¿Cómo era?

Me intriga cómo se hacen los amigos. Las filias, cómo empiezan, qué vemos en el otro que no podemos resistirlo.

Hablo del otro amor, el que no tiene que ver necesariamente con sexo.

Los laboratorios del amor son las fiestas y las reuniones. En cada mesa un matraz, un mechero de Bunsen, una caja de Petri. Listos para la alquimia: nuestra intención siempre es buena.

Pero rara vez resulta.

De mis mejores amigos como de mis amores recuerdo la primera vez que hablé con ellos. Un chiste bobo. Los zapatos que traían puestos. Más de una vez me ha ocurrido que identifico la prenda antes que al amigo. Digo yo podría ser amiga de esos tenis, claro que sí. Mi amigo, el único que tiene pase directo vitalicio a mi departamento de la risa, fue primero una camiseta. yo podría ser amiga de esa camiseta, claro que sí. Me tardé un par de días en reconocerle la cara a la camiseta, que luego me aclaró “era prestada”. Chale. Y yo ya no podía echar para atrás lo de darle el pase vitalicio.

Otro amigo, el del pase vitalicio a la emoción onírica, fue primero unas mangas. Tuvimos muchas peleas al principio, nos veíamos en eterno conflicto, pero siempre supe que esas mangas ya no me iban a dejar. Las tendría cerca de mí toda la vida.

Lo que quiero decir es que lo supe desde el primer día.

Antes de que la música o los libros o el cine o las tardes de confesiones nos hicieran verdaderos amigos.

Lo que quiero saber es cómo le hace uno para saberlo tan temprano. Te da un gran golpe en la cabeza. No importa que luego vayas inventando los caminitos, ya sabes que por allí hay un sendero y como si fueras en un trance, lo empiezas a recorrer.

Luego digo que no creo en el destino porque el destino siempre es presente, no futuro. Pero existe, pues en este presente eterno las cosas tenían que ocurrir así y no de otra manera.

“There are paths outside this book, you know” le decía el Delirio al Destino.

Y el Destino, con su capa cubriéndole los ojos ciegos sólo acierta a leer una línea de aquél libro donde todo está escrito: “and suddenly, as if in some kind of trance, she goes on and says  there are paths outside this book, you know“.

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En muchos cachitos

Al principio no, pero cuando dejó de estar de moda me empezó a gustar mucho la banda neuyorka Interpol. (Paul Banks, el vocalista, no me encanta pero me da una especie de curiosidad malsana saber cómo se ve encuerado).

Nunca menciono a estos tipos entre mis grupos favoritos, pero tienen partecitas de canciones que me obsesionan. Momentitos, cachitos a los que regreso y regreso y regreso.

Como si se tratara de un viejo cassette, le detengo a la grabación y regreso nada más en la parte que me gusta. Ahora que escuché el disco completo de Julian Plenti (Banks disfrazado de sí mismo, desnombrado) sentí cosas, pero en general dejé pasar las canciones sin más…hasta la coda final de No Chance Survival.

Ya no puedo dejar de oirla.

Amo estas frases chingao, así idiotas y simples, las amo.

We are the golden, we are the strong

Static, show me the random comes

Don’t fear the ocean, don’t fear the frost

Don’t fear the motion that cosmic toss

We are the old ones, we are the lost

Static, show me it comes with the cost

It can do wrong

Estoy despierta haciendo mi maleta pues mañana me voy de viaje; vuelvo al desajuste. Dejar mi casa, ir dejando cachitos aquí y quien-sabe-dónde-madres. A veces se me queda algo incrustado en un árbol, en una carretera, en cómo se veían las luces de un semáforo, en el gesto de algún mesero o de plano se me convierte en un leit motif para el resto del mes o de la vida, no sé; un viaje es también una pinche canción (partecitas, cachitos de una canción) que luego por más que quieras no dejas de tararear.

Static, show me the random comes.

Como las olas del mar

Tengo muchas cosas que decir acerca de mis cuatro días en La Habana, pero no encuentro las frases exactas pues aún es una sensación visual o una sensación física, como el paso del tiempo, como se sienten las olas frías en el calzón cuando entras primero al mar y luego el cuerpo se va acostumbrando y todo se entibia y ya no tienes ganas de salirte nunca más aunque te vuelvas viejito.

