Orden de importancia

Leo que Cory Doctorow (escritor, blogger, coeditor de Boing Boing y mi gurú favorito en eso de la defensa del libre tránsito en internet) tiene hoy una fecha muy importante que rememorar: el tristísimo suicidio de Aaron Swartz.

Swartz, de escasos 26 cuando se colgó en su recámara, inició su carrera como activista y geniecillo de la red a los 14, y  se quitó la vida poco antes de ser convicto por bajar, sistemáticamente, artículos científicos de la biblioteca digital JSTOR. Enfrentaba 35 años en la cárcel y 1 millón de dólares en multas.

Aunque se fue hace tan sólo un año, Swartz ya no alcanzó a ver el caso Snowden ni la locura de la “vigilancia en masa” que nos confronta a todos los que usamos la red, aunque sea nada más para chatear y subir selfies: hablamos de vigilancia sobre tus gustos, tus afiliaciones, tus recovecos mentales. No es poca cosa.

Es por eso que organizaciones como The day we fight back (https://thedaywefightback.org/) usarán el el 11 de febrero próximo para hacer una protesta masiva.

Y bien. Yo lo que quería decir es que lamento no poderme involucrar en esto, pues siento que estaría pisando un terreno que no me pertenece.

Lo que me pasa es que después del asunto Swartz, me toca leer una nota sobre las 30 mil mujeres víctimas de la trata (en Chiapas, solamente) http://www.jornada.unam.mx/2014/01/12/politica/006n1pol

Y me pasa que empiezo a dividir el mundo en tiempos imaginarios. Hace un siglo los gringos tuvieron un gran momento en que, bien o mal, descalificaron la esclavitud masiva, al menos dentro de su país. (No vamos a ignorar que para mantener su estilo de vida, los gringos necesitan esclavos en Latinoamérica, Indonesia, Camboya, Bangladesh y un larguísimo y vergonzoso etcétera). El caso es que el acto de abolición se hizo en el imaginario de la gente común: lograron que los de a pie se escandalizaran con la idea del esclavo.

Eso no ocurre en México. Los de a pie quizás todavía no saben escandalizarse. Quizás mi país todavía esté en ese siglo y no nos damos cuenta. Tal vez toca apoyar a una especie de Lincoln y no necesariamente involucrarse con Cory Doctorow, que vive en un futuro donde los autos están a punto de volar o de manejarse solos.

30 mil mujeres… niñas de entre ocho y catorce años… de a (barato) 10 clientes diarios, son 300 mil hombres potenciales desprovistos de piedad.

En el D.F. hay muchos más.

Yo hoy necesito ponerme a escribir, pero también quiero secretamente mandar todo al diablo y ponerme un maldito traje de superheroína para sacar a todas esas niñas de ahí.

Hay mañanas que duele más el cuero que la camisa.

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Los favoriteos (sólo para Twitteros)

En Twitter la gente se favoritea. La palabra es feúcha como muchos neologismos provenientes de las redes sociales pero nos importa poco. Ya todos tenemos algo de bárbaros –así nos llama Alessandro Baricco a quienes nos hace sentido la palabra googlear y para quienes esto  😛 es un amigo sacando la lengüita–, no tiene sentido hacerse el pudoroso.

Favoritear es un verbo, como feisbukear, como textear, como tantos otros.

Lo que da curiosidad en realidad no es si la palabra es nueva sino lo otro. Me pregunto si eso que estamos haciendo con la gente, lo que estamos haciendo con los amigos es nuevo. 

Siempre hemos tenido amigos a los que queremos más que a otros, pero nunca antes habíamos podido favoritearlos. No en público pues y no a través de títulos que los colocan en listas que nunca imaginaron pertenecer.

Al favoritear a tus cuates los clasificas por profesión, por tiempo de conocerlos, por audacia en sus tuits, por área en la que se desarrollan, por intereses comunes y hasta por desencuentros.

