Edición

Si hay alguien por allí leyendo, le ofrezco una sincera disculpa: no estoy editando mis posts. 

Me tomará una semana más hacerme a la idea de que puedo escribir aquí sin miedo, así que nada más los publico como salen de mis dedos y ya. 

Quédense conmigo, el pelo se me secará pronto y volverán los chinos. 

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Serie Cinematográficas (1)

Casi siempre olvido a Fellini. Recordarlo me rompe dos o tres días; los paso musitando el misterio, tratando de tragar con café o cigarros el sentido de las frases cinematográficas. 

¿Por qué La Strada es tan dolorosa? ¿Qué parte de los ojos de Giulietta Masina son míos? Leí cómo fue el proceso para imaginar la historia: Fellini quería un encuentro trágico entre dos personas. Con esa pura idea se puso a escribir hojas y hojas de ideas: así era Federico, confiaba en que todo lo traía adentro, era cosa de ayudarse a sacarlo.

Después de muchas letras, los pequeños mineritos de su memoria encontraron una veta de metal precioso: aquél recuerdo de su infancia en que el herrero de su pueblo embarazó a una pobre chica idiota. Un bebé nació de esa unión, uno que en el pueblo era considerado el hijo del diablo.

Gelsomina (Giulietta) es lenta, crédula, pero afortunadamente Fellini no le da un retraso mental. ¿Qué la mantiene niña? Su fealdad, quizás. Ser bonita es ser mujer muy pronto.

Es extraño que Fellini se haya casado precisamente con esa fea, esa clown de naricita pintada. La gran madre italiana de Fellini es inalcanzable, hermosa, toda tetas y cintura. Obligó a Marcello a desearla esa madre por horas, a seguirla por toda Roma en la Dolce Vita, pero él, Fellini,  prefería dormir con la de los ojos redondos y el cuerpo de muchacho.

Dicen que tuvo muchas amantes, pero nunca dejó a Giulietta. Puede ser que se considerara el herrero aquél o quizás él mismo era la chica idiota tan similar a Gelsomina. Fellini era también el clown que no podía quitarle la vista de encima a un niño con la cara desfigurada ni a los cerdos colgados de las carnicerías. Supongo que por eso duele mucho La Strada. 

Encontré un lugar

Estoy cansada de los malditos Starbucks como alternativa para escribir fuera de casa. Tal parece que mi alma es gregaria y necesita ver gente a pesar de que la necia vocación requiera silencio y soledad. El escritorio de mi casa sirve a veces, pero en ocasiones se vuelve odioso. ¿Por qué no hay una cadena de cafés específicos para escritores? (Idea millonaria, si me lo preguntan). Allí el silencio reinaría, habría unos buenos María Moliner de consulta, diccionarios de ideas, una Rayuela para recordar cómo te enamoraste de alguien y seguir escribiendo. Un libro de ensayos viejos, quizás uno de Ibargüengoitia para reír un poco si tu personaje se está poniendo demasiado serio. Todos libros comunales, revistas rotas en donde puedas refugiarte después de tres horas de aporrear el teclado como imbécil, sabiendo que quizás nadie leerá lo que escribes y sólo a ti te importa.

Es decir, una cadena de cafés para gente apestosa a morbo citadino a quienes la música de fondo estorba.

Pero sucede que encontré un lugar: la librería del Fondo Elena Garro en Coyoacán.

Guau el té de canela barato, guau el silencio y sobre todo, guau los títulos que para donde voltees se vuelven frases, que se vuelven parte de tu libro. Ahora mismo veo “La breve historia del cerebro”. Puedo imaginar a un tipo que dedicó uno o dos años de investigación para que sus letras se fueran a la imprenta como quien echa a andar un vocho a ver si aún camina.

Hay un libro que se llama “Los sueños de la razón”, otro de “Los humanos, las orquídeas y los pulpos” (¡qué título!) y uno más que jura en el título “Este libro te hará más inteligente”. Listo. Los quiero todos, ahora todos son parte de mi ecosistema biblial aunque no los haya leído, todos inscriben ya un rasgo en mi memoria como lo hacen los cientos de personas que me rozan los ojos en la calle o cuando me subo al Metro.

Es hermoso tener un lugar.

Ujú.

Uno pensaría

Yo esperaría, a estas alturas y con tantos muertos cercanos, estar más acostumbrada a la muerte. 

Me alegra no estarlo. 

Cada vez que alguien muere hay que meterse a la biblioteca del cerebro –todos tenemos una, nomás que hay que recorrer un pasillo largo y oscuro, al final está el interruptor de la luz– y cerrar/cegar/segar el libro que escribías y leías de esa persona.

Depende de la juventud del muerto, tu cercanía y otras cosas, cerrar ese libro es más fácil o más difícil.

A veces de plano te rehusas a cerrarlo, a tu propio coste.

En otras ocasiones lo cierras pero abres otro donde continúas la historia, también a tu propio coste.

Ahora murió mi tía que en realidad fue la única abuela que pude tener. En mi familia no les alcanzó para darme abuelos. Unos murieron mucho antes de que yo naciera y otros no figuraban para mí porque no quisieron.

Así que mi tía fue mi abuela. Su casa era la única ‘otra casa’ que yo tenía, donde podía esconderme un poco de mi madre, que es lo que uno hace en casa de sus abuelos, (casi). Sus escaleras de mármol salen en la novela que estoy escribiendo y de alguna forma, ella también. 

Mi tía hacía la mejor cochinita pibil que he probado en el mundo y tenía en la pared del patio una enredadera de ‘centavito’ que me parecía fascinante. Cómo se agarraba aquella planta a la vida, cómo provenía de un sólo tallo y prosperaba a dos metros en todas direcciones, aferrada como cienpiés al muro.  Yo quería a mi tía aunque era una mujer ruda, sobreviviente, como su hermana (mi mamá). Por todos sus hijos y sus historias ellas también eran ‘centavitas’. Al arrancarlas siempre te llevas un poco de pintura.  

Lamento no haberle preguntado más a mi tía sobre cómo recordaba a mi madre. Lamento haber sido demasiado joven para preguntarle más a mi madre sobre mi tía. Sé que era guapa, sus fotos lo decían claramente.

Sé que crió a la mayoría de sus nietos después de haber semi criado a mi mamá y a mi hermana también.

Era en buena parte mi abuela, cómo no. La única que tuve. Y siento su muerte.