Como las olas del mar

Tengo muchas cosas que decir acerca de mis cuatro días en La Habana, pero no encuentro las frases exactas pues aún es una sensación visual o una sensación física, como el paso del tiempo, como se sienten las olas frías en el calzón cuando entras primero al mar y luego el cuerpo se va acostumbrando y todo se entibia y ya no tienes ganas de salirte nunca más aunque te vuelvas viejito.

Solo puedo decir que todos escritores deberían conocer La Habana. No conozco ningún otro lugar donde sea tan evidente que la vida (vestirse, cojer, bailar, comer, hacerse pendejo en una plaza pública, esas cosas) tiene una membrana viscosa hecha de minutos que queremos romper siempre pero de la que no podemos salir porque somos muy chiquitos.

No sé hablar de La Habana, estoy conmovida, enojada, feliz, llena de ritmo, llena de miedo. Lo único que puedo dejarles son fotos. Fotitos. My own private point of view.

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La Habana Vieja (el centro) tiene partes donde, si no supiéramos historia, podríamos pensar que ha caído una bomba o  están en guerra. Y están… la baja intensidad no le quita lo guerra.

En este edificio viven ratas y personas que sacan cables hasta el alumbrado público y saltan entre vigas húmedas para llegar a los cuartos de atrás.

Pensaba en el perrito de la RCA Victor…ese perrito bien podría ser mascota y símbolo de La Habana Vieja,  sería el mismo perrito blanco pero tan sarnoso que ahora es casi rosado, viejo, a punto de morir de desesperación por rascarse, pero que le sigue haciendo fiestas a los ritmos afroamericanos que salen por el cuerno del fonógrafo.

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La diversidad racial es extraordinaria y la gente es tan guapa que duele (como se puede apreciar, son hermosos desde chiquititos). Según me cuentan el racismo es casi inexistente según me contó una chava blanquísima, protoperiodista, pues dice “nosotros sabemos que lo bello nos viene de los negros, sabemos que la música y el baile son de ellos y los cubanos somos eso, música y cuerpo, no podríamos vivir ya sin esta mezcla”. Por desgracia no tuve tiempo de preguntarle lo mismo a un negro.

Lo cierto es que los cubanos (con los que hablé, pues) son super articulados. Se les nota la educación, las lecturas, oyes a gente normalita, sin doctorado ni nada dominar el pensamiento abstracto. Añora uno cosas de esas en la educación mexicana. Sigh.

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Un obrero con su ejemplar del “Granma”, periódico oficial y plenipotenciario donde me cuentan, el cabrón del Fidel se dedica últimamente a chochear. No se cumplen 83 años sin consecuencias, creo: “Compañeros cubanos: hoy quiero hablarles del juego de pelota, ¿se acuerdan que yo predije que los japoneses ganarían? ¡Pues ya ven! “. Y se arranca, totalmente chocho a discutir sobre por qué se los echaron al plato en el beis.

Mientras tanto, la obra de teatro de todos los pueblos, la de los ricos y los pobres y los que tuvieron suerte y los que no, se lleva a cabo por las calles (porque claro-que-agüevo-que hay clases sociales y toda clase de privilegios en Cuba).

Y aquí la onda: sí, hay ricos y pobres, clase media y eso, pero la desesperación por tener, por ser, por pertenecer, por dominar, por chingar, por ser recordado como “el mejor”, por prevalecer, por sobresalir, (esa de la clase media mexicana), esa no la vi. No sé, quizás no busqué bien.

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Pensaba yo que en Cuba un diseñador gráfico se muere de hambre. La total falta de anuncios por las calles es rarísima (exceptuando estos de propaganda política y el aún presente y cabroncísimo “Patria o Muerte”).

Más raro para mí que vivo en esta ciudad gritona. Una ciudad que GRITA “coca-cola-pantene-galletas-pingüinos-compre-casa-no-mame-hágase-la-mamografía”.

La falta de publicidad da una paz casi desquiciante, pero sin duda podría volverme a acostumbrarme a ella… como cuando éramos niños que los anuncios en las calles sólo murmuraban ¿se acuerdan?

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Uf, los coches. La revancha más grande hacia el coleccionismo, hacia lo exclusivo, lo in, lo particular, lo mío que no es de nadie, es que un Cadillac ’59 en Cuba es nomás un taxi para cubanos.

