Las presentaciones de libros

Ayer fui a la presentación del libro de una amiga muy querida (Los abismos de la piel, Lourdes Meraz, disponible en Gandhi) y odié al presentador. ¿Por qué siempre quieren jugar al retruécano gastado de “escribo que no escribí nada”. Éste además hizo esa horrible cosa de incluir la lectura de algunos párrafos del libro intercalada con su triste historia del perro que se comió su tarea de presentador y el taxista que le robó el libro. No tengo idea de cómo se llamaba el tipo, quizás era un escritor famoso y yo aquí defenstrando su imagen. Pero sinceramente, ¿a dónde quieren llegar los presentadores de libros con un chiste?

Mamá, el tipo que está allí enfrente me quiere contar un chiste y tengo que reírme a fuerzas… ¡mamá!

El subproducto de su ineptitud es a) nadie entiende de qué va la novela de mi amiga, b) el mal lucido presentador se da vuelve el patético protagonista de una noche que no es suya.

Plis no.

 

 

Casi

En cierta época de mi vida, ya tan lejana que parece más leído que vivido, yo también fui lo-lee-ta.

(“Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta”)

A mis extraños 14, (extraños cuando recuerdo la melena corta, aquellas piernas tersas, los senos ligeramente pasados de incipientes, la mirada aún más triste que ahora) me rondaba un hombre de 27. Para mí era un señor, claro, pero en realidad era nada más que un biólogo recién egresado, aún viviendo en la casa de sus padres en la Colonia Florida y dueño de un hermoso Mustang del año.

El auto solito producía el desvanecimiento general de hombres y mujeres, pero para mí, era su forma de mirarme lo que producía el encanto.

Nos habíamos conocido en una fiesta y hasta donde recuerdo el tipo había llegado a mi casa a seducirnos a todas, a mi hermana, a mi madre y a mí, aunque había terminado por preferirme. No lo digo con demasiado orgullo. Es una situación incómoda ahora que lo veo de adulta aunque allí, a mis extraños 14, me parecía estimulante.

Luego de sortear los celos y las envidias que nos provocaba en mi familia el seductor del Mustang, tuve tiempo a solas con él para para decidir si, a pesar de ser la elegida, me iba a atrever a hacer lo que el tipo se proponía.

A mis extraños y tiernos 14, yo aún era virgen y a lo único que me atrevía era a flirtear un poco en las fiestas y a soñar con Robert Smith.

Lo que a mi madre le pareció muy natural en aquella época –que su hija de 14 se quedara sola en un cuarto con este tipo– a mí me escandalizaba. La prudente en ese caso, como en muchos otros durante mi infancia, era yo.

Sería muy hipócrita si no aceptara en este momento el asomo de mi propio deseo jadeante: yo también me sentía profundamente seducida por el tipo del Mustang y hubiera dado mi brazo izquierdo por ceder a sus invitaciones.

Oh sí.

“Irita”, me decía. Irita…airita… lolita. Sus ganas crecían exponencialmente a partir de mis negativas. Su necesidad de tenerme –realmente tenerme– hervían con más vehemencia cada visita y también la fuerza que yo necesitaba para negarme.

Cada vez que el tipo llegaba a mi casa y despachábamos amablemente a mi hermana y a mi madre a sus respectivas habitaciones, el tipo se ponía desearme con todo el brío del que era capaz. Sosteníamos cada tarde una pequeña lucha entre el suave roce y los besos –lo único a lo que yo me atrevía– y lo demás (que para mí estaba en el terreno de lo infinito, de lo abismal).

Muchas veces he pensado que debí perder allí mi virginidad. Menos gazmoña, más libre. Con un tipo simpático –caray, cómo era simpático– culto y experimentado. ¿Qué me detuvo? No sé.

A veces pienso que no lo hice porque yo no quería sexo. En realidad, para mí era suficiente ver cómo me deseaba.

Como arrastraba la “t” en Irita, como si la lengua le pesara de ganas.

Cómo hacía para detenerse cuando yo decía que ya no. Cómo sufría un poco y a pesar de eso seguía visitándome, buscándome a la salida de la preparatoria, fantaseando con lo que las otras niñas pensarían de mí. “¿Les cuentas de tu novio guapo, el que viene por ti en un Mustang?”, preguntaba el muy cabrón.

