They bang the drums

Gracias a los Estón Roces por existir. Valen mil, aunque ya no existan del todo.
Este es el único grupo que tiene la capacidad de hacerme recordar cómo se sentía odiar a todo el mundo y ser completamente feliz en el proceso.

Your knuckles whiten on the wheel
The last thing that your hands will feel
Your final flight cant be delayed

No earth, just sky its so surreal
Your pink fat lips let go a scream
You fry and melt I love the scene

“Tus labios rosados y gordos dejan escapar un grito. Te fríes y te derrites. Adoro la escena”. ¡Eso, chingado! ¿Quién dijo que éramos capaces de misericordia?

Ian Brown, a quien le deseo muchas noches de pasión hasta el fin de sus años en esta tierra, le cantó cientos de veces a mi adolescencia; a la incomodidad de no saber quién es uno durante tanto tiempo.

Have you seen her have you heard
The way she plays there are no words
To describe the way I feel

Quiera la vida que yo nunca deje de necesitar una ración de Where angels play en estos amaneceres de corazoncito roto.

***

(Dejé de odiar… casi. La deshonrosa excepción se la lleva Amélie Poulain, sobre todo la rolita en la que ya seguro están pensando, y eso nada más por que me repatea su rotísima idea de la femenidad facilona, tropi-mágica, genuflexa, chambona…Uf. Ya no sigo diciendo porque la última vez que escribí un hate-post sobre Amélie, mi número de enemigos creció. ¡Ajúa!

Por cierto, Alberto Chimal, que si no saben quién es shame on you, me instó a hablar de esa película pero no le contesté porque hace mucho que no la veo, nomás me caga, pues; y a él, como a algunos otros honorables, hay que contestarles con algo inteligente o de plano, hacerles la grosería menor y no contestarles nada. )

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Staring at the sea

With a gun in my hand… 

He comenzado a observar esta ciudad como lo haría un extranjero.

Será que exagero, essageras, eres así, esssagerada diría mi papá, pero los viajes me están convirtiendo en un barro que sobresale de la cara de esta ciudad.

Camino por el pueblo de ‘Xoco’ junto a la Cineteca (hemos ido a ver el concierto de Monterey) y todo me huele a tacos.  Me pregunto por qué chingados comemos tacos, si los tacos nos hacen lo que somos, si lo que somos hace así a los tacos.

Si es domingo y por eso huele así.

Es un pueblo, de eso no hay duda, un pueblo dentro de una colonia, dentro de un territorio de muertos y heridos, dentro de una demarcación que hace varias décadas era otro pueblo dentro de otro con más muertos. Muchos muertos, muchos heridos.

El tercer año de secundaria. Mi libro ‘oficial’ con la ensoñación de la Patria en la portada. Mi libro era en realidad una gran guía roji.

Camino hacia un sitio de taxis donde no hay taxis. Me exaspero.

Hubo un tiempo en que dejé de hacerlo. Como si fuera lógico que allí, precisamente allí, no parara ningún puto taxi, mientras que las avenidas tienen chingado sarampión de taxis. Pero en el sitio no. Allí nunca hay.

Ya en la Cineteca, Pompeya y Pink Floyd juntos me dan sueño. Le pido a un hombre que  me cambie mi boleto para el día siguiente. Dice que con todo gusto, pero que le consiga una pluma. Un hombre va a cambiar un boleto, la burocracia de un boleto, pero no hay con qué firmarlo. Como si su firma o la mía valieran un pepino. No hay pluma, yo no tengo, él no tiene y mi boleto se queda sin firmar.

“Mañana búscame. Me llamo Alfredo, allí en la taquilla 3 estoy siempre”.

Es necesario recurrir a la ilusión de la permanencia. Todo por no buscar (¿pedir al hombre de la taquila 2, tal vez?) una pluma.

The dead man on the beach.

I’m alive, I’m dead.

I’m the stranger.

Mucho viaje, mucho cuento

De los cuentos no les digo porque se ceban, pero los viajes…

Es un trabajo árduo, pero alguien tiene que hacerlo. El blog se quedó rechinando sin aceite 3-en-1 porque me fui a Alaska en un crucero VTP de viejitos toda la semana pasada y el pinche barco sólo tenía conexión a módem. Lo intenté, pero bloguear con modem…vaya, ni cargaba la página.