Eso te lleva a tenerlos en un archivo donde comparten microblog con gente dispar. Es posible que tus co-favoriteados sean tipos que hasta mal te caen en la vida real –aunque eso de ‘la vida real’ a estas alturas ya es un decir–.

Yo por ejemplo, estoy listada en “gente que a veces me hace reír”, un amigo me pone junto a otras personas que no conozco en un mismo timeline. Allí estoy (estamos) , con esa cuasi responsabilidad de decir algo chistosón. Al menos algo medianamente entretenido, vamos.

Come on, ¡somos los que a-veces-lo-hacemos-reír! Aaaalgo bueno debe haber allí.  

El otro día me puse a leer a los que hacen reír a mi amigo y sinceramente, ninguno me hizo reír.

También estoy listada en un “mujerones”, cosa que siempre me hace mucha  gracia pues no existe la palabra contraparte “hombrerones”. Estoy en otra lista que simplemente dice “mujeres”. No conozco ninguna persona que favoritee por “humanos con pito que me caen muy bien”. Es extraño. 

😛

No me quejo. Nunca me quejo de ser favorita de nadie. Soy la más chica de una familia de cinco y mi hermano más lejano en edad me lleva 21 años…créanme, me eeeeencaaaanta ser favorita en algo, pero cada vez me resulta más raro esto de ser amigos fuera, ser amigos ‘dentro’ (del Facebook, del Twitter, del blog). Empiezo a confundirme. 

También es gracioso cuando me favoritea alguien que me cae mal.

Pienso “diablos, qué difícil ahora decirle lo bruto o lo annoying little bastard que es”.

Yo lo único que pregunto es ¿alguien está llevando apuntes? La maestra vida está dictando muy rápido y yo siento que ya me perdí lo importante de la clase.

Ahí luego me sacan copias de sus apuntes y me quedo en sus casas pa que me expliquen. Yo llevo la pizza.

Sobre el viejo y el nuevo Rock 101

¿Seré yo una buena fuente (con mi memoria de queso gruyere) para analizar el regreso de esta estación de radio?

No.

De hecho no soy buena fuente para casi nada… mis recuerdos están distorsionados, en este caso por el putazo de hormonas que recibió mi cuerpo justo a los 11 años, cuando entré a la secundaria y me corté el pelo como niño; me empecé a poner mousse; me crecieron las tetas y de repente me di cuenta de que mi mamá era mi peor enemiga. Jo jo jo.

Entrábamos a las 7 am a la escuela; mi enemiga mami tenía debilidad por despertarnos de las formas más extrañas. Desde la violencia verbal hasta la música. Ésta última era la que más me gustaba. Le subía el volúmen al único aparato de sonido que existía en la casa, alrededor del que nos juntabamos a ¡oír discos completos! algunas tardes de domingo, aunque por las mañanas la onda era prender el radio. La niña de 11 años empezaba a soñar que estaba “dancing, with tears in her eyes” o que vivía una historia de “tainted love” y así, tarareando “where did our love go?” se quitaba las lagañas y recorría enojadísima el camino a la adolescencia.

El recuerdo de esas canciones durante el día hacía menos pesado que ese güey de prepa, Alberto Victoria, nunca pasaría de ser un letrero hecho con plumones en el cuaderno.

Luego llegaron las voces, los tipos que narraban conciertos insólitos (cualquier concierto era insólito en esta ciudad donde se habían prohibido, ajá, sí, los conciertos, estaban P-r-o-h-i-b-i-d-o-s ¿no es de risa loca?). Llegaron unos tipos que le daban importancia a los nombres de los álbumes, al productor, al compositor, al género. Bueno, con ellos hasta se enteraba uno de que el arte de las portadas tenía un autor y un significado…

Yo sé que para usted que creció cuando ya había internet esto es pecata minuta, pero en ese tiempo, donde las canciones (los éxitos pop) parecían sacados de un sombrero por las pocas estaciones de radio que las tocaban, la acción de documentar la música era un verdadero rompehielo cultural.