No dejan subir a los turistas, so pena de que les quiten el auto, así que nos la pelamos.

Pero son unas bestias hermosísimas.

Como dinosaurios corriendo por las calles.

***

Un dios muy viejo duerme allí en La Habana.

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Renegando/Mindless good time

Ayer caí sin querer a una fiesta burlesque, organizada en el corazón de la colonia Nativitas. Me resistí a entrar todo lo que pude pues me sentí incómoda cuando vi una tribu de darketos-emos-punks-talla-cero y 18 años, pero (gracias diosito porque mis amigos  no me toman tan en serio como a veces lo hago yo) entramos.

En realidad era una especie de Babilonia-Barrio-Pobre. Me sentí como Tom Cruise en la fiesta de las mujeres encueradas de Eyes Wide Shut, nomás que sobre Calz. La Viga y Eje 6.

Hombres vestidos de mujeres, mujeres de hombres. Grupos con mohawks-retro-punk y otros, los más interesantes, con look rockabilly de los 50. Niñas de 19 en calzoncitos, quitándose las faldas rojas de can-can. Un hombre como de 50 años con chamarra de flecos y botas vaqueras, mirando. Un escuincle vestido de Pachuco y actitud de Zoot Suit. Un güey con un bozal tipo Hannibal Lecter en la puerta se me quedó viendo (casi puedo asegurar que me sonrió).

Todo indicaba que habíamos llegado a un sitio de excepción, al purgatorio o a una película de David Lynch: la luz roja, las lonjitas cheleras de las darketas que se iban encuerando, una tras otra, en la tarima central al ritmo de los Tiger Lilies, mientras alguien mezclaba música y efectos de sonido en una laptop.tetitas

Luego un grupo de rock de la colonia Escuadrón 201, morenos a rabiar y muy malos con los instrumentos, cantando en inglés. ¿Por qué en inglés? No importa, pensé. ¿Qué nomás los güeros pueden?

La fiesta entera un performance; los asistentes disfrazados de sí mismos, la casa abandonada con techos post art-decó, con escalinatas y candiles sucios de imitación; la sordidez caminando por ahí con su guadaña, lista para rebanar cabezas.

Fue la sordidez quien me mostró, ya cuando nos íbamos, una darketa casi de guardería, no tendría más de 15 años, a quien no pude evitar pedirle me dejara tomar una foto.

Estaba allí, recargada en un muro de dos colores y le pegaba una extraña luz en la corbatita tornasol que traía alrededor del cuello.

Cuando me respondió la oí gangosa, de un terrible y mal operado labio leporino o paladar hendido o god knows, con una nariz aguileña y enorme que sólo la hacían más interesante, (más un personaje y menos una niña que seguramente sufre burlas cada minuto del día).

Le pregunté cómo se llamaba. “No me vas a entender”, me contestó. Broma macabra de sus padres que le pusieron un nombre con una ’eme’ y una ‘ene’ demasiado cerca. Samanta, “saaammmnamnmnmnttta” en labio leporino mal operado.

Posó para la foto, con todo y su impedimento para hablar. Quise decirle que era sexy y que esa noche se veía hermosa. Quizás no lo supiera, quizás nunca lo va a saber, pero de verdad se veía hermosa.

Salí de allí con el corazón arrugado pero feliz de que haya lugares donde hay tantos disfrazados que la gente se entrena a ver más allá del disfraz.

Aquí algunas fotos, aunque de ninguna forma  hacen justicia a la noche de ayer:

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La niña bonita.

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El niño rockabilleando/vaquero-de-leningrado.

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La Punka.

Grimoire

La hermosísima palabra grimoire (grimorio en español) designa un libro de magia, el recipiente de los secretos más preciados del hechicero.

Existen, no los invento. Un rápido y somero wikichapuzón puede hablarles de San Cipriano, que era todo un coleccionista de estas ondas egipcias y del enorme Aleister Crowley, escritor británico loquísimo que además fue master ocultista, satanista y hasta yogi del siglo XIX. (Además, creo, tenía un nombre estupendo).

La cosa es que Alan Moore, una especie de Crowley moderno, lleva años de investigación sobre misticismo, buscando desde los orígenes pitagóricos de la Cábala hasta la verdadera historia del Dr. Faustus. El autor de Watchmen está a punto de convertirlo en un comprehensive grimoire, que espera tener listo en dos años. Moore being Moore, quiere que el libro sea, además, divertido:

We want this thing to have a lot of really fun inserts, fun features. Something that would delight a child. We want to make this not only a perfectly lucid and accurate book about magic, but we really want to make it a book about magic that would not disappoint an 8-year-old child if they came across it.