Solo puedo decir que todos escritores deberían conocer La Habana. No conozco ningún otro lugar donde sea tan evidente que la vida (vestirse, cojer, bailar, comer, hacerse pendejo en una plaza pública, esas cosas) tiene una membrana viscosa hecha de minutos que queremos romper siempre pero de la que no podemos salir porque somos muy chiquitos.

No sé hablar de La Habana, estoy conmovida, enojada, feliz, llena de ritmo, llena de miedo. Lo único que puedo dejarles son fotos. Fotitos. My own private point of view.

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La Habana Vieja (el centro) tiene partes donde, si no supiéramos historia, podríamos pensar que ha caído una bomba o  están en guerra. Y están… la baja intensidad no le quita lo guerra.

En este edificio viven ratas y personas que sacan cables hasta el alumbrado público y saltan entre vigas húmedas para llegar a los cuartos de atrás.

Pensaba en el perrito de la RCA Victor…ese perrito bien podría ser mascota y símbolo de La Habana Vieja,  sería el mismo perrito blanco pero tan sarnoso que ahora es casi rosado, viejo, a punto de morir de desesperación por rascarse, pero que le sigue haciendo fiestas a los ritmos afroamericanos que salen por el cuerno del fonógrafo.

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La diversidad racial es extraordinaria y la gente es tan guapa que duele (como se puede apreciar, son hermosos desde chiquititos). Según me cuentan el racismo es casi inexistente según me contó una chava blanquísima, protoperiodista, pues dice “nosotros sabemos que lo bello nos viene de los negros, sabemos que la música y el baile son de ellos y los cubanos somos eso, música y cuerpo, no podríamos vivir ya sin esta mezcla”. Por desgracia no tuve tiempo de preguntarle lo mismo a un negro.

Lo cierto es que los cubanos (con los que hablé, pues) son super articulados. Se les nota la educación, las lecturas, oyes a gente normalita, sin doctorado ni nada dominar el pensamiento abstracto. Añora uno cosas de esas en la educación mexicana. Sigh.

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Un obrero con su ejemplar del “Granma”, periódico oficial y plenipotenciario donde me cuentan, el cabrón del Fidel se dedica últimamente a chochear. No se cumplen 83 años sin consecuencias, creo: “Compañeros cubanos: hoy quiero hablarles del juego de pelota, ¿se acuerdan que yo predije que los japoneses ganarían? ¡Pues ya ven! “. Y se arranca, totalmente chocho a discutir sobre por qué se los echaron al plato en el beis.

Mientras tanto, la obra de teatro de todos los pueblos, la de los ricos y los pobres y los que tuvieron suerte y los que no, se lleva a cabo por las calles (porque claro-que-agüevo-que hay clases sociales y toda clase de privilegios en Cuba).

Y aquí la onda: sí, hay ricos y pobres, clase media y eso, pero la desesperación por tener, por ser, por pertenecer, por dominar, por chingar, por ser recordado como “el mejor”, por prevalecer, por sobresalir, (esa de la clase media mexicana), esa no la vi. No sé, quizás no busqué bien.

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Pensaba yo que en Cuba un diseñador gráfico se muere de hambre. La total falta de anuncios por las calles es rarísima (exceptuando estos de propaganda política y el aún presente y cabroncísimo “Patria o Muerte”).

Más raro para mí que vivo en esta ciudad gritona. Una ciudad que GRITA “coca-cola-pantene-galletas-pingüinos-compre-casa-no-mame-hágase-la-mamografía”.

La falta de publicidad da una paz casi desquiciante, pero sin duda podría volverme a acostumbrarme a ella… como cuando éramos niños que los anuncios en las calles sólo murmuraban ¿se acuerdan?

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Uf, los coches. La revancha más grande hacia el coleccionismo, hacia lo exclusivo, lo in, lo particular, lo mío que no es de nadie, es que un Cadillac ’59 en Cuba es nomás un taxi para cubanos.

