Murió Milorad Pavic, snif

Hace un año empecé a leer a Milorad Pavic. Me enteré (mientras lo leía) que su Diccionario Jázaro se publicó el año en que murieron mis padres. Ese diciembre tuve unas repentinas e irrefrenables ganas de hablar con ellos y el Diccionario me sirvió de traductor.

Como dicen que dijo Francisco de Quevedo “la lectura nos permite escuchar a los muertos con nuestros propios ojos” y para mí, leer es también hablar con los míos.

Siento mucho esta muerte.

Siento que ahora la que va a tener que  escribir un libro soy yo, para ver si nos traduzco esta conversación que seguramente no ha terminado con Pavic.

Donde quiera que estés, nomás sigue hablando.

***

Reproduzco aquí una parte de ese post del año pasado:

Aún no puedo hablar del libro porque no lo he terminado de leer. Sólo puedo decir que de lejos parecía un libro inofensivo.

Se le veían apenas unas garritas pero es como el comercial de la margarina que todo mundo recuerda: de repente Pavic abre la boca y lo traga a uno bondadoso y desprevenido lector.

Copiaré regularmente algunos párrafos de este interesante libraco, de aquí a que lo termine, en honor a aquel lector de zoológico que prefiere ver a estos animales detrás de una zanja. (No los critico: ahora me doy cuenta que ver de lejos a los libros no significa pasar por alto su majestuosidad).

“Imagínese que dos hombres tengan cogido a un puma con dos cuerdas. Si quieren acercarse uno al otro, el puma atacará, pues los lazos se aflojan: sólo si los dos tiran al mismo tiempo, el puma quedará a la misma distancia de uno y de otro. Este es el motivo por el que el que lee y el que escribe difícilmente se acercan: entre los dos, capturado, está el pensamiento en común, atado con cuerdas que tiran en direcciones opuestas. Si ahora le preguntásemos al puma, es decir al pensamiento, cómo ve a estos dos hombres, podría responder que los seres comestibles están tirando con las cuerdas de algo que ellos no pueden comer…”

“…y obtendrá de este diccionario, al igual que de un espejo, tanto cuanto invierta en el mismo, pues de la verdad -como se apunta en una de las páginas de este léxico- no puede obtenerse más de lo que se pone.”

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En 1989

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Según Wikipedia, este hombre, Chris Gueffroy, fue el último asesinado a tiros al tratar de cruzar el muro de Berlín en febrero de 1989. Diez tiros en el pecho dieron al traste con el afán de un chamaco de 21 años quien, de haber sabido esperar unos cuantos meses más, ahora estaría cumpliendo 41 en una Alemania semi-dizque-cuasi unificada. Hoy podría comprar un boleto para ir cualquier parte del mundo en una de esas aerolíneas de bajo costo, podría pasar un fin de semana en Londres, por ejemplo, por unos 60 euros y un piquito para las chelas. Tendría dos hijos o ninguno, habría sufrido la apertura, habría vendido chocolates o chicles en la calle, como muchos tuvieron que hacer para subsistir los primeros años. Hoy, ‘el Chris’, de haber esperado unos cuantos meses, habría ido a ver la exposición conmemorativa de un muro en forma de fichas de dominó, listas para ser derribadas. Chris habría cruzado la puerta de Brandemburgo, solo, con los zapatos húmedos del frío alemán y justo en ese momento habría sentido un escalofrío recorrerle la espina y el occipital; el escalofrío lo detendría nada más que un par de  segundos y luego Chris, de 41 años, volvería a echar a andar.

***

En 1989, también en febrero, se murieron dos personas que hubieran celebrado (imagino imagino) con un tequilita, limones y sal esa caída que ya preveían con la entrada de la Perestroika un poco antes. A una de esas personas le brillaban los ojitos cuando hablaba de Gorbachov, el ruso que sirvió de válvula para esa olla exprés que fue la guerra fría. Qué hubiera dicho, hace 20 años mi padre. ¿Me habría dejado, como era mi idea, ir al concierto de Roger Waters? ¿Se habría sentado conmigo a explicarme cómo iba a cambiar el mundo?

Siempre que veo esta foto pienso: caray, unos meses más. ¿Qué hubiera pasado si te hubieras esperado tan solo unos meses más?

¿Qué diferencia podría hacer morir en febrero en lugar de en noviembre?

Esta noche

Hoy vienen los muertos a la casa. No tengo nada preparado, no sé qué les voy a decir.

Ustedes disculpen el tiradero, pero estamos remodelando. Ahí donde estaba tu sofá pondré el mío y donde ponías luego tus plantas, puse las mías.