Back when I was a child and I first heard about magic, then I kind of knew instinctively what a book of magic would be. It would be unimaginably wonderful. It would have fantastic things in it. It would be much better than the children’s comics annuals I got at Christmas, and they were pretty wonderful.

El hecho de que Moore vea el paralelismo entre recibir esos comics para navidad y un libro de magia es absolutamente entrañable.

Estoy segura de que si a más gente le enseñaran el placer de leer cómics, este sería un mundo donde la magia iría caminando por las calles como si nada.

La entrevista completa con Moore está acá. Está buenísima, por cierto.

***

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Claro que vimos Watchmen en Imax (acompañantes de lujo, por cierto) y claro que me divertí y amé el momento y me emborraché un poco a la salud de una película que, sin embargo, sigo pensando que no tenía ningún sentido de ser realizada. Dinero mal gastado, que como dice el propio Moore, serviría más en un rescate a víctimas de algún desastre natural.

Zack Snyder, pobre fan deshuevado, respetó tanto que se diluyó en un megamultimillonario tributo a Moore. Un Moore que no necesita ni quiere ni entiende por qué diablos alguien querría hacerle un tributo así, quitándole la oportunidad a tanta gente de interesarse y leer la novela. Ok, ahora todo el mundo sabe de qué se trata Watchmen, en qué acaba y cómo se ve…¿y? Después de verla nadie va a sentirse ni más subversivo ni más disgustado con nada. Puro empacho palomero y a casa a querer comprar más.

Parece mentira que haciendo un filme político (por que eso es Watchmen, aunque al director se le escape) Snyder no se preguntó por qué madres era relevante hoy. No tiene ni un sólo comentario, ni un solo ensayo sobre lo que pasa ahora…me atrevo a decir que a quienes nacieron después del 90 (quienes ya tienen casi 20 años, god I’m old) van a salir pensando que en los 80 teníamos un gusto malísimo para la ropa y nada más.

Perdió la oportunidad Snyder de enfurecer a los fans (me hubiera encantado salir furiosa del cine), perdió la oportunidad de volverse autor y se quedó en maquilador de páneles directamente sacados de los dibujos de Gibbons. Las mejores líneas de la película por cierto, también son de Moore.

Fue lindo recordar algunas:

Night Owl (tratando de evitar un muerto más): What’s happened to America? What’s happened to the American dream?


The Comedian (después de disparar a un civil): It came true. You’re lookin’ at it!

Y ésta, que hizo particular mella en mi cansada memoria amorosa:

Rorschach: Used to come here often, back when we were partners.

Dan Dreiberg/Night Owl: Oh. Uh, yeah… yeah, those were great times, Rorschach. Great times. Whatever happened to them?


Rorschach: You quit.

***

Eso sí, la veré tres o cuatro veces más: porque para mí es relevante, porque quiero volver a llorar la (spoiler…) muerte de Rorschach, porque no mamen, ¡dónde encontraron ese actor! Es más Rorschach que Rorschach himself, porque The Comedian está increíblemente quesito (se parece a Robert Downey pero en mamado), porque la cogida es hiper ochentera y extrañaba esa estética de 9 1/2 semanas cursi-caliente, porque nomás en la secuencia inicial Snyder, tan estupendamente pop él, hace un video extraordinario á la MTV-1986, porque el cabrón  la hizo para complacernos y, masturbatoriamente, tristemente, lo logró.

Shine a light

Hoy me cayó el veinte de por qué me caga el jazz: aparece como la música políticamente correcta en casi todos brochures turísticos.

(Aunque Andrei el otro día me dijo algo que me hizo repensar el género: el jazz es la música que sabe que nada es repetible, la que conoce la finitud).

Lo que sí hay que concederle a la ciudad de Washington DC es que en su guía de música local son bastante menos oficialistas, lo mismo incluyen los primeros bares donde tocaron Duke Ellington y Chuck Brown, que el Eighteenth Street Lounge, meca de la escena electrónica y casa primordial de The Thievery Corporation.