No dejan subir a los turistas, so pena de que les quiten el auto, así que nos la pelamos.

Pero son unas bestias hermosísimas.

Como dinosaurios corriendo por las calles.

***

Un dios muy viejo duerme allí en La Habana.

Nude

Para mí que ayer y antier hubo 55 mil personas contentísimas en el Foro Sol.

Yo una de tantas.

***

La forma en que la música me desnuda de todas esas ganas de competir, de aplastar voluntades y personas; me libera de la pesada lengua materna, me libera de mi madre, me hace un pececito encuerado que fluye y se resbala y ya no se golpea más contra las angustiosas rocas; la forma en que me cumple todos los sueños allí allí allí, la forma en que me deja estar con el otro desde lo mejor que tengo; la forma en que uno respira cuando lo hace por el puente de una rola.

Por eso voy a conciertos.

***

Me gusta Radiohead. Ni modo. Mucho, aparte. Ahora me gusta más.

El pobre güey tuvo que tocar Creep y no siento decir que la disfruté. Hoy un amigo dijo que era como haber oído Smells Like Teen Spirit. No sé. Hubiera sido lo mismo para mí si no la hubieran tocado. Tampoco creo que haya que rasgarse las vestiduras porque la tocó. No se hagan, todos nos la sabemos. Es parte de la historia del grupo y ya. Como un tatuaje viejo y feo que sería medio tonto borrar.

Que si Radiohead es a mi generación como Pink Floyd a la anterior, quizás. Quiero decir, somos una banda de forevers, we’ll be forevers forever, el público ¿mexicano? tiende a comprar nostalgia muy chafa, pero hay que decir que este grupo viene con la gira de un disco extraordinario, el  In Rainbows, y que al menos no estamos asistiendo a la debacle de unos middle-agers a quienes ya se les acabó el dinero.

Los días, los motivos

Ahora debo escribir una carta de motivos. Redactar bien, enganchar al académico que leerá las primeras dos líneas, un par de enmedio, las del final. Hacerle una especie de ‘cht, cht’ en la voluntad, ‘ei, acá, acá fíjate en mí, soy elegible, soy lo que buscas’…zip zap zoe, sea el alma de las fiestas, decía la Pantera Rosa.

Aquél que pueda escribir una buena carta de motivos, creo que puede con una novela. Es el mismo principio, nomás que las nachas duelen más.

***

Dice Vila-Matas en una entrada de su Dietario Voluble: “A veces, el humor se revela como el único sentido del universo”.

El universo hace cosas graciosas como dejarte sin dinero para comprar pan mientras te asigna un trabajo de reportar el estado de los pastelitos de frambuesa.

O te da una intuición de miedo para casi todo pero no te da disciplina para ejecutar.

Sentidazo del humor, pues.

***

DC, as in DC Washington, as in DC Comics, as in Batman, as in I’m Batman, as in I miss my happy self, as in I have a mask that covers up my ophanhood, as in I miss you bastards a lot, as in don’t you think it’s been enough? DC as in Driving Cars, as in Dying Cars, as in Dios Castiga, as in Damage Control, as in Don’t Care, as in Dionisios Celebra, as in one of these days I’ll just be Bruce Wayne and leave everything behind me.

***

This time tomorrow. Qué sanquintín esto de viajar. A esta hora mañana ya estaré sentada en las piernas de Lincoln, como la Lisa Simpson que siempre quise ser.

Merecedora

9 de la mañana.

Pienso en la palabra merecedora. Leo una reseña de los Diarios, de John Cheever. Una de las casas de las que me aprenderé cada rincón ahora en mi maestría. (Una maestría que mientras más hablo de ella, más castillo, más ficción, más metamaestría se me vuelve).

Dice “obra merecedora del Premio Pulitzer”.

Merecedora.

