Pérense, ya sé que es tontísisisisisimo pero…

…me eeeeeencanta el nombre de este artista 😀

Ai Weiwei:

‘I have to speak for people who are afraid’

This autumn, Ai Weiwei, China’s most outspoken artist, will take over Tate Modern’s Turbine Hall. He talks about how his art and politics are indistinguishable…

Seguir leyendo la nota en The Guardian aquí.

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Una peli es una peli es una peli

Ahora que empiezo a publicar sendas columnas de cine (una en la revista mensual Chilango, otra semanal en el portal de Chilango.com y otra en el blog de cine de Letras Libres) empiezo a recibir retroalimentación inmediata de muchos anónimos.

Como los alcohólicos, los anónimos casi siempre dicen la verdad, lo cual está muy bien. Dejé de escribir para agradarle a nadie hace muchos años. Hasta me divierte su anonimato: se animan luego a ser peladillos y me espetan así nomás cosas como “no mames” sin habernos tomado el primer café (tampoco es que las groserías me asusten, cualquiera que haya cruzado tres palabras conmigo sabe que de mi boca no salen flores).

Lo que sí me da un poco de flojera es la gente a la que hay que explicarle cosas básicas como por qué una película es un producto cultural susceptible a ser criticado, leído y analizado a profundidad, aún si se trata de una mala película. Me da flojera explicarles por qué una película de Hollywood, una industria tan importante como, digamos la metalúrgica o la petrolera, tiene puestos algunos intereses ideológicos en sus movies.

Ay chale, ¿qué no es obvio?

Supongo que no.

El otro día aparecí en un programa de televisión colombiana como ‘experta’ en cine. Hablábamos de The Hurt Locker, la peli que ganó esta vez en los Oscar. Me moría de miedo, me sentía chiquita e inexperta. Estuve a punto de pararme de esa silla donde una cámara de televisión me apuntaba y echarme a correr… hasta que escuché a un invitado proponer la peregrina idea de que ” la guerra de Irak es comparable a lo que pasó en Pearl Harbor; los gringos solo contestaban una agresión clara (el ataque a las torres gemelas en el caso de Irak)”.

¿EEEEEEEEEEEEEEhhhhhhhhhhh?

¿Y luego preguntan por qué el análisis de películas es tan importante?

¿Cuántas personas habrán leído un libro serio sobre la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuántas personas creen que vieron Pearl Harbor con el baboso de Ben Affleck?

¿Qué parte de la historia creen que se le quede a los mexicanitos? ¿Hay con qué compararla? ¿Aquí llegan libros (o siquiera películas) de lo que piensan los japoneses sobre lo que pasó en Pearl Harbor?

¿Y qué creen que se le quede más a la gente en la cabeza: lo que NO lee en los periódicos sobre la invasión a Irak? ¿O que The Hurt Locker ganó un Oscar y trató el tema de los pobrecitos soldados gringos invasores que sufren mucho?

Ok. Ustedes pueden no estar de acuerdo conmigo y refutar todas mis ideas sobre si una película es o no vehículo ideológico; sobre si esta película en particular es o no vehículo ideológico. Pero nomás por favor (y les regreso la confiancita) NO mamen: no me digan que una peli “nomás es una peli”.

Asssh de veras.

Los libros que uno se lleva

Iba en el avión, no podía imaginar que en Jordania me iba a nacer la necesidad del silencio.

Saqué de la mochila Jerusalén de Gonzalo M. Tavares, una edición nuevecita de Almadía que muestra en la portada superpuesta la ilustración de un tipo bigotón, un doctor caricaturesco, cayendo de espaldas desde un edificio viejo.

Ese doctor se llama Theodor Busbeck y dice cosas como esta:

“El próximo siglo será el de la seriedad, o bien perderemos todo lo que llevamos conquistado… Si seguimos gastando nuestra energía creativa en divertimentos inútiles, en prostitutas y chistes fáciles, no tardará en surgir otra especie animal, más circunspecta e incapacitada para el buen humor, que en poco tiempo se adueñará de nuestras principales instituciones”.