Parece que DC de noche tiene su onda pues allí está también el Black Cat de Dave Grohl y el 9.30, un club tipo el Bulldog citadino, pero donde se presentan grupos como The Pogues, Animal Collective, The National, The Black Kids, Primal Scream, Modest Mouse y Tindersticks…aaaammmm, pensándolo bien, creo que no se parece al Bulldog. Buee, igual mi proverbial suerte sigue siendo la misma, los que me interesan no están cuando yo puedo ir a verlos.

Es fantástico ver cómo a los gringos no les cabe ni un ápice de nuestra malentendida modestia: DC también es una especie de Disneylandia del poder. Es más, sus atracciones principales (el Capitolio, la biblioteca del congreso, la Casa Blanca) se anuncian como “The Power Scene”. Jijos. La escena del poder incluye un ‘bi-partisan tour’ (” red and blue electric roadsters equipped with GPS technology and enjoy a narrated tour of the history and drama of the nation’s capital) y disculpen que no lo traduzca pero sólo se aprecia la desnuda gringuez con la que estos tipos convierten todo en espectáculo en el idioma original, el gringo.

También me están ofreciendo un bellísimo tour “Obama”. Ujú. Consiste en visitar el barrio ahora renombrado ‘histórico’ pero que durante años fue conocido como el Black Broadway. Hay que pasar por el African American Civil War Memorial, (allí junto se anuncian un par de boutiques ‘indies’, nomás para que a uno no se le olvide que está en Gringolandia y allí, señor, usted va a comprar y a dejar su dinero, no se haga guaje.

En el tour te señalan las tiendas favoritas de ropa de Michelle Obama y una cenita muy cara en el Kennedy Center, donde la familia presidencial acude a ver espectáculos.

A ver cómo me va.

***

Este post empezó en mi cabezota queriendo decir que Scorsese es un gran insider.reporter del mundo masculino y que su documental de los Rolling Stones, Shine a Light, es una de sus obras más sutiles y entrañables. Tiene muy poco de documental y mucho de un simple concierto grabado, pero algo hace el cabrón del director que uno se olvida de la música de los Stones (un poco aburrida desde mi punto de vista) y empieza a ver personajes.

Es una rara historia de amor. Los Stones llevan 47 años juntos porque se cuidan, se comunican con un imperceptible movimiento de cejas, se odian muy tiernamente y sobre todo porque son cómplices en aquello de la finitud. Salen a tocar pensando (sabiendo) que quizás este sea el último concierto que den. Quizás (aunque esta ya es mi pachecada unipersonal) los une en primer lugar la muerte de Brian Jones.

Después de verlos abrazarse, sobre todo después de ver a Jagger subiéndole el cierre de la chamarra al viejecito ese Charlie Watts pa que no se me vaya a enfriar después de acabado el concierto, uno sale pensando que el mundo es medio idiota en privilegiar y endiosar un sólo tipo de amor, el romántico.

Si ella no puede nadie podrá

Hablo de la literatura.

Ayer me fui a la cama pensando lo de siempre: el camino más largo, pero más exquisito para llegar a donde necesito es la literatura.

Esta máquina anónima de la memoria humana -entendida como un todo, suma de las partes, sin importar cuántos libros inservibles haya uno leído, sin importar también quién haya firmado esos libros- ofrece la más potente salvación.

Ni la religión ni el psicoanálisis (y miren que últimamente soy fan de la última) son capaces de hacer que tu lavadora interna centrifugue con tal espectacularidad. Y es que cuando uno lee un libro no abreva sólo del que tiene en las manos: cuando lees un libro estás leyendo todos, todos los que has leído y los que leyó el autor al escribirlo.

La vedadera evolución de tu memoria, incluso de tu memoria corporal, se detiene cuando dejas de leer y avanza exactamente desde el punto en que la habías dejado cuando vuelves a tomar un libro.

Powerful those little thingies.

Y eso que todavía no llego a lo que puede hacer un libro por la realidad. Hace un momento, en mi lectura matutina de blogs saludé a Bef, quien últimamente ‘blande’ su blog como exquisita arma contra la ignorancia.

En su más reciente post, discute aquella falacia de que la Ciencia Ficción es un género muerto. ¿De qué hablan cánones, acaso no han echado un vistazo a la cartelera cinematográfica ultimamente?

Jeez.

