Mientras cocinaba

Un día me dijeron que los animales domésticos vienen al mundo como ‘muletas evolutivas’.

Es un concepto medio despreciable homocentrista y mamón, pero va así:

Si un perro te salva o te avisa de un incendio, por ejemplo o si el que se muere es él en tu lugar, ya la hizo. Bonus karma instantáneo y en su reencarnación le tocarán cosas buenas y regresará como, no sé, Slim o algo.

Si esto es cierto, el ejército negro de homiguitas que se sube a la estufa tendrá una vidaza en la próxima reencarnación. Vendrán al mundo como  rockstars o filósofos o bailarinas o cantantes estupendas (una que otra puede tener mi trabajo y nomás tener lo bueno de mi trabajo).

Cada día les paso el trapo por encima -las mato- y siento horrible. Pero si la teoría es cierta, son ellas las que me ayudan todos los días a ser más limpia. Con hormigas no se puede dejar tirada una cocina.

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Wait a minute

Siempre que alguien dice “A lo mejor voy a decir una pendejada, pero creo que…” me muero de ganas de detenerlo en seco y gritarle “Noooo, espérate, si ya sabes que vas a decir una pendejada ¡No la digas! ¡Espérate!”.

A mí me encantaría saber cuando voy a decir una.

No me quiero descoser…

…pero estar en mi casa me hace bloguear ‘como hilo de media’.

Ah cómo los extrañaba. Me di un paseo de dos horas por mis blogs favoritos.

La semana pasada trabajé de 9 am a 10 pm (dominguito incluído, pos qué chingaos, al fin, no tengo vida fuera y ni quería, pinchis batos).

En el blog del querido Rafa Saavedra me encontré su ‘Crossfader version’ de los siete pecados sociales , a propósito de los nuevos pesscados católicos rat-zingerianos.

Al leer a Rafa, me dieron ganas de intentarlo, así que aquí va mi propuesta de pecados sociales:

1. La falta de malicia. El otro día le conté a un tipo que de niña, a los ocho años, la imagen de Cristo en la cruz me prendía. Me respondió que ‘a los niños no les prenden esas cosas y que verdaderamente estaba yo un poco zafada’. (No sé si esto califica como falta de malicia o falta de cultura: basta leer de forma somera –literatura, poesía, a Freud– para saber que a los ocho años uno está perfectamente capacitado para desear a quien se deje, Cristo incluído).

2. Y en este coincido con Rafa: La corrección política en las pláticas de oficina. Ok, yo sé que me paso de lanza, ¿pero a poco no es un poquitito gracioso que hayamos mandado a una colaboradora apellidada Kaiser a entrevistar a una chava ultrajudía? Casi mandamos le mandamos a Pepe Goebbels. Es natural que se haya sacado un poco de onda y no haya querido posar para la foto. (Bueno, a mí me dio risa, pues).

3. La self-righteousness en todas sus modalidades. Que yo soy mejor que tú porque sí existo (y está impreso) en donde tengo que existir. Que yo nunca te habría hecho algo así. Que yo no tengo de qué avergonzarme. Buuu. (En mi libro, aquél que no tenga de qué avergonzarse es medio idiota).

4. El cinismo ramplón. “Pues leve eh, no creas que mucho. Aquí estamos en un glaciar de miles de años y pus leve eh, no te creas que es la gran cosa”.

5. La práctica del mal beso. Rest my case.

6. La imposición del miedo (como dice Rafa) y que yo completo con lo que me toca vivir ocho horas diarias: la imposición del miedo al ridículo como método de control social, en el que estar passé –por hablar de política, por ejemplo, por discutir si lo que hacemos es periodismo, si en esa cuna de lobos existe o no la ética, por discutir, pues– es arriesgarse a ser el outcast, el “d”, el menos propenso a un aumento. Añado otro subproducto del miedo al ridículo: nadie en el medio ‘periodista de entretenimiento/creativo” se viste realmente como le da la gana, nada más gastan una fortuna en que así parezca.

7. El abuso de ciertos conceptos a los que otorgamos una cualidad positiva por default: la circularidad (cuando hablamos de una obra de arte, por ejemplo o filosofamos de la vida), ‘la cultura de…’ (de servicio cuando hablamos de por qué los españoles avientan el dinero), la buena educación (cuando hablamos de por qué decimos ‘provecho’ al salir de un restaurante), la honestidad…

Exciting times

Qué simpática la vida cuando uno puede decir: están pasando cosas en mi computadora.

O en mi cuarto.

