The Counselor

Escribí un post el domingo sobre esta película pero se borró.

Ahora no sé si diré lo mismo. Vi esta película con guión de Cormac McCarthy y salí preguntándome por qué madres no le gustó a nadie. ¿Son los diálogos pesados, como de novela teatralizada que les parecieron imperdonables? ¿Los bits and pieces dramáticos de alguna forma desligados o con eslabones tan largos que se necesitaba alguien con experiencia en coser filigrana para notar las uniones?

Esta vez no coincido con ninguno de los críticos que frecuento, ni mexicanos, ni gringos, ni ingleses. Esta vez también es la primera en que eso no cambia, ni tantito, mi forma de ver esta película.

Es más: cada vez que leo una falla la considero un punto a celebrar.

(Spoiler alert)

Aquí un ejemplo:

The narrative pings around as meaninglessly and entertainingly as a pinball machine at first, but the comic timing feels off, without the finish of Christopher McQuarrie’s The Usual Suspects or, say, Tarantino’s version of Elmore Leonard in Jackie Brown. McCarthy woefully runs out of ideas before the end of this long film, especially as far as poor Laura is concerned. (en The Guardian) http://www.theguardian.com/film/2013/nov/14/the-counsellor-review

Un pinball narrativo es exactamente lo que yo necesito para mantenerme atenta. Ese storytelling que te lo tiene ya hecho como una línea de pólvora que al final explota sin remedio me tiene cansada, absolutamente agotada. Ustedes críticos (mexicanos) y su puta “solvencia narrativa” pueden ir a ver televisión si gustan.

El “comic timing” está malogrado, claro, porque los personajes no están en farsa cómica, sino en farsa trágica. Están aumentados, caricaturizados, pero no tienden hacia la histeria (tan recurrente hoy), sino hacia el expresionismo: son farsa porque queremos ver las altas sombras que los persiguen. Como en Nosferatu de Murnau, el efecto de terror nos lo dará aquello que viene detrás del personaje, no sus tristes camisas de colores.

Que no se parece a The Usual Suspects o a Jackie Brown, pfff. Ni siquiera voy a comentar sobre ese lamentable momento en que al crítico se le acabaron las palabras.

Más importante es que el británico piense que a Cormac McCarthy se le hayan acabado las ideas cuando hace que Laura sea remolcada por una pala mecánica hacia los tiraderos de basura. ¿Se le acabaron las ideas? ¿Más o menos cómo qué cree que les pasa a las chicas que matan por allá?

Los menos avezados preguntan, ay chiquillos: ¿Qué pasó y por qué? Con la cantidad de gente que no sabe leer entre líneas lo que hacen sus gobiernos, no me extraña. Quizás ésta sea una película para gente culta, capaz de seguir un texto muy difícil, quizás capaz de leer poesía sin preguntarse ¿qué significa? ¿qué pasó y para qué? So be it.

Hay varios diálogos capaces de separar el agua de la tierra. Momentos como en el que Malkina ve correr a los cheetahs, en los que, como un gato se masturba con el auto de Bardem, no para shockear al público sino para shockear a Bardem y tenerlo siempre listo para engullirlo. Hay momentos que se notan escritos con calma para que el director lo filme con calma. El tipo que matará al motociclista se toma lo que parece una eternidad en colocar un cable que rebanará una cabeza de tajo. Eso es mucho más violento y sagaz que todas las películas del Tarantino. Pero es una violencia para adultos y en este mundo adolescente, le toca muy poco.

Qué bueno que Syd Field les dijo cuántos momentos narrativos debe tener un guión, cómo deben conectarse las causas y consecuencias de una historia… ahora por favor, olvídenlo y pónganse a escribir algo propio, que cambie un poquito el curso del contar historias. McCarthy, con los tamaños que lo caracterizan, lo hizo a los 80.

¿Será que podamos ver esta película con ojos menos adolescentes (la edad en la que es uno más viejo)?