Concuerdo completamente con Bef en aquel señalamiento (enorme, punk y lapidario por cierto, I’m certainly impressed):

“Y es que estoy convencido de que si el estado totalitario que vislumbraba Orwell en 1984 no existió nunca se debió, en parte, a la propia existencia del libro“.

Termina su post con una frase hermosísima, que he tenido la suerte de oírle en viva voz:

“El futuro no será de nadie. Pero alguien tendrá que soñarlo”.

So, let’s.

Wooow

Mi novio encontró por ahí este grupo canadiense de pura vieja. No puedo dejar de escucharlas.

La mujer que canta es de esos seres hermosos, como Johnny Rotten cuando la edad se lo permitía, que parecen hadas sin sexo.

El grupo se llama The Organ y son (o eran, creo que ya se separaron) canadienses.

No sé ustedes, pero yo me canso seguido de mi música, así que comparto esta maravilla. Hay que oír Brother y Love Love Love. Por si no postea los videos el YouTube, aquí está la liga.
http://www.musiques-volantes.org/10/videos/index.htm

Las zapatillas Mi Alegría

Cuando estoy de malas en el trabajo me pongo a hablar. Antes que todos se muestren cansados de mis cuitas, allá voy yo mera, a odiarme solita, pero de parar ni madres…antes muerta que callada, chingado.

Es como si no pudiera detener la boca. Libero las múltiples angustias; por ejemplo, de la supuesta lucha de los sexos. “Los hombres son (llene usted aquí con cualquier frasecita hecha), en cambio, las mujeres todo lo hacemos para (igual que la anterior)”.

Lo peor es que todos traemos la misma angustia y el tema prende como chispita en polvorín. Al rato ya no sé cómo decir que los hombres son fantásticos, un misterio eterno y una fuente de verdad. Al rato ya no puedo decir que la regué y que ni madre que me compro eso de la lucha de los sexos, tema sólo fabricado para vender revistas de corazón disfrazadas de posmodernidad.

No señor, ninguna lucha. Puro dolor de no ser capaz de meterme en la piel del otro.

Para mí es una cuestión ¿Qué se siente mear parado; ser capaz (sin entrenamiento previo) de golpear a alguien en un bar; hacerse más guapo mientras se envejece; no poderse embarazar?

Platicaba con Dante sobre los juguetes Mi Alegría cuando vi una luz al final del pasillo: con razón somos distintos, tú querías un juego de química y yo pedía a grito pelado unas zapatillas rojas de plástico.

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Tal vez ahí empezaron nuestros problemas, los problemas entre un hombre y una mujer:

Secretamente ambos deseabamos desear lo otro, tú mis zapatillas y yo tu juego de química (o tal vez lo hicimos, siempre secretamente) y aún cuando obtuvimos lo que deseábamos (tú el juego de química, yo las zapatillas), cuando abrimos la caja entendimos que los comerciales nos engañaban y que

1. no venía el ácido clorhídrico con el que íbas a quemar a esos insectos muertos que guardabas en aquellos tuppers

2. la bata se vendía por separado

3. el humo también

o que

1. las princesas tenían el pie mucho más grande que el tuyo

2. las princesas no querían correr por las calles de Lindavista como tú o no tenían chorreadas las pantorrillas de lodo (como tú) así que las zapatillas les duraban sin romperse más de 10 minutos (no como a tí)

3. las princesas se vendían por separado

Magia

De ida a la laguna más alta (4,500 mts. sobre el nivel del mar) de Atacama nos encontramos una camioneta tipo Scooby Doo -del mismo año- varada, con siete viajeros brasileños en la panza.

En el parabrisas decía “Capoeira”; un solo tenis, calcetines usados, así como pedazos de pan y otros residuos de un largo viaje en carretera yacían en la hendidura del tablero.

Eran las 4:30 de la mañana. Nos habíamos levantado tan temprano para alcanzar el amanecer en locación. La luz de los paisajes, me platica Suki el fotógrafo, sólo sirve a las 5 de la mañana o a las 5 de la tarde. Lo demás es para los turistas japoneses.

Calculo que harían, en pleno desierto (el más seco de todo el continente) 15 bajo cero. Dos suéteres, una camiseta térmica, una buena chamarra y una bufanda apenas daban batalla. Apenas. En realidad empezaba a cagarme de frío. Como solemos hacer los mexicanos cuando el clima se pone gacho, iba mentando madres.
Nos detuvimos a tratar de ayudar con el desperfecto.