Hay días que me sorprendo ganándole la partida a Pascal:

“La infelicidad humana proviene de no poder estar inactivo dentro de una habitación” (Mil veces citada en la red y ahora se la encuentra con tantos añadidos que ya no se sabe qué chingados dijo realmente Pascal. Para joderla no tengo el libro.)

Bien, lo que hayas dicho Pascal, te reto a verme ahora mismo que blogueo desde mi casa, que me encuentro con mis libros y, ja, ¡casi siento ganas de comérmelos o de invitarles unas chelas!

Abro el archivo de mi novela (esa que, efectivamente, publicaré algún día) y quisiera abrazarlo. Le pregunto a Pascal que cómo se abraza un archivo de Word, pero no me contesta.

(Qué bueno. La pregunta tendría que derivar en cómo se coge con un MP3 y ahí si, para que le andamos tentando las nalguitas al demonio…son un chingo y a todos me los echaba).

Sobre Rimbaud y los rants: por fin, ¿semos o no semos?

Rimbaud es el poeta del que siempre me quedo con hambre.

Es un cabrón que me saca, que me exprime antes de ponerme en un estado de cinismo triste.

Pobre Verlaine. Nunca supo qué le pegó.

***

Me gusta que los blogs sean diálogo. Dearest Ernesto lanzó uno de sus rants acá. Es curioso pero aquellos que lo conocen al menos un poco (myself included) sabrán que se trata de un rant bastante contenido, incluso cordial. Su capacidad para aborrecer la fealdad o la estupidez es casi mítica.

De la rabia ocasional, lo que importa es el sedimento. De las respuestas a ese rant le sobrevino a Ernesto un post en español (con eñe), que sobrepasa, creo, la temporalidad: se trata de una de las declaraciones más hermosas de amor a la escritura que he leído nunca.

Ernesto propone que la escritura no sea un medio, sino un fin. “…no un proceso para lograr una meta (un libro, un concurso, un premio, un dinero, algún tipo de reconocimiento público), sino un destino aparentemente incambiable, el devenir mismo.”

Me permito quitarme el sombrero además ante una suerte de declaración de principios:
“En mi escritura mediocre, diletante, nunca terminada, revelo y me revelo partes de mí mismo.”

Puf. Eso dice el escritor.

Como cuate, además le da comezón en lugares donde yo me estoy rascando:

“Sería trabajo de psicoanálisis extenso descubrir por qué un par de libros, que podrían considerarse listos para ser publicados, siguen inéditos en un oscuro lugar de mi computadora.”

Mariana, la maravilla de analista que tengo (quien además de tener una maestría en corchoanálisis winicottiano es guionista y cineasta porque según sus propias palabras “una sola cosa, a veces no es suficiente”) me pregunta muy seguido por qué escribo.

Cuando uno se quiere adornar es más fácil contestar esta pregunta.

Cuando se ve al techo en un pinche diván y no hay ni pa dónde hacerse (porque hacerse para otro lado sería producto del improductivo autoengaño) la respuesta se tropieza donde una vez los dedos sintieron un teclado (casi no escribo a mano) o por donde a uno le gustan los hombres o por donde a uno le duele la muerte de la madre.

La respuesta más torpe que le he dado a Mariana, si bien la menos tramposa es la siguiente: “Escribo para descubrir lo que realmente pienso”.

Así que publicar, entrarle al circuito comercial, seguir las recomendaciones de Sada de ‘mantenerse en el circuito comercial’ (whatever the fuck that is supposed to imply) o del bienintencionado Bef, son recomendaciones muy útiles (sin ánimo mamón o suficiente) pero a la luz de lo otro, parecen en todo caso, secundarias.

***

Antes hablaba de Rimbaud porque ahora mismo leo su biografía. Hoy por la mañana, antes de echar a andar la máquina de ‘me tengo que ir a trabajar’, me quedé acostada, sintiendo una admiración y una envidia inmensa hacia el niño prodigio, ese cabrón cínico punk de mierda que entendió cosas a los 19 años que yo sigo sin comprender del todo (aunque la envidia viene precisamente del atisbo, eso que uno intuye: “todavía no entiendo, pero el muy cabrón tiene verdad”).

Pinchi Rimbaud odioso.

Pienso también en el Rimbaud que dejó de escribir. En el que sólo publicó un libro que costaba ‘un franc’, de cómo las cosas eran distintas antes de la Segunda Guerra Mundial.

O cómo escribir siempre ha sido lo mismo: amigos que te leen, amigos que te aman o te odian, fantasmas que nunca se van. Soledades compartidas y suerte. Mucha suerte.

***
A la pregunta del título respondo con cinismo triste, prestado del gran Arthur: a güevo que semos ¿o qué chingados?

Geeko

Tengo unos sobrinos (5 y 7 años) que me nacieron del Dungeons & Dragons.