“No”, respondía yo. Quizás más hija de puta que él.

Por eso traigo a colación esta historia, porque quizás mi forma de entender la seducción se quedó en el arrastre de esa “t”.

Ahora cuando deseo pongo la misma cara que él, me retuerzo de la misma forma, sufro un poco.

Quizás me enamoré de desear…

No hay cosa que salga de la nada

Es una perogrullada el título de este post, claro. Pero me refiero a esto: ustedes no pueden ponerse a hacer algo creativo si están secos. Y ésta es mi fuente, así que disculparán, con su permisito, tengo que contarles algo para humedecerme. 

UNO: 

Me dicen que los Testigos de Jehová creen que el alma ES el cuerpo. Es decir, se deslindan del misterio de la inmortalidad del espíritu y prefieren pensar que aquí acaba todo.

(La verdad no me interesa si eso es exactamente lo que pasa dentro de esta religión; dejaré para otra vida mi maestría en Teología y si, como dicen los Testigos, esto es lo que hay, dejaré para nunca este precioso saber).  

Lo que me interesa es esto: el verbo. El lenguaje, la palabra. La imaginación que está pegada a ella, pues aunque ustedes juren que sueñan en imágenes, para construirlas tuvieron que utilizar primero las palabras. Aquello que no se nombra no está, como esas 23 o sepan cuántas palabras distintas para nombrar al verde que tienen las tribus del Amazonas. Su mundo es distinto al nuestro por esas 23 palabras, pues las palabras SON su mundo.

(Nosotros no vemos tantos verdes porque no tenemos nombre para ellos. Y los Pantones no asumen su responsabilidad y le asignan tristes numeritos, juar. Ya veo yo al CEO de Pantone con la carita iluminada pensando “nombremos al mundo, somos dioses, nombrémoslo”).

No soy católica ni nada. Pero estos Testigos me parecen tipos cortos. Malos lectores, básicamente. ¿Cómo es posible que piensen que el alma es carne? No mamen que su pensamiento se queda en Descartes. ¿Y Wittengstein apá? ¿Y Freud, amá? ¿Qué pasa con el verbo? ¿Qué pasa con EL otro? ¿Cómo es que se explican su pensamiento sin verbo, sin palabra? ¿Y cómo es que no entienden que la palabra está antes/durante/fuera/después que ellos?

¿Es la palabra el alma? No lo sé. Pero ciertamente no acaba en el cuerpo. NADA acaba en el cuerpo.

Si esto significa un mundo posterior al cuerpo, un mundo que viene después de que la frágil carne se hace cenizas, me sobrepasa.

Pero ahí hay algo, ¿no?

Decir “el cuerpo es el alma” es, por lo menos, miope. 

 

DOS: 

Hoy es un día especial, un aniversario número 25 de aquél día. 

El cuerpo se resiste a olvidarlo. 

Pero (siempre hay un pero): la palabra escrita ha hecho otra versión. ¿Me pueden creer que ahora recuerdo ambas versiones? Recuerdo la que creo real, esa de cuando estaba en el hospital y me dijeron que había muerto por fin (y cito) “que por fin había descansado”. Sé que abracé a una de mis hermanas. Sé que mi hermano no pudo más que gritar de rabia.  

Y está la otra versión, la de mi novela, la que me acompaña en una narrativa propia, en donde toco sus pies calientitos y le pregunto si se quedará o no, en donde soñamos juntas, yo desde el piso de la sala de espera y ella desde la cama de terapia intensiva. Soñamos a través de una canción: Neighborhood 1, Tunnels de The Arcade Fire, que no se iba a componer hasta 20 años más tarde, pero que en mi recuerdo rebota claramente en los muros de ese hospital. 

Ese es el verbo. La palabra. La memoria es verbo porque se conjuga en todos los tiempos posibles. Ya quisiéramos que fuera pretérito solamente. Es futura, es presente y se vale de palabras. 

Mientras más leo, más capaz soy de recordar, pero no por esa supuesta gimnasia mental que nadie ha podido comprobar que exista. Es porque regala palabras y las palabras regalan mundo y la memoria necesita muchos mundos para crecer. 