Más zombies, por favor

Otra cosa que escribí pa’ Chilango.com. Tengo que buscar dónde meter esta sección pues a pesar de mi post sobre Avatar, los de Ch decidieron que escribiré para ellos más seguido. (Todavía se puede vivir, creo).

Tons, acá está. Espero no aburrir muy pronto:

Más zombies, por favor

1. Como tus vecinos

De todas las criaturas de la noche, los zombies son lo mejor. No son guapísimos ni caballeritos ni delicados —ni los viste su mamá— como a los vampiros; no son  pasaditos de lanza como los gnomos o los chaneques; y tampoco unos peludos y resentidos sociales como los hombres lobo. En general sólo tienen un propósito claro (y muy respetable, por cierto): comerse al otro. Son como tus vecinos, terrenales, egoístas y medio brutos, pero si tienes claros sus horarios y sus costumbres, es fácil escabullirse.

2. Brrrrrains!

Aventuro que justamente por esa condición ultra terrena, los zombies hacen excelentes personajes-pivote para entrañables películas donde los guionistas se dejan ir como hilo de media y por una vez en la vida, se relajan. Lo anterior no quiere decir que sean películas idiotas: es de muchos conocida la metáfora que George A. Romero, el cineasta que sentó las bases para arquetipo de zombie moderno allá en 1968 con su “Night of the Living Dead”, impone a sus historias: los zombies representan a toda esa masa que no piensa, esa masa que compra cualquier cosa que le venden, humano que consume humano por gandalla o por estúpido. Las historias que se desarrollan en el (sub)género (sin intención peyorativa, por supuesto) de los zombies son interesantes porque están centradas en los vivos. Los zombies son sólo un buen pretexto, una situación límite que saca lo mejor y lo peor de los que quedan vivos.

3. Zombieland

Sólo echando un vistazo al guión es fácil apostarle a dos horas de sano entretenimiento con la película Zombieland (ahora mismo en cartelera, del director Ruben Fleischer ). Rhett Reese y Paul Wernick tardaron cuatro años trabajando un argumento que al principio incluía un cameo de Patrick Swayze (quien hoy, dada su condición, podría interpretar el mejor zombie-hollywoodense del mundo…daaa) pero cuyo papel terminó en las buenísimas manos de Bill Murray. Si toda la película está perfectamente amarrada y sana en el storytelling, la parte donde Murray se burla y se interpreta a sí mismo es una verdadera joya de la metaficción. Allí está el actor disfrazándose de zombie para poder jugar al golf tranquilamente en un Hollywood infestado de muertos vivientes…allí está, facilita y buena ondita la metáfora. Nada muy profundo, nada que no sepamos, pero sí carnita disfrutable y una autocrítica bienvenida si se toma en cuenta el marasmo de autocomplacencia y cursilería de otras pelis gringas que se toman taaaaaan en serio a sí mismas como…ejem, Avatar o Crepúsculo.

Se trata también del regreso de Woody Harrelson, en lo mejor que puede ofrecernos: una sonrisa cínica como pocas y un insuperable estilo para sostener un rifle en las manos (à la Natural Born Killers, Oliver Stone, 1994, cuando muchos nos hicimos sus fans en secreto).  Es extraño, por lo menos para una amargada cinéfila como yo, que el hecho de que ya estén pensando en la secuela Zombieland 2, a estrenarse en 2011, e incluso quieran convertirla en franquicia/ serie de TV y/o videojuego no resulte molesto: con la figura de los zombies podemos atascarnos todo lo necesario. Sería inútil y aburridísimo tratar de resistirnos. ¡Braiiiins!