“Llevamos aquí desde las 10 de la noche, pero sólo han pasado dos autos de largo”, nos confesaron los brasileños. “Se nos acabó la gasolina”.

Los siete brasileiros tenían menos de 20 años, la cara quemada del frío y los ojos saltones de el que ha temido por su vida. Era como encontrar un perrito perdido y no podérselo llevar a casa. Nosotros teníamos que seguir. Primero porque no cargábamos un bidón de gasolina y la gasolinera más cercana estaba a dos horas en auto en sentido contrario. Segundo porque la chamba es primero y teníamos que alcanzar el damn amanecer.

Llevaban toda la noche con un calentador de gas dentro de la caminoneta. Pucha. 15 bajo cero, 15, 15 bajo cero, ¿te puedes morir de hipotermia a 15 bajo cero? “Mucha gente sí”, me dijo el guía que conoce bien este camino. “No es la temperatura, es el tiempo que llevan allí”.

Pinche tiempo.

Así que nos fuimos. Yo con mi culpa y los demás con la suya.

La laguna era fantástica. 45 km de desierto a la derecha, 45 a la izquierda. Bordeando la Cordillera de los Andes; frente a nosotros un mini valle y en medio la laguna. Unos pinchis flamencos andinos hacían todo más rosa, más irreal.

El dios sol empezó a asomarse detrás de la cordillera. Con sus rayitos nimios nos iba perdonando la vida y el frío. Ahora nomás hacía 5 bajo cero.

Suki tomó muchas fotos. Nos echamos un refrigerio con guantes, gorritos y café caliente recargados en la lengueta abatible de la parte trasera de la 4×4.

Fui al baño detrás de un zacate medio crecidito. Allí pensé que dios ya no vivía en las ciudades, pero acá sí que tenía sus terrenitos. Luego pensé “caray, qué cursi, qué fome como dicen los chilenos; ves algo lindo y ¿no se te ocurre pensar nada más que en religión?”. Me subí los pantalones, medio encabronada.
Como era de esperarse, de regreso, allá como a las 9 de la mañana, nos volvimos a encontrar la Scooby-camioneta.

Los brasileiros, expansivos como son, habían sacado el tanque de gas y unos asientos para calentarse con el tibio solecito.

Ahora sí nos paramos de a devis, le dije al guía. Suki les preguntó si ya tenían gasolina.

Gasholinna, sí, ahora está congelaida la bachería“.

¿Los jalamos? El guía, medio mamón y de derecha (como por desgracia me tocó conocer a muchos chilenos) sacó a regañadientes una cuerda y amarró las camionetas.

Suki hizo lo suyo. Los llamó “hermanos brasileiros”, se bajó de la camioneta y se puso a jugar al salvador.

Yo seguía con frío pero supervisé desde atrás la velocidad que necesitaban para echar a andar el Scooby-móvil, que después de tres o cuatro kilómetros, por fin arrancó.

Cuando regresamos a donde habíamos dejado a Suki y los demás, allí sí que se apareció dios.

En pleno desierto, unos saltimbanquis medio congelados daban piruetas de gusto.

Al ver que su camioneta regresaba por su propio motor, los brasileños se pusieron a dar saltos y a tocar sus instrumentos. (Yo no había visto, pero además del tanque de gas, habían sacado también sus percusiones).

Me quedé callada mientras los brasileños me abrazaban. Su euforia tomó una forma sorprendente.

En lugar de llorar o dar las gracias (o invitarnos algo o tratarnos de pagar como habrían hecho gringos o mexicanos), los Scooby-capoeiros daban vueltas, tocaban los panderos, se subían al techo de la camioneta para luego tirarse desde allí en un doble mortal.

Eran bellísimos.

Atrás el cielo y las cordilleras lucían despiadadas, rosas y anaranjadas, como los flamencos.

Sus cuerpos corriosos y de músculos marcadísimos enseñaban la poca ropa con la que habían resistido toda una noche a 15 bajo cero en medio del desierto. Camisetitas, pantaloncitos.

Nunca volverían a ser tan jóvenes ni tan hermosos. Muy pronto iban a pelearse o a ennoviarse y su afán viajero capoeiro se terminaría.

Presenciar ese momento: la juventud, la energía, el desierto, las piruetas, la compasión.

Lo más interesante del viaje, sin duda.