(ya ya…no faltará quién me diga que eso no lo hicieron ellos, que sus papases les habían enseñado a hacer eso en sus casas y no sé qué cosa. Pues a mí no. A mí nadie me había dicho que los productos culturales creaban redes profundas y que si las conocía podía disfrutarlas más ).

Si no por otra cosa, eso sí se le reconoce a Rock 101: en tiempo de secas, unos loquitos se pusieron a repartir vasitos de agua.

***

Ahora bien, si esta ciudad no ha podido superar esa época es otro cantar.

Rock 101 sólo puede regresar en este caldo de cultivo defeño, que no olvida, no puede sacar de su conciencia y de su deseo, los malditos años ochenta.(Ahora hay unos chamacos que confunden los ochenta con los noventa, pero hablamos de la misma melancolía pitera).

Luis Gerardo Salas et al son dueños (no sé si legales, pero por derecho propio, faltaba más) de una marca. Y la van a usar: al tiempo que abren su estación de radio por internet también están abriendo un bar “101”, en el merito corazón de la Condesa, para que no quede duda de a qué le tiran. Dirán “aayyy qué manera de querer hincharse de dinero con nostalgias pasadas” y yo me quedo fría y pregunto:

¿De verdad creen que las industrias culturales deben seguir viviendo del aire? ¿O es que los de Rock 101 deberían buscar escuincles que trabajen por cacahuates y pretender que la gente no necesita dinero para vivir? O qué, ¿una bequita del gobierno? ¿Volverse a meter al cuarto de servicio en casa de papá para que alguien financie sus sueños? ¿O cómo?

Me parece extraordinario que los de Rock 101 aparejen su estación de radio gratuita con un side project que les deje dinero. Eso quiere decir que, al menos para algunos, los ochenta quedaron atrás.

Ellos tienen una marca que todavía vende y sería medio idiota no ponerla a trabajar. Dirán que la gente que ahora hace Rock 101 vía internet ronda los 50 años y en mi opinión, esa edad es tan buena como cualquier otra para dirigir una estación de radio.

Súper ochentera es esa imbécil idea mexicana de que los géneros músicales están pegados a una cierta edad. Que uno debe vestirse de cierta forma, que debe acudir o dejar de hacerlo a ciertos centros bares según la edad.

No mamen.

Hace poco recordábamos cómo aquellos chiquillines pendejos que les mordían los talones a los de Rock 101, los ‘Radioactivos’ se quejaban amargamente de que la radio para jóvenes la hacían treintones. Hoy, ese chiquillín que asustaba a todos programando hip-hop en un país cegado por las guitarras se llama Rulo, tiene 38 años y sigue programando una estación de música ‘joven’ (whatever the fuck that means).

Lo que quiero decir es: bajémosle a los golpes de pecho de pureza. (¿Por qué somos tan dados a esto en México? Si alguien tiene una respuesta o una teoría, me encantaría escucharla).

Si en Rock 101 tienen aún algo que decir, algo que aportar y lo vuelven a hacer bien está por verse.

Démosle unos meses y regresemos a medir el experimento.

Ya no más guilty pleasures

Una crítica de cine que respeto y disfruto como enana loca (doblemente) se llama Dana Stevens. Escribe para Slate, la revista electrónica del Washington Post y esta vez abre su reseña con una idea interesante sobre el guilty pleasure.

Hace tiempo que el concepto me rebana la cabeza: la mera idea de que un placer (que no daña a nadie) se considere culpable me parece peligrosa; uno de esos juicios morales disfrazados de coolness. Hacer una diferencia entre aquello que disfrutamos y aquello que podemos llamar ‘bueno’ está bien, supongo, pero diferenciar entre lo que le podemos contar al mundo y el gusto privado sólo porque nos destronaría ante los ojos de otros me parece ridículo (y peligroso, como dije).

Nuestra necesidad de ser amados es un hoyo negro, sin duda.