4. Popurrí de zombies

En este país lo que rifa es el vampiro: mi teoría es que en somos bien emos y nos late el lloriqueo. (Por algo la estética darkie se impone más seguido de lo que yo puedo disfrutarla). Qué más quisiera yo que citar referentes mexicanos, libros, discos o pelis que hayan retomado al zombie como héroe o siquiera como leit motif… pero no conozco ninguno. Así, con la esperanza de que quizás ustedes, comentadores tengan la amabilidad de remediar mi ignorancia, citaré algunas obras cúspides (no mexicanas) con el tema de los zombies. Si a usted le gusta esta onda de la carne humana, no se pierda:

The Zombie Survival Guide, de Max Brooks, (hijo de Mel, rey de la parodia, entre otras cosas creador de la serie de televisión sesentera Get Smart) quien con esta divertidísima novela-manual-práctico sienta bases minuciosas para el día en que ocurra lo inevitable; el día en que nos demos cuenta de que vivimos en un mundo de puros muertos vivientes.

El ochentero video literal de Total Eclipse of the Heart de la mujer del pelo chistoso, doña Bonnie Tyler (cuyo paradero y look treinta años después no quiero ni imaginarme). Los monitos que la acosan con intenciones sucias en el video y a quienes les salen luces de los ojos son una versión muy estilizada, pero a nosotros no nos engañan: Bonnie está tratando de escapar de un mundo de zombies.

Zombie Haiku, de Ryan Mecum. Un librito que parece inofensivo, pero que a través de parcos haikús cuenta la historia de un hombre que acaba de hacerse zombie y va a buscar a su familia, para comérsela. Entre otros hallazgos, está el pequeño poema que dice: “I loved my momma/ I eat her with my mouth closed, / how she would want it”.

Away we go

Sam Mendes y el matrimonio Dave Eggers/Vendela Vida colaborando.

Algo pa’ver, cómo no.

Away we go será una película menor en la carrera de Sam Mendes (nada que hacer frente a Revolutionary Road o American Beauty) y a pesar de inconsistencias en el tono y el ritmo, será esa peli con la (algún día) darán clases de cómo se construyen personajes y escenas memorables.

Psicologizando diabólicamente lo poco que sé del escritor Dave Eggers, guionista de esta película (de quien ya todo el mundo conoce mi fanitud) creo que a Eggers se le ven los calzones no en el personaje masculino, sino en el femenino.

Es a él a quien se le murieron los padres.

Es él quien se siente perdido cuando sabe que va a tener un hijo.

Sólo otro huérfano sabe cómo luce la idea de una generación posterior sin que la anterior esté viva. Sólo un huérfano sabe qué solos y qué pequeños nos hace sentir la idea de un bebé nuevo.

Vampiros mormones, colmillos de derecha

(como ando tapada, hoy comparto mejor la colugna chilanga de noviembre, que es justo lo que postearía hoy si pudiera postear).

Los fans me van a aventar toda su colección de My Chemical Romance en la cabeza pero al final tienen que tomar con cierto humor la coincidencia: New Moon (Weitz 2009), la recalcitrante, victoriana y profundamente conservadora segunda parte de la saga vampírica Twilight se estrena en México el próximo 20 de noviembre, el mero día de la Revolución.  Ok, ok, no tiene nada que ver, es sólo un intento fallido y enchalecado para darle cierto significado al evento, pues por más fenómeno social en que la hayan convertido las inteligentes editoriales gringas, la saga no deja de ser un triste pegote mal cortado de muchas buenas historias, similar al otro recontrapseudoportento Harry Potter—con lo que uy, ya me eché encima a otro clan más, qué caray— que si bien tenía el respetable mérito de hacer leer a los niños, también les tatuó en el alma lectora el lamentable vicio del mínimo esfuerzo. Antes de entregarse al placer tragapalomero que nadie te va a quitar (al fin y al cabo, asistir al cine todavía es un acto anónimo) estaría bien analizar por qué esta saga se ha vuelto, o  mejor dicho, por qué te la vendieron como un gran fenómeno social. ¿A qué hora nos volvimos tan mochos, tan racistas, tan cuidadores del orden establecido y aprendimos a empacarlo en el irresistible mito del vampiro adolescente? ¿Será coincidencia que la autora más exitosa de Estados Unidos sea una señora que vive en Utah (el estado más bushiano del mundo) y pertenezca a la iglesia mormona? No fumo, no bebo, el sexo es para procrear y las armas para matar, pues qué diablos. Hagamos un aleatorio recuento histórico: para la flower-power generation fue Easy Rider (Hopper, 1969) que, con un score que incluía a Hendrix y a Steppenwolf, se adentraba en los viajes de LSD y la Norteamérica hippie; en los 80 hubo se retornó a la ñoñez rosita con The Breakfast Club (Hughes, 1986), aunque ahí todavía los pubertos pretendían, de perdida, escaparse de la escuelita. Quizás Trainspotting (Boyle, 1996) con sus luchas de clase y su inmersión heroinómana fue una aberración en la línea del tiempo, que estaba a punto de ver nacer la primera generación de este siglo, para quienes la gran cosa es permanecer vírgenes, chillones, ricos, inmaculados y sobre todo blancos, en el amplio sentido de la palabra. (Yo que tú, declaraba mi independencia).

