House

¿Soy yo o toda mujer en edad de merecer está enamorada en este momento del Dr. House?

Camino por las calles y veo camisetas, pósters…hablo con una morra que dice que Baba O’Reily es una rola ‘de House’. Maaadres. Faneando a lo güey.

Es súper extraño cómo las mujeres podemos enamorarnos de un tipo en pantalla tan odioso. De tenerlo en nuestra cama lo escupiríamos de inmediato. Es neurótico, pesado, infantil, monotemático, presumido, vanidoso, solipsista y…méeedico. Ah, ya caigo.
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***
Por cierto, aquí hay un cuento de Fredric Brown que imagina de forma corta y simpática lo que le ocurrió al último solipsista radical del que se tuvo memoria:

EL SOLIPSISTA

FREDRIC BROWN

Walter B. Jehovah, por cuyo nombre no pido excusas desde que realmente fue su nombre, ha sido un solipsista toda la vida. Un solipsista, en el caso de que no conozcas la palabra, es alguien que cree que él es la única cosa que existe realmente, que el resto de la gente y el universo en general existe sólo en su imaginación, y que si él dejara de imaginarlos su existencia acabaría.

Un día Walter B. Jehovah comenzó a practicar el solipsismo. En una semana su mujer se escapó con otro hombre, perdió su trabajo como agente marítimo y se rompió la pierna en la persecución de un gato negro tratando de evitar que se cruzara en su camino.

Decidió, en la cama del hospital, acabar con todo.

Mirando a través de su ventana, hacia las estrellas, deseó que no existieran, y no estuvieron allí nunca más. Entonces él deseó que no existiera ninguna otra persona, y el hospital comenzó a estar demasiado tranquilo incluso para un hospital. Lo siguiente, el mundo, y se encontró suspendido en un vacío. Se libró de su cuerpo, y dió el paso final para tratar de acabar con su propia existencia.

No ocurrió nada.

Extraño, pensó. ¿Puede haber un límite para el solipsismo?

“Sí”, dijo una voz.

“¿Quién eres?”, preguntó Walter B. Jehovah.

“Soy el único que creó el universo que acabas de aniquilar. Y ahora tú has tomado mi lugar”. Hubo un enorme suspiro. “Puedo,finalmente, acabar con mi existencia, encontrar olvido, y dejarte tomar posesión”.

“Pero, ¿cómo puedo dejar de existir? Eso es lo que estoy intentando hacer”.

“Sí, lo sé”, dijo la voz. “Debes hacerlo del mismo modo que yo lo hice. Crea un universo. Espera hasta que alguien en él crea realmente lo que tú creíste y trate de dejar de existir. Entonces te puedes retirar y dejarle tomar posesión. Adios.”

Y la voz se fue.

Walter B. Jehovah estaba sólo en el vacío, y era la única cosa que podía hacer.

Creó el cielo y la tierra.

Tardó siete días.

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This time tomorrow, where will we be

Por eso digo que uno debería enmarcar sus planes y dejarlos de recuerdo en la sala. Si acaso sirven para adornar, nada más.

Ayer un par de hospitales y como 10 horas de pensar que a uno se le va la vida esperando. Esperé a Godot ayer, pero nunca llegó. (Tiene esa manía el cabrón). Entonces, como un Beckettsito aprendiz de la vida, a mí también (como supongo ya les pasó, pues casi todos son más listos que yo) me cayó el veinte de que la vida ES la espera.

Casi hay que darle gracias a quien te deja esperando. Propongo que las salas de espera se conviertan en altares paganos, donde todos demos vueltas con el celular en la mano, incapaces de provocar el abrazo del médico o al abrazo telefónico que necesitas. Mientras esperas, la vida no se te va, se te queda.

Los hermanos Davies, dueños de un grupo sesentero (Los Kinks) lo dijeron mejor que yo y lo dijeron antes de que yo naciera.

Amo esta canción, me hace sentir acompañada. Un poco triste, pero mucho menos sola.

This time tomorrow where will we be
On a spaceship somewhere sailing across an empty sea
This time tomorrow what will we know
Well we still be here watching an in-flight movie show
Ill leave the sun behind me and watch the clouds as they sadly pass me by
Seven miles below me I can see the world and it aint so big at all

Pintándonos las uñas

La ladies’ night salió fantástica. Nunca en mi vida me la había pasado tan a gusto en compañía de cuatro mujeres.

Supe que iba bien cuando llegué a casa de la primera y de inmediato sacó su cajita de té. Me dijo, ‘es una jotería, pero ¿a poco no está preciosa?’ Le contesté que ya que andábamos de jotas, que me prestara su barniz de uñas ese que me encanta. ¡Limando y platicando que esta es una ladies’ night de a devis, chingado!

Todo estuvo taaan joto, me sentí taaan abrazada, tan en confianza. Nos contamos vericuetos, nos reímos de nuestros amores, nos abrazamos porque nos sentíamos igual de perdidas y luego fuimos por las demás.

Llegamos a la cantina, ese lugar donde aquí su servilleta domina. An’luego se ve que estas no chupan, pensé. Aquí se piden chelas ¿qué no? Traígame una Bohemia. Claro que no: las mujeres piden cosas con menos calorías, como vodka y whisky. Y claro, piden eso tan caro porque piensan que sólo se van a tomar UNA en la noche. Me dieron ternura, las quise mucho de repente.

Es decir: ahí me cayó el veinte. No estoy chupando con mis amigos, esta no es una carrera a ver quién se pone pendejo primero. Qué situación más rara. Y qué linda.

Cuando salíamos a fumar nos perreaban durísimo (no puedo dejar de notar la tremenda energía erótica de cinco mujeres ríendo juntas) pero no traíamos ganas de hacerle caso a nadie, más que a nosotras.

Fue una noche muy interesante.