Esa humedad de las paredes desaparecerá, es que, verás, hace 20 años que tú estabas ocupado muriéndote se inventaron unos químicos buenísimos que por fin acabarán con la pesadilla de los honguitos.

Pero siéntense, siéntense, ¿cómo han estado? ¿Han viajado por separado, van juntos, tienen boletos de primera clase o nomás nos alcanzó en esta familia para business? Claro, yo viajo en turista, pero es que yo estoy viva ¡y eso es carísimo! No se puede una dar uno esos lujos. Nomás muerto.

Acá todo igual.

Bueno, no. Vamos a ver…

¿Cuando ustedes se fueron el país ya era de Carlitos? No, bueno, ahora tenemos unas tiendas de raya que se llaman Sanborns, sí sí, ¿se acuerdan de aquél Sanborns donde se conocieron? ¿Qué cosa, no? Quién lo hubiera pensado.  Antes tan feucho que estaba. Sigue estando, si.  ¿Eh? Aaaah claro, las enchiladas siguen igual de buenas, eso sí.

Mmh, qué más les cuento… aaah, bueno. Está lo de la Compañía de Luz, (también pasará, dicen las malas lenguas, a sus manos) pero ahí ni nos metemos que ya tengo menos amigos por ese tema. Y también lo del petróleo, dicen que se nos acaba pronto. Igual para cuando se acabe ya no habrá mexicanos en el país. Todos se van a pizcar algodón o becas en otras partes. Las escuelas, no bueno, esas ya no enseñan, qué van a enseñar si ahora tenemos un presidente que sale a dar discursos borrachito, ajá, borrachito. Y otras lindeces. Pérense, ¿pus hace cuanto que no nos vemos?

Pucha, ya un rato.

Qué gusto, qué gusto verlos, que gusto que sea Día de Muertos o Jalogüín…me da lo mismo, me gustan los dos nombres, las dos tradiciones.

Lástima que aunque sean dos, son una sola vez al año.

La recámara, el universo

Otro de esos días donde creo que mi ventana (esta ventana) quiere husmear en mi cuarto.

¿Quieres blog ver hacia acá? Disculparás el desorden, pero es que llevo tres días merodeando sola en este cuarto que no es uno, son dos. Aquí hay tazas, plumones, libros, una computadora blanca y un balcón al que nunca salgo. Carmen Aristegui nos hace sonreír cuando recuerda, entre noticias de asesinatos adolescentes, a sus padres en Veracruz, ¿se sentirá igual de frágil que todos los demás? ¿los estará invocando? Se nos juntan las cejas cuando pensamos que Cemex, ni más ni menos, está dando un reconocimiento a periodistas: la apuesta segura, Granados Chapa.

Hay un libro haikús-zombies de Ryan Mecum, un regalo de Dante, (one thing on my mind/only one thing on my mind,/ I’m going to eat you) que me hace sentir comprendida: “To George Romero: because of you I’m screwed up. Thanks for your movies”.

Aquí hay muchas dedicatorias a creadores. El coffee table book de Kubrick, aunque yo no tengo una coffee table. Leo y tomo café acostada en el piso.

Hay un corcho con tu foto y una postal del cuadro “La decapitación de San Juan Bautista” de Michelangelo Merisi da Caravaggio. El pintor de la noche, para los cuates.

La postal existe porque ninguna otra pintura me ha quitado de esa forma el aliento. Está allí porque mi caminata de una sola tarde por la isla de Malta bien podría ser una culminación estética.

En este cuarto somos 20 muertos diarios, un promedio de 20 descabezados diarios que ya ni noticia son. Le vamos diciendo al cuerpo que se acostumbre, que el conteo no bajará, que pronto no habrá agua, que pronto no habrá perdón. Y sin embargo este es un cuarto donde se baila. Aquí  se baila se baila se baila, exactamente a las 5.20 de la tarde, quiera el habitante o no, se baila.

¿Cómo hubiera pintado Caravaggio estos descabezamientos, los nuestros?

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Goodbye Cocaine Nights

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Iba a escribir del Rock Band videogame, de cómo saber que eres parte de la clase media ilustrada chilanga m’anque no quieras, de la inequívoca necesidad periódica de lubricar el cerebro con nuevas lecturas y tecnologías, pero es que el sábado domingo se murió Ballard y no es para nada poca cosa.

Debo decir que llegué tarde a Ballard, aunque tarde no significa desapasionadamente. Leer a Ballard una sola vez es quedar infectado de un paño sucio con el que ya nada se ve igual. Quedar infectado de doliente capitalismo y no solo del que nos hace comprar, sino del que nos hace amar a los otros en tanto objetos golpeados de placer (Crash) o en tanto sobrevivientes (Hola América).