Ira Franco piensa ir a distribuir condones al estreno de Twilight, a ver si puede compartir la tentación a un par de almas perdidas.

Hayao (o cómo le doy vueltas a un tema)

Los géneros narrativos son inherentes al relato: uno no puede ‘escoger’ el género de una historia a priori ni pretender escribir una tragedia o una pieza sin reconocer que el personaje principal ya tiene un conflicto y necesita ser contado de cierta manera. Los géneros vienen implícitos en la forma en que se nos ocurren las historias, incluso las más simples.

Las personas, como los pueblos, se cuentan a sí mismas sus propias historias. Por eso sería extraordinario que los periodistas y los políticos supieran de géneros literarios.  ¿Y si nos empezáramos a contar la historia en otro género, estaríamos tan jodidos?

Encuentro que los espacios noticiosos (mexicanos, sobre todo) casi siempre están en melodrama (el punto de vista de la víctima), desde los verbos que utilizan: “Le hizo” “Le infringió” “soporta” … Aquí hay varios ejemplos:

“Imposible evaluar a policías”.-melodrama (el protagonista, un tal secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública Tello Peón está encerrado en la mazmorra de un gran castillo, tiene las manos atadas y no hay nada que él pueda hacer).

“México ruega a laboratorios que adelanten vacunas”.- melodrama (el protagonista es un país también encerrado en la mazmorra, ay pobrecito, de veras, ruega, ruega, ruega porque cuando tuvo presupuesto, el Rapunzelito no invirtió en ciencia). Melodrama…que siga rogando pues hasta que llegue el príncipe de las farmacéuticas con su espadita y nos la meta donde nos quepa.

“Exigen más seguridad en Metro”.-melodrama… ésta en particular es un poquito más difícil de distinguir, pues “exigir” es un verbo que no remite a la sumisión, pero si lo analizamos bien, el discurso es el de unos niñitos enfadados, indignados (los ciudadanos) que sacan su corajito pateando una puerta que saben 1. nunca les abrirá 2. no sabrían qué hacer si les abrieran. Puro melodrama, pues.

***

Me encanta pensar en qué genero amanezco y en qué género están los países, las calles y las personas que me gustan. Tengo una debilidad por la gente que anda permanentemente en Pieza (se le llama pieza a la tragedia moderna, en la que el personaje principal se queda inmóvil, se petrifica ante la felicidad) quizás porque yo soy igual. Por un desatino admiro también a los héroes trágicos de a devis, esos seres feos que destruyen lo que aman.

A veces se me antoja vivir en una tragicomedia y que a mi alrededor haya más héroes positivos, gente que luche contra los monstruos marinos como Homero y regrese a contarme la historia.  A veces por supuesto, se me antoja más ser Homero.

