Estar enfermo

Si no mal recuerdo es Sontag quien tiene sesudos ensayos sobre el cuerpo enfermo. Illness as a metaphor, creo que se llama.

No pretendo tanto, sólo quisiera apuntar que salir de un estado febril, de una crisis de asma en este caso, debe ser similar a recobrar la memoria después de una larga amnesia.

Ser capaz de poner en palabras lo que el cuerpo consumió como leña mientras rodaba en una cama.

Estado alterado, la enfermedad. No una condición alópata, aburrida, médica.

Se piensan cosas distintas, digo yo.

Visas

El gobierno canadiense no ha querido decir por qué le ha impuesto visas a los mexicanos.

¿Demasiadas solicitudes de asilo político injustificadas? Ajá.

Demasiado cabrón pistoludo. Tanto delincuente suelto y gobernando. Tanto cabrón narcomayorista. You’re no longer welcome you sick people. Vous ne sont pas le bienvenus. O vous êtes bienvenus, siempre y cuando paguen ¿o qué no les sale?

Parece mentira mexicosos, pero antes, cuando el partido partía plaza y mantenía la galletita en piezas grandes, no se la pasaban cortándose la cabeza por migajas.

Parece mentira que haga falta un fuete para mantenerlos civilizados, decía mi mamá.

***

Qué tino tengo.

Tanto viaje y hace por lo menos 10 años que no tocaba suelo canadiense. El minuto en que me programan uno, el gobierno de ese país cambia por completo su política migratoria. Ahora nos piden visa (carísima, por cierto y con más requisitos que la gringa). Chale.

El viaje pasado me enteré de la muerte de Michael Jackson mientras  sobrevolábamos en helicóptero la Ciudad de Los Ángeles. Una escena intimista de película indie gringa, donde la protagonista se pregunta por el sentido de la vida mirando a través de un acrílico transparente, con el pelo revolviéndosele aparatosamente.

Íbamos cuatro personas en la cabina, alguien dijo: mira, esa calle que sube es Mulholland Drive ‘donde viven los muy ricos’. Mulholland Dr., donde Lynch, pensé yo. Los ricos, las mansiones ¿Ya supieron quién se murió hoy? Allá abajo está Bel Air, allá abajo dejó de respirar esta misma mañana el negro-güero.

La mandíbula perdió control durante unos minutos. “Sobrevolemos Bel-Air”, dijo alguien. A ver si logramos ver ambulancias o carros de policía estacionados.

Nada, sólo una alfombra roja sobre Hollywood Blvd., en el Chinese Theater; la premiere de la película Brüno (de Sacha Baron Cohen). ¿Cuántas premieres habrá al mes en Los Ángeles? Una cada tercer día, más o menos. Acostumbradísimos, pues.

Luego en tierra nos enteramos de que la estrella de Michael Jackson estaba justo frente al Chinese Theater, la alfombra roja la estaba tapando. Caminábamos hacia la cena, veníamos madreadísimos y nos metimos en la primera calle donde encontramos restaurantes. Resultó ser Vine Street, justo la cuadra en donde los ofendidísimos fans de MJ se habían ido a refugiar, utilizando como altar temporal (prendían velas y escribían mesajes de adiós en fotografías y pósters) una estrella apócrifa en el pavimiento con el nombre de Michael Jackson, que no designaba al famoso rey del pop sino a un personaje menor de la radio estadounidense, que tuvo el mal tino de llamarse justo así: Michael Jackson.

¿A quién le importa este dj radiofónico? La alfombra roja de Brüno está tapando su estrella en Hollywood Blvd., y esta noche las velas tienen que ser prendidas.

Y uno pasando nomás por allí.

Qué pinche tino tengo.

vs. la crisis: Conrad

Es raro que ninguno de mis reportajes para revistas culturales me haya llevado a tantas referencias literarias como el que estoy realizando ahora para una revista de negocios. El tema es cabrón: si uno tiene 40, 45 o más, ¿cómo madres le hago para que estos hijosdesu”y”generation no se queden con mi puesto cobrando la mitad?

Es decir: crisis económica mundial  + crisis de la mitad de la vida = sociedad semi-suicida, deprimida, aunque en último de los casos también una sociedad que deviene en un salto creativo. (Siempre y cuando la sociedad en cuestión muestre un poco de huevos, digo yo).

De acuerdo con un artículo al que hace referencia la fundación psicoanalítica Travesía, el inglés de origen polaco Joseph Conrad habló como nadie de la crisis de la mitad de la vida.