Me sorprende que no haya más ensayos pop-culturales sobre el ‘guilty pleasure’. Espero que muchos comunicólogos/psicólogos sociales/ sociólogos estén haciendo alguna tesis al respecto.

Por lo pronto, aquí el clavo que pega Dana Stevens (por cierto en una  reseña sobre la odiosita Luna Nueva, republicanteenage peli hiperexitosa que ya hasta ganas me dieron de ver):

Sometimes a critic’s aesthetic judgment is impossible to extricate from what you might call her cinematic libido. There are movies that bring us a pleasure that’s neither definable nor defensible. These used to be called “guilty pleasures,” but that phrase seems too judgmental, too pre-Vatican II, for our postmodern era of omnivorous cultural consumption. The distinction between high and low culture, between what we’re allowed to enjoy publicly and what we must sneak off to savor in private, has effaced itself to the degree that “guilty pleasures” needs to be replaced by a more morally neutral term. For our purposes here, I’ll go with a term that a friend and I coined in college and that I still deploy on occasion: movies we couldn’t intellectually defend but still unapologetically loved we called “juicebombs.”

Fiebre

Tengo una extraña fiebre de imágenes. No puedo pensar en letras, leeeeetraaaas, la palabra leeetras, por ejemplo, se me convierte en un animal, una cabra que salta, que saaaltRA tra tra, salta. Es un animal salvaje que golpea a la siguiente palabra.

La sobredosis de cine y caminatas últimamente me ponen en guardia: quizás ya nunca más pueda escribir, quizás tengo que sacar fotos o pintar o volverme una de esas máquinas viejas que proyectaban diapositivas. Tacatá, tacatá, tacatá.

El bosquecito de la Unam, por ejemplo, es para darse un atracón de imágenes… tacatá, tacatá.

Como lo importante no es VER sino TRADUCIR, estoy maniatada, yo traduzco regularmente en palabras (ahora mismo la palabra ‘palabras’ se vuelve una parvada de cuervos blancos que se me escapa de las manos y me deja sin ellas) pero traducir a imágenes no es lo mío.

Es lo bueno de andar con un fotógrafo:

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Así se ven los grillos pre-navideños en el bosquecito de la Unam. Mejor dicho: así los ve Dante Castillo.

Vivo para ti, cuaderno

En los muchos años, no me acuerdo cuántos, de este blog, nunca había estado tan absolutamente segura de que la cordura de mis escritos comerciales, por llamarles de alguna forma, depende por completo de lo que pueda decir aquí.

Lo que escribo es lo que leo, pero también es lo otro que escribo.

Ayer, por ejemplo escribí cosas del Twitter para una revista de viaje que me pidió algo para lectores ‘promedio’ (según yo esto no puede decirse NUNCA de la gente, pero es una certeza falsa con la que duermen tranquilas las revistas). Al cabo de un rato me di cuenta de que el artículo me gustaba y si me gustaba era porque, según yo, se leía como post.

Mientras lo escribía, parecía que estaba blogueando. Una sección distinta de mi cerebro se prende cuando escribo aquí y empiezo a intuir que es la parte que me salva de mí misma, de mi idiotez, de mi cerrazón natural.

***

Aquí algunos fragmentos de ese artículo:

“¿Alguien se acuerda cómo hacíamos amigos antes de que existiera Facebook o Twitter? Hagan memoria: solíamos ir a bares,  paseábamos al perro, hablábamos por teléfono, nos inscribíamos en cursos, sonreíamos por la calle, abordábamos a gente en el Metro o en el asiento contiguo del avión. Los más sofisticados hasta respondíamos cadenas de mails durante la prehistoria de las redes electrónicas, es decir, hace unos cinco o seis años.  “Ja, el mail es taaan 2001”, diría un twittero…”