No quiero sonar determinista pero así como el escritor no escoge en qué género se narra esa particular historia, creo que es complicadísimo  librarse de narrar la propia desde una cultura y una tradición, (¿una nacionalidad?); me temo que las historias que me cuento muchas veces están en melodrama. Las propias y las ajenas. Cuando trato de explicarme por qué pasan esas cosas, como la balacera del Metro o el sistema educativo en Guadalajara donde de plano ya les borraron los penes y las vaginas a las figuras anatómicas. Busco una respuesta y siempre está en pinche melodrama. “Así es. Ni modo. Pinche país. Exigimos otra cosa. Ríete de ello. Jo jo, ya viene la puta navidad, jo jo. Estamos de la chingada, pero vistes qué bonito iluminaron el Zócalo?”

***

En este ánimo semi-determinista por el que ya me mentarán la madre, queridos tazistas, me parece lógico que el imperio donde todo es posible, la tierra del sueño americano, allí donde “hasta cuando pierden ganan” tengan esa forma de narrar una historia en la que el protagonista aprende algo. El cine gringo que tanto disfrutamos está escrito en tragicomedia; está visto desde el héroe que recorre un camino real, espiritual o emocional para regresar fortalecido. Vamos, hasta las comedias románticas son así –el adolescente siempre acaba su rito iniciatorio cogido y feliz–.

Y toooooodo este chorizo porque yo quería hablar de Hayao Miyazaki y cómo se las arregla para alimentar el género de la tragicomedia en El Castillo Vagabundo. En efecto, se trata del recorrido emocional y físico de una adolescente enamorada, el fantasma de la guerra, la develación de los misterios finales de todos los personajes y su transformación a algo mejor; cualquier gringo puede hacer esto muy emocionante.

La clave está en cómo pinta Miyazaki a los enemigos. La bruja que le lanza el hechizo a la protagonista, Sophie, por ejemplo, termina siendo una especie de maestra involuntaria.

En la tragicomedia gringa clásica, los enemigos acaban destruyéndose ellos mismos por un vicio o por una falla estructural: muertos, finitos, jodidos, vilipendiados, asesinados aunque sea a nivel simbólico.

En El Castillo Vagabundo a la bruja le acaban dando de comer en la boca. Se le entienden sus cochinadas porque, vamos, ¿nadie esperaba de una bruja que fuera buena, o sí?

Aunque la lógica de este japonés es la del héroe ganador, siempre contempla los matices. Hay espacio en su ‘ganar’ para los demás, aunque no sean parte de la planilla heróica.

Ay Hayao Miyazaki, cómo se te va a extrañar en este mundo cuando faltes.

Reprise

No siempre me dan a escoger de qué hablar en la colugna de cine Chilango. Tratan de que sea una peli a estrenarse próximamente o de un tema presente.

Si pudiera, este mes hablaría de la película sueca noruega Reprise, escrita y dirigida por Joachim Trier (nada que ver sobrino de Lars, gracias Piter!) que se estrena en algunos cines como la Cineteca (aquí una entrevista con el realizador) y en salas comerciales donde caben (nomás por hacernos el favorcito) cosas que no son Transformers y esta niña, cómo se llama, ah sí, las estilizadas nalguitas de doña Megan Fox.

Qué bonitas, dirán todos los hombres y yo digo, ejem, intenten que Megan Fox ponga una cara la mitad de invitante, con la mitad de significado:

90-D

(En sus gustos como en todo lo demás: señor señora señorito, búsquele, búsquele, ¡le tiene que buscar!)

Está bien, sé que no convencí a nadie.

En fin…

Decía yo que me gustaría hablar de Reprise porque es una película que no termina. Es la amistad entre dos hombres, la competencia creativa entre dos amigos, la puta condición del cuerpo atado al destino (nunca sabemos si el protagonista dejó de escribir por aquél accidente o porque simplemente ya no pudo con la carga), el paso a la adultez, el espejo, el amor en sus mejores caídas.

Amigo uno tiene: el genio (o lo tuvo), tiene a la novia, no tiene el futuro.

Two out of three.

Amigo dos tiene lo suyo: el futuro, la cadencia con que se conquista todo, pero no tiene la certeza.

Por donde se le vea, creo que es un filme interesante. El soundtrack es fenomenal, con algunas muy bien acomodadas apariciones de Joy Division y New Order.

