Fiebre

Tengo una extraña fiebre de imágenes. No puedo pensar en letras, leeeeetraaaas, la palabra leeetras, por ejemplo, se me convierte en un animal, una cabra que salta, que saaaltRA tra tra, salta. Es un animal salvaje que golpea a la siguiente palabra.

La sobredosis de cine y caminatas últimamente me ponen en guardia: quizás ya nunca más pueda escribir, quizás tengo que sacar fotos o pintar o volverme una de esas máquinas viejas que proyectaban diapositivas. Tacatá, tacatá, tacatá.

El bosquecito de la Unam, por ejemplo, es para darse un atracón de imágenes… tacatá, tacatá.

Como lo importante no es VER sino TRADUCIR, estoy maniatada, yo traduzco regularmente en palabras (ahora mismo la palabra ‘palabras’ se vuelve una parvada de cuervos blancos que se me escapa de las manos y me deja sin ellas) pero traducir a imágenes no es lo mío.

Es lo bueno de andar con un fotógrafo:

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Así se ven los grillos pre-navideños en el bosquecito de la Unam. Mejor dicho: así los ve Dante Castillo.

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Qué bonito era el futuro, antes

Contradigo el título del post pues nunca tuve una idea fija de cómo iba a ser mi adultez. Cuando mucho esperaba el día en que me iban a salir las primeras canas. Eso ocurrió hace un par de meses.  (Me perdonaron la vida muchos años). Estuvo bien, un pequeño susto en el espejo del baño y nada más.

No tengo nostalgia de mí, noto perfectamente que estoy cambiando, envejezco cada día. Está bien. Youth is overrated, anyway.

La nostalgia que disfruto, (además de fantasear todos los días con que hubiera robots caminando por las calles de esta ciudad)  es la gráfica: siempre acabo preguntándome por qué los colores han cambiado tanto, por qué las texturas de las revistas ahora se sienten tan lisitas, como si a nuestros dedos realmente les gustara patinar. Extraño sentir papel barato, rotito, áspero. Extraño las tintas, los puntitos con los que se hacían los rojos y los azules en los cómics.

Yo digo que a mis manos lo que les gusta es detenerse en las imperfecciones.

Ahora en Ontario le saqué una foto a un pelirrojo que me dejó pensando en el lienzo de su cara y de su cuerpo. Pintó sus brazos y perforó sus orejas en un acto de libérrima belleza. Sus tatuajes y sus pecas van a envejecer con él, esos puntitos rojos de su piel se tornarán un poco más oscuros, su pelo también.

De anciano, este hombre será como el pánel de un cómic viejo y arrugado, pre-impresión digital.

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Lamento no tener ningún tatuaje.

Sobre todo, ¿por qué madres no hubo robots?

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