…el potencial que tienen para reconocer y almacenar todos y cada uno de nuestros gustos, opiniones y patrones de conducta, que más tarde podrían ser utilizados (y ya se hace, aunque de forma ilegal) como bases de datos legibles por computadoras diseñadas para interpretación y la predicción por referencia cruzada; sistemas de mercadotecnia de nueva generación que usarían todo lo que saben de ti para ofrecerte exactamente lo que ‘aún no sabes’ que quieres comprar. Si ellos saben que me gustan los cómics y que este mes estoy eufórica o que estoy por el contrario muy triste, acabo de tronar con mi novio, por ejemplo ¿qué los detendría, en un maquiavélico futuro de marketing personalizado ofrecerme, qué sé yo, chocolates o un servicio de apoyo psicológico o simple pornografía a mi medida? Las  implicaciones de ser una persona ‘semi-pública’ (a través de un blog o un microblog o mi status del Facebook) que señala todos los días y a cada minuto lo que quiero, lo que me gusta y cómo pienso, podría también poner en riesgo la esencia de la red como la conocemos: la circulación libre de datos e información. ¿Qué detiene a los gobiernos o a los poderes fácticos de analizar mi información y venderme propaganda política o de plano censurar mis opiniones? (Como ya lo hace la cuenta de Facebook de la Presidencia de Felipe Calderón, por cierto, como lo documentó el mes de agosto la revista Proceso). De alguna forma, es como si la misma red estuviera escribiendo su propio epitafio, en 140 palabras a la vez

…las redes también modificaron ya las costumbres de etiqueta social. En estos momentos, cualquier persona interesada en saber más de otra puede empezar por hacer una búsqueda en Google con su nombre y ver en cuántas cosas está implicado. A lo mejor tiene un blog (taaan 2001) o una cuenta de Facebook donde además sube fotografías, su estatus marital y se puede conocer a su red de amigos. Todas esas cosas tomaban años antes, pero ya no es así. ¿Quién puede prever lo que le hará esta dinámica a las relaciones interpersonales? Se  ha dicho de estas redes “son parte de aquello que no sabíamos que necesitábamos hasta que lo tuvimos en las manos”, como el celular, el procesador de texto, la lavadora y mucho antes la electricidad, la imprenta o el papel de baño.”

***

Es extraño tratar de ‘bajarle de watts’ a un tema y una discusión que en plataformas electrónicas ya se encuentra a años luz de distancia. No sé si llamarle triste, pero encuentro que es así: los medios impresos siguen en el siglo XX, adiós, se quedaron allá, su discurso (¿quizás forma es fondo, después de todo?) está en un idioma viejo.

Acá pueden ver de lo que hablo.  (vía, ya saben quién, claro).

Mientras tanto, y hasta que sean los medios electrónicos me den de comer, seguiré padeciendo esta esquizofrenia.

Minha irmâ

No lo digo seguido porque pos como para qué, pero estoy muy orgullosa de mi hermana.

Es restauradora y encargada de obra en el Antiguo Colegio de San Ildefonso. La verdad no sé por qué no voy a verla más seguido, pues el Colegio, así nomás pelón me parece bellísimo. Me encanta ir porque además me siento como la hija del embajador: los de seguridad me ven llegar, con sus trajes negros luidos y sus corbatas de Looney Tunes y me dicen “¿tú eres la hermana de Ilya, verdad? Pásale, pásale por favor, orita encontramos a tu hermana que anda en las salas” y entonces me cuelo a deshoras y visito los pasillos con la luz apagada y las escaleras desmontables, con los cuadros a medio poner, antes que ningún turista o niño de secundaria.

Se nota que mi hermana es muy querida, sobre todo por esos de seguridad, que a veces la tratan como “a uno de los muchachos” aunque también he visto cómo se le cuadran. (Es cabrona mi hermana…supongo que con esa madre no se puede ser de otra manera, entre todos sus hijos, ‘el más chimuelo -o sea yo- masca rieles’, como dicen por ahí).

Lo que quería decir es que de los ¿5? años que lleva mi hermana trabajando allí, esta es, por mucho, la exposición más interesante que he visto. Se llama “Cicatrices de la Fe. El Arte de Las Misiones de la Nueva España 1600 a 1821″, y como me sé la historia detrás de la exposición, me parece un logro extraordinario. (Acá pueden ver la nota de periódico).