Uno que escribe, además, sale con el ego henchido. Es una sensación elemental, como cuando fuimos a ver Rambo de niños y secretamente quisimos matar a todos.

(Bueno igual nomás me pasaba a mí que quise matar dos o tres).

Dinero o público, that’s it?

Ahora resulta que si no hace dinero la película es criticable, vergonzosa y hasta inmoral.

En el link pueden leer cómo un analista de Wall Street inaugura el nuevo puesto editorial: Crítico de la Industria del Cine.

Lo inaugura allá, en Wall Street, por que lo que es en México, la politóloga Denise Maerker también siente la extraña necesidad de criticar la entrega de los Arieles ‘porque no le hacen caso al púlbico’. Ajá.

Dándose unos golpes de pecho que ni ella se cree, condena en su columna de El Universal :

“El elitismo y el sectarismo dominan todas las esferas de nuestra sociedad(…) Podría ser una fiesta nacional (se refiere a la de la entrega de los Arieles) que convocara no sólo a un puñado de conocedores, sino a millones de espectadores que disfrutaron de este arte mucho más popular que la literatura o el teatro, pero no es así. Quienes están al frente de los Arieles no buscan compartir su fiesta con quienes, sin ser expertos, disfrutamos del cine; todo lo contrario, hacen hasta lo imposible por excluirnos. Algunos datos que lo prueban: el año pasado se estrenaron en nuestro país 52 películas mexicanas. En conjunto fueron vistas por 13 millones 813 mil 402 espectadores. Las más vistas fueron: La misma luna con 2 millones 535 mil 869 espectadores, Arráncame la vida con 2 millones 382 mil 834, Rudo y cursi con 1 millón 939 mil 614 y Navidad S.A. con 1 millón 265 mil 967. Ninguna fue nominada como mejor película”.

Mis oídos casi no pueden creerlo: ¿así que ahora una academia de cinematografía debe otorgar premios de POPULARIDAD? Geeez.

up-movie

Up es la nueva película de Pixar que cuenta la historia de un viejo septuagenario que viaja a Sudamérica con todo y casa, elevándola con globos de feria.

No he visto la peli, pero de entrada, el punto de vista de un viejo y no de un pez humanizado o de una abeja niuyorka es refrescante. Promete, pues.

El inusual rumbo de los comentarios en los medios sobre el arte debería hacer que nos plantéaramos, ya sin tanta mojigatería, la necesidad de nuevos tipos de críticos. Tampoco digo que esté mal, nomás digo que hay que saber a qué dios le estamos rezando…god Money, you have so many followers.

Celebrar amores raros

Tengo que escribir algo sobre la primavera para mi columna de Chilango y se me ocurrió celebrar películas de amor raro.

Lo que no encuentro es cómo escribirlo pues, quizás el tema luce muy hype cuando tienes 20, pero un poco más tarde los amores raros empiezan a tener un tufo a soledades mal compartidas.

A estas alturas esa idea del amor hace tiempo que perdió su  gloss.

Julieta, la de Romeo, es un lindo ejemplo de un amor raro, pero tiene trece.

***

Having said that, y ya bajándole a la amargura, puedo decir, (antes de regresar a escribirlo corriendo porque me asesina el deadline) que este año, mi fábula de amor sucio favorita se llama Buffalo 66.

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El hecho de que Vincent Gallo aparte de estar loquito sea un cerdo republicano (¿coincidencia?) no le quita lo buena a ésta, su ópera prima.

Esta vez no voy a contar ni una pizquita de la trama pues a esta peli es mejor llegar en blanco.

*Gracias por enseñármela, by the way.

Gran (gran gran) Torino

No quiero psicologizar el cine, pero a partir de que entré a psicoanálisis algunas cosas se ven diferentes.

El orden sexual, por ejemplo.

Lo femenino, lo masculino y cómo se manifiesta en mis frustraciones, en mis deseos, en mis sueños.

