De regreso

De regreso.

Ujúu.

Extrañaba mi cama, tus brazos y la nariz húmeda de mi gata.

***

Vivir de viaje es muy cansado. En lugar de ojos cargas pequeños obturadores con la obligación de cerrarse y guardar todo lo visto. Pequeñas fotografías de esto y de aquello, todas listas para mostrarse a quien quiera escuchar.

Lo malo es que, después de un rato, casi nadie quiere escuchar. Es como contar un sueño del que despertaste sudando: ves cómo el otro se aburre del cuarto oscuro que tanto te impactó; cómo esa vaca que iba a arrollarte en una sala de espera más bien suena cómica, cuando para tí fue como si te arrancaran una pierna.

El tiempo transcurre, discurre de tantas formas en un viaje.

Allá pensaste que lo realmente quieres hacer de tu vida es ser carpintero, que el trabajo manual dignifica, que la vida en tu colonia pasa muy rápido y estás harto de senitr como que se te va. Piensas, mientras vas en la carretera o en el avión y te sirven yet another preposterous airplane sandwich, que ser carpintero te va a regresar un sentido de utilidad, de comunión con el entorno…

Corte a: toma general de tu oficina, de tu casa, de tu novio, de tus gatos. Close up de los ojos de tu gato tomando el sol. Toma en picado de tu cama desocupada.

Jump cuts a todos tus conocidos. Desayunan con prisa una quesadilla, viven una o dos horas de tráfico, van al cine, se masturban, se mandan mensajitos de texto. La aplastante normalidad.

Para ti todo es nuevo, así que tienes la obligación de asombrarte en cada punto. No tienes derecho a ponerte de malas. No hay tiempo de recluirse. Te mata la culpa si prendes el televisor o te seduce una novela. Allá afuera, se yergue, yo qué sé, la Sagrada Familia, el Mar Mediterráneo, el Museo Pompidou.

Quedarte en tu cuarto es poco menos que una falta capital.

Hay tanto que ver.

Tantas fotos mentales que sacar.

Y tantas fotos te hacen otra persona.

Es cansado viajar. Uno regresa, al menos los primeros días, convertido en ‘el otro’, ese que un día quiso ser carpintero.

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Asturies

Como me diverti en el road trip por Asturias.

Aca hablan bable casi como que no quiere la cosa, como hace casi todo el asturiano. Como que no quiere la cosa son amables y bromistas, pero como que no quiere tambien son nacionalistas recalcitrantes. ‘Asturias es Ehsspania y lo demahs ehs tierra conquistaa’, gritan a la menor provocacion.

Los finales con ‘o’ los terminas con ‘u’ y los plurales con ‘es’.

Asi, las camisetas (en serio) son ‘les camisetes’, las peliculas son ‘les pelicules’ y los amigos son ‘les amigues’. No estoy inventando. Es tan cagado que enternecen.

Un pequenio poblado cerca de Oviedo se llama El Pito, pero la gente le llama ‘eeeel Pituuuu’.

Asi o mas baturros.

Ciao Asturias, que bien me trataste. Yo me encargo de decirle a todos que esta es la parte mas virgen y mas interesante de toda la peninsula. Que la comida asturiana, disculpen aquellos mexicanistas recalcitrantes, es (que se los digo yo, tragona profesional) de las mejores del mundo y que aca todavia piden las cosas por favor. Puf, Oviedo.

Oviedo, dice Woody Allen, es el lugar donde la magia todavia existe. Ahi nomas.

‘Muchisimes gracies, Asturies’

Ahora voy a la Costa Brava: Girona, Figueres, Barcelona. A ver si los catalanes roncan como duermen.

Pardo Van Dyke

(Sin acentos y/o tildes hasta que le encuentre el idioma a esta laptop)

Puedo dividir al mundo entre quienes veiamos horas el programa de Bob Ross y quienes se doblegaban en un segundo ante el control remoto argumentando bestial e insoportable ridiculez.

(Ni quien los culpe).

La cosa es que yo pertenezco al primer (me gusta pensar ‘selecto’) grupo que lo disfrutaba en silencio. Lo veia con mi mama y mi hermana. Nos encantaba reirnos del shhhiiiinnnoo pintor, sobre todo de su majestuosa transmision con doblaje diferido.

En fin. La melancolica reflexion viene al caso porque Paris, (si, si, la famosa ciudad luz), es color Pardo Van Dyke.

De hecho, la ciudad esta toda incluida en la paleta de Bob Ross.