Marino profesional, Joseph Conrad publicó su primera novela a los 37 años.

“La creatividad de Conrad fue movilizada por la severa crisis en su madurez. Creando habría elaborado su profunda ansiedad depresiva, en su punto crítico por ese entonces. La autora hace referencia a los escritos anteriores a esa primera novela, relacionando creatividad con posición depresiva”.

Aquí un párrafo escrito por Conrad, citado en el mismo artículo que me pareció bellísimo:

“Sólo los jóvenes tienen estos momentos. No digo los muy jóvenes. No, los muy jóvenes no tienen, propiamente hablando, momentos. Es el privilegio de la temprana juventud vivir anticipándose a sus días, en continuidad plena de esperanza, lo que destierra toda pausa y toda introspección… Si, uno sigue andando y el tiempo sigue andando hasta que uno percibe adelante una línea de sombra, aviso de que debe dejar atrás, también, la región de la temprana juventud… Es este el período de la vida en que aquellos momentos de que hablaba pueden venir. ¿Qué momentos? Y bien, son momentos de aburrimiento, de hastío, de insatisfacción; momentos de arrebato. Quiero decir momentos en los que todavía los jóvenes propenden a las acciones arrebatadas, como casarse repentinamente o abandonar un oficio sin razón”.

***

Justo estoy pensando en la atemporalidad del blog, en que esto igual lo pude haber escrito hoy o mañana o en un mes y me entran ganas de decir que amo el olor a lluvia, que después de ese tremendo calor que nos azotó toda la tarde es como si la ciudad nos diera chance de reunirnos para beber o nos instara a platicar bajo las deliciosas gotas que todo lo limpian.

Y justo pienso que esto no podría escribirlo ni mañana ni pasado ni en un mes. Que sólo puedo escribir de ese olor a lluvia prematura este martes a las 6.43 pm.

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Quiero hablar de lo idiotas que me parecen las campañas políticas, sobre todo esa que promueve la pena de muerte y el pago de medicinas. Pero es que hay tantas cosas buenas, tantos libros, tanta música. Hasta parece un despropósito.

Un mapa de la mañana

Es de mañana, hay que revisar Twitter, blog, mail, facebook. Prendo la computadora, conecto las bocinas, pongo una canción, me conecto a Messenger (contactos de trabajo, casi todos) y bajo a hacerme café, en ese órden. Pienso en mi día, en las juntas de trabajo, en mi viaje próximo, en que tengo que ir a la biblioteca, al gimnasio (a inscribirme puesn), al portugués, mi maestra hiper cursi que nos pondrá yet another song by Rita Lee, algo así como la Yuri brasileña.

En Facebook las primeras angustias reveladas. Mis amigos que viven en el extranjero son los primeros en comentar: “O sea que hoy no va Nadie a la escuela?” Ah chingá. Me vengo enterando. Esa diferencia de horario es la onda.

Otras angustias liberadas en forma de chiste o de reflexión chabacana, que si es enfermedad de puercos, que si se pega por facebook, que si qué mala onda que ya no soy estudiante para tener puente. ¿A quién escogerías para contagiar? Esta última ya me parece too much, pero bueno.

Aquí empiezo a buscar la cantidad de población que murió en México por la última epidemia de influenza. 100 millones en todo el mundo, 300 mil personas en la República Mexicana. Mis bisabuelos maternos incluídos. Soy una huérfana de abolengo (desde hace tres generaciones las mamás se mueren antes de que sus hijas menores cumplan los 15, incluyéndome). Creo que Puebla fue una ciudad fantasma a principios del siglo XX por ese virus. Le decían la Gripe Española. Seguro consideraban menos naco  enfermarse de eso que de gripe porcina, su origen verdadero (aunque esta, la que nos pega hoy, según investigadores gringos, es una combinación entre gripe aviar, porcina y humana, chínguense putos por pinchis posmodernos globalizados).

Regreso a mis planes matutinos: suena grave, suena a que los bisabuelos no tuvieron oportunidad, suena a historia personal, suena a mi novela,  pero la mente hace su tábula rasa y regresa todo a la normalidad. Ok, no hay clases. Got it. Go on with your life. Disfruta del sol. No iré al portugués. Ah, qué bueno, igual me puedo meter al cine y ver Wadley, el documental mexicano en la onda de Artaud sobre el peyote. Ah, no, espera ¿qué no era una epidemia? Entonces no puedo meterme al cine. Madres, es gravísimo!