Entonces: los Testigos, pobres. 

Y yo también, porque hoy es ese día de hace 25 años y yo llevo cargando no una sino todas mis memorias disparadas y disparatadas de ese, un mismo día. 

TRES:

Ya nada. Gracias. Estoy completamente hidratada.

Orden de importancia

Leo que Cory Doctorow (escritor, blogger, coeditor de Boing Boing y mi gurú favorito en eso de la defensa del libre tránsito en internet) tiene hoy una fecha muy importante que rememorar: el tristísimo suicidio de Aaron Swartz.

Swartz, de escasos 26 cuando se colgó en su recámara, inició su carrera como activista y geniecillo de la red a los 14, y  se quitó la vida poco antes de ser convicto por bajar, sistemáticamente, artículos científicos de la biblioteca digital JSTOR. Enfrentaba 35 años en la cárcel y 1 millón de dólares en multas.

Aunque se fue hace tan sólo un año, Swartz ya no alcanzó a ver el caso Snowden ni la locura de la “vigilancia en masa” que nos confronta a todos los que usamos la red, aunque sea nada más para chatear y subir selfies: hablamos de vigilancia sobre tus gustos, tus afiliaciones, tus recovecos mentales. No es poca cosa.

Es por eso que organizaciones como The day we fight back (https://thedaywefightback.org/) usarán el el 11 de febrero próximo para hacer una protesta masiva.

Y bien. Yo lo que quería decir es que lamento no poderme involucrar en esto, pues siento que estaría pisando un terreno que no me pertenece.

Lo que me pasa es que después del asunto Swartz, me toca leer una nota sobre las 30 mil mujeres víctimas de la trata (en Chiapas, solamente) http://www.jornada.unam.mx/2014/01/12/politica/006n1pol

Y me pasa que empiezo a dividir el mundo en tiempos imaginarios. Hace un siglo los gringos tuvieron un gran momento en que, bien o mal, descalificaron la esclavitud masiva, al menos dentro de su país. (No vamos a ignorar que para mantener su estilo de vida, los gringos necesitan esclavos en Latinoamérica, Indonesia, Camboya, Bangladesh y un larguísimo y vergonzoso etcétera). El caso es que el acto de abolición se hizo en el imaginario de la gente común: lograron que los de a pie se escandalizaran con la idea del esclavo.

Eso no ocurre en México. Los de a pie quizás todavía no saben escandalizarse. Quizás mi país todavía esté en ese siglo y no nos damos cuenta. Tal vez toca apoyar a una especie de Lincoln y no necesariamente involucrarse con Cory Doctorow, que vive en un futuro donde los autos están a punto de volar o de manejarse solos.

30 mil mujeres… niñas de entre ocho y catorce años… de a (barato) 10 clientes diarios, son 300 mil hombres potenciales desprovistos de piedad.

En el D.F. hay muchos más.

Yo hoy necesito ponerme a escribir, pero también quiero secretamente mandar todo al diablo y ponerme un maldito traje de superheroína para sacar a todas esas niñas de ahí.

Hay mañanas que duele más el cuero que la camisa.

Los cuentos

Este año, dicen los que saben, hay que fluir. Nada a contracorriente. 

Y me piden publicar cuentos. Y yo sin cuentos, porque ps, los estoy contando apenas.

Estaba, según yo, enfrascada (léase con mucha mucha sorna) en la creación de un über personaje super ultra hi-fi plus para mi próxima novela. Pensando en él a cada rato, enamorada de un tipo que no puede querer a nadie y que no entiende por qué nadie lo puede querer a él.  

Pero ahora me piden que mande unos cuentos. Y vengo aquí a gritar: Ahhhhhhrgh.

¡Ya tengo pasado!

Hoy saqué las últimas cajas de la mudanza de Las Águilas. 

Me tardé tres años en mudar todo mi inconsciente a esta casa blanca, luminosa, donde he sido al mismo tiempo desdichada y feliz de las maneras más agudas que recuerdo. 

Supongo que you gotta get in to get out, como decía ese hombre que se pintaba de plateado la cara. 

Algo encontré en las cajas que me dejó en shock (escribo esto desde esa sensación):

¡Toda mi vida he escrito! 

