Algunas razones

En este blog andamos muy amarguetes. Se me ocurre que para cambiar de color podríamos listar al menos 5 razones por las que usted amigo amiga debería estar que trina de contento:

-Usted no es tan feo, ni de lejos, como el guitarrista de Tex-Tex.
-Usted no sería capaz de escupir tal cantidad de sandeces por minuto como el Adal, ni aunque se lo propusiera.
-Usted, señorita, puede tener un poco de celulitis en las nalgas, pero no está casada con Roberto Madrazo. Recuérdelo cuando se ve al espejo por la mañanas.
-Usted, señor, no es dueño de un miembro particularmente poderoso ni de un par de pectorales que resalten a través su camiseta, pero tampoco menstrua todos los chinches meses ni ha tenido que realizarle el sexo oral a ninguna senadora príista. Usted ya sabe a quien me refiero.
-En cuanto a usted mi buen amigo, dése de santos que tiene conexión a Internet, porque de lo contrario sus bolas estarían en un estado de descarapele deplorable.

Seamos felices chingaos.

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Niñas y niños

Por más que hago, sigue sin gustarme la perspectiva de género. No puedo, nomás no puedo conectarme con los temas de mujeres.
Acabo enojada, pensando que me están viendo la cara. ¿Temas de mujeres? ¿Pos que no eran de todos? Cuando visito portales que se anuncian “de mujer” empiezo a navegar segura de que habrá algún asunto que me sirva pero pronto me entero que allí también se la van a pasar hablando de lo que significa “ser mujer”, escribiendo bobadas, como si AMAR con mayúsculas fuera lo que más nos compete.
Luego me da culpa porque pienso “ah que bruta es esta vieja” o “dios mío, ¿alguien le ha dicho que ser cursi no es igual a ser mujer”. Me siento una traidora y tengo que justificar mi crítica ante mí y digo que mujer u hombre un idiota es un idiota y no se le puede llamar de otra manera, aunque termino por hacerme la pregunta reglamentaria: ¿no será que he vivido demasiado tiempo entre reglas masculinas y todo lo miro a través de ese cristal?
Odio la perspectiva de género. Me pone en problemas. Maten de mi parte al que la inventó.

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¿Qué onda con la escena de rocksito en este país? Ayer escuché a unos tipos de Satélite que cantan en inglés y suenan como del norte de Inglaterra. Muy bien, pero ¿por qué pitos hay que cantar en inglés y sonar a lo más pitero del norte de Inglaterra?
Panda: un “fenómeno” con una cancioncita pedorra llamada “Cita en el quirófano” que luego me entero le bajaron al grupete “My Chemical Romance”. No sólo son unos plagiarios, había además que acusarlos de mal gusto (un delito aún no tipificado pero que algunos amigos y yo ya estamos por cabildear en las cámaras).
Con la música en español me pasa como con la perspectiva de género. Trato de no descalificarla por default pero resulta una tarea casi imposible. Mi juicio se nubla y no puedo decidir si esa canción es una buena rolita pop o yo espero muy poco.
El otro día caí en cuenta de que unos sudacas usan la métrica barroca para que la letra resulte pegajosa.
un-osito-de-peluche-de-Taiwan es un endecasílabo y en el coro hay un par de octosílabos, aunque eso, solito, no hace una buena canción.
En fin, que cada vez que sale un grupete nuevo me confundo más.
*
Un elemento habría de estudiarse aparte. En las letras de canciones de pop mexicano priva el despecho. Somos ardillísimas. Melodramáticos. Sensibleros. Masoquistas. Vengativos. Cobardes. Todo al mismo tiempo. Y digo somos porque yo tampoco me siento hecha en China. Soy así, aunque me cueste reconocer mi parte “devorame otra vez”.

Animales

El número de abril de la revista Chilango se llama “Party Animals”. Viene un reportaje mío sobre fiestas infantiles con ilustraciones de Alderete y otro reportaje sobre escuincles metiéndose hasta los dedos que vale mucho la pena.
Los Animales de Fiesta que propone la revista seguro les van a dejar fríos, aunque dan para leer esta ciudad entre líneas. Son ricos, sucios ricos, haciendo como que se divierten.
Jamás he conocido un rico divertido. He conocido muchos que creen que lo son. Por alguna razón, reventar con todo el dinero que dios te dio no tiene sentido. Se relaciona, creo, con la idea de la juventud inventada en la posguerra. El joven no debería tener nunca tanto. Así se hacen los potentados que llegan a viejos sin haber tocado un plato sucio y ya sabemos que clase de goles meten al mundo esos tipos.

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De pronto los pobres también me caen en el hígado. Ayer un “trapper” (de aquellos cuyo elemento inseparable es el trapo) me dijo que como estaba muy bonita no le pagara.
Ya es una monserga tener la calle tomada por estos cabrones, peor es tragarse su “bondad”, su calentura disfrazada de benevolencia, su pinche superioridad machita.
“¡Vayase al carajo!”, le dije,”de todos modos no le iba yo a dar un centavo”.

