El dios que se convierte en león

De tanto redescubrir el “K” de Kula Shaker, Luc no tuvo remedio: ya le dio el fan from hellazo. Es raro porque me bota cualquier disco, hasta hace poco parecía que mis deseos de convertirlo en melómano desde el vientre eran inútiles. De muy bebé decía bogüi cuando le ponía Heroes, pero hasta allí.
Esta vez se me ocurrió decirle que Govinda, la canción número 4 de “K”, era acerca de un dios que se convertía en león. Luc no tienen noción de lo que es un dios, por supuesto. Sabe lo que es rezar por un pajarito muerto, pero nada más. El rezo, contrario al resto del crisol religioso, es absoluto: puedes no creer en nada, pero el lenguaje, la repetición en voz alta, el mantra, aquella electricidad que quema cuando varios rezan; eso es poderoso, cómo madres no.
Le dije que Govinda era un dios que se hacía león y de inmediato empezó a cantar: “lo están saludando”, me dijo. “Están saludando al león”.
Luego de oírla tres o cuatro veces de camino al kinder regresé a casa pensando que deberíamos tener mas dioses como Govinda. Cuánto necesitamos un dios que muerda y muestre sus garras, un dios con brinque con gallardía encima de los coches, por ejemplo, un dios que salga por completo del contexto de las ciudades y que nos recuerde que no somos esto: tiempo reducido, muerte, sed, un cansino ser voluble y frágil.

Así que:
Govinda, en esta casa te cantamos, que por ahora es lo mismo que rezarte. Eres bienvenido.

 


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Suponer

Vamos a suponer que debajo de lo que yo llamo realidad hay unos duendecillos que se encargan de decidir ciertas cosas. No hablo de los duendecillos que saben cuándo me voy a morir o a dónde voy a ir cuando eso pase. Nada tan definitivo ni tan tremendo.

Hablo de los duendecillos que dicen cosas como “… yyyy ahora le toca toparse con la tipa que la buleaba de la primaria. Aquí es donde se dará cuenta de que la tipa no tiene (nunca tuvo) nada de especial, fue ella misma quien le otorgó el poder de bulearla”.

A esos duendecillos me refiero.

Seguro fue un duendecillo el que me hizo voltear hacia el pequeño lugar donde ahora tomo karate. Se vio muy generoso: “vamos a darle el gusto antes de morir de hacer lagartijas con la rolita de Karate Kid. Qué más da cumplirle un sueño cursi de preadolescencia”. “Sí sí”, dijo otro duendecillo, “y que sea barato porque ya ven cómo está la situación ahora”. Entrados en gastos, los duendecillos decidieron que el lugar estuviera a unas cuantas cuadras de mi casa.  (Gracias por eso simpáticas criaturitas).

Un duendecillo de esos se divirtió haciéndome soñar hace algunos años con George Clooney (cuando aún era el hombre más guapo sobre la Tierra). “Va”, dijo el duendecillo. “Que sueñe a sus largas y a sus anchas. Que se case con él, que se sienta enamorada y correspondida. Que alguien inalcanzable la adore una noche”. (Gracias por esa también).

Suponiendo que están allí y me dejan toda clase de regalitos cagados, a veces tengo que aguantar sus bromitas pesadas. “yyyyy este mes vamos a ponerle el virus del melancólico pendejo en el café matutino”. O cosas como “que se muera de ganas por escribir y no pueda ¡Síiii!” La más recurrente en últimas fechas, tristemente.

Nada más quiero decirles cabrones duendecillos que ya me hicieron varias esta semana y como recompensa por ser una buena chica y tomármelas con humor, esta noche quiero soñar con Wayne Coyne. Quiero besos muy largos, canciones compuestas ex profeso para nuestro amor y una tarde en la cama postcoital pintándonos mutuamente las uñas de los pies.

Si se les ocurre alguna otra lindura, sorpréndanme.

Negociemos, Don Inodoro

Muchas malas y una buena.

Negociemos con la realidad: ahí está la música.

Negociemos Don Inodoro: ahí viene la turba a quitarnos la cabellera, pero ahí están los Pogues.