Justo en eso estoy pensando cuando llegan nuevos twitts, nuevas actualizaciones en facebook. De la extraordinaria mente retorcida de mis cuates viene el imaginario cinematográfico revisitado.  Influenza 28 días después. “Yo ya tengo agua, leche en polvo, latas y una sierra eléctrica”. Me da risa, pues es que en esta ciudad siempre nos queremos matar unos a otros, nomás hace falta un buen pretexto.

Me encanta jugar en silencio con la gente, los leo a todos. Este es un momento de fantástica movilidad de la información y me da lástima tener que despegarme de la computadora, donde la influenza ‘va ocurriendo’. Es decir, hasta que no haya alguien conocido enfermo, todo es pachanga.

Ahí vienen ya las referencias literarias, las Ballardianas, las de los que aún no se enteran o no viven aquí. Están mis amigos que suelen despreciar el tema de hoy: a mí me interesa más el güey encuerado en Coachella que la influenza. Tómense mi desinterés como puedan, pinchis histéricos colectivos.

Pienso ‘qué mamerto’ y luego reacciono: necesitamos a todos, a esos y a los otros. Cuando el mundo funciona bien, se equilibra solito, como un organismo vivo con anticuerpos.

Hablo con las dos personas que buscaría en momento de emergencia. (Tengo que mandar mensajito a una tercera). Ambos enterados, ambos se lavarán las manos mil veces este día ante mis recomendaciones.

Imagino un cómic siniestro, una procesión de cabezas de marrano rebanadas,  como salidas de una exhibición en los mercados; cochinitos con ojos entrecerrados y esa sonrisa casi budista que les caracteriza cuando son cadáveres, burlándose de nuestro pánico  ¿con que les gusta el tocino eeeh? Vengadores sin antifaz.

Efectivamente hay una histeria enorme, pero considerando los 100 millones, los 300 mil y sobre todo considerando a mis bisabuelos, yo también podría enfermarme y morir.

¿Por qué no?

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Espero no abrumar con esta crónica larguísima de mi mañana.  Pensé que alguien tenía que hablar de esas primeras dos horas de información fresquita,  cruda, sin editorializar, antes de que por la tarde se hiciera vieja y la opacara algún otro encuerado o un nuevo talento en Youtube.

Psicoanálisis y olor a calzoncillo

Hace un rato me disponía a largar al cine, pero empecé a leer blogs, a bajar libros de filosofía, a leer periódicos, sitios de tecnología, el twitter de Don David Lynch que tiene ligas con el de Trent Reznor y me clavé.

Leí al Omar Pimienta, a quien conozco poco, pero igual es una de mis personas favoritas en la frontera norte. Leo que es bien pinche feliz, que hasta saca a su perrita a mear y me da gusto porque otra vez me empiezo a sentir igual (como Omar, no como la perrita).

Dice que es bien pinche feliz y que le caga porque no sabe qué puede hacerle eso a su escritura. Justo me pasa al revés, thank god. Yo nomás no puedo escribir cuando estoy deprimida.

El animal que me golpea la cabeza (toc toc oyes acá hay una historia buenísima, una imagen que no puedes olvidar) se jetea. Me dice “ahí escribe sin mí”. Cuando estoy triste hasta dejo de soñar (literal, no así como “he dejado de soñar con un mundo mejor”).

Decía José Agustín que Janis Joplin tenía lo voz así de cósmica por tanto alcohol y olor a calzoncillo…y yo digo lo mismo de mí, pero como ya no tomo, ahora se lo atribuyo al psicoanálisis. El olor a calzoncillo ayuda, cómo no.

Estoy segura de que la felicidad viene con una novela terminada antes del verano, sé que viene con muchos posts y guiones, pero necesito pedirle al psicoanálisis que me regrese, aunque sea por las noches, al rizoma del que habla Deleuze.

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Leo también que una amiga de Omar acaba de morir en un accidente automovilístico.  Tenía blog y se llamaba Alba.

La pregunta obvia, que se va a la mar de las obsesiones de los vivos que a los muertos les valen madres: ¿qué se hace con el blog de un muerto? ¿Los familiares toman el control, lo hackean, lo levantan, lo dejan allí?

Porque eso de morirse no avisa –si lo sabré yo–, creo que dejaré a la gente que me quiere decidir qué hacer con mi blog, mi cuenta de correo y esos secretos que descubrirán muy a mi pesar. Lo que sí podrán decir es esto: ella sólo podía escribir cuando estaba feliz, así que estas son (casi) puras moneditas de jelicidad.