Yo estoy por vestirme (desayuné bien, lo que uno debe desayunar pensando en que me espera un día como a quien lo espera atrapar un salmón en un río helado) no sé qué ponerme: ¿me visto para ver a un amigo, para ir a la escuela, para el frío, para la tarde, para tomar una siesta en la biblioteca, para hacer una entrevista, para escribir en el blog, para comer con una amiga, para andar cavilando sola por la calle, para ir a la puta delegación a levantar un acta de que me robaron la placa trasera del auto, para engañar al poli de que voy a la puta delegación a levantar un acta, para caminar filosóficamente por la calle y pensar en eso que dije de la fila india y tratar de salirme de ella?

Yo no sé si soy merecedora, pero a las 9 de la mañana, habiendo escrito desde las 6 y sin saber qué madres ponerme, ciertamente parece.

Tapadosky Franco

Dicen que uno confunde los nombres porque los tiene almacenados en la misma zona del cerebro:

Ejemplo:

Mi-amor es igual al hombre con el que me acuesto (con o sin sexo), que me proporciona amorcito, me dice cosas dulces y tiene el poder de encabronarme más rápido que nadie en el mundo. Ese se llama TAL pero luego quiero decirle TAL porque su presencia prende las mismas redes eléctricas que aquél otro con el que también me acostaba, me proporcionaba amorcito y me hacía encabronar. A mi cerebro le vale madres si uno es presente y otro pasado.

Lo que pasa con la creatividad, por lo menos la mía, es que bebe del pozo de mis recuerdos.

Mucho de lo que escribo tiene que ver con mi madre –y esto debe ser una venganza retroedípica–, pues fue ella quien me enseñó a destapar el perol ese donde se cocinaban mis más locas ideas.

Me enseñó cantando. George Harrison cuando estaba feliz. Led Zeppellin cuando eufórica. Si no había música, ella la hacía. Bailaba y ponía cara de demente cuando jugaba conmigo como si la tribu estuviera a punto de sonar aquellos tambores rituales.

Pasa que cuando estoy en trance con ella, todo fluye muy bien.

Pero hay días en que estamos peleadas y yo me tapo por completo. Contemplo el teclado de la computadora como si fuera un perrito mojado al otro lado de la ventana. Tengo hambre y sed de todo eso que hay adentro, pero nomás no puedo entrar.

Cuando no puedo ser creativa (cosa que no necesariamente significa escribir, por supuesto) para mí es literal: no tengo madre.

Algo pasó hoy que hablé con ella y le pedí un respiro. “Ándale, tengo un guión y un reportaje que entregar mañana”, le supliqué.

Y aquí estoy, pudiendo.

Creo que esta canción, con todo lo triste que me pone, también me salvó esta vez:

Lo creativo

Pasaba por la Biblioteca Central y quise releer libros de autores conocidos (por mí). En su lugar, un libro de portada mínima, letras negras sobre fondo blanco, nothing fancy, me tomó de la pierna y me dijo “si no me lees hoy, me pierdes para siempre”.

Entonces dejé el libro famoso y entré en este, sin tener idea ni remota de qué voz, en qué época o en qué corriente de pensamiento me iba a involcrar.

La primera parte de nuestra conversación fue placentera. El libro me habló de Jack Kerouac (al parecer el autor había sido su carnalito del alma) y dije, “quizá deba seguir platicando”… leí un par de páginas más hasta que me di cuenta de que esto ya no era un encuentro con un libro,  sino con un hombre. Estábamos en un bar y el tipo se me había acercado, tomándome del brazo y yo que regularmente no les doy más de un minuto a estos pelados, pensé que el encuentro terminaría muy pronto. Pero dijo algo interesante, ladeo la cabeza y me invitó otra cerveza. ¿Quiero otra cerveza con este libro, con este hombre?

El tipo estaba reconciliándose con la idea vieja esa de que toda escritura es autobiográfica. No fue realmente lo que dijo, sino cómo lo dijo que me llamó la atención:

“¿Por qué no hablar de uno mismo? Tarde o temprano uno tendrá que hacerlo. No hay inversiones seguras. Mira la sucia flotación del dólar –como una mente, una idea muerta, que se extingue.”

Sí. Sí quiero otra chela con este librhombre.

Entonces me dijo:

“Estoy cansado y quiero acabar de mascullar estas cosas. Pero me he propuesto algo y quiero cumplirlo. Es verdad. ¿Qué otra experiencia del “yo” es interesante, salvo la que pone de manifiesto su composición, las leyes de su imaginación y de su experiencia posible? Dime quién soy”.