Tengo cuadernos y cuadernos y cuadernos (y hojitas y sobres y servilletas y agendas) llenas de poemas, ensayitos, cuentos y cartas literarias que le escribía a seres imaginarios pensando en comunicar aquella nueva verdad que aplastaba a la anterior. 

Parece mentira, pero en mi cabeza, doña Ira empezó a escribir a los 30 años. Me consideraba una diletante (algo que en cierto sentido, seguiré siendo hasta que me muera aunque por otras razones), una paracaidista que sólo recientemente y sin la menor dinastía se atrevía a pisar territorio literario. No tengo linaje, acabo de empezar, me decía. Ese linaje que sólo puede dar tener esta afición desde pequeño. Esa historia que cuentan los escritores famosos que devoran todo texto que cae en sus manos y la necesidad irrefrenable de platicar con él a través de la escritura.  

Yo no, pensaba. Yo nunca he sentido esa necesidad.

Y resulta querido blog… (pero a ti qué te cuento, pues), resulta que sí la tuve y la encerré. Ni siquiera me permitía recordarlo. Debe haber sido un encierro furioso, lleno de desdén, solitario y muy muy doloroso. 

Seguiremos informando. 

Larkin

Mis amigos Evelio y Argel tradujeron algunos poemas del poeta larger than life Philip Larkin que quiero compartir aquí. (Ahora que nadie me oye, creo que diré que me gusta, me encanta la maldita poesía y que si la vida me diera para tanto empezaría a escribirla).

Larkin es uno de esos observadores omniscientes que logra cambiar el sentido de cosas tan simples como observar un árbol. Si me preguntan, esa debe ser una de las mejores consignas de la poesía: transmutar la mirada.

Sin más, aquí va uno de sus poemas, en versión bilingüe, como me lo regalaron mis amigos:

The Trees

The trees are coming to leaf

Like something almost being said;

The recent buds relax and spread,

Their greenness is a kind of grief.

Is it that they are born again

And we grow old? No. the die too.

Their yearly trick of looking new

Is written down in rings of grain.

Yet still the unresting castles thresh

In fullgrown thickness every May.

Last year is dead, the seem to say,

Begin afresh, afresh, afresh.

Los árboles

Los árboles retoñan una vez más

como algo a punto de ser dicho,

las hojas nuevas se relajan, se abren,

su lozanía es una suerte de tristeza.

¿Acaso vuelven a nacer y nosotros

envejecemos? No, mueren también.

El truco anual de lucir como nuevos

está escrito en los anillos de su tronco.

Los infatigables castillos aún se desgranan

en la tupida madurez de cada mayo.

El último ciclo ha muerto, parecen decir,

y renacen verdes, verdes, verdes.

Científicos

Qué extraños los neurocientíficos, fisiólogos, biólogos, psiquiatras que hacen de las estadísticas una forma de buscar el origen y la cura de las enfermedades. Particularmente de los que quieren, con las mejores intenciones, curar la depresión. 

Leo este artículo en el NYT: “A New Focus on depression” y pienso en la ceguera. http://well.blogs.nytimes.com/2013/12/23/a-new-focus-on-depression/?_r=0 

Dicen que las drogas a veces no ayudan y no saben por qué. Que la gente recae no matter what y que están como locos buscando genes y circuitos neuronales que puedan ayudar al deprimido. 

Hablan de buscar en ratones que han sido (pobres) seleccionados por su alta tendencia a ponerse nerviosos. Peor: quieren que la droga se altamente eficaz, que haga efecto en menos de seis semanas, como los antidepresivos actuales. (Por aquello de que quieren salvar vidas como si se tratara de jitomates).

¿Estos tipos no tienen memoria? ¿No saben historia? ¿No conocen otra parte del ser humano que no sea el componente químico, fisiológico?

¿No lloran a sus muertos? ¿No conocen el abandono? ¿La Ausencia? ¿el fracaso?

¿No tienen amigos?

¿No ríen hasta llorar cuando algo los abruma?

¿Están hechos de puro cuerpo?

¿Nunca han leído poesía? ¿No saben de filosofía? ¿Ni siquiera Nietzsche ha podido asomarlos al abismo?

¿A new focus?