Se trata de veinte años de investigación de la Dra. Clara Bargellini quien fue recuperando piezas de arte misionero por el norte del país. Piezas que en la mayoría de los casos tuvieron que sacar de capillitas arruinadas o en contra de la voluntad “del pueblo”, es decir del sacerdote cuadradote del pueblo, quien, a veces, también tenía objetos del siglo XVII  ‘privados’, en la sala de su casa.

“No, pero cóooomo se va usté a llevar a mi San Francisquito, ¿y luego, si no nos lo regresan? ¿Y si noslorompe oiga?”.

En fin. Hay algunas piezas extraordinarias. No se pierdan el Cristo de marfil, labrado de un solo colmillo, sobre un cruz estupenda de madera tallada; ni las representaciones de la martirización de Cristo y el cuadro circa 1700 sobre el Juicio Final, francamente gore y  divertidísimo.  Este fin de semana me lanzaré otra vez a darle una revisada a los tomos de catecismo de 1800 traducidos a lengua indígena y a las túnicas sacerdotales bordadas con hilo de oro. Soy fans.

Casi a la entrada de la expo, pasen a verle los ojitos verdes a San Francisco de Asis, restaurado por la mano (santa) de mi hermana quien con este trabajo además realizó su ‘manda’ personal, pues nació justo un cuatro de octubre, día de SanPancho. Si le pueden ver esos ojitos italio-franceses es porque mi hermana se los limpió. Le quedó re bonito mano.

(Otra lectura de la expo la hice sobre el propósito del viaje. ¿No eran aquellos misioneros cristianos grandes viajeros? Los conocedores sin tregua del verdadero choque de culturas…pero de eso hablaré otro día).

La onda es que sinceramente ya y sin echar chayotazos a lo menso, si esta exposición salió así (sin obviar la extraordinaria investigación de la Dra. Bargellini) , tiene que ver con que mi hermana no durmió bien un mes. Le chingó como nunca la había visto y valió la pena.

You know how Einstein’s grades were bad? Well mine are even worse

Cada año mi blog se trata un poco menos de mí. Empezó siendo un blog de “me siento así” “me duele aquí” pero cada vez tengo menos ganas de hablar de mí y más ganas de discutir películas, libros, narcos, música, medios, letras, palabras.

Estoy de suerte porque además, mis amigos andan en las mismas.

***

Hay cosas más importantes que publicar aquí cuánto extraño a quien extraño y cuan perdida me siento por momentos.

Estoy a punto de escribirlo pero sale el policía de los posts que me enseña la placa, se para frente a mí para decir ‘te sientes perdida ¿y? Perdidos estamos todos, pero con self-pity no se ganó nunca una batalla, ni en la guerra más insignificante’.

(Así que no voy a decir cuánto te extraño, hoy no).

***

Tampoco es que no me ponga en riesgo.

He perdido varias cosas con este blog. Amigos, un trabajo, el beneficio de la duda.

Nada mal para un blogsito impune.

***

(La del título es una línea de Calvin & Hobbes que no tiene nada que ver con nada, excepto que Bill Watterson sabe que a todos nos gustaría creer que algunas de las cosas idiotas que hacemos a diario son síntomas de genialidad sólo reconocibles a posteriori).

Lo normal no existe

Y menos en la Unam, je.

Ayer vi a un trío muy a gusto besuquéandose en las islas. Ella le daba besitos a él y a él; mientras él le tomaba la mano al otro él.

Tenían unos 20 años.

La escena no contenía escándalo, gente igual a toda la gente, gente que tiene calor, gente que se aburre, gente que tiene frío y se tapa con el otro. Los otros.

Se veían tan bonitos que me recordaron esta maravilla de canción. (Me recordaron que hay días que nada me consuela más que la voz profunda de Mr. Marley diciéndonos a todos: “Don’t worry, about a thing, ’cause every little thing is gonna be all right”.