No son hijos de ningún hermano o hermana. Me nacieron cuando –el que sería– su papá se sentó junto a mí y me hizo reír hasta que me dio asma en una sesión de Dungeons.

(No está ud. para saberlo, pero las carcajadas tienen ese inconveniente en mis pulmones).

Ah cómo era divertido sentarse junto a este bestia. (Autor por otro lado, de la célebre leyenda del “árbol de monedas” con el que se hacía pendeja a su hermanita de ocho años para que le enterrara la mesada del domingo en una macetita de malvones).

Hace 15 años, antes de saber cómo terminarían las cosas, nos juntábamos en la sala de mi casa a geekear. Fines de semana enteritos, como viejas que juegan canasta, nosotros jugábamos rol.

Eras un enano clérigo o un medio elfo mago. O como yo: una medio elfa ranger que ‘trackeaba’ , que podía seguir pistas en el bosque como Aragorn en El Señor de los Anillos.

…pucha… si me da penita, pero luego lo pienso y ni madres, se van al carajo, ¿existe algún juego ahora para el que sea necesario leer novelas completas? Pos entonces la penita la deberían tener ustedes no yo.

Antes de saber que dos de las personas sentadas en esa mesa, que una vez tiraron dados fosforescentes de 20 caras se jurarían luego odio eterno (justificado), nos unía la risa, el cigarro y la música. (Y el miedo a que Strad, el vampiro, nos bajara dos niveles de ‘experiencia’).

Ahora llevo al ‘bosque’ a esos dos niños, mis sobris putativos, y como que se me quiere salir una lagrimita (tengo que andar en mis días y muy cursi, pero igual se me sale).

Quiero decirles: tu papá y yo cruzamos juntos una vez un bosque mucho más peligroso que este sin siquiera salir de la casa.

Cruzando un bosque como éste nos hicimos amigos y luego él se murió revivió y eso, pero fuimos tan amigos que aunque tú y yo no compartimos ni media gota de sangre hoy tu mamá ‘te me presta’ y eres mi sobrino y cuando llego a tu casa corres a recibirme. Nomás.

(Todo esto por que el creador de los D&D, habrán leído en otros blogs, murió…Ahora que lo pienso, seguramente Gygax estaría orgulloso de aquello en lo que se han convertido sus fans: casi todos somos bloggers).

Para el geeko que ya no tiene edad pa acordarse de esta onda, aquí puede leer una logradísima nota del semanario electrónico Slate sobre la muerte de Gary Gygax.

So long Gary and thanks for all those books.

Perdiendo cuates

Lo bueno de crecer es que te empieza a valer madres ‘pertenecer’.

La gente cree que me hago la interesante cuando les digo que la película “Amélie” me parece una verdadera mamada (pardon my french) y que los conciertos a) de los Killers b) de Soda Stéreo fueron a) un timo b) una mala idea.

Ahora viene la afirmación con la que espero perder todos los cuates que me hagan falta:

Ashes & Snow, la exposición monumental que armaron en la plancha del Zócalo defeño con las fotografías de Gregory Colbert, es lo más fantoche que he visto jamás.

Nada tan cursi y tan manido puede ser bueno.

Ningún espectáculo en que te presenten el museo como ‘un templo’; en el que te sugieran qué y cómo dizque sentir las fotos por medio de música y una espiritualidad enchalecada puede ser bueno.

Cuando en una exposición de foto la mitad de las personas se empiezan a fijar en el papel en el que están impresas (ay güey, ¿ya viste que chingo de algodón necesitaron para esa foto?”) y la otra mitad se pone a suspirar un inspirado “qué belleza, me cae”, uno puede estar seguro que algo anda mal.

Ningún video que se valga del slow motion como único recurso para ‘crear’ belleza (velleza) tiene mi respeto.

(Eso hasta que llegue alguien que use el slow motion de forma tan avasalladora que tenga yo que tragarme mis palabras).

Por lo pronto: Ashes & Snow merece que uno vaya y le vomite en los pies a la tarada de la entrada, a quien, dicho sea de paso, le urge un acostón.

Más linda y mucho más cursi (aunque menos manida) está esta otra cosa que me mandaron:

La Embajada de Polonia en México, el Jazz Club ZINCO y la Compañía TeatroSinParedes
presentan
PINK FREUD
JAZZ BAND DELIRANTE

Qué tal.

(Ah, ah, ah, y se me olvidaba decir…’Control’ de Anton Corbjin es la peli más plana del mundo…adiós último amigo que me quedaba, te voy a extrañar).