Busbeck es  el personaje que mete a su mujer a un manicomio y después le quita el hijo que procreó con otro interno. Busbeck es quien racionaliza sus visitas a los puteros, el doctor con una carrera intachable, el hombre que lleva décadas tratando de trazar la historia de la violencia, pues cree que algunos pueblos están destinados a ser emisores o receptores de violencia y no hay nada que hacer al respecto.

De cierta forma el Doctor Busbeck tiene razón: a dónde quiera que vayas encontrarás, como un agente infiltrado, uno de esos mutantes que nació con el sentido del humor rebanado ocupando uno de esos puestos que antes pertenecían a los humanos.

Se nota sobre todo en las garitas, las casetas con vigilantes que rara vez te miran a los ojos, no los vayas a hacer reír.

Por suerte, muchos de nuestros policías de tránsito todavía se ríen por las calles, abiertamente, como si no supieran de la mutación. Eso siempre me hace respirar mejor.

Todos esos viajes

En eso que leo:

“Soñé que me encontraba en Dublín, ciudad en la que no había estado nunca, y que había vuelto a beber y que estaba en el suelo, en la puerta de un pub, llorando de una forma muy emocionante. Lloraba abrazado a mi mujer, lamentando haber regresado al alcohol. La intensidad venía de que en el sueño, en el abrazo con mi mujer, estaba concentrada, con gran densidad, una idea de renacimiento. Me estaba recuperando en el hospital y fue como si tocara la verdadera vida por primera vez. Pero no he logrado transmitir toda la intensidad. Una prueba más, si quieres, de eso que se conoce como la imposibilidad de la escritura… A los pocos meses viajé a Dublín y no di con el lugar exacto del sueño. Pero lo recordaba con una precisión asombrosa. No estaba allí, o no supe verlo”.

Lo dice Vila-Matas en una entrevista para El País.

Y que me dan, otra vez, ganas de escribir aquí.

Cualquiera que haya viajado sabe que al regresar, las preguntas de ¿cómo te fue? harán todavía más inabarcable la experiencia. Editorializamos siempre en la vida. Decidimos qué es importante, qué es banal y qué pedazo de memoria guardarás “para después” como quien deja tirado un recibo del banco “porque algún día puede necesitarse”.

Lo  que pasa con ese recibo es que te mira desde el cajón o desde el suelo o desde una bolsa tonta que solo guarda recibos caducos y mientras no lo tires será importante, habrá información allí de valía aunque no la haya.

No cuentas ni le das importancia al hecho de que en la aduana te abrieron tu maleta, cuando un señor con guantes de plástico tocó tus recuerditos con cara de asco; o cuando te preguntaron ¿cuál es el motivo de su visita a este país? y tú hiciste una pausa incómoda mientras pensabas no sé, diablos, no me pregunte qué hago aquí por favor, me mandaron, no lo sé; o cuando dan ganas de contestar como Vila-Matas “fíjese que vengo a buscar un bar que no conozco, pero del que tengo todos los detalles a partir de un sueño. Quizás escriba algo de ello”.

Lo inabarcable de un viaje se vuelve un enorme y pesado cuervo, renegrido y con personalidad hitchockesca cuando, además, tienes que entregar un artículo sobre él.

Nunca conté cómo, en uno de estos grandes parques en Londres, entendí cómo lo hicieron Hitchock y Poe: lo único que necesitaban era pasar junto a un cuervo para saber por qué los pájaros representan un estupendo elemento de terror.

Se detienen a mirarte los cabrones. Están esperando que se te caiga un poco de comida o una oreja, quizás. Te miran y piensas: estoy indefensa ante el brillo de esos ojitos y ese pico tan fuerte. Este tipo (los cuervos tienen una personalidad como de tipos rudos y solitarios en la banca de un parque) muy al contrario de mí, vuela.