Ayer le decía a un par de entrañables newfoundfriends que Gran Torino además de una bellísima película, me parece un justo adiós a nuestro orden simbólico sexual de occidente, en cierta medida modelado por el primer siglo de cine gringo.

(Seríamos unos idiotas si no supiéramos que al cine, como a la música, también vamos por nuestra lección sentimental. Por eso y no por prejuiciosos está cabrón relacionarse con alguien de referentes culturales distantes: me atraen más los hombres que fueron enseñados a ser hombres –todas las gamas de hombre– por Morrisey y por Clint Eastwood, que aquellos que sólo aprendieron de su papá.)

Eastwood recuerda con una enorme carga melancólica aquellas pelis donde lo rico era sentir que el muchacho chicho se echaba a la damita en cuestión, que mataba impunemente al criminal, que hacía justicia por su propia mano. El hombre que las podía. El hombre.

Ahora las películas que rifan en taquilla tratan la perenne tensión sexual adolescente, lo no realizado, el deseo reprimido, el ‘ya merito se besan pero nel’…desde Crepúsculo, hasta Harry Potter pasando por la nueva lección femenina para encontrar marido A él no le gustas tanto, El señor de los Anillos, e incluso nuestra queridísima Batman: The Dark Night, donde la tensión sexual ocurre entre dos hombres, basically. El adolescente que adolesce, que quiere quiere pero ahhh ya se vino, el que no se conoce, al que el inconsciente lo tiene supervigilado, que no las puede ni las podrá nunca. El hombre MADREAdo, en toda la extensión de la palabra.

Gran Torino se despide simbólicamente del enorme y poderoso pito extendido (jeje) que son los coches para los hombres, del enorme pito que significa haber industrializado el automóvil para los estadounidenses, de los autos fuertes, de la Ford Motor Company, de cuando fueron la tribu de los hombres viejos, el imperio único, el policía, el benefactor, el proveedor. Se despide del hombre como lo conocíamos.

Es curioso que el personaje que interpreta Eastwood (en una posmoderna caricatura de sí mismo, además) se relaciona de forma horizontal solamente con las mujeres Hmong, la abuela y la hermana de su entenado: en esa familia (como en muchísismas otras) ellas son las que mandan y a ellas se les reporta uno, pos qué chingaos.

Un amigo me dijo que Gran Torino era como Karate Kid, en cuanto a relación sensei-alumno, pero difiero: Eastwood no le enseña a patear niños para ganar el amor de una güerita fresa (que equivale a decir: el karate sirve también para subir peldaños en la escala social). Aquí, el veterano de guerra Kowalski (¿qué tendrán los polacos? Rorschach/Kovacs también era, ¿que no?) le enseña al entenado a sobrevivir en un mundo de mariquitas sin calzones, de maricas con pistola, de putines que se esconden bajo el virginal manto de la velocidad de la bala.

Nada que ver con Pat Morita, creo.

Como decía Chuch Palahniuk en boca de Tyler Durden: somos una generación de niñitos críados por nuestra mamá, me pregunto si es otra mujer lo que realmente necesitamos.

No sé.

Siendo mujer heterosexual, tal parece que diciendo esto escupo al cielo.

Mmm, tal vez estoy igual de confundida que todos los demás.

Lo que quiero decir es que al terminar de ver Gran Torino salí agradeciendo que exista el mundo de los hombres.

Agradeciendo que yo no tengo cabida allí (porque parezca lo que parezca, I’m not one of the guys); que yo, por más poderosa o desmadrosa, bebedora, aventurera o malhablada sigo admirando la masculinidad en su más cruda potencia.

Son guapísimos pinches hombres y contemplarlos es uno de mis mayores placeres.

***

Acá y acá hay dos amigos más listos que yo haciendo otro tipo de análisis crítico y político a la peli.

gran-torino

*Además, y esta ya es onda de regodeo, mi papá manejaba una de estas camionetas, con la misma cara enjuta, así como Clint.

Saludos jefetrónico, wherever you may be.