Hablar de Rulfo me pone triste

Y feliz, qué caray.

Sin embargo, no  pude evitar estremecerme cuando escribí la entrevista a Juan Carlos:

Su apellido cae suave pero certero sobre esa voz melancólica con la que contesta “si, si, soy yo, Juan Carlos Rulfo”, el cineasta, el documentalista, pero también el extraordinario y pausado conversador, el gran heredero de una dinastía de viento y polvo del mero San Gabriel Jalisco…


Algo me duele cuando recuerda a su padre como si fuera yo misma:

“Al año que murió mi padre regresé al punto exacto donde él se hizo un autorretrato. Atrás del templo de la Virgen de Guadalupe, ahí en ese cerro, me detuve a recordarlo pero no por buscar las referencias literarias sino por volver a él”.


Aunque la referencia literaria en esta entrevista debiera se lo de menos, también entraña  Juan Carlos cuando describe una cierta colina:

…está la satinada loma donde su padre –nuestro Juan a secas– imaginó que volaban papalotes Susana San Juan y Pedro Páramo.
“Es una loma muy suavecita, un pasto muy cortito, donde el sol pega de forma tersa, es como cenizo, puedes correr muy a gusto por allí y tener el pueblo a tus pies un rato”.

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Como se te pegan los días

Hace mucho, cuando era maestra de inglés, les explicaba irresponsablemente a mis alumnos que la memoria funciona como una red: si un elemento está solito puede que se filtre entre los agujeros del olvido, pero si está arraigado a otro(s) elementos, será más fácil de recordar.

Ayer fue un día de esos difíciles de olvidar.

1. Casi tan extraña como aquella noticia de la elefanta atropellada en la carretera México-Tulancingo, fue la de una avioneta cayendo en pleno periférico. Un animalote metálico y explosivo que los transeúntes entrevistados registraron con una curiosa palabra: “Parecía la guerra. Por mí mejor, pero es curioso que en esta ciudad la guerra sea algo que pasa en las películas y que por arte de magia se puede implantar una tarde de otoño en medio del periférico.

Además, bueno…la avioneta traía a ya saben quién.

2. Mientras tanto, incluso el tendero de la esquina estaba ‘con el pendiente’ por saber el resultado de Florida. Fuimos a comprar unos chicharrones y la conversación entre el tendero y el frutero se parecía a esto:

“No, es que todavía no dicen qué onda con Florida y por ahí es por donde nos la dejan ir”(pardon his french).

Fantástico. Era casi como ver a un aficionado del Pachuca esperando la decisión de un árbitro vendido.

3. En medio de tanto desmadre, una entrevista telefónica a Juan Carlos Rulfo. Estuvimos una hora hablando de San Gabriel, el pueblo de sus abuelos; de sus películas; de su padre. La loma aquella donde Susana San Juan volaba papalotes con Pedro Páramo; el lugar exacto donde su papá se hizo un famoso autorretrato.

De pronto me dice, ‘aguarda un minuto’, contesta su número fijo y alguien (asumo que su suegra) le comunica lo del avionazo. ‘No sabía, te paso a Vale’, dice, con su voz triste, monótona, llena de una  tranquilidad desesperanzada que, intuyo,  mamó del mismísimo San Gabriel, Jalisco.

Eran las 10:08 pm (ya llevamos un buen rato, no importa, hace mucho que nadie me preguntaba de esto) cuando empezamos a hablar de la aridez del Padre, el Padre como figura elusiva a la que uno cazará eternamente.”Sólo que en tu caso, la cosa se complica, le dije”. Hizo una pausa larga, extrañamente larga para una conversación entre dos personas que no se conocen. “Si, supongo que en el tuyo también, ¿verdad?”

Pocas veces he lamentado tanto terminar una entrevista. Estábamos ambos tan cerca de nuestros respectivos Pedros Páramos.

4. Y claro. Todo esto tuvo un principio. Un principio donde hubo un respiro, una emoción cruda, una sorpresa (el que haya inventado las sorpresas merece un altar pagano), un acomodarse de cosas, la alegría que da el mindless good time, la alegría que da conectar, saber que en algún lugar uno no está solo, uno conecta porque es humano y porque es mujer, hombre o algo.

5. Amo a mis amigos. Prometo no decirlo tan seguido.