Alguien dígale a Coria

Cursitos, cursitos. ¡Ay no jodan, pónganse a trabajar en algo menos farol!
Me va a disculpar la clase vampírica del D.F., pero díganle a Roberto Coria que deje de usar el talento de otros como pretexto para tener chamba.

Curso de apreciación de ____ (escriba aquí el nombre de algún creador bueno o malo pero de moda y que toque, aunque sea de refilón, temas “oscuros”)

Me acaba de llegar la propaganda de un módulo completísimo en el que Coria nos explica cómo escribe Guillermo del Toro.

¿Ya no?

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Freudiana

Si algo tiene de bueno envejecer es que cada vez se es menos objeto y más sujeto.
Cumplir años (ciertos años) y además haber nacido sin pene complica la ecuación.
Seguro que Freud se refería a esto cuando habló de la envidia del pene.
¡Por favor, envidia de esa cosilla yo!
En realidad sí.
Yo envidio tu cosilla y tú envidias la mía. Si estuviéramos completos ¿para qué molestarnos en hacernos pares?
La envidia no es más que una forma perversa del reconocimiento de tus propias limitaciones.
Ok. No tengo cosilla, ni modo. Me la busco.
Aquél que tiene cosilla (se llama pene Ira) tampoco tiene la capacidad de tener hijos. Un acto creativo como el que más.
O sea que os chingáis.
¿Y si no quiero tener hijos ni tener cosilla (pegada a mi cuerpo, pues)?
¿Y si lo que quiero es escribir?
Aunque haya trescientos mejores escritores que yo. No interesa.
O ¿alguien se pregunta si va a tener hijos o no, sólo porque hay trescientas mejores madres o padres?
No veo a nadie diciendo: yo no tengo hijos porque me van a salir más feos que los del vecino.

Ser mujer, cumplir años, ser cada vez más vieja. Cada vez menos objeto y más sujeto.

Getting away with it

Hace poco más de un mes, mi jefe lanzó la pregunta. “Oigan, tenemos que hacer algo sobre Tijuana, ¿alguien sabe qué hay allá, aparte de sordidez?”
Yo salí al quite; juré, prometí que en Tijuana, más allá de gringos buscando niñitas para avergonzar a la raza humana, también había talento.
“Sí, si, ya salió Nortec, es un tema muy sobado”.
“No, no. Me refiero a que en Tijuana hay rebuenos escritores.”
“¿Ah sí?”
“Oooh sí siñor”.
Está el Yépez, el LH, el Rafa, la Mayra, el Omar, la Lore, y otros que yo no tenía idea, como el Pablo y el Juan Carlos.

Seguro hay muchos más, pero con eso de que el ser no es cognoscible, pues nomás no se puede ser enciclopédico. Y menos en una revista de viajes. (Cualquiera diría ‘viajes, viajes, hello? A quién le importa la escritura en una revista de v-i-a-j-e-s.

La onda es que mi jefe pidió una foto “vanitifairesca” (whatever that means these days) para aceptar este artículo, cosa que costó muchos mails de ida y vuelta; citar a mucha gente en un solo tiempo y lugar es un rollo, pero terminó por armarse.

Los Klintgerardo02.gif

tomaron unas fotos fantásticas (aqui una muestra de lo que puede hacer con la luz el buen Gerardo Montiel Klint. Desgraciadamente no puedo publicar las fotos de los escritores porque tienen copyright.)

El texto quedó bueno (or so I think) y sus respuestas, aunque no cupieron carajo, estaban re interesantes.

Casi todo ensaya en torno a incidencia de la ciudad de Tijuana en su obra.

Este mes que lo vi publicado, me di cuenta que habíamos conseguido de forma casi malévola “glamorizar” a personas cuyo trabajo, en lo práctico, es lo menos glamoroso del mundo.

(Sé que todos hemos querido ser escritores alguna vez en la vida, o cineastas, o artistas plástico,s pero lo que todos hemos querido ser en realidad es FAMOSOS. Lo otro, el trabajo de sentar nalguitas a leer o escribir desechando pinche mil ideas para que una sola sea parida dolorosamente y luego rechazada mil veces dolorosamente, ese trabajo no lo quieren muchos)

Y glamorizamos por una razón sencilla: cuando algo se ve bonito se antoja, pues’n.

Como en lo de periodista a uno le toca glamorizar muchas tarugadas, al menos hoy me da gusto glamorizar la lectura (cada uno tendrá sus preferidos, sin duda) como antídoto a mi glamorización del shopping.

Ok, ok. Aquí se acaba la pretensión.

Es posible que muchos pasajeros en los vuelos de Mexicana pasen sin pena ni gloria las páginas del artículo, pero si a 10 pelaos se les antoja leer (lo que sea, pero de preferencia a estos escritores tijuanenses) yo ya la hice.

I’m getting away with murder, como quien dice.
Ojalá puedan leerla (o pedirle a alguien que viaje por Mexicana que se las traiga, son gratis).

Magia

De ida a la laguna más alta (4,500 mts. sobre el nivel del mar) de Atacama nos encontramos una camioneta tipo Scooby Doo -del mismo año- varada, con siete viajeros brasileños en la panza.