Si P.K. Dick nos trataba de decir “desconfíen de su percepción” (él era gringo, claro), J. G. Ballard de plano sentenció a muerte a la realidad (hace falta un británico para arrasar con todo, pues).

Ballard nos señala que el sutil perfume de civilización se evapora muy pronto, que somos salvajes, perversos y que aquello que nos controla (como la religión o la televisión) muere de asfixia con tantito que se le apriete. (Véase el capítulo de cruel retorno a la verdad oculta durante el azote del huracán Katrina, donde asomó su horrible cabeza el subyacente racismo gringo; ese negado temporalmente, solo temporalmente, por la presencia de Obama en la silla presidencial).

En general, odio las citas pues son casi siempre frases descontextualizadas que un autor farfulló y que luego quedaron grabadas en piedra, editorializadas por la casualidad. (Además creo que no todos los autores son buenos hablando: por eso son escritores y no locutores).

Sin embargo, aquí hay algunas cosas con las que me gustaría recordar a Ballard, a quien se lo llevó por fin el chingado cáncer que le hizo ver su suerte varios años.

“All my books deal with the fact that our human civilization is like the crust of lava spewed from a volcano. It looks solid, but if you set foot on it, you feel the fire”.

“There seem to be more natural catastrophes today than 50 years ago, and we’ve become accustomed to thinking that it’s to do with global warming. But maybe it’s not so much the globe that’s heated up, as our minds that are boiling. It’s like the chimps in the zoo. If one sets a table for them, for a time they’ll sit calmly and drink a cup of tea. But all of a sudden they’ll start to smash everything up, because they can’t stand the boredom, the absence of incident. They’d rather resort to violence. I’m afraid that we’re still much more closely related to the chimpanzees”.

“Most people’s imaginations are damped down by the needs of getting on and making a living, generally coping with life and the imagination tends to be rather repressed in order to allow this flow”.

“When you’re a young writer you want to change the world in some small way, but when you get to my age you realise that it doesn’t make any difference whatsoever, but you still go on. It’s a strange way to view the world. If I had my time again, I’d be a journalist. Writing is too solitary. I think journalists have more fun!”

So bye bye Ballard. Ya te extrañamos.

Pan de muerto

Llegaré apenas a México para la celebración de Día de Muertos.  Amo ese pan. Es el que más me gusta en el año. Creo que no como pan dulce en seis meses para poderme atiborrar del de muerto. Sabor a naranjita, azuquitar, los huesitos, hijos, cómo me gusta. Remojarlo en chocolate caliente ya es medio obsceno, pero igual se hace, cómo no.

Es extraño que para mí la celebración signifique pan, mientras que para Lupita, la señora que me hace la limpieza en la casa una vez a la semana desde hace 15 años, realmente significa recordar a MIS muertos.
Ella pone su ofrenda en su casa, compra sus velas, le pone un caballito de chupe a alguien, no me ha dicho a quién y compra flores, muchas flores.

Lo hace para sus muertos, pero desde que vivo sola también se ofrece para ‘hacerles el servicio’ a los míos. Siempre me avisa, con religiosa puntualidad una semana antes: “Esteee, me deja dinero para la ofrenda, no se le vaya a olvidar”.

NO me pregunta, nomás me avisa.

Yo le agradezco profundamente su gesto. Pone los retratos de mis muertos sobre una cama de papel picado y zempasúchil deshojado, pone un trastecito de comida que ella prepara y un frasco de cualquier alcohol disponible al centro de la ofrenda.

Este año estaré de viaje mientras ella pone la ofrenda, pero no le importa. Me parece curioso que no le importe. Me dice cosas. Por ejemplo, me dice que las ofrendas no se ponen para que nadie ‘las disfrute’ o ‘las admire’ o ‘las vea’. Las ofrendas se ponen para LOS MUERTOS, quienes, esté yo o no en casa, las agradecerán igual.

Ella no ‘cultiva’ sus tradiciones. Nomás las vive.

Yo en cambio nunca podré vivirlas de otra forma más que amando el pan de muerto chopeado con chocolate caliente. No sé si algún día poner una ofrenda sea un acto lleno de fé ciega.

***

Además tengo que aceptarlo, por ahí mi primaria bilingüe hace de las suyas: tengo este día  totalmente entrelazado con el Halloween y las celebraciones paganas.  Acá en el crucero vamos a celebrar esa onda y me encanta la idea.

***

El Día de Muertos conserva una fantástica cualidad: está dignamente lejos de la Navidad.

Combustible

Una vez me dijeron que la adolescencia es justo el periodo de tu vida donde se hacen los grandes cambios cerebrales que nos separan de otros mamíferos.

Dicen que la infancia, con todo el desarrollo psicomotor y esas ondas, se queda imbécil frente a la adolescencia.

