Somos lo mejor

Bukowski, que podía firmar una carta “Falsamente tuyo”, tiene un poema  llamado “Lo peor y lo mejor”. La única persona que me ha entendido cuando le digo “eres lo mejor” es un amigo al que podría llamar ex si no fuera porque nunca anduvimos (formalmente). Entonces este ex me dice “Ira es lo mejor” y yo comprendo al detalle que no me compara con otras mujeres o con otros hombres o con otros escritores ni nada. Me compara con “echar migas a las gaviotas / cortar tomate en rodajas” o con “grietas en las aceras /camareras aún sensatas”. Y es cuando me dice por quinta vez “Ira es lo mejor” y yo le regreso el piropo, nuestro piropo privado construido de una referencia mutua que nadie o casi nadie comparte, es ahí que quiero ser una sola estrofa. Quiero que mi nombre esté dando vueltas para siempre en estos versos:

“Pulverizar cucarachas

un par de calcetines limpios

el valor natural que vence al talento natural

eso es lo mejor”

O dicho con la maestría original (la traducción de Mondadori es ligeramente pedestre):

spraying roaches
a clean pair of stockings
natural guts defeating natural talent
that’s the best

Ahí en los “natural guts” es que trato de deslizarme todos los días, con la conciencia de que pierdo siempre.

Todo esto porque acabo de ver una película sueca del 2013 llamada We are the best, que además de tener los personajes más entrañables en todo lo que va de la década, resulta en una pregunta y una declaración de principios .vi_nr_bnst_we_are_the_best_1-__memfis_film--p-a_jorgensen

En We are the best hay tres niñas pre adolescentes que quieren ser punks. Se saben especiales, se cortan el pelo, le dicen que no al maquillaje.

Yo que pulvericé cucarachas, yo que miré  bombillas en las cajas y  los puestos de palomitas como Bukowski quiero ser the best con ustedes, chicas.

Encontrarte la boca del otro como si tuvieras casa propia

Punketear sin sentido, darse besos con mujeres,

eso es lo mejor.

Un muerto

Metro Mixcoac, 5 p.m. Un muerto se abrió a mi paso una tarde.

Se tendió en la acera, como para cortarme el camino. Traía pegada una manta en la cara, una veladora hacia el flanco derecho, aún si prender. Un par de hombres uniformados de azul, que cuando te sacan dinero se llaman polis y cuando te sacan la vida son la cara del narcoestado, hacían una especie de guardia frente a mi muerto. Era mío, sí, porque a pesar de tenerlo a su cargo, los uniformados prefirieron dejar al menos dos escalones de distancia, mientras que a mí el muerto logró casi tomarme del pie. Lo hubiera pisado de no ser por el tipo del portafolio suave que en el último momento ahogó un ¡ay! como quien está a punto de ser pellizcado.

Mi muerto se pasó a mi carril y dijo algunos adioses con mi boca.

Quise obviar ese trayecto de media hora hacia mi casa, puse música, recordé gente. Mi muerto cantó y ya por Churubusco dijo: entrega al pequeño destinatario el álbum de pegatinas que compraste a veinte pesos en el andén, entrégalo como si fuera de vida o muerte, porque lo es. 

With a little help from José Carlos Becerra

A estas horas de la mañana (que bien podría ser mi noche) no hay nada que me consuele. Hay trabajo, hay trajín. Luego: pensar en la comedia de la media tarde: cocinar, dejar hirviendo, hilvanar los ánimos durante horas antes que anochezca y empiece de nuevo.

Con el estado que me cargo, lo mejor es preguntarle a José Carlos Becerra qué piensa. Abro una página de El Otoño recorre las islas y encuentro eso que necesito para hilvanar fino y no olvidar. Ese libro y yo somos los mejores amigos. Siempre está allí, dispuesto a aclararme lo que pienso.

Aquí un ejemplo:

Te detuviste a desear aquello que mirabas,

te detuviste a inventar aquello que mirabas,

pero no estabas detenido, lo que mirabas agitaba tu propio pañuelo

Algo de eso comprendiste,

desconfiabas de tu deseo, pero era la saliva la que brillaba en los dientes de tu deseo,

eras tú esa masa pastosa que alguien masticaba

pero que iba siempre a parar a tu estómago,

era tuya la mano con que te decían adiós

y era tuyo el pañuelo.

Puedes fingir que estás fingiendo, puedes simular que eres tú,

que es tu deseo y no tu olvido tu verdadero cómplice, que tu olvido es el invitado que envenenaste

la noche que cenaron juntos.

Puedes decir lo que quieras, eso será la verdad

aunque no puedas ni puedan tocarla.