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Ya nomás por no dejar, hablemos un poco de la clase media. Somos lo peor. Lo pior. Sostenemos todo y lo hacemos mal.
La conciencia política, los medios, el arte, el cine son nuestros y los tenemos ahogados con guarradas vestidas de buenas intenciones.
El problema no es que todos deseen ser Tarantino, sino que no puedan dejar de admirar a Spielberg y que además se vendan como Godard.
Somos priístas de corazón (mediocres, corruptos, todo pa’ mi ranchito-kind-of-guy) pero nos vendemos como de izquierda o de derecha que pal caso es la misma puerca.
Somos Francis Alÿs pero nos vendemos como Duchamp. A ver, gente, este señor se murió en 1968. ¿No se les hace que ya es tarde para hacer una exposición de puros mingitorios?

Copia de la copia de la copia de la copia de la copia mal interpretada.

A ver si para el otro siglo nos damos cuenta.

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Pido comprensión, hoy amanecí medio encabronada.

Para empezar

Conocí a Carol Emshwiller por el segundo tomo de la antología de ciencia ficción de Harlan Ellison Visiones Peligrosas.
Ellison señaló con su índice dorado a escritores desconocidos y los empastó junto a grandes elefantes blancos. En el proceso la regó (muy mi humilde) y metió a algunos de sus carnales. En Visiones Peligrosas II hay piezas que podrían haber salido de un tallercito literario de la Condesa. Booooring.
Pero Carol es distinta.
Carol es una de las razones por las que uno quiere seguir escribiendo.
No está llena de imágenes esculpidas en plata ni de máximas disfrazadas de plot points. No es cineasta amargada ni dramaturga de undercover en el cuento. Narra porque el asunto no puede ser dicho de otra forma. No es una alternativa barata del dibujo, del diseño o la oratoria. Narra con todos sus dientes, la cabrona.

Esta mañana, un poco antes de regresar a lo que será mi realidad los próximos 10 meses (beca surreal-escuelita dadá-colaboraciones fársicas) encontré en la red un ensayo justamente sobre lo que mi cuerpo resistía tanto. Un nuevo comienzo.

A la gran Carol le gusta romper algunas reglas al empezar una historia. Como a mí.

(Sólo posteo la parte de los comienzos, si quieren saber qué otras reglas rompe esta señora picarle a linkillo; también pueden buscar algunas historias online (english), por si no tienen tres grilletes como su servilleti):

Beginning with a bang

I like to sneak into a story. I think it’s a cliché to start with action—with a shout as if trying to wake up the reader. I think the reader will get hooked by lots of things. Even with a bit of philosophy or a nice description. Here are four of my favorite beginnings:

If a golden circle is reflected from a buttercup held beneath one’s chin when a mystic rhyme is repeated, one is destined for wealth.

—Claire Haughton

The house in which any person spends his childhood becomes for him the prototype of all houses whatever.

—Thomas M. Disch

It is said that the memory of smells is the most powerful part of our memory. Hypnagogic memory it is called. I don’t know whether there is a place in my brain called the “Hypnagogue” where all of those memories reside, but there should be.

—Lisa Jarvis

What to know about pain is how little we do to deserve it, how simple it is to give, how hard to lose.

—Frederick Busch

One of my students checked almost all the beginnings she had in her apartment, both novels and short stories, and found more than half of them began with the weather. I just checked a batch here and I don’t think that’s true in my apartment. Lots do, though.

I hardly know another teacher who doesn’t say begin in the middle as Aristotle said to do, but I find that a cliche.

24

Estas vacaciones dejé el cigarro. Caminé horas, pinté mi cuarto, dormí hasta quedar en coma. Leí poco, aunque no sé si leer pesadillas en cómic sea “poco”. Like a velvet glove cast in iron está perrísima. Hablaré de Daniel Clowes en otro post.
Una nueva adicción: Jack Bauer y la serie 24. Creo que los gringos están haciendo mejor televisión que cine. Ahí está 24, Angels in America, la primera temporada de Desperate Housewives.
Me dio la adicción porque me mandaron a Los Angeles a entrevistar al mismísimo Kiefer. Enmudecí. Me sonrió. Enmudecí otra vez.
Luego llegué a la voluptuosa capital de este país y juré inyectarme todas las temporadas hasta el sinsentido. Todavía soy una boba adolescente disfrazada de periodista profesional.

Fetiche

Para escribir necesito estar sola. Es mi único fetiche. Pero depende de lo que uno escriba.
El cuento por ejemplo es como un rapidín: basta con que te encierres en un cuarto, aunque algún familiar deambule por ahí.
Una colaboración periodística, en cambio, se parece más a una orgía. Puedes llamar a tus amigos, comer entre párrafos y hasta quedarte dormido. Como en el sexo grupal, hay que ser cuidadoso para no distraerse con la música o algún diseño de las sábanas porque se te va la inspiración y no te la regresa ni tu editor.
Casi no escribo poesía pero sé que hay que visitarla como a un amante experimentado. Se le respeta, se toma una copa antes de follar con ella.
Para escribir teatro debo sentir rabia.
El guión es como estar con tu novio de toda la vida. Sexito bonito, pues. Tienes confianza, pides lo que quieres, sabes cómo obtener tu orgasmo.