Las medicinas psiquiátricas funcionan hasta cierto punto pero no pueden ir separadas de todo lo demás que eres. Me da gusto que trabajen con ratitas. Ahora sean personas y piensen como personas. Y busquen el maldito foco de la depresión en otros lados, además del cerebro. Les quedan chingos de lugares. 

Morriña navideña

Época de comer y extrañar. (O quizás ¿comer porque uno extraña?)

Aquí van algunas cosas que les dedico a ustedes, los que extraño. Esta es mi botella y allá del otro lado, seguro están ustedes en la playa, esperando mi mensaje. O no. Estoy acá, poniendo links como idiota y oyendo canciones para mis orejas sin párpados. De cualquier forma, acá va. 

Para ti (porque todo el mundo ha querido ser Cristo alguna vez):

https://www.youtube.com/watch?v=eMwn_hnoS5Y&noredirect=1

Para ti (porque bailabas, bailabas):

https://www.youtube.com/watch?v=GMfjA4gyEcU

Para ti (porque con esta me acuerdo cuando me acordaba de ti):

https://www.youtube.com/watch?v=bs56ygZplQA 

Para ti (porque esta soy yo):

https://www.youtube.com/watch?v=0Z-Orh7dpKU

Para ti (para que un día me lleves contigo al trabajo, a cortar huesos):

https://www.youtube.com/watch?v=3bNY6XHRL40 y https://www.youtube.com/watch?v=l6Re0cXJkb0

Para ti (porque si yo tuviera una foto tuya…): 

https://www.youtube.com/watch?v=opkzgLMH5MA

Para ti (por cómo me viste esa vez): 

https://www.youtube.com/watch?v=ENVdzJ7GEUU

Para ti (porque ese túnel aún está ahí):

https://www.youtube.com/watch?v=0b_IHjWXbuM

En fin. Yo sólo quería dejar todo eso aquí pues. 

 

 

Las frases que lo definen a uno

No hay como tener un hijo para enfrentarse a sus propias muletillas. Las ves respirar de nuevo en la boca de otra personita que realmente no les encuentra sentido, pero que se las apropia con descaro. Una de las mías es “a veces, uno tiene que…”

Por qué digo una cosa tan resignada, tan jodida y de cierta manera tan mal traducida del inglés al español, es un misterio. Equivale quizás al “sometimes, you just gotta…” y en otras ocasiones quiere decir “there comes a time in every man’s life…” una cita de Churchill nada menos, que viene de un amigo mío y que incluyo en ese el sentido redondo de ese “a veces”.

Lo digo porque hoy, tempranito, me puse a leer un cuento y no pude terminarlo. A la mitad lloré y lloré y lloré. Desee con fervor… por favor, por favor, por favor, que el protagonista pudiera salvar a una enferma mental antes de que todos los ferrocarrileros la violaran en hilerita otra vez.

Desee que el tipo ganara la pelea, que hubiera algo en su blancura y sus tetas chatas que le impusiera, como una orden, salir de ahí aullando, resoplando, corriendo con esa chica envuelta en una toalla, cubriendo su desnudez.

¿Cómo pudo hacerme esto el autor? ¿Cómo pudo desnudarme a mí en media cuartilla?

Y ahí fue que me acordé: “a veces uno tiene que…” A veces, uno tiene que agarrar el maldito toro por los cuernos y ponerse a trabajar una historia así. Llega un momento en la vida de todo hombre y de toda mujer que necesita empezar a contar las malditas historias que no pueden quedarse calladas. Las de la crueldad que se mezcla (¡siempre, me lleva el carajo, siempre!) con la humanidad más exquisita, la más amorosa, la única que sirve.

Quise de pronto ver una película o leer un cuento o una novela gráfica que contara la historia de estos dos: una chica a merced del  demonio que también tiene cola y por lo tanto es un pinche humano, como todos los demás.

¿Deberé escribirla?

Quizás sí.

Por cierto, el cuento ese que me tiene llorando se puede leer aquí. Aún no me doy el valor para terminar de leerlo. ¿Qué tal que no la pudo salvar? No sé si voy a poder con eso todo el día.

http://blogdetextos2013.blogspot.com.ar/2013/08/queria-taparla-con-algo-jorge-accame.html