¡Módem! ¡No mame oiga! ¿Quién tiene una computadora con módem? Pues nosotros señorita, los dueños de los cruceros cuyo asistente promedio tiene la friolera de 65 años. Nosotros señorita o lo que usté se precie de ser, que somos gringos dueños de un ‘estado’ cuyo territorio equivale a un poco más de la mitad del de Argentina, (dueños aunque les duela a los tarados conservacionistas, a los pinchis canadienses y a los rusos y a los nativos y a los descendientes de Mr. Vitus Bering), gringos no tan gringos como los texanos (aunque ahora que recuerdo, la Exxon y el tanque Exxon-Valdez que tiró 11 millones de galones de crudo en nuestros mares, ¿esos güeyes de dónde son?), no vaya usté a creer, nomás gringos enough como para valernos absoluta madre si usté tiene o no un blog que atender.

Además no tenemos ¡voy a creer! ni una computadora a la que se le pueda conectar (¡como en Rumania!) una memoria USB porque (y cito) “si se le llega a meter un virus infecta tooodo el sistema del barco y al rato no podemos abrir las puertas o bajar el ancla” ¿EEEEhhhh? ¿Por eso no puedo bajar ni un archivo de word en sus pinchis máquinas pedorras? ¡Ya no vean las Bourne Supremacies, no chinguen!
Así que váyase a su Stateroom de dos por dos o asista a la clase de macramé de las 4.45 (ni un minuto más tarde, acuérdese que somos gringos y muuuy anales) y deje libre la pista central de nuestro barco de mal gusto. ¿No ve que los viejitos están bailando I will survive en silla de ruedas?

Me fui, me regresé a mi stateroom, el 3126 del repinche pero regrandote navío bautizado con el intrincado, poético e inteligente nombre de Serenade of the Seas. Por cierto que la madrina del Titanium, como pudo haberse llamado (menos poético pero com más amarre) con foto central y todo era, naturalmente, doña Whoopi Goldberg. (Y antes de que se me olvide ¿qué clase de nombre es Whoopi?)
Decidí entonces ponerme flojita y cerré mis intenciones de bloguear por casi dos semanas. Tragué como peloncita de hospicio en ese mall-all-inclusive de altamar, donde durante los días de cruising, lograron hacerme sentir dentro de una rueda-prisión para hámster, plasticosa y movediza.

La buena nueva es que por unos momentos disfruté llamarme ‘periodista’: a mi camarote llegaban regalitos pendejos a diario. Que la champaña barata, que los binoculares para verle las nalgas a las nutrias, que la chamarrita anticaca de albatros, que la cajita de madera de ciprés para guardar el recuerdito.

Nomás me pongo a pensar en que un día alguien se entere de que los ventilo aquí ante quién sabe quién. Me linchan.

Bien.

Más de caminar en un glaciar (esa si, una experiencia valiosa) tomorrow.

Back to those cuentos, pues’n.

***

*Nota al editor:

De antemano me disculpo por tres cosas: mi manía de poner dos puntos para enfatizar una idea; la de encerrar toda acotación entre paréntesis como si la pinchis acotaciones no se encerraran solas por contexto; y mi nueva neurósis que consiste, según señaló acertadamente mi novio, en mentar madres como si me pagaran. Soy una peladita, ni modo.

Pedorraje moral

Una de esas mujeres de alto pedorraje que escriben en el único periódico capitalino que pasa por ser de alto pedorraje escribió (sorprende por qué pitos acabé leyéndolo yo, si me caga el high-flatulencial, pero esa es otra historia) un artículo donde exponía su sapiencia en cuestiones interpersonales que (chíngate Ira, una columnista cuida-buenas-costumbres te puso a pensar) me puso a rumiar la siguiente idea:

“Ese defecto o vicio de caracter que puedes ver en el otro, el simple hecho de que puedas verlo en el otro, significa que tú padeces de lo mismo. De lo contrario serías inmune a sus efectos o acabarías interpretándolo de otra forma”.

Una oración muy rebuscadona y mal redactada que resulta ser algo así como una versión perfumed-flatulencial del dicho popular: “aquél que lo huele es que debajo lo tiene” .

Así que si eres mi carnal y un día te dije que eras medio pendejo, medio hijoeputa o medio desidioso, pos ya sabes a quién le estaba hablando.

Wooow

Mi novio encontró por ahí este grupo canadiense de pura vieja. No puedo dejar de escucharlas.

La mujer que canta es de esos seres hermosos, como Johnny Rotten cuando la edad se lo permitía, que parecen hadas sin sexo.

El grupo se llama The Organ y son (o eran, creo que ya se separaron) canadienses.

No sé ustedes, pero yo me canso seguido de mi música, así que comparto esta maravilla. Hay que oír Brother y Love Love Love. Por si no postea los videos el YouTube, aquí está la liga.
http://www.musiques-volantes.org/10/videos/index.htm