Art Basel Miami (celular invitado)

Esa cámara mía que también recibe llamadas está herida de muerte. Algo terrible le pasó. Tiene cancer o algo así y quizás mañana me den la noticia de que es terminal o que aún podemos operarlo. Espero que la señorita de Atención a Clientes Telcel tenga la misma cara de consternación que yo cuando se lo entregue en las manos para  que lo examine.

Otrora grabadora de entrevistas, cámara, pseudo-iPod, agenda y despertador, ahora ya nada más recibe llamadas. ¿Pues qué es eso? Mi celular solía tener personalidad propia y una reputación que cuidar, carajo.

Ahora en Miami nomás lo oía quejarse desde su cama en la parte delantera de mi backpack. Quería ver ese Picasso de 6 millones de dólares y grabar al diseñador de interiores Philippe Starck. Estás enfermo y te callas, le dije. Le vamos a dar chance al ‘celular invitado’ de mi amiga Paty.

El Nokia de Paty se rifó… aunque siendo sincera, mientras sacaba estas fotos tuve la sensación de estar cogiendo con otro celular, sin amor, –productivo pero no tan sabroso–.

Aquí algunas fotos cortesía del Nokiesito ese:

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Esta es una obra que disfruté mucho, pero creo que necesita una breve explicación:

La pieza no estaba dentro del centro de convenciones, donde se lleva a cabo la feria de arte más grande de todo el continente americano (¿ya dije que estuve ausente porque me asignaron un reportaje sobre esta feria ? Ok, perdón, estuve ausente por eso, pues).

A los hartistas nóveles y galerías super super ultra hi-fi propuestosas las mandaron a la playa; les prestaron un contenedor de esos que cargan los buques comerciales y les dijeron “ahí metan sus cositas”. Como en todo el arte propuestoso había cosas buenas y malérrimas (NO siento decir que la única galería mexicana allí, Proyectos Monclova, era la peorcita…una pieza medio boba que mostraba una serie de marcos de madera vacíos, aguardando, asegún, los lienzos que el artista había embotellado y tirado al mar. Un jueguito de tiempo que sinceramente me pareció muy mamón).

En fin.

Me gustó mucho la que se ve en la foto de arriba porque el artista decidió ‘pelar’ el contenedor y meter a la realidad dentro de su pieza. Su pieza es el cielo de Miami, el hotel W que está atrás y todos los espectadores que entren por ella. La pieza también es la perspectiva, las líneas continuas, quizás una manera mucho más efectiva y menos cursi de atrapar el tiempo. La adoré, pues.

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Esta es de un escocés. La verdad no sé por qué me gustó, pero me conmovió mucho que las lamparitas, idénticas a una que tengo en mi cuarto, se estuvieran mirando y se prendieran y apagaran una tras otra, la luz dando vueltas al centro, y ellas ni enteradas de que no nacieron para serie de arbolito navideño.

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Aquí un estupendo espacio junto a los contenedores especialmente preparado para el arte sonoro. Esos montecitos blancos no son más que tapetes de ‘foam’ (ucha, no sé cómo se llama ese material, pero se usa en construcción y se parece mucho al hule espuma pero más chafita). Allí te sentabas a comer una hamburguesa o a beber una chela y oías los experimentos sonoros de un dj/artista invitado en una caseta elevada al centro del lugar. Uf.

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La caseta que les digo.

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De regreso al Centro de Convenciones, Miami Beach me sorprendió con unos bellísimos cafés y hoteles art deco y un estilo de vida sacado de los cincuenta.

Hay pasado ahí en Miami, aunque uno sólo pretenda ir de shopping.

Quizás suba alguna otra foto de las obras dentro de la feria. Por lo pronto sólo quiero compartirles esta chulada que todavía me quita el aliento:

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Fue mi pieza favorita. Un cuadrito como de 30 x 15 cm. No sé qué me dan las cosas de Mathias Goeritz que me hacen querer robármelas y salir corriendo.