas cosas con las que me gustaría recordar a Ballard, a quien se lo llevó por fin el chingado cáncer que le hizo ver su suerte varios años.

“All my books deal with the fact that our human civilization is like the crust of lava spewed from a volcano. It looks solid, but if you set foot on it, you feel the fire”.

“There seem to be more natural catastrophes today than 50 years ago, and we’ve become accustomed to thinking that it’s to do with global warming. But maybe it’s not so much the globe that’s heated up, as our minds that are boiling. It’s like the chimps in the zoo. If one sets a table for them, for a time they’ll sit calmly and drink a cup of tea. But all of a sudden they’ll start to smash everything up, because they can’t stand the boredom, the absence of incident. They’d rather resort to violence. I’m afraid that we’re still much more closely related to the chimpanzees”.

“Most people’s imaginations are damped down by the needs of getting on and making a living, generally coping with life and the imagination tends to be rather repressed in order to allow this flow”.

“When you’re a young writer you want to change the world in some small way, but when you get to my age you realise that it doesn’t make any difference whatsoever, but you still go on. It’s a strange way to view the world. If I had my time again, I’d be a journalist. Writing is too solitary. I think journalists have more fun!”

So bye bye Ballard. Ya te extrañamos.

Regresar

Hace tiempo que no me iba.

A veces pienso que cuando me voy algo se me queda allá y regresar me cuesta al menos una mañana entera y dos buenas noches de sueños pachecos.

Sueño que estoy allá en blanco y negro y me urge estar aquí, pero a colores. Sueño que vivo en un programa de televisión, a veces es un documental, otras un programa de concursos. El programa está en inglés y yo me enojo porque creo que secretamente todos hablan español, pero no pueden revelarlo ante las cámaras.

Me intriga saber si este viaje hubiera sido el mismo si no estuviera tejido con Hola América, una novela de J.G. Ballard que leí en el avión; o si los Flaming Lips no hubieran sentado un precedente anímico para hacerme dulce y doloroso el ocre de los bosques o el rojo de las grandes rocas a la orilla de la carretera.

Hola América me hizo tener pesadillas en tres hoteles del estado de Utah: pesadillas de sus primeras páginas, que me situaban en Manhattan proyectada hacia el futuro, donde la herrumbe carcome los grandes rascacielos después de una crisis energética. La primera imagen de Ballard, –calles desiertas de vida pero saturadas de oro puro brillando de forma imposible– me hacía cerrar los ojos de manera artificial.

Así cerré los ojos un día:

(Ah, por cierto, esa soy yo).

Fue un intenso viaje hacia adentro, hacia un lugar de mí que se contentó con decir ‘qué bonito’, sin buscarle más. Mi acompañante se llevó el récord del fotógrafo más silencioso del universo, así que aproveché y usé el tiempo de carretera (recorrimos de norte a sur, casi todo el estado de Utah y parte del de Colorado) para bloguear mentalmente. Lo raro es que nunca llegaba a la computadora para hacerlo en realidad.

(Me pregunto si mi manera de ver las cosas no se echó a perder para siempre desde que pienso en ‘blog’. Aunque no lo escriba, lo pienso así, como posteando).

Ayer estuve aquí, por ejemplo:

No se ve, pero en estos lugares el protagonista no es el magnífico sol, ni las nubes. Ni siquiera las formaciones rocosas. Es el viento. El viento hace su propia música, esculpe sus propias montañas, te empuja el coche si se le da la gana y, como buen abuelo jodón, juega con tu pelo hasta que te volteas y le dices “bueno ¡yaaaa!”. Pero acaba ríendose de ti y te vuelve a despeinar. Cuando por fin se va, lo extrañas un montón.

Con “Suddenly everything has changed” de fondo y estos arcos de piedra fue encabronadamente difícil no sentirse insignificante (y agradecida de serlo, por cierto):

Antes de llegar acá, estuvimos en un bosque de árboles Aspen que degradaban sus colores, preparándose para el invierno. Subiré fotos en el siguiente post, ya más preparada para decir cosas.

Ahora mismo el silencio está haciendo de las suyas dentro de mí.

Eso de regresar es un verdadero arte.