Guilty blog

Hoy le cambié a una estación de radio de canciones viejas y canté con la garganta desgarrada y feliz de puritito placer culpable.

Pensé ‘guey, a ver cómo explicas esta rola  en tu blog’. Luego pensé, ¿y yo por qué madres tengo que andar dando explicaciones de qué canción pop  horrenda me sé de memoria? Estoy segura, vamos, que lo firmo en sangre, que todo el mundo tiene secretos inconfesables (canciones, amores, gustos, pasiones, dolores). (Sí, sí, sus santas mujeres y sus santas madres también).

Si pensara diferente no podría escribir. Eso es lo que pasa con la gente que dice que no puede y me pregunta cómo se escribe ficción. Creen que todo el trabajo lo hace una imaginación como de súper-Julio Verne. Así pasa con las malas novelas, los malos cuentos, las malas películas: trama, trama, trama… ningún secreto. No lo sabemos, pero todos intuimos que un gran personaje se relaciona con nosotros a partir de lo que para él es inconfesable y que para nosotros, desde fuera, es tan obvio.

Al final pensé que, con no sé cuantas (es un secreto) visitas diarias a este blog, debe haber mucha gente –conocidos, desconocidos, odiados, indiferentes– que sienten una curiosidad malsana por visitarlo. Casi que no quieren…dicen, ‘ay otra vez esta mensa clavada en los cómics o que extraña a no sé quién o en cómo siente cuando ve películas, ¡que la maten!’. Y luego, pum, teclean la dirección. Nomás hoy, nomás para ver qué tarugada dijo hoy.

No me explico el número de visitantes de otra forma. Hasta debe haber gente que asegura públicamente pasar de los blogs narcisos y demasiado personales, gente muy seria, muy ocupada, que se escapa aquí porque cree estar leyendo la última fotonovela de autoficción, esa metaself-fiction que ocurre en los blogs, que tanta y tanta gente quiere tomarse por real.

Takes a real blogger to know that not everything true is real.

Bueno, lo que quería decir es que aquellos que tienen al Taza como guilty pleasure: shame on you…pero welcome.

Aquí sus secretos están bien guardados.

Ray Loriga

Mi regalo de Navidad para los que se regresaron a jugar escondidillas conmigo (déjenlos, el futbol no hace más que lastimar los tendones) son fragmentos de un texto de Ray Loriga que me encontré en la revista semanal de El País (gracias Mariana).

Es proto navideño y melancólico. Habla de la música de Cole Porter y se puede leer completo acá.

Estos son los regalos que yo recibí y que paso a las manos de otros para que se aprovechen bien:

“Qué importa en realidad que las canciones también se acaben y los cariños se abandonen, cualquier cosa que nos distraiga del rencor es suficiente.”

“En contra de la creencia popular (me consta que tal cosa no existe, pero me gusta cómo suena esa expresión), el encanto es una cosa muy seria. Las crías de todas las especies lo utilizan, sin ir más lejos, para protegerse de la muerte, y la vida, bien mirada, no es sino el triunfo del encanto entre las fieras.”

“No se me escapa que no todo se soluciona con un dry martini, pero está claro que un dry martini no empeora nunca nada. No es un asunto pequeño, teniendo en cuenta que la mayoría de las cosas que tenemos que arreglar las hemos roto nosotros. ”

“No hemos inventado más que la raya de los pantalones y todas las grandes palabras no valen lo que un cuchicheo cerca de la nuca adecuada.”

Y la última que es de una crooner-like sensibility que revienta el papel:

“¿Quién no prefiere el daño puntiagudo de unos tacones bien afilados al runrún de las cadenas que arrastran los fantasmas?

***

Por encargo de mi hermana, ilusa yo que hoy no pensaba cocinar, tengo que probar mi poca suerte con una receta de papas al gratín. Ay dios, ya quiero ver las caras esta noche.

Me considero buena para el Turista Mundial y para el Risk, aunque ya nadie quiera jugar conmigo, soy buena para reírme y para beber. Para la fiesta, para responder rápido (siempre y cuando el tipo no me guste o algo), para tirarme los domingos a leer en el suelo; soy la mensajitos sms más rápida del sureste defeño, me estaciono en dos patadas, a veces presiento cuando va a sonar el teléfono –lo más raro es que además sé quién es y qué me va a decir–, veo con los ojos redondos, de niña virgen, cada película en el cine, bailo mal pero con un chingo de ganas, si alguien va de mi mano me aviento casi a cualquier cosa: montaña rusa, paracaídas, amor. Todavía tengo cosquillas y me meto a ver películas de terror porque disfruto muchísimo tener miedo.

