El doce es sagrado

Ayer hubo guerra de luces en las barrancas.

La perra se movía nerviosa y me arañaba con la pata preguntando ¿a qué horas caen las bombas por acá en la casa? También repetía con los ojillos de pastor alemán aguzado: ¿y si nos vamos de aquí, a un lugar más seguro? Vamos, anda, tú, yo y los gatos, metámonos en un búnker para que no nos pase nada.

Intentaba decirle que sólo eran los festejos a la virgen, que estábamos a salvo. ¿La virgen?, preguntó.

Le dije que tenía mucho sueño como para explicarle el significado de ‘ser guadalupano’ en este país, pero insistió; no dejaba de revolcarse enseñándome la pancita peluda, andale, dime que esto no es una guerra (mi perra es un ser muy influenciado por las películas de la Segunda Guerra Mundial, nada más oye tronar algo y piensa en tanquetas), estoy nerviosa, cuéntame una historia para poder dormir.

Le platiqué de cómo, desde mi punto de vista, La Vírgen era una extensión edípica que le quedaba perfecta a esta cultura donde las madres son omnipresentes y todopoderosas, y que por eso el festejo a La Guadalupana era uno de los más vistosos. “Prenden luces artificiales hasta morir, gastan miles y miles de pesos en ello, como si la virgen pudiera medir su fervor en las partículas efímeras prendidas de pólvora en el cielo”. También hay que decir que se trata del único festejo que no implica comer, regalar o emborracharse. Es quizás un festejo más espiritual…es que la madre es la madre, ¿me entiendes?

Ah, pero esos son los católicos nomás, dijo mi perra.

No no. Quizás no me expliqué bien. Guadalupanos somos todos. Por más ateo y revolucionario que lo hayan enseñado a ser a uno. Según mi experiencia se puede ser sacrílego con todo lo demás; hacer chistes de cómo se le caía el chamoy entre las manos a Cristo en la cruz, pero a ver, búscame un chiste de la virgen que no te censuren con los ojos todos los oyentes.  Es como el príismo: algunos ni siquiera nos damos cuenta de que lo traemos en la sangre, pero seguimos actuando como si no hubiera mañana o mejor dicho, como si la idea del ‘mañana’ no fuera finita.

“Uy no”, me dijeron en la herrería “es día de La Guadalupana, no le podemos recibir ningún trabajo…ora hasta el lunes”.

Guadalupanos y priístas. ¿Ves, Lola, qué tremenda combinación?

Pienso en Jack

Pienso en mi sobrino putativo al que adoro desde que me sonrió en la carreola con su cabeza de pelota. Pelotín, le decía su papá.

Me acuerdo de su cumpleaños número 6, cuando nadie más fue a su fiesta, aunque ni a él, ni a su hermana ni a mí nos importó un demonio pues siempre hemos sabido divertirnos solitos. Pusimos el iTunes de su madre y mientras ‘los grandes’ platicaban de cosas importantes, nosotros nos apostamos en un rincón y nos pusimos a bailar. Repetimos como 10 veces Precious de Depeche Mode, (el que haya tenido un niño cerca no me dejará mentir sobre lo atascados que son cuando algo les gusta. Otra veeeez, decían).

Ese día Precious se volvió nuestro himno y hasta ahora, esta tarde que lo estaba extrañando como una imbécil, me di cuenta de qué estábamos cantando.

Angels with silver wings
Shouldn’t know suffering
I wish I could take the pain for You

La canto y la canto y deseo que mi niño esté bien. Luego la vuelvo a cantar porque dice todo lo que le quiero decir hoy.

I pray You learn to trust
Have faith in both of us
And keep room in Your heart for two

***

Matsuo Basho y Paz, caray.

***

En ese libro traducido por Paz (Sendas de Oku, FCE, 2005) encuentro una despedida justa para mí.

“Calma alerta y que nos aligera: Oku no Hosomichi es un diario de viaje que es asimismo una lección de desprendimiento. El proverbio europeo es falso; viajar no es “morir un poco” sino ejercitarse en el arte de despedirse para así, ya ligeros, aprender a recibir.

Desprendimientos: aprendizajes. “

Con esta idea emprendo un viaje sui géneris. Lo raro no será a dónde voy (el destino es lo de menos), sino, –por primera vez en varios años–, no saber bien a qué regresaré.