Art Basel Miami (celular invitado)

Esa cámara mía que también recibe llamadas está herida de muerte. Algo terrible le pasó. Tiene cancer o algo así y quizás mañana me den la noticia de que es terminal o que aún podemos operarlo. Espero que la señorita de Atención a Clientes Telcel tenga la misma cara de consternación que yo cuando se lo entregue en las manos para  que lo examine.

Otrora grabadora de entrevistas, cámara, pseudo-iPod, agenda y despertador, ahora ya nada más recibe llamadas. ¿Pues qué es eso? Mi celular solía tener personalidad propia y una reputación que cuidar, carajo.

Ahora en Miami nomás lo oía quejarse desde su cama en la parte delantera de mi backpack. Quería ver ese Picasso de 6 millones de dólares y grabar al diseñador de interiores Philippe Starck. Estás enfermo y te callas, le dije. Le vamos a dar chance al ‘celular invitado’ de mi amiga Paty.

El Nokia de Paty se rifó… aunque siendo sincera, mientras sacaba estas fotos tuve la sensación de estar cogiendo con otro celular, sin amor, –productivo pero no tan sabroso–.

Aquí algunas fotos cortesía del Nokiesito ese:

06122008

Esta es una obra que disfruté mucho, pero creo que necesita una breve explicación:

La pieza no estaba dentro del centro de convenciones, donde se lleva a cabo la feria de arte más grande de todo el continente americano (¿ya dije que estuve ausente porque me asignaron un reportaje sobre esta feria ? Ok, perdón, estuve ausente por eso, pues).

A los hartistas nóveles y galerías super super ultra hi-fi propuestosas las mandaron a la playa; les prestaron un contenedor de esos que cargan los buques comerciales y les dijeron “ahí metan sus cositas”. Como en todo el arte propuestoso había cosas buenas y malérrimas (NO siento decir que la única galería mexicana allí, Proyectos Monclova, era la peorcita…una pieza medio boba que mostraba una serie de marcos de madera vacíos, aguardando, asegún, los lienzos que el artista había embotellado y tirado al mar. Un jueguito de tiempo que sinceramente me pareció muy mamón).

En fin.

Me gustó mucho la que se ve en la foto de arriba porque el artista decidió ‘pelar’ el contenedor y meter a la realidad dentro de su pieza. Su pieza es el cielo de Miami, el hotel W que está atrás y todos los espectadores que entren por ella. La pieza también es la perspectiva, las líneas continuas, quizás una manera mucho más efectiva y menos cursi de atrapar el tiempo. La adoré, pues.

06122008005

Esta es de un escocés. La verdad no sé por qué me gustó, pero me conmovió mucho que las lamparitas, idénticas a una que tengo en mi cuarto, se estuvieran mirando y se prendieran y apagaran una tras otra, la luz dando vueltas al centro, y ellas ni enteradas de que no nacieron para serie de arbolito navideño.

06122008023

Aquí un estupendo espacio junto a los contenedores especialmente preparado para el arte sonoro. Esos montecitos blancos no son más que tapetes de ‘foam’ (ucha, no sé cómo se llama ese material, pero se usa en construcción y se parece mucho al hule espuma pero más chafita). Allí te sentabas a comer una hamburguesa o a beber una chela y oías los experimentos sonoros de un dj/artista invitado en una caseta elevada al centro del lugar. Uf.

06122008022

La caseta que les digo.

06122008036

De regreso al Centro de Convenciones, Miami Beach me sorprendió con unos bellísimos cafés y hoteles art deco y un estilo de vida sacado de los cincuenta.

Hay pasado ahí en Miami, aunque uno sólo pretenda ir de shopping.

Quizás suba alguna otra foto de las obras dentro de la feria. Por lo pronto sólo quiero compartirles esta chulada que todavía me quita el aliento:

061220080411

Fue mi pieza favorita. Un cuadrito como de 30 x 15 cm. No sé qué me dan las cosas de Mathias Goeritz que me hacen querer robármelas y salir corriendo.

Advertisements

de la serie NYC: Picasso

Luego del estreno de ese huevo enorme de edificio en Manhattan, el MOMA pudo sacar de bodega casi toda su colección permanente.

Como toda buena poseedora de un portafolio Taschen comprado en Gandhi, eso fue lo primero que me lancé a ver.

Mis Hoppers, mis Jasper Johns, mis De Koonings.

Los Magrittes que ahora también los cuento como míos.

Está el banquito de Duchamp, la única obra maestra de Jackson Pollock (ok, ando de escéptica); Van Gogh, Braque, Renoir, Cézanne, Seurat, Freud, Kandinsky, Modigliani, Ernst, Brancussi, Mondrian, Gorky, Calder, Warhol, Beuys, de Chirico…

Sacié mi necesidad enciclopédica, me comí a todos a puños.

Y justo cuando pensé que ya nada podía conmoverme, oh tipa fría helada, lo ví.

Frente a las ya excepcionales Sritas. de Avignon estaba el cuadro que me llamó con la mano, frente al que dejé de ser persona. ME CONVERTÍ EN PAYASO.

Dos Acróbatas con perro

Dios existió, pero tuvo una hija diseñadora de modas y murió el año en que yo nací.

No sé cuánto tiempo miré este cuadro –de hermandad, de obreros, de magos, de excesos, de sueño, de suspiros, de inconsciente, de desnutrición, de hastío, de inminencia, de adiós, de saludo, de mí, todas sus mallas de rombos hablando de mí–, seguro fue muy poco.

Velcro. Necesito ponerle velcro a mi alma.

Silly me, todavía creo en los museos.

(Lo único que siempre me causa cierto escozor, como a Woody Allen en Annie Hall, es el tipo hablando de Barthes y McLuhan; de lentes y barbita, ‘pontificando’ sus opiniones dizque al oído de la novia para que lo escuche toda la sala).

Bueno, también está la Frick Collection, que da para otro post pero si sigo hablando de museos en Manhattan voy a hacerle una muesca a mis horas de sueño.