En el parabrisas decía “Capoeira”; un solo tenis, calcetines usados, así como pedazos de pan y otros residuos de un largo viaje en carretera yacían en la hendidura del tablero.

Eran las 4:30 de la mañana. Nos habíamos levantado tan temprano para alcanzar el amanecer en locación. La luz de los paisajes, me platica Suki el fotógrafo, sólo sirve a las 5 de la mañana o a las 5 de la tarde. Lo demás es para los turistas japoneses.

Calculo que harían, en pleno desierto (el más seco de todo el continente) 15 bajo cero. Dos suéteres, una camiseta térmica, una buena chamarra y una bufanda apenas daban batalla. Apenas. En realidad empezaba a cagarme de frío. Como solemos hacer los mexicanos cuando el clima se pone gacho, iba mentando madres.
Nos detuvimos a tratar de ayudar con el desperfecto.

“Llevamos aquí desde las 10 de la noche, pero sólo han pasado dos autos de largo”, nos confesaron los brasileños. “Se nos acabó la gasolina”.

Los siete brasileiros tenían menos de 20 años, la cara quemada del frío y los ojos saltones de el que ha temido por su vida. Era como encontrar un perrito perdido y no podérselo llevar a casa. Nosotros teníamos que seguir. Primero porque no cargábamos un bidón de gasolina y la gasolinera más cercana estaba a dos horas en auto en sentido contrario. Segundo porque la chamba es primero y teníamos que alcanzar el damn amanecer.

Llevaban toda la noche con un calentador de gas dentro de la caminoneta. Pucha. 15 bajo cero, 15, 15 bajo cero, ¿te puedes morir de hipotermia a 15 bajo cero? “Mucha gente sí”, me dijo el guía que conoce bien este camino. “No es la temperatura, es el tiempo que llevan allí”.

Pinche tiempo.

Así que nos fuimos. Yo con mi culpa y los demás con la suya.

La laguna era fantástica. 45 km de desierto a la derecha, 45 a la izquierda. Bordeando la Cordillera de los Andes; frente a nosotros un mini valle y en medio la laguna. Unos pinchis flamencos andinos hacían todo más rosa, más irreal.

El dios sol empezó a asomarse detrás de la cordillera. Con sus rayitos nimios nos iba perdonando la vida y el frío. Ahora nomás hacía 5 bajo cero.

Suki tomó muchas fotos. Nos echamos un refrigerio con guantes, gorritos y café caliente recargados en la lengueta abatible de la parte trasera de la 4×4.

Fui al baño detrás de un zacate medio crecidito. Allí pensé que dios ya no vivía en las ciudades, pero acá sí que tenía sus terrenitos. Luego pensé “caray, qué cursi, qué fome como dicen los chilenos; ves algo lindo y ¿no se te ocurre pensar nada más que en religión?”. Me subí los pantalones, medio encabronada.
Como era de esperarse, de regreso, allá como a las 9 de la mañana, nos volvimos a encontrar la Scooby-camioneta.

Los brasileiros, expansivos como son, habían sacado el tanque de gas y unos asientos para calentarse con el tibio solecito.

Ahora sí nos paramos de a devis, le dije al guía. Suki les preguntó si ya tenían gasolina.

Gasholinna, sí, ahora está congelaida la bachería“.

¿Los jalamos? El guía, medio mamón y de derecha (como por desgracia me tocó conocer a muchos chilenos) sacó a regañadientes una cuerda y amarró las camionetas.

Suki hizo lo suyo. Los llamó “hermanos brasileiros”, se bajó de la camioneta y se puso a jugar al salvador.

Yo seguía con frío pero supervisé desde atrás la velocidad que necesitaban para echar a andar el Scooby-móvil, que después de tres o cuatro kilómetros, por fin arrancó.

Cuando regresamos a donde habíamos dejado a Suki y los demás, allí sí que se apareció dios.

En pleno desierto, unos saltimbanquis medio congelados daban piruetas de gusto.

Al ver que su camioneta regresaba por su propio motor, los brasileños se pusieron a dar saltos y a tocar sus instrumentos. (Yo no había visto, pero además del tanque de gas, habían sacado también sus percusiones).

Me quedé callada mientras los brasileños me abrazaban. Su euforia tomó una forma sorprendente.

En lugar de llorar o dar las gracias (o invitarnos algo o tratarnos de pagar como habrían hecho gringos o mexicanos), los Scooby-capoeiros daban vueltas, tocaban los panderos, se subían al techo de la camioneta para luego tirarse desde allí en un doble mortal.

Eran bellísimos.

Atrás el cielo y las cordilleras lucían despiadadas, rosas y anaranjadas, como los flamencos.

Sus cuerpos corriosos y de músculos marcadísimos enseñaban la poca ropa con la que habían resistido toda una noche a 15 bajo cero en medio del desierto. Camisetitas, pantaloncitos.

Nunca volverían a ser tan jóvenes ni tan hermosos. Muy pronto iban a pelearse o a ennoviarse y su afán viajero capoeiro se terminaría.

Presenciar ese momento: la juventud, la energía, el desierto, las piruetas, la compasión.

Lo más interesante del viaje, sin duda.