Pero eso de cocinar…

Domino la mitad del componente: el sabor nunca es tan deleznable. Nomás que mis platillos nunca nunca nunca están bien presentados. Es un problema porque no conozco a nadie a quien la comida no le entre por los ojos. Algo pasa que acomodo mal los ingredientes, soy capaz de meter las cosas en cualquier tupper feíto, sirvo a cucharazos como si estuviéramos en una línea de comida para presos de guerra.

Ah y otra cosa: tampoco domino bien el ingrediente tiempo. Mi comida es la última en llegar, se me cae en el coche la lasaña y está buena pero ‘ya no a alcancé a gratinarla’.

A ver cómo salen esas papas.

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Hoy se empieza a acabar el tiempo para postear, seguir leyendo, doblarme de flojera en la cama. Ya están aquí los ocupadísimos días de fiesta. Los que la leímos siempre recordamos a Mafalda: “Estos son los preparativos de las vacaciones que nos tomamos para descansar de los preparativos de las vacaciones que nos tomamos.

Además, si me toca comprar y hacer colas hoy voy a tener a Susanita en la bolsa, lista para odiar a gusto:

“Amo a la humanidad, lo que me revienta es la gente”

¿Dirán algo los títulos?

No importa cuántas palabras le pongas a una novela, a un texto, a un artículo, 22 mil 100 mil, hay una que proviene de las profundidades del helado mar del inconsciente y se antepone como un sino, como si te la hubieran dictado. Es esa palabra que discutimos siempre. Que le queda o no le queda, que nadie pasa por alto. Las otras 21 mil 900 pueden estar sobradas o cursis, pero a nadie parece importarle.

El título de una canción, de un libro, de una película, de una relación. (El título de una persona es su nombre y ya sabemos que “A rose is a rose is a rose”…aunque yo no estoy tan segura de que la rosa tuviera el mismo aroma si se llamara de otro modo. Concuerdo con mi amigo Ernesto: no sería así).

Todo esto porque con este pinche frío he cambiado mi oficina al cuarto de arriba. Mientras estoy en el cuarto de abajo y escribo, mis ojos se pierden a veces en los lomos de los libros. Un librero desordenado  todavía contiene restos de cultura familiar que me viajan: abajo están las colecciones de filosofía, los tratados de biología y química para mis hermanas, alguna vez interesadas en las ciencias exactas; dos o tres libros de psicología clínica de mi hermano quien a pesar de no haber estudiado la carrera, le ayudaba a pasar los exámenes a una novia y con ese conocimiento le bastaba para torturarme diciendo que mis traumas sexuales infantiles me hacían morderme las uñas a los 13 años.

Yo soy la que más ha vivido en esta casa, así que mi colección se ha ido sumando a la preexistente.  A mi casa le salen libros como sarampión mal curado.

Cuando no puedo hacer nada, cuando la concentración no me da para escribir, doy rondines y leo los títulos.

Los de mi cuarto, por ejemplo, están en tres libreritos.

No los dispuse yo, quedaron en orden aleatorio,  “por época de mi vida”.

En el más viejo está El Origen de las Especies, de Darwin, el primer libro que leí. Está también la edición ilustrada de The Lord of the Rings, junto a Agatha Christie y mi libro favorito de todos los tiempos: Tom Sawyer. Hay un tratado de Sociología general, de cuando pensé que me iba a dedicar a eso; los diálogos de Platón que he leído muchas veces y nunca he comprendido, las novelas del boom latinoamericano (Galeano, Vargas Llosa, García Márquez) y uno que otro librito de texto de idiomas. Francés, inglés, diccionarios.

En el librero que sigue está Stephen King. Octavio Paz, Bret Easton Ellis, el primer Gaiman, Poe y Rulfo. (Aunque pienso que hoy cambiaré a Rulfo de estante). ¿Qué diablos hace Pascal allí? No recuerdo cuando lo subí. Allí está Volpi, blagh. Javier Marías, Fuguet que me regaló Edgar y uno de Joe R. Lansdale que quizás pertenezca a otra época.

En el más reciente hay varias novelas gráficas, Clowes, McCloud, Gaiman, uno que amo de Historias de la guerra civil española. Allí está la novela Pilotos Infernales de mi amigo Gerardo Sifuentes que acabo de volver a hojear. Los libros de Bef a los que les doy vueltas de vez en vez. Los que me dio en prenda Ernesto de álbumes clásicos, colección 33 un tercio: en libro tengo el Doolitle, el Meat is Murder y el de los Stone Roses.