Le dije que no sabía quién era. Ni él ni yo. Le dije que no sabía si quería saber. Le dije que yo tenía un blog que era a la vez mi autobiografía y el apócrifo relato de un personaje de mí misma.

“Amnesia. Pero la persona sigue comiendo, durmiendo, comienza de nuevo”.

Claramente, respondí.

Entonces me contó una anécdota:

“En la terapia de grupo, las investiduras de la experiencia del “yo” se abandonan, incluso son expulsadas por la fuerza. Richard Alpert recuerda su primera experiencia con LSD como una pérdida de todo apoyo del ego. La percepción de sí mismo como joven brillante psicólogo, profesor de Harvard, hijo exitoso, y mucho más, se derritió como hielo al sol. ¿Puede uno derretirse autobiográficamente? ¿Soportar, verdaderamente, no ser algún ausente sueño de gloria, justo lo que tu madre siempre quiso?

Aún seguimos bebiendo en mi cabeza, el librohombre y yo.

*Lo Creativo y otros ensayos, Robert Creeley, Colección Poesía y Poética, Universidad Iberoamericana / Artes de México. 1998.

Entre ruedas

En mi oficinita de arriba duermen dos gatos.

Este es el cuarto donde mejor pega el sol de la mañana y ellos lo van siguiendo como girasoles vivos hasta cerca de las seis, al ocaso; después proceden hacia la cama, a esperar la hora de la cena.

Hay un momento del día, como a las dos de la tarde, en que los rayos de calor se reflejan exactamente debajo de la silla donde trabajo, una silla con rueditas, como de oficina; y mi gata Morgana se acuesta allí, justo allí; pone su cabecita junto a la rueda, obviando el peligro de ser atropellada por una dueña con prisa que pudiera levantarse distraída y arrollarla mientras duerme.

Algo pasa que la dueña siempre está consciente del daño que le puede hacer, hay un cuidado subyacente, un mimo que no tiene tiempo, algo que se hace por instrumentos.

La confianza de ella de poner su cabecita allí y mi cuidado pererenne de no hacerle daño, eso creo que es amor.

Concentrarse y no listar

No pude. Tuve que doblegarme ante la supuesta dignidad de no entrarle a las listas. Me dieron  ganas de cerrar el año haciendo un pequeño corte de caja.

Momentazos:

-Madrid, el flamenco callejero hasta las 5 am en miércoles, pero sobre todo el Perrito Hundido, de diosito Goya.

-las chelas y la portada del Animals en Londres. Mi amigo y su mujer vegetariana.

-los haikús de Basho y las respuestas que provocaron.

-el concierto de Carcass. El frío que se sintió calientito en mi nariz con Race for the Price de los Flaming Lips. Wayne Coyne, todo él.

-las tardes de Tony Soprano, las de House, las de Lost, esas tardes felices.

-el último día en la oficina en que temblé de miedo.

-cuando descubrí que el piso de mi cuarto era un cuadernote.

-los crooners revisitados: José José, Richard Ashcroft, Leonard Cohen.

-mi cuaderno de dibujo, el día que compramos las acuarelas, la primera noche que las usé.

-Oaxaca. Yépez, Andrei y su carrera literaria con gasolina de amor. El rollo de los nombres con Laia.

-las sorpresas. Todas.

-las vueltas alrededor del caldero con Moni. Volaverunt, volaverunt…tenemos una cita en el infierno…

-el silencio en Utah.

-mi laptop nueva.

-las paletas tutsi pop.

-Varias pelis: be kind rewind, chingá que envidia;  Batman en Imax, sobretodo cuando el Joker le mete el lápiz en la jeta al esbirro, Heath Ledger de enfermera y esa aérea de Hong Kong. Vicky Cristina Barcelona, las secuencias bilingües de dos españoles que hablan inglés del nabo; Lake Tahoe, cada vez que la veo lloro en secuencias distintas.

A ver si para mañana el queso cottage se acuerda de algo más.