Los dedos de la mujeres fumando en el frio son blanco titanio: largos, marmoreos, solidos. Blanco titanio.

El Rio Sena es verde bandera, pero al final esta mezclado con Pardo Van Dyke, como lo estan el azul del cielo, el gris de los adoquines, el negro de las patrullas (de las que por cierto, siempre pienso que va a salir el Inspector).

Paris = Pardo Van Dyke.

La gente tambien es parda Van Dyke. Es el primer lugar del mundo donde entro a una libreria, tiro una pila de libros de metro y medio (je) y nadie se inmuta (ni me ayuda a recogerlos por cierto).

Va a sonar triste, pero Paris es de otro siglo. Un siglo bastante menos interesante que este. Son pardos y no hay para donde hacerse.

Un puntito

La semana que viene me voy a un viaje laaaaargo y previsiblemente intrincado comisionada por este mi bendito trabajo. Un tour por más de diez ciudades que inicia en París y termina en Barcelona. Cuánto por abarcar. Cuántas cosas que ver y cuántas por, eventualmente, olvidar.

Hace rato, la chava de la oficina de turismo española me señaló algunos puntos en el mapa. Mientras ella circulaba la palabra ‘Oviedo’ yo me acordé de algunas cosas que he aprendido este último año viajero.

-En cualquier lugar que no conoces, eres un mosquito queriendo salir por el vidrio equivocado. Ahí está la ventanota abierta, pero como estás muy chiquito no la ves.

-El síndrome ‘soy un mosquito, qué desesperación’ echa a andar una extraña necesidad de desconfiar, echa a andar los prejuicios pero también los amores repentinos. Uno se enamora de una silla en un café internet, de cómo sabía la primera sopa que te tomaste bajando del avión. Hasta del primer precio en la primera tienda que, obvio mosquito tonto, era el mejor.

-Ni la primera tienda, ni la primera sopa son “cognoscibles” (como el ser). Mucho menos “revisitables”. Son como tus primeros amores. Estás condenado a tomarlos como mediducha de todo, como una reglucha de madera. ¿Así serán de aleatorios todos nuestros parámetros?

-Una ciudad es muchas cosas, tantas, que tú mosquito güey sólo tienes chance de conocer una calle, un café internet, un rinconcito, una puerta, un taxista y un dependiente de abarrotes.
De eso hablas cuando todos te preguntan cómo te fue. Hablas del dependiente y del taxista y de la puerta. Cuando mucho de la calle.

Cuando la chava de turismo señaló ‘Oviedo’ pensé: “¿Qué conoceré esta vez de Oviedo? ¿Qué calle, qué taxista, qué pasto, qué café internet?

Luego cerró el mapa y yo me sentí, como siempre un puntito.

Crueldad

Pocas cosas tan crueles como una noche poblada de mosquitos.

Debe haber al menos igual número de textos dedicados al tormento-mosquito que a las guerras. Sobre el desvelo-por-animal-zumbante se me ocurren al menos dos:

El buenísimaonda… /Pican, pican los mosquitos, / pican con gran disimulo, /unos pican en la cara /y otros pican en el cu… hasta Mosquitoes, la segunda novela de Faulkner.

Creo que nunca terminaremos de preguntar exactamente qué parte del plan maestro universal cumplen los cabrones moscos. Para esto está la literatura, creo. Para saber qué parte del plan maestro cumplimos todos o qué parte pensamos que cumplimos, porque, después de muchos libros, uno acaba por preguntarse ¿cuál plan maestro? ¡He sido engañado como un chino!

Y como mosquito zumbante que ya picó, el pensamiento vuelve a detenerse, da una vuelta con la panza cargada de sangre, ¿y si los dichos contra chinos forman parte de ese plan maestro? ¿Y si el mosquito me fue enviado por el hacedor del plan maestro para escribir sobre él?

En fin.  Algún sesudo estudiante de letras ya habrá hecho una antología. Seguro Harold Bloom le dedicó un año a este tema, suena probable.

***
Por la mañana escuché en el radio a una pobre chamaca de 19 años a la que el novio había botado el día anterior, tenía gripa y para colmo, los pinches moscos le habían picado toda la cara.

Hinchada, botada, cuerpo cortado, desvelada, triste y mocosita. Mendigando canciones a los locutores más mamones que ha dado este país.

¡No sean manchados, pónganle su canción de Porter!

Me dieron ganas de abrazarla fuerte.