Beckett está allí también. Las comedias de Molière, los de Almadía. Vida y hechos de Rimbaud y el de Basho.

Junto a mi cama están los que leo ahora mismo: la novela gráfica Marvel 1602 y Espíritu zen de Robert Kennedy. Ah y Lejos del Noise que no he querido volver a meter a los estantes.

Si sólo me fijo en los títulos no podría decir que me ha ido mal en la vida.

Lo que quería decir con este post (y en lo que probablemente fallé estrepitósamente) era que quizás el cambio de oficina, los nuevos títulos que tengo enfrente, cambiarán también mi forma de escribir.

4, 12, 16, 26

Este año casi olvido Octubre, uno de los meses que más me gustan.

Otoño empieza con la misma letra (los cumpleaños de cuatro -o cinco- personas indispensables caen en el Big O).

Otoño es Octubre que anuncia con esa O grandota que algo se muere (el año y las promesas); avisa con sus estrepitosas lluvias de guardar que diciembre y febrero no perdonan y que más vale que hagas grasa en el alma pues se avecina un crudo invierno.

Octubre tiene R y por tanto podemos seguir comiendo charales y cosas del mar. Tiene R pero lo que sigue hipnotizándome es que tenga O. Si te fijas bien, a través de Octubre alcanzas a ver la Oquedad, el vacío el vacío el vacío, el agujero en la alformbra, el pozo en la regadera, la fosa común. Apenas el anuncio,

caída de las hojas ya viene el frío no me digas que planeabas envolver tus regalos

Asomada por la “O” quiero ver el futuro: un par de días en los que ya nada me calienta. Meto un poco más la cabeza (qué impudicia) y puedo ver hasta Marzo o Mayo: el calor ya hizo de las suyas y me encuentro hastiada de tanta fruta madura.

Por eso me gusta Octubre, es el viejo que te apura a que cierres la puerta pues se avecina el vendabal.

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De estar vivo mi papá habría cumplido 80 años hace unos días.

No me lo imagino con el pelo blanco. Medía 1.80 o un poco más. Tampoco me lo imagino disminuído, ni pequeño, ni encorvado, ni amedrentado por la tumba como dicen que te pones.

Lo he extrañado mucho últimamente. Qué caray.

Quiero ser Wayne Coyne

Lo único bueno de este día es el día de ayer.

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Hoy por ejemplo he tenido pláticas como sopa fría:

-Oye ¿tienes algún premio?

-Premio ¿como de qué? (me quedo pensando que de todos modos no tengo ninguno así que no hace falta ser más específico). Mmmm, ¿premios? No no. Risita nerviosa, preludio a que me salga lo listilla, eso que sólo me sale cuando algo me duele… mi único premio es que me sigan publicando todo lo que me da la gana, ah y que me hagan comentarios en el blog. Ése es un buen premio.

-No no, pero yo hablo de premios de verdad. Deberías buscar uno. Conozco periodistas que escriben la mitad que tú y tienen un chingo de premios. También conozco escritores malísimos que tienen uno. Es cuestión de afanarse. ¿Tú por qué no tienes uno?

-No sé. ¿Será que no me lo merezco? Juar juar. (Nothing better than early morning self-referential jokes).

-Eso no tiene nada que ver.

-Fuck.

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Ayer en la Cineteca pasaron un documental sobre los Flaming Lips. Fearless Freaks. El director es tan ruidoso y tan malo como eran los Flaming Lips en sus inicios, pero tiene la misma fuerza cruda que arrebata amor.

Me dio como esperanza porque Wayne Coyne tiene uno de esos espíritus de pelo chino: infantiloides, clavado en la textura que para todo pela los ojos, que a todo le entra con el mismo abandono suicida. Bellísimo.

Coyne sabe dejar de ser quien fue para ser quien es ahora.

Yo espero seguir con rizos en el alma por mucho tiempo.

***

Casi lloro (¿o lloré?) cuando volví a escuchar, después de al menos cinco años, She Don’t Use Jelly.  Una vez alguien me la dedicó.

Tons luego vengo y me pongo a ver entrevistas, más más más quiero más Wayne Coyne y encuentro ésta, donde Coyne habla tan campante de lo que a mí me está tomando una novela dilucidar:

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Llueve y me entristezco. Lo único bueno del día de hoy son las esperanzas de estos dos conciertos. Ah y un viajecito en puerta que promete mucho aire fresco.