Robin y la depresión

Con la noticia del suicidio de Robin Williams se me vienen varias ideas a la cabeza. 

1. La más punzante: aunque a veces parece que le ganaste a la puta depresión, un día te miras al espejo y como en tus mejores épocas se te derriten los ojos y se vaporiza el cerebro. NO estoy aquí, esto no está pasando.  

No importa cuántos años pasen ni cuántas risas ni cuántos hijos ni cuántas absolutas cogidas: la sinrazón es un cometa y si no te agarra con las manitas en guardia y bien parado, te chinga. 

2. Otra cosa que recuerdo de Williams es su capacidad para mostrar el trasero peludo a la menor provocación. Quien conozca a un niño pequeño sabrá que no hay momento más liberador en la infancia que correr desnudo por ahí, dejando que tu madre te persiga con los calzones en la mano. En esos momentos uno es intensamente feliz –no así la madre– y Williams lo hizo muchas veces ante miles y miles de personas. ¿Eso cuenta, no?

3. Si vas a morir deprimido, más te vale haber hecho reír a un chingo de gente. De lo contrario eres nada más un obseso.  

4. Debería hacer un top 5 de las películas más oscuras y difíciles de encontrar de Williams, pero la que más veces vi fue The Fisher King. La amé toda mi adolescencia (como amaba cualquier cosa que hiciera Terry Gilliam) y no sé, esos amores se olvidan poco. Allí es un loco enfermo de dolor por la muerte de su esposa. Es un indigente que encuentra bella a una mujer-ratón y es capaz de sacar lo mejor de un hombre muy peor. Es un gran personaje. 

5. Mi hijo ve con insistencia una película de animación vieja que pasó sin pena ni gloria: Robots (Wedge, 2005). Aunque no entiende nada, se enoja si se la cambiamos a idioma español, pues adora al robot Fender, la voz de Robin Williams. A todas luces, punto para nuestro muerto, donde quiera que esté. 

 

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Cosas que no haría ni aunque me pagaran

Lista de una cosa sola. Uno es un número intersante.

-Tengo la suerte de poder sentarme en la sala de mi casa los sábados por la tarde y esperar a que los gorriones y los colibrís den vueltas por el rosal o por el durazno. Después de verlos perseguirse unos a otros y de estar allí nomás, cantando porque son eso, canto y saltitos, no se me ocurriría jamás meterlos en una jaula.

***

De niña me compraron un pájaro de colores brillantes, azul rey con violeta creo, y  al siguiente día de verlo allí encerrado me solté a llorar. Le pedí a mi papá que lo dejara salir; había sido un regalo suyo y lo dudé mucho antes de decírselo. No se ofendió pero me dijo que era más cruel esa opción pues esos pájaros nacidos ‘de pajarero’ estaban acostumbrados a que les dieran de comer. “No tiene a dónde ir, nunca tuvo nido, ni amigos, ni parvada. Esta es su vida, déjalo aquí tranquilo”. El argumento era muy lógico y en primera instancia acepté, aunque algo dentro no podía concebir que el pájaro estuviera mejor encerrado.

Propuse una solución: le dejaríamos comida todos los días en el patio, para que regresara cuando le conviniera. (Siempre he sido así de ingenua).

Mi papá había nacido en un rancho. Respetaba la vida pero no tenía miramientos con ella. No sé si me explico. Es que no es lo mismo respetar la vida que hacer de un pobre Poodle un dildo imaginario.

En fin…Convencí o no a mi padre, no me acuerdo, pero sé que en lo siguientes días dejé abierta la puertita de la jaula y esperé un día entero a que el pájaro huyera solo. Le tomó muchas horas darse cuenta de que era libre.

Quisiera tener la memoria intacta, quisiera pensar que ese día soñé un mal sueño con el pájaro al que había nombrado algo así como Apolo o Morgan o alguno de esos nombres rimbombantes que me encantaba ponerle a los animales. Había soñado con un Apolo hambriento que no sabría donde meterse en la lluvia, perdido como perro fino en Calzada de las Águilas.

Me desperté, quizás no soñé nada. Lo cierto es que algunos días después, el Apolo se apareció en la barda: me miró una dos tres cabeceadas de pájaro y salió volando.