Shane McGowan sin dientes, completamente borracho, carraspeando que la vida es una chingonería nomás porque él hizo ésta y muchas otras canciones estupendas.

Además, cantar:

Cause I know that you,

with your heart beating and your eyes shining

will be dreaming of me

lying with you on a Tuesday morning…

Quiero equivocarme

En FB una chica comentaba que mi lógica del anterior post era peligrosa: “este argumento (de que al ser normalistas se les prestó más atención) no le hace bien a nadie”, dijo.

No quiero traicionar a los muertos. Pero ¿cuántos paros nacionales han sido capaces de conjurar las muertas en el Estados de México, los migrantes en las fosas comunes, los esclavos hondureños, la masacre de Aguas Blancas, el líder de los agricultores que mataron en la cabina de radio?

El gobernador de EdoMex acaba de declarar que “hay cosas más graves que atender” que el hallazgo de 21 a 46 cadáveres de mujeres en los dos canales de aguas negras que corren por la entidad, el Río de los Remedios y el Canal de la Compañía. Ambos nombres que se antojan una lastimera burla hoy.

En lo que va de su administración han desaparecido –otra vez, la única magia posible ahora en México, la de hacer que alguien se esfume– 600 mujeres, a quienes mejor sería llamarles niñas pues casi todas son menores de edad.

Por supuesto que no estoy segura que esos muertos son más importantes por ser estudiantes o normalistas. No estoy proponiendo que unos muertos valgan más que otros. Es una aseveración espeluznante.

Lo que observo, con profunda tristeza, es que así parece.

Quizás, como sugieren otros no es lo duro sino lo tupido, o la manera en que fueron asesinados: aplicada la ley fuga, quemados vivos, desollados y el sangriento etecé.

Qué espeluznantemente hermosa es esa chica muerta, de nalgas, cubierta de barro, con los zapatos puestos y la camiseta levantada como posando para una escultura que nunca se hará.

Cuánto duele su hermosura.

(La foto fue publicada originalmente aquí)10415554_532949650174266_176856076438428414_n

Apolítico

Mi sentir es que la matanza (mágica desaparición) de Ayotzinapa-Iguala hizo que la conciencia mexicana retumbara en sus centros, como dice el comercial de guerra que es nuestro himno.

Mi sentir es que algo se quebró, algo que ya no se puede pegar y acabaremos caminando sobre vidrios rotos, descalzos, heridos, empujándonos unos a otros para no picarnos las plantas de los pies. Si no barremos bien, esto será un lodazal viejo pero no habrá manera de sanar: allí van a estar esos pedacitos rotos.

Hay algo que no deja de sorprenderme: la acción automática de matar que atestiguan todas esas fosas clandestinas. No importa si es uno o cuarenta y tres: nuestra policía (nuestro pueblo) transformó ya el asesinato en línea de producción.

Como si estuviéramos parados en una línea de ensamblaje; la banda sin fin nos pasa por enfrente y debemos apuntar el rifle automático antes de que el humanito (¿un juguete?) pase de largo. Allá, quién sabe dónde, lo usarán vivo o muerto de alguna forma. Allá, al final de esa banda de engranajes viejos, usarán a los humanitos para algo y no sabes, maldita sea, para qué.

Se mata como si se encajara el bracito de una muñeca china que no alcanzas a ver completa.

Por eso es que comprendo el azoro de los polis y los gobers y los alcaldes: ¡Y ahora por qué tanto escándalo! Hemos matado cientos, miles y nunca nadie se había enojado tanto.

¿Cómo? ¿Que sean normalistas cultos los hace diferentes? ¿De cuándo a acá leer un libro te hace un muerto más valioso que otro?

Deben estar sorprendidos. ¿Por qué estos, precisamente estos, son tan importantes?

Nosotros sólo estábamos poniendo bracitos. Ojitos. Pelucas. El engranaje pasaba, la banda sin fin se iba y había que matarlos. Son órdenes. Al final, quizás esos humanitos se convierten en algo. Hay un motivo. Aunque nosotros no podamos verlo.