En Letras Libres edición española aparece una nota de Ricardo Bada con algunos fetiches:

“Una poeta entonces joven me decía, en Hamburgo, 1986, que para escribir ella necesitaba estar completamente desnuda. Luego se ha dedicado a la prosa, y con éxito al menos comercial, así es que supongo que entretanto escribe ya en bikini.

Recordé también que un poeta ya algo maduro, asimismo en Hamburgo, 1986, me contó que él tenía en su despacho tres mesas de trabajo, cada una de ellas junto a una pared distinta de las cuatro de la habitación: una para la poesía, otra para la prosa, la tercera para su trabajo como profesor universitario; y que nunca, pero nunca, nunca, se producían canjes entre las distintas personas que se sentaban a cada una de esas tres mesas.

Y me acordé finalmente de una narradora brasileña, en São Paulo, 1987, que a mi pregunta directa por el fetiche sine qua non me contestó que ella no podía escribir sin una cabeza de ajo algo pasado encima de su escritorio.

Resuelto, pues, a ampliar mis conocimientos sobre el tema, consulté con una docena de amigos escritores, nueve de los cuales se avinieron a revelarme su fetiche:

Ana Istarú (Costa Rica): Sólo puedo escribir de noche, las más de las veces a altas horas de la noche, ojalá completamente sola, y en forma peripatética: camino obsesivamente por el cuarto y el balcón, si es prosa o teatro. Si es poesía, me resulta sacrílego e imposible caminar. A menudo tomo algo de cognac, o amaretto.

Héctor Abad Faciolince (Colombia): Rituales o supersticiones o apoyos para poder escribir, yo también tengo uno: escribir siempre dos cosas al mismo tiempo. Si son cuentos, dos cuentos; si novelas, dos novelas; si poemas, dos poemas. Lo importante es que tengan un tono completamente distinto, incluso opuesto, en la medida de lo posible.

Helena Araújo (Colombia): Mi fetiche (te vas a morir de risa) es mi vieja máquina de escribir, descendiente, claro está, de otra vieja máquina de escribir (que descarté en 1986 cuando me gané suficiente dinero –enseñando en California un semestre– como para reemplazarla); descendiente, claro está, de una pequeña portátil que me regaló un devoto amigo en Bogotá;

Leonardo Padura (Cuba): Mis fetiches: una caja de Populares [cigarrillos cubanos], unos diccionarios al alcance de la mano, mis perros cerca y, sobre todo, el sitio: Cuba, La Habana, Mantilla, mi casa, el fetiche principal.

Carmen Boullosa (México): Fetiche: mi cama, fuera de la cama no puedo empezar a escribir. Un café decente. Las dos cosas juntas e intimidad.

Xilitla

Fuimos a San Luis Potosí. En el camino había curvas. En la plaza principal mucha verdura. Dos kilómetros hacia abajo estaba el jardín mágico de Edward James.

Caminé, caminé, caminé. Como preparándome para entrar al mundillo del inglés. Estornudé con singular alegría porque a mí el pinche aire puro me hace lo que el aire acondicionado a Juárez. Me enferma.

Pensaba, y conste que me había ido allá para dejar de pensar; igual seguí pensando.

Era cumpleaños de dos carnales aquí en la Cd. “¿Qué estarán haciendo?”, “¿Cómo se le hace para que la mente se vaya de vacaciones con el cuerpo?” “¿Por qué no traje bloqueador?” “Voy a regresar y acabaré mi novela que buena falta me hace aunque no le haga falta a nadie más.” “Voy a regresar, espero ese premio, esa vida, que empiece ya, por dios. Estoy en el propedéutico de mi vida. Ya quiero empezar.” “Estoy demasiado grande para propedéuticos”. I’m so much older than I can taaaaake .

Canté muchas veces All this things that I’ve done de Los Killers. Tengo alma pero no soy soldado. Alma sin soldado. Soldado sin alma.

Seguía subiendo.

I want the meaning from the back of my broken hand
. Señor adivino. Señora Bruja. Quiero saber si algún día acabaré mi propedéutico.

Llegamos al jardín.

This changes ain’t chaging me. The lone hearted girl I used to be.

Mi cuerpo se llenó de testosterona. Tenía que explorar. Subimos subimos subimos. Escaleras, resbalones, llenos de tierra, lodo. Nada tiene más importancia que mis músculos. Mi cuerpo. Todavía soy capaz de subir un cerrito. UUUU.

¿Qué hay más allá? Donde acaba este pedazo de tierra. ¿Dónde acaba la imaginación?

Pinchi inglés. Pinche loco.

Hubiera podido ser mi cuate.