O sea que uno es quien es después del adolescente que es/fue.

Yo sostengo la teoría de que es allí cuando uno se llena del mejor combustible para la vida: la furia.

Es triste ver cómo hubo quienes no alcanzaron a llenar el tanque. Son treintañeros domados, vegetales prematuros que se tragan lo que les dan de comer.

Yo conozco dos.

Adios al Citroen

Ayer maneje la carretera que une San Feliu con Tossa de Mar, en la Costa Brava espaniola.

Son 20 kilometros de curvas pronunciadas y tarde mas de una hora en salvarlas todas. Como aqui en Europa nada es gratis, pense que cobrarian peaje y me sorprendio comprobar que iria, for a change, sobre una carretera libre, sin casetas. Iba feliz, pensando que me habia jodido al estado espanol hasta que me percate del precio: contemplar los estupendos despenaderos besados por el azul del Mediterraneo cuesta nada menos que una refrescadita de tu fragilidad.

No eres eterno. Un viraje estupido y adios. Costa Brava, Muerte Brava, como dijo un cuate.

Iba pensando que los autos y las carreteras, a pesar de que han matado a mis seres queridos, nunca me han dado miedo.

Iba pensando que yo aprendi a manejar oyendo las indicaciones que mi papa daba a mi hermana, cuando esta era adolescente y yo todavia una mocosa en el asiento trasero. Cada vez que la necesito oigo la voz clara y tranquila de mi jefe subrayando “en las curvas no se frena”, “sigue la linea de la izquierda”, “el miedo es tu peor enemigo en las carreteras”, “si le vas a pegar a algo, que sea de frente, hay que centrar a los perros y a las vacas”.

Esas lecciones robadas retumban todavia en esta viajera que en 15 dias ha recorrido un tramo nada despreciable de peninsula iberica. Todo en un Citroen C2 nuevecito, una chatarrita de esas que parecen banos Sanirent, chiquitilla, pero alta y con dizque clase, de esos autos apantalladores pero completamente urbanos, con la estabilidad de un gobierno africano.

Hoy dejo el auto en la agencia. Mi papa tendra que aprender conmigo a viajar en metro. Le dire, como si estuviera en el asiento contiguo: “El miedo es tu peor enemigo en los vagones”, “en los andenes no se frena”, “si le vas a pegar a alguien que sea de frente, hay que centrar a estos hijos de puta xenofobos de mierda“.

Como cuando se vive, el problema en los viajes no es la distancia al punto de llegada, sino el sutil abismo que opera en un viraje estupido. Creo.

Staring at the sea

With a gun in my hand… 

He comenzado a observar esta ciudad como lo haría un extranjero.

Será que exagero, essageras, eres así, esssagerada diría mi papá, pero los viajes me están convirtiendo en un barro que sobresale de la cara de esta ciudad.

Camino por el pueblo de ‘Xoco’ junto a la Cineteca (hemos ido a ver el concierto de Monterey) y todo me huele a tacos.  Me pregunto por qué chingados comemos tacos, si los tacos nos hacen lo que somos, si lo que somos hace así a los tacos.

Si es domingo y por eso huele así.

Es un pueblo, de eso no hay duda, un pueblo dentro de una colonia, dentro de un territorio de muertos y heridos, dentro de una demarcación que hace varias décadas era otro pueblo dentro de otro con más muertos. Muchos muertos, muchos heridos.

El tercer año de secundaria. Mi libro ‘oficial’ con la ensoñación de la Patria en la portada. Mi libro era en realidad una gran guía roji.

Camino hacia un sitio de taxis donde no hay taxis. Me exaspero.

Hubo un tiempo en que dejé de hacerlo. Como si fuera lógico que allí, precisamente allí, no parara ningún puto taxi, mientras que las avenidas tienen chingado sarampión de taxis. Pero en el sitio no. Allí nunca hay.

Ya en la Cineteca, Pompeya y Pink Floyd juntos me dan sueño. Le pido a un hombre que  me cambie mi boleto para el día siguiente. Dice que con todo gusto, pero que le consiga una pluma. Un hombre va a cambiar un boleto, la burocracia de un boleto, pero no hay con qué firmarlo. Como si su firma o la mía valieran un pepino. No hay pluma, yo no tengo, él no tiene y mi boleto se queda sin firmar.

“Mañana búscame. Me llamo Alfredo, allí en la taquilla 3 estoy siempre”.

Es necesario recurrir a la ilusión de la permanencia. Todo por no buscar (¿pedir al hombre de la taquila 2, tal vez?) una pluma.

The dead man on the beach.

I’m alive, I’m dead.

I’m the stranger.