Un muerto

Metro Mixcoac, 5 p.m. Un muerto se abrió a mi paso una tarde.

Se tendió en la acera, como para cortarme el camino. Traía pegada una manta en la cara, una veladora hacia el flanco derecho, aún si prender. Un par de hombres uniformados de azul, que cuando te sacan dinero se llaman polis y cuando te sacan la vida son la cara del narcoestado, hacían una especie de guardia frente a mi muerto. Era mío, sí, porque a pesar de tenerlo a su cargo, los uniformados prefirieron dejar al menos dos escalones de distancia, mientras que a mí el muerto logró casi tomarme del pie. Lo hubiera pisado de no ser por el tipo del portafolio suave que en el último momento ahogó un ¡ay! como quien está a punto de ser pellizcado.

Mi muerto se pasó a mi carril y dijo algunos adioses con mi boca.

Quise obviar ese trayecto de media hora hacia mi casa, puse música, recordé gente. Mi muerto cantó y ya por Churubusco dijo: entrega al pequeño destinatario el álbum de pegatinas que compraste a veinte pesos en el andén, entrégalo como si fuera de